Australia, "un chicle en el zapato" de China

Esto es lo que pasa cuando plantas cara a China... y no eres Estados Unidos

La actitud de China con Australia en los últimos dos meses es —o debería ser— una fábula admonitoria para otros países sobre los límites en las críticas que China está pensando aceptar

Foto: Foto: EFE.
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Al ministro de Comercio australiano su homólogo chino no le coge el teléfono. La primera señal fue la ternera. Luego la cebada, y finalmente los estudiantes. Mientras Estados Unidos y su presidente, Donald Trump, se enzarzan en un tira y afloja de una 'guerra comercial' con China, con acusaciones sobre la gestión del coronavirus de fondo, y los países de la Unión Europea se preocupan "seriamente" por la situación en Hong Kong (pero sin sanciones de ningún tipo), el sí o no al 5G o hasta qué punto es factible un tímido 'decoupling' de China, es en realidad Australia, una de las naciones de la OCDE, la que está sintiendo en sus carnes la nueva capacidad de extorsión económica que Pekín puede aplicar para proteger sus intereses en política exterior.

Con un completo paquete de sanciones —económicas, sociales— anunciadas con apenas tres semanas de diferencia, la actitud de China con Australia en los últimos dos meses es (o debería ser) una fábula admonitoria para otros países sobre los límites en las críticas que China está pensando aceptar.

A mediados de mayo, China prohibió repentinamente las exportaciones cárnicas de los cuatro principales mataderos australianos, y poco después impuso aranceles de más del 80% a la cebada (impidiendo de manera efectiva cualquier exportación australiana a China). Este junio, el Ministerio de Cultura y Turismo publicaba una advertencia de viaje al país austral y, apenas unos días después, el Ministerio de Educación emitió una advertencia análoga a los miles de estudiantes chinos enrolados en universidades australianas. La última gota que colma el vaso ha sido, la semana pasada, un ciberataque a gran escala contra Australia perpetrado por 'hackers' con "apoyo estatal" de un Gobierno extranjero. No se mencionó oficialmente a China, pero las sospechas son claras.

El 'timing' del anuncio de sanciones por parte de Pekín no podría ser más sospechoso: se anunciaron apenas una semana después de que el primer ministro australiano, Scott Morrison, pidiera una investigación internacional sobre el origen y la expansión de la pandemia del coronavirus. Y con esa petición, Australia se ha metido en la boca del lobo diplomática.

Oficialmente, China ha negado que las medidas se deban a esta salida de tono internacional de Australia. El bloqueo de importaciones de las cuatro principales empresas de carne de ternera se debería a reiterados incumplimientos de certificados, mientras que el arancel de 80,5% a las exportaciones australianas de cebada (la mitad de la cebada que exporta Australia es a China, un negocio que se estimó en 15.000 millones de dólares en 2018) es una medida para "proteger la industria doméstica, que ha sufrido un daño sustancial [por el coronavirus]" frente al presunto 'dumping' de Australia. Las 'bienintencionadas' advertencias a los estudiantes chinos en universidades australianas son fruto de “múltiples incidentes de discriminación contra descendientes asiáticos durante la pandemia” —algo que es cierto, con varios ataques a personas asiáticas en el último mes—. Los alumnos chinos representan el 28% de los 750.000 estudiantes internacionales en Australia, lo que podría suponer pérdidas de 7.300 millones de euros para el país.

Un chicle en el zapato

Ante los crecientes comentarios sobre una "guerra comercial 2.0", Pekín ha negado la mayor y el portavoz de Ministerio de Exteriores, Zhao Lijian, ha advertido a Canberra de que deje de jugar "juegos políticos" y "abandone totalmente la manipulación política para regresar al consenso general de la comunidad internacional" sobre el origen y expansión del covid-19.

Pero lo cierto es que no solo es la casualidad del momento elegido para establecer sanciones, sino también unas inoportunas declaraciones desde el lado chino que ahora se ven como advertencias cumplidas. El embajador chino en Australia, Cheng Jingye, advirtió en una entrevista en abril de que el país austral podría enfrentarse a un boicot chino en su turismo y exportaciones de vino, carne y otros productos si Canberra continuaba con su presión sobre la investigación internacional. El propio ministro de Comercio australiano, Simon Birmingham, catalogó estos comentarios de "poco beneficiosos".

Además, el editor del gubernamental 'Global Times', dependiente del Partido Comunista chino, Hu Xijin, entró al trapo con un 'post' en la red social china Weibo, en el que llamaba a Australia "un chicle enganchado a la suela del zapato de China: a veces hay que encontrar una piedra y librarse de él". No es el único comentario por el estilo contra Australia en el 'Global Times', que la catalogó como "un canguro gigante que sirve de perro de EEUU".

