EL MUNDO QUE VIENE

Occidente ya ha perdido Hong Kong. Y te debería preocupar más de lo que imaginas

Que se acepte perder la idiosincrasia de Hong Kong, entre la indiferencia y el conformismo de la opinión pública mundial, es el mayor síntoma de un cambio de era entre las superpotencias

Foto: Un hongkonés, durante las protestas del año pasado. (Reuters)
Un hongkonés, durante las protestas del año pasado. (Reuters)

A usted no le importa Hong Kong. Y no le falta razón. A 10.500 kilómetros de España, apenas es nuestro quinto mercado de destino en Asia con poco más de 900 millones de euros en exportaciones el año pasado. Es el socio comercial número 46 y su comunidad aquí es minúscula, muy concentrada en círculos empresariales. Ni siquiera su huella turística es relevante. Y sí, probablemente haya escuchado sobre las protestas (las recientes, las pasadas y, sin duda, las que están por venir). Pero, al fin y al cabo, hay manifestaciones en medio mundo, ¿no? Así que tranquilo, a usted no tiene por qué importarle Hong Kong.

¿O sí?

Porque también podemos enfocarlo de esta manera: Hong Kong es una singular máquina del tiempo geopolítica que nos muestra atisbos del mundo en 2050. Y no es el que nos habíamos imaginado. La China de Xi Jinping que emerge en el horizonte no es el gigante con pies de barro de hace unas décadas, sino una potencia consolidada que aspira a dirigir el concierto de la nueva realidad global. Nuevo ‘imperio’, nuevas reglas del juego. Unas para las que quizá no estemos preparados. Occidente —y sus valores— desaparece. Que estemos a punto de perder Hong Kong, entre la indiferencia y el conformismo de la opinión pública mundial, es el mayor síntoma de este cambio de era, acelerado por la pandemia del coronavirus.

Busquemos la respuesta sincera de un completo extraño: ¿qué nos importa a nosotros Hong Kong? “Ey, a mí me importa porque vivo aquí. Si hubiera disturbios en Yakarta o en Londres, no les prestaría demasiada atención. Pero también resulta que Hong Kong está en el epicentro de los cambios que están sacudiendo al mundo. China está ascendiendo y, si estuvieras aquí, podrías sentir la tierra moviéndose”, resumió en 'Quora' el ingeniero Joseph Wang, físico formado en el MIT y residente en la ciudad.

Así que vamos a tratar de contarle esta historia desde otra perspectiva. La de unas mansiones en venta, un asesinato internacional y un paraguas amarillo. Una historia que comienza con una promesa rota. Tras un siglo de ocupación británica, la excolonia británica se reintegró a China en 1997 con un período de gracia de 50 años en los que conservaría sus menguantes libertades políticas, sociales y económicas. Pekín le prometió al mundo que respetaría el acuerdo hasta 2047. Un pacto sencillo que hacía de esta ciudad china al este del Delta del Río Perla el pilar maestro del actual orden mundial. Durante décadas, esta ha sido la frontera viva entre el moribundo imperio británico, su rico heredero estadounidense y el país comunista llamado a sucederlo este siglo. El destino de Hong Kong es el relato del mundo que estamos a punto de vivir. ¿Seguro que no le interesa ni un poco?

Se vende mansión

“Es un buen momento para que Estados Unidos venda sus propiedades en Hong Kong”. Con este titular, el 'South China Morning Post', el periódico más prestigioso de la ciudad, analizaba por qué Estados Unidos ponía en venta un terreno de más de 4.000 metros cuadrados en el prestigioso barrio de Shouson Hill. El complejo, con seis mansiones de varios pisos y valorado en cientos de millones de dólares, fue adquirido por Washington justo después de la II Guerra Mundial. La pregunta es: ¿por qué se quiere deshacer de él ahora?

