maurice, ante los tribunales

Veraneantes contra un gallo: el pueblo francés que se rebeló para defender lo rural

Una granjera del oeste de Francia ha tenido que acudir a los tribunales, denunciada por dos vecinos que aseguran que su gallo canta demasiado temprano

Foto: 'Maurice hace guardia': cartel en la caseta del gallo
'Maurice hace guardia': cartel en la caseta del gallo

Se llama Maurice, tiene cuatro años, pesa dos kilos y medio y vive en la isla de Oléron, la segunda mayor isla de la Francia metropolitana después de Córcega. Es un gallo, aunque no llegó a la granja de Corinne Fesseau como tal. En 2015, esta sexagenaria francesa de la región gala fichó en 2015 a lo que creía que era una pollita marans, un tipo de gallina protegida, pero quien llegó a la finca de Fesseau como Mauricette acabó llamándose Maurice: era un gallo. Y cuando éste llegó a la edad adulta, comenzó a hacer lo que se espera de un gallo, cacarear por las mañanas. Sin embargo, los residentes de la zona comenzaron a quejarse por el sonido matutino del animal y durante la primavera de 2017, la dueña de Maurice empezó a recibir correos de sus vecinos; las quejas llegaron hasta el punto de que el verano pasado un alguacil se acercó hasta la vivienda en cuestión para grabar el sonido del gallo, a petición de los demandantes, para formalizar un archivo sobre el caso.

Este jueves, el caso ha llegado a la Justicia, y Fesseu y su gallo Maurice han tenido que presentarse ante las autoridades judiciales a causa de la demanda de dos vecinos después de un aplazamiento inicial de la vista, fijada inicialmente para principios de junio. En concreto, quienes están detrás de esta denuncia son una pareja de jubilados que solo viajan a Oléron durante 15 días al año, para sus vacaciones. El abogado de los denunciantes, Vincent Huberdeau, no esperaba llegar a los tribunales sino hacer que se cambiaran algunas situaciones, pero los intentos de mediación fueron infructuosos. "Mis clientes tienen 68 años, están jubilados y solo quieren tranquilidad cuando vienen de vacaciones a su casa en la isla de Oléron", sostiene el abogado, en declaraciones recogidas por el diario francés 'Le Figaro'. "No son habitantes de la ciudad decididos a luchar contra lo rural; solo son unos jubilados que quieren dormir por la mañana".

La caseta del gallo Maurice, en la isla de Oléron
La caseta del gallo Maurice, en la isla de Oléron

No obstante, Maurice se ha convertido en todo un símbolo de un mundo rural amenazado. La petición de Corinne Fesseau para "salvar a Maurice del gallo de la isla de Oléron" cuenta con el apoyo de más de 125.000 firmantes, después de haber hecho pública su historia. "Unas personas nos contactaron para pedirnos que silenciáramos a nuestro gallo, por lo que atenuamos el canto del animal manteniéndolo en la oscuridad en su cabaña y aislado por un grueso cartón para reducir el ruido sobre las 21:30 en verano; para volver a abrirlo a las 8:30 de la mañana. El sonido es menos fuerte, pero aun así un vecino nos dijo en un correo que el gallo había empezado a cantar a las 4 de la madrugada, y eso es mentira. Me quedé despierta junto al gallinero para constatarlo, y no escuché nada".

¿Qué debemos prohibir? ¿El canto de las tórtolas y el graznido de las gaviotas?

La dueña de Maurice recibió por correo certificado un documento jurídico argumentando con alguna que otra ley su postura y solicitando una vez más que cesara el canto del gallo porque podría ser perjudicial para su salud. "Pedí al Ayuntamiento que interviniera, y me dijeron que no lo tuviera en cuenta (...). Incluso los vecinos saben lo que pasa y están de acuerdo conmigo, y dicen que no debemos rendirnos. Estos señores están aquí solo durante sus vacaciones, y todo el barrio me da la razón. ¿Qué debemos prohibir? ¿El canto de las tórtolas, el graznido de las gaviotas? Vivimnos en una isla, ¿(hay que prohibir) a las aves que cantan cada mañana? ¿Los cencerros que suenan?", pregunta. Fesseu ha reunido tanto apoyo en su entorno gracias, en parte, a la asociación 'Los gallos de Oléron indignados' y al incondicional apoyo del alcalde de Saint Pierre-d'Oléron, Crhistophe Sueur.

Los sonidos del campo, patrimonio nacional

De hecho, irritado por este tipo de situaciones recurrentes, el edil decidió aprobar un decreto para preservar "los estilos de vida relacionados con el campo, especialmente en lo que respecta a la presencia de animales de granja". Para Sueur, la zona a preservar incluye sus gaviotas, sus cencerros y campanas, sus ranas, todo lo que encarna el mundo rural, tal y como recoge el diario 'Le Monde'. A más de 200 kilómetros de Oléron, en Gajac (Gironde), se encuentra otro gran defensor de los sonidos del campo. El alcalde de esta pequeña localidad, Bruno Dionis du Séjour, ha publicado una carta abierta reclamando que "el canto del gallo, los ladridos del perro, la campana de la iglesia o el canto de los pájaros" sean patrimonio nacional. "¡Que nadie pueda interponer una demanda contra ellos!", defiende.

El gallo Maurice en su granja de isla de Oléron
El gallo Maurice en su granja de isla de Oléron

El gallo Maurice no ha podido asistir al juicio y tampoco lo hicieron los dos demandantes, argumento del que se valió la defensa del animal. Sin embargo, el abogado de esta pareja subraya que son "personas sencillas y discretas, que no querían este bombo y esta publicidad, y que no están a gusto con este tipo de situaciones". Quienes sí se desplazaron hasta los tribunales fueron muchos vecinos, e incluso franceses de otros puntos del país, desplazados para apoyar a Corinne Fesseu y su gallo. Patricia Vozel, de 61 años, y su hija Aurélia, de 40, llegaron a Rochefort, donde se ha desarrollado el proceso judicial, junto a Pompadour y Jean-René, sus respectivos gallos. "En el campo, los gallos cantan, por eso vivimos allí", dice la primera, dueña de 12 gallos y una veintena de gallinas. "A mí vecina más cercana no le molesta el ruido de los animales, ¿pero quién me dice que no me encontraré en una situación similar?", se pregunta.

Huberdeau sostiene que se trata de un problema del ruido en el barrio, "como el que podría ser provocado por un perro, o por música". "La libertad de unos comienza donde se termina la de otros", asegura, subrayando que sus clientes siempre han vivido en armonía con sus vecinos. "Siento que no vivimos en el mismo planeta", asegura la dueña de Maurice. "Todos se ríen, pero detrás de esto hay un tema muy serio; el de una sociedad aséptica donde ya no apoyamos lo que hace que el mundo rural sea tan típico". Hace tan solo unos meses, un diario asturiano publicaba un caso similar: el dueño de un hotel rural de Cangas de Onís consiguió que clausuraran un gallinero que había junto al establecimiento turístico porque el sonido de las gallainas molestaba a sus clientes. "Que un pollo cante a las 7 de la mañana, o a las 6, que es cuando sale el sol, es lo normal. ¿Para qué venís a un pueblo a hacer turismo rural?". El caso de Maurice tendrá que esperar hasta principios de septiembre, cuando se decidirá la decisión del tribunal.

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