Australia es "un chicle enganchado a la suela del zapato de China: a veces hay que encontrar una piedra y librarse de él"

El paradigma de las denuncias internacionales ha cambiado. Podría discutirse hasta qué punto eran antes efectivas a efectos prácticos, pero si bien antes peticiones como la de Australia podían ser recibidas con una llamada a consultas del embajador de turno o un airado discurso en respuesta, ahora China demuestra su fuerza apretando antes incluso de que llegue el presunto golpe.

La nueva normalidad

Desde hace décadas, China ha ido utilizando su acceso a los mercados para promover su política exterior. El cambio ha llegado ahora: "La diferencia ahora es que China ejerce una influencia económica real. Otros países no temían las sanciones chinas en la década de los cincuenta y sí lo hacen ahora", escribe Richard McGregor, experto en China del Instituto Lowy de Australia. Y Pekín está empezando a utilizar con fuerza ese poder, que hasta el momento solo había desplegado tan públicamente en contadas ocasiones. La radical reacción de Pekín ha pillado, de hecho, por sorpresa a las autoridades australianas.

Australia no ha cambiado, la que ha cambiado ha sido China. "El riesgo de represalias económicas será una característica permanente de la nueva normalidad en la relación [entre países con China]", afirma al respecto Richard Maude, antiguo asesor principal en políticas internacionales del Gobierno australiano, a la BBC.

El ministro de Comercio australiano, Simon Birmingham. (EFE)
El ministro de Comercio australiano, Simon Birmingham. (EFE)

Ante la fuerte reacción china, las autoridades australianas han intentado, sin perder el pudor (el primer ministro, Morrison, ha afirmado que no va a ceder "a la coerción" china), calmar los ánimos. El ministro de Comercio australiano, Simon Birmingham, dijo al principio que "Australia no cree que la decisión que ha tomado China sea justificada o defendible", pero insistió en varias ocasiones —y lo ha vuelto a repetir después, cada vez que es preguntado por la prensa— que "Australia no está interesada en una guerra comercial [con China]. No buscamos nuestras políticas comerciales en un ojo por ojo". Por el momento, tampoco ha tomado represalias en forma de sanciones comerciales, aunque a finales de la semana pasada amenazó con hacerlo cuando acusó a un "actor sofisticado basado en el Estado [en velada referencia a China]" de los ataques cibernéticos.

Bandera blanca a la guerra comercial

Australia no puede permitirse una guerra comercial al estilo de la que está amagando EEUU. La australiana es la economía desarrollada más dependiente de China, con más de un tercio de sus exportaciones (y las más jugosas, incluidos varios metales) enviadas anualmente al gigante asiático, superando en monto a Estados Unidos, Japón o Corea del Sur... juntos. Eso sin contar los millones de chinos que visitaron Australia en 2019 (el 27% de los ingresos turísticos australianos viene de los chinos).

Pese a la aparente voluntad de búsqueda de soluciones al entuerto por parte del ministro de Comercio australiano, su homólogo chino, Zhong Shan, ni le coge el teléfono, según ha lamentado el propio Birmingham en una entrevista con la radio australiana. Sus varios intentos de llamadas han recibido solo el silencio.

Sola ante los lobos

Esta relación pasivo-agresiva en las altas esferas de la diplomacia internacional es parte también de la conocida como estrategia 'Wolf Warrior' (guerreros lobos) de la hornada más joven del Gobierno de Pekín, una estrategia mucho más agresiva avalada por parte del Ejecutivo de Xi Jinping y que se aleja de esa imagen de una China amable y candorosa en su diplomacia que proponía el antiguo líder de la República Popular, Deng Xiaoping.

"Desairar a Australia es parte de esta diplomacia asertiva. Es una manifestación de la actitud cambiante de China hacia Australia. Los aranceles no son el único problema entre los dos países. Está claro que China no está contenta con los recientes movimientos de Australia para formar parte de la campaña contra China de la Administración Trump", señalaba Zhiqun Zhu, profesor de ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad de Bucknell, al diario 'South China Morning Post'.

Y quizá si eres Estados Unidos puedes plantar cara a este tipo de estrategias chinas, pero Australia no tanto, pese a que está entre las principales economías del mundo desarrollado. En el contexto de rivalidad EEUU-China, ese tira y afloja de ambos líderes (Xi y Trump) por conseguir un acuerdo comercial (que deje bien a este último antes de las elecciones, a tenor de las revelaciones del libro de su ex secretario de Seguridad Nacional John Bolton), Australia se encuentra sola. Y, en cierta manera, ha sido también EEUU quien la ha tirado a los pies de los caballos. A pesar de la larga alianza entre ambos países, dentro de la propia Australia está creciendo el descontento ante la posibilidad de convertirse en una víctima colateral de esa guerra comercial EEUU-China. No en balde, justo antes de que China aplicara los aranceles del 80% a la cebada australiana, incluyó las exportaciones del mismo producto desde EEUU en el acuerdo. EEUU está cada vez más lejos, y la presión comercial con Australia la tiene China.

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