“Estados Unidos revisa periódicamente las propiedades inmobiliarias del Gobierno de EEUU en todo el mundo”, se justificó el Departamento de Estado norteamericano en un comunicado. Pero los motivos no son exclusivamente económicos. Los analistas ven en la decisión una maniobra preventiva de la Casa Blanca ante el pulso hegemónico que se avecina y que tiene un frente crucial en este territorio del tamaño de la provincia de Álava (unos 2.700 kilómetros cuadrados). “Los americanos han amenazado con acabar con el estatus especial de Hong Kong ante la inminente promulgación de la ley de seguridad nacional”, explicaba el columnista Alex Lo en su artículo del SCMP.

Manifestación en Hong Kong a favor de Estados Unidos. (Reuters)
Manifestación en Hong Kong a favor de Estados Unidos. (Reuters)

Esta ley de la que habla Alex Lo en su artículo es el desafío más reciente de Pekín al ‘statu quo’ en la región. El pasado 28 de mayo, el Parlamento chino aprobaba —con 2.878 votos a favor y uno en contra— avanzar una nueva ley de seguridad nacional para Hong Kong cuyo objetivo es impedir cualquier actividad “separatista” o “terrorista", la “subversión de los poderes del Estado” y la “injerencia de poderes extranjeros”. Aunque solo se ha hecho público el borrador, los expertos advierten de que el texto legal permitiría a las agencias de seguridad chinas tomar acciones muy amplias para limitar las libertades de los ciudadanos de Hong Kong.

Cuando se apruebe la ley, en los próximos meses, habrá consecuencias. El periodista chino avisa que veremos el toma y daca estándar de la diplomacia internacional: Washington sanciona funcionarios chinos, Pekín responde. “No creo que China diga simplemente: 'qué lástima’. En su lugar, casi seguro que tomará represalias. ¿Y qué es más fácil que congelar los bienes gubernamentales de Estados Unidos en Hong Kong?”.

Así que no estamos ante una compraventa de bienes raíces habitual. Estados Unidos se prepara para un nuevo juego a largo plazo con China. No sabemos hasta dónde llegarán las tensiones, pero en su estrategia, Occidente parece haberse rendido ya con Hong Kong mientras China no ha hecho más que empezar. Y se puede decir que todo comenzó con la triste muerte de una joven llamada Amber Poon.

Se ha cometido un crimen

El 8 de febrero de 2018, Amber Poon Hiu-wing y su novio Chan Tong-kai, de 20 y 19 años, se registraron en el hotel Jardín Púrpura del distrito Datong de Taipei. Volaron desde Hong Kong a pasar unas vacaciones románticas en la capital taiwanesa. Pero nueve días después solo regresó él. Al mes, Chan acabó confesando a las autoridades hongkonesas que había asesinado a su novia embarazada en la habitación del hotel, robó sus pertenencias y ocultó su cuerpo en unos arbustos.

El problema es que Hong Kong no podía acusarlo de un crimen ocurrido en Taiwán. Tampoco podían mandarlo de vuelta porque no tienen tratado de extradición. Así que, en 2019, el Gobierno hongkonés, controlado por políticos prochinos, propuso una fórmula para enviar a los criminales que deban ser juzgados en el país vecino. Una iniciativa legal que también abría la puerta para la extradición de hongkoneses a la China continental, alargando el brazo de Pekín hasta los más recónditos rincones de la resistencia al Partido Comunista.

Los hongkoneses tomaron las calles en protesta y consiguieron paralizar la ley. Una victoria pírrica ante la que el Partido Comunista chino no se iba a quedar de brazos cruzados. El contraataque es este nuevo texto legal que pone en peligro inminente el principio “un país, dos sistemas” vigente desde 1997. Un concepto que aceptaba a Hong Kong como parte de China, pero conservando libertades impensables en el continente, desde el voto a las cortes independientes pasando por la libertad de prensa y de manifestación.

“La imposición de la ley de seguridad nacional demuestra que las promesas de Pekín de honrar sus obligaciones internacionales son muy poco fiables”, explica Reinhard Bütikofer, europarlamentario de los Verdes, uno de los más activos defensores de Hong Kong en la cámara comunitaria y partidario de llevar a China ante las cortes internacionales de La Haya. “Esto representa un giro hacia una política exterior más agresiva y nacionalista”, asegura a El Confidencial.

Efectivamente, Hong Kong ha funcionado durante mucho tiempo como el termómetro del apetito geopolítico chino. Cuando se diseñó el equilibrio ‘un país, dos sistemas’, la ciudad y sus pomposos rascacielos se convirtieron en el cordón umbilical entre el socialismo chino y el capitalismo global. La ‘bahía del incienso’ floreció como centro internacional de negocios y China, como la fábrica del mundo. Con la tentación viviendo literalmente a las puertas, la contención comunista era un sello de garantía de que Pekín aceptaba el vigente orden mundial.

La ley de seguridad nacional demuestra que las promesas de Pekín son muy poco fiables

En ese mismo acuerdo, pactaron 2047 como el año en que el territorio perdería su semiautonomía de forma definitiva. La fecha no era arbitraria. Era una apuesta. Cuando se rubricó la declaración conjunta entre China y Reino Unido en 1984, la lógica de políticos y expertos del momento era que China evolucionaría para hacerse más occidental. El comercio exterior, la inversión extranjera y la inclusión de Pekín en las instituciones multilaterales, abundaba esa teoría, acabarían liberalizando la economía y, eventualmente, la política. Pero el capitalismo no trajo democracia y China no tiene pinta de acabar pareciéndose a Hong Kong. ¿Qué pasó? O más bien, ¿quién?

Se abre el paraguas

Si tuviera que escoger en su casa un arma de resistencia pacífica, práctica y portátil puede que no le diera por mirar en el paragüero. Pero eso fue lo que empuñaron los cientos de miles de hongkoneses que entre septiembre y diciembre de 2014, tomaron las calles de la ciudad para protestar por la influencia china en las elecciones locales —que restringe los candidatos elegibles para asegurarse el control legislativo, independientemente de la voluntad popular—. Un símbolo que se convirtió en revolución.

Manifestantes en Hong Kong con paraguas amarillos. (Reuters)
Manifestantes en Hong Kong con paraguas amarillos. (Reuters)

Durante semanas, los jóvenes protagonizaron una de las mayores maniobras de resistencia civil del siglo XXI. Ocuparon la ciudad con tiendas de campaña y desafiaron las embestidas de los policías utilizando paraguas, parasoles y sombrillas como escudos. Protegidos con cascos de obra y mascarillas, soportaron gases, pelotas de goma, espray pimienta y muchos palos. Pero, después de 79 días, las fuerzas de seguridad destruyeron los campamentos, arrestaron a algunos de sus líderes y disolvieron definitivamente la protesta. En ese momento, muchos en el mundo entendieron que algo había cambiado en China. Y ese algo era Xi Jinping.

Desde su llegada al poder en 2013, el presidente ha mostrado cómo las ambiciones chinas en el mundo han crecido al ritmo de su economía. La paciencia, discreción y diplomacia de Hu Jintao o Deng Xiaoping ya eran cosa del pasado. El mandatario ha mostrado que, si bien aspira a mantener a China engranada en el capitalismo global, no está dispuesto a permitir titubeos en la doctrina oficial. Las líneas rojas en política exterior ya no se limitan al Tíbet. Hong Kong es un verso suelto en el panorama chino que debe ser armonizado. Y, según pasa el tiempo, Pekín se muestra más impaciente en su gestión del problema hongkonés.

“Este es el final de Hong Kong”, advirtió Dennis Kwok, un miembro prodemócrata del Consejo Legislativo de Hong Kong, a la revista estadounidense 'Foreign Policy'. “Hong Kong es el canario en la mina geopolítica. Si Pekín está dispuesto tanto a violar sus promesas internacionales y arriesgarse a serias consecuencias económicas para imponer su deseo político en el territorio, es muy probable que la agenda de China crezca y sea cada vez más hostil hacia países democráticos en Asia y Europa”.

En 2017, Pekín arrestaba a varios activistas prodemocracia, y en 2018 se sucedieron los secuestros de los libreros que vendían material considerado anti China. La ley de extradición o la ley de seguridad no son más que efectos visibles de esta intención de Xi de acelerar la historia. Y nada mejor para coger carrerilla que la peor pandemia en 100 años.

Se avecina tormenta

Mire este gráfico. En él se resume el mundo poscovid-19. Según el FMI, todos los países van a sufrir un duro impacto económico. Todos excepto China, que salvará el año con una subida del PIB del 1%, con su industria funcionando y la epidemia bajo control. Así que las críticas de EEUU, Canadá o Australia contra Pekín y sus loas a Hong Kong como “bastión de libertad” son, en realidad, un brindis al sol. En este contexto, ¿quién está mejor situado para presionar a quién?

Reino Unido ha sido uno de los países que más han levantado la voz contra las urgentes ambiciones de Pekín sobre Hong Kong. "Cambiaría el paradigma de 'un país, dos sistemas' de China, y sería una clara violación de las obligaciones internacionales de China", dijo el ministro de Exteriores británico, Dominic Raab. Pero las acciones del Gobierno de Boris Johnson también parecen dar por hecho que el destino de Hong Kong estará sellado antes de tiempo. En mayo, Londres modificó sus leyes migratorias para permitir a tres millones de hongkoneses solicitar la ciudadanía británica y darles una vía de escape ante la creciente presión china.

“Como cofirmante de la declaración conjunta entre China y Reino Unido, nuestro país tiene una responsabilidad con los ciudadanos de Hong Kong”, afirma Tom Tugendhat, parlamentario ‘tory’ y líder del nuevo China Research Group, en declaraciones a El Confidencial. “Si Pekín continúa e impone las leyes, quitaría credibilidad a las afirmaciones del Partido Comunista chino de que respeta los acuerdos internacionales que ellos firman, llevando a muchos a cuestionar su palabra”.

Dominic Raab, ministro de Exteriores del Reino Unido. (EFE)
Dominic Raab, ministro de Exteriores del Reino Unido. (EFE)

En Pekín no se dan por aludidos. El Ministro de Exteriores Wang Yi habló con su homólogo británico días después para dejarle claro que Hong Kong es un tema “doméstico” y que no tolerarían cualquier interferencia extranjera. “Las políticas sobre Hong Kong y la Declaración Conjunta no son un compromiso con el Reino Unido ni una obligación internacional como dicen algunos”, zanjó el portavoz de Exteriores Zhao Lijian.

Quizás la actitud de la Unión Europea es la que mejor resume la paradoja occidental sobre Hong Kong. El líder de la diplomacia europea, Josep Borrell, ha reiterado que está “altamente preocupado” por lo que ocurre allí; pero, al mismo tiempo, desde la capital simbólica de la Unión Europea rechazan categóricamente la posibilidad de presionar económicamente a Pekín, como hacen con Rusia, Venezuela y otras docenas de países —incluyendo EEUU—. Las últimas sanciones aplicadas contra Pekín están relacionadas con la matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmén en 1989. ¿Por qué? “Las sanciones no están encima de la mesa, nuestras relaciones con China son demasiado importantes”, le decía recientemente una fuente diplomática europea a 'Politico'.

En países dentro del área de influencia directa china ven con preocupación este desentendimiento del problema y avisan que mostrar pasividad ante China no es la mejor estrategia. “La comunidad internacional tiene que tratar esto como un problema que choca contra la ley internacional”, dijo una fuente del Gobierno japonés a Asia Nikkei. “Si China toma el control de Hong Kong de forma satisfactoria, su siguiente objetivo será Taiwán”, le dijo el profesor Toru Kurata al mismo periódico.

Bütikofer, uno de los políticos europeos más críticos con la posición del Ejecutivo comunitario hacia China, coincide con este análisis. “[La actuación en Hong Kong] va en la misma línea que el comportamiento agresivo en el Mar del Sur de China, en particular el 'vis a vis' con Vietnam, Indonesia, Malasia y Filipinas, así como una mayor presión económica, política y militar con Taiwán. En la UE varios embajadores chinos han desempeñado actitudes ‘Wolf Warrior’, dañando las relaciones con estos países”, añade el europarlamentario alemán. Y concluye: “Xi Jinping muestra la cara de una superpotencia matona, algo contra lo que había advertido (el expresidente chino) Deng Xiaoping en 1974”.

Se hacen negocios

Si ha llegado hasta aquí, quizás se pregunte si queda algo por hacer. Difícil. Washington controla el último escudo deflector contra las ambiciones chinas: la Hong Kong Policy Act. Una provisión que vincula los beneficios y preferencias comerciales que hicieron del territorio un imán para las finanzas internacionales al mantenimiento de su autonomía política. Así que, según apuntan casi una decena de expertos consultados, en el momento en el que Estados Unidos acabe con estas ventajas, el Gobierno de Xi Jinping no tendrá ningún incentivo para no tratar a Hong Kong como parte del territorio chino. Sea 2047 o no.

“Ninguna persona razonable puede decir hoy que Hong Kong mantiene un alto grado de autonomía de China”, aseguró el secretario de Estado, Mike Pompeo, al advertir a Pekín que cercenar la autonomía de Hong Kong afectará a su estatus especial. “El presidente Trump lo ha dejado muy claro: si el Partido Comunista chino trata Hong Kong como hace con Shenzhen o Shanghái, nosotros les trataremos igual”.

En el sector empresarial hay cierta preocupación respecto a la ley. Una encuesta de la cámara de comercio de Hong Kong revelaba que el 54% piensa que la normativa tendrá un impacto negativo en sus operaciones a corto plazo, aunque la mayoría todavía se mantiene optimistas en el largo. Sin embargo, empresarios españoles y europeos consultados advierten de que, si se mantiene el rumbo, no descartan moverse a destinos regionales con más seguridad jurídica como Taiwán, Singapur o Corea del Sur. Para entonces, el músculo financiero chino ya no dependerá de la excolonia británica. Si en 1997 Hong Kong suponía casi el 20% del PIB de China, en 2019 no llegó al 3%. Ciudades como Shanghái, Pekín y Tianjin ya han superado el PIB hongkonés y Shenzhen, Chingqing y Guangzhou lo harán en los próximos años.

La agencia oficial china de noticias, Xinxhua, dijo este domingo que el Comité Permanente del Congreso Nacional del Pueblo se reuniría entre el 28-30 de junio en Pekín, un cónclave que podría indicar las prisas de Xi Jinping por pasar página con Hong Kong cuanto antes. La noticia de Xinxhua no mencionaba la ley de seguridad nacional como tema a discutir, pero 'Apple Daily', un periódico hongkonés, informó esta semana que el Comité se reunirá en Pekín para aprobar la Ley de Seguridad Nacional de Hong Kong antes del aniversario de la entrega el 1 de julio.

Se busca un futuro

Estos días, las calles de Hong Kong están en calma. Si hace un año, más de dos millones colapsaron el centro de la ciudad para protestar contra la ley de extradición, esta vez apenas fueron unos cientos los que se manifestaron contra la ley de seguridad. Hay cansancio, incertidumbre y frustración. Y mucho miedo. "Un recordatorio de que la ley de seguridad nacional de Hong Kong ya ha tenido un impacto real e inmediato en los hongkoneses. Si ves que menos de nosotros expresa su oposición de forma abierta, no significa que la violencia estatal haya acabado. Significa lo contrario", tuiteaba el escritor Wilfred Chan. Los partidos pro Pekín han conseguido casi tres millones de firmas en apoyo a la ley y desde el Gobierno aseguran que las libertades de las que gozan los ciudadanos no se verán afectadas. Pero cada vez más gente acaricia la idea de dejar la ciudad.

“La gente está inquieta. Preguntan si pueden irse al día siguiente”, aseguraban al diario 'SCMP' agentes del departamento de inmigración, desbordados con los cientos de llamadas diarias desde el anuncio de la nueva ley. Por su parte, la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Hong Kong publicó una encuesta en la que casi el 40% están considerando mudarse por miedo a la nueva legislación.

No todos en la ciudad comparten estos temores. Un ejemplo es Jayanne Ng, una estudiante de 20 años que respalda las decisiones de Pekín y apunta a intereses extranjeros detrás de las protestas. “Es bastante irónico que Hong Kong ya haya establecido leyes de extradición con otros países antes que con nuestra patria. Son los políticos occidentales y los medios los que están demonizando estas leyes porque les gustaría utilizar Hong Kong como arma arrojadiza contra China en una guerra comercial”, asegura a El Confidencial. “China no es un 'freak' del control, mientras la estabilidad y la prosperidad se mantengan”.

Pero son minoría. Un 64% de los hongkoneses rechazan que el Gobierno de Pekín legisle sin tener en cuenta el parlamento de Hong Kong, frente a un 24% que dice respaldar la decisión del Gobierno central chino, según una encuesta publicada por el periódico local 'Mingpao'. “Creo que ‘un país, dos sistemas’ está muerto y, en este sentido, 2047 se ha adelantado. Pero, por otra parte, todavía tengo fe en que la gente de Hong Kong seguirá resistiendo. La patria y la identidad no pueden se impuestas por una ley y prohibir las protestas no hará que la gente esté de acuerdo con el Gobierno”, explica Leung, un ingeniero informático de 36 años, a este periódico. “Será una lucha larga y difícil, pero no voy a rendirme rápido”.

Sus palabras encuentran eco en Occidente, donde también algunos piensan que todavía hay esperanza. “No deberíamos rendirnos con Hong Kong, tenemos que dejar claro que les apoyamos. Como europeos tenemos que actuar ya. Primero, la Comisión Europea bajo la presidencia de Ursula von der Leyen debe adoptar una posición inequívoca”, explica Johannes Vogel, político liberal alemán, en declaraciones a El Confidencial.

Protestas en un centro comercial de Hong Kong. (Reuters)
Protestas en un centro comercial de Hong Kong. (Reuters)

Según Vogel, la UE debería alinearse con Estados Unidos, Australia, Canadá y Reino Unido para responder a los avances de Pekín. “El Partido Comunista Chino necesita saber que el mundo no está cerrando los ojos a su enorme poder y que su credibilidad se está desvaneciendo. Cualquiera que rompa su palabra e incumpla el derecho internacional en un tema tan crucial difícilmente puede ser visto como un socio creíble para cooperar en otros”.

Pero la realidad es que los políticos de Occidente tienen poca motivación para meterse con la todavía segunda potencia mundial, un conflicto que les puede traer muchos problemas diplomáticos y poco rédito electoral. Porque, como sabemos, a usted no le importa Hong Kong. Aunque evoque importantes lecciones pasadas de no hace tanto tiempo.

Berlín occidental era, al mismo tiempo, una isla de democracia y libertad en medio de una competición entre superpotencias. Esta 'isla' estaba rodeada por un sistema antidemocrático, la República Democrática Alemana. Hong Kong también ha sido una isla en este sentido”, agrega Vogel. Y nos recuerda las palabras del mítico alcalde berlinés Ernst Reuter, cuando en septiembre 1948 imploraba desde el Reichstag a comunidad internacional que no capitulara ante el creciente bloqueo soviético. “Ciudadanos del mundo, ¡mirad esta ciudad!” -declamó en el discurso que lo consagró como un símbolo mundial de la libertad- "no podéis y no debéis abandonarnos".

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