LLEVA CASI MEDIO SIGLO ABANDONADA

Así es Hashima, la isla fantasma de Japón: una ciudad sin vida en mitad del Pacífico

Una isla cercana a Nagasaki se convirtió en uno de los motores de la economía japonesa durante más de un siglo: ahora, no es más que un paraíso abandonado en medio del mar

Foto: Así es Hashima, la isla fantasma de Japón: una ciudad sin vida en mitad del Pacífico. (CC/Wikimedia Commons)
Así es Hashima, la isla fantasma de Japón: una ciudad sin vida en mitad del Pacífico. (CC/Wikimedia Commons)

Corría el año 1885 cuando la compañía japonesa Mitsubishi tuvo una idea: ¿sería posible encontrar carbón en el lecho marino? No tardó mucho en conocer la respuesta: tras la perforación de dos túneles verticales de 190 metros, había conseguido hallar una impresionante veta en el subsuelo y la fortuna quiso que lo hiciera junto a una isla deshabitada. Solo cinco años después, en 1890, la empresa compraba la isla: así comenzaba la leyenda de Hashima.

Por aquella época, el carbón era el combustible por excelencia, por lo que encontrar vetas con las que continuar la producción era fundamental para el desarrollo de las compañías. Y Mitsubishi estuvo de suerte con ese increíble hallazgo, por lo que pronto convirtió la isla de Hashima en uno de sus grandes puntos de referencia, donde llegó a producir 410.000 toneladas de carbón al año en sus mejores momentos. Poco hacía presagiar que se convertiría en una isla fantasma.

Pronto se convirtió en uno de los lugares más prósperos de Japón. A pesar de tener solo 480 metros de largo y 150 de ancho, no tardó mucho en convertirse en uno de los lugares más importantes del país nipón. Su excepcional situación, a solo 20 kilómetros del puerto de Nagasaki, facilitó su crecimiento, gracias a la cercanía con tierra firme, algo que hizo mucho más fáciles las comunicaciones. Y ya desde el primer momento, se convirtió en un lugar puntero de la tecnología nipona.

El primer reto al que se tuvieron que enfrentar estaba relacionado directamente con el mar. Una zona caracterizada por el fuerte oleaje y los tifones debía der ser protegida, por lo que fue amurallada para ponerla a pruebas de las condiciones climatológicas más adversas. Cuando se confirmó que era completamente segura, cientos de trabajadores comenzaron a mudarse a Hashima, junto a sus familias, para comenzar una nueva vida ligados al carbón.

El éxito no tardó en llegar: Hashima fue creciendo exponencialmente con el paso de los años, hasta el punto de llegar a albergar más de 6.000 personas en su territorio, distribuidos en más de 150 edificios. Como curiosidad de la importancia de esta isla, fue la primera de todo Japón que contó con un edificio construido íntegramente de hormigón, además de contar en 1917 con el bloque de apartamentos más alto de todo el país, el residencial Nikkyu, de casi 50 metros.

De hecho, a día de hoy está considerado como uno de los lugares del mundo con mayor densidad poblacional de toda la historia, donde llegaron a vivir 1.390 personas por kilómetro cuadrado de media. Las guerras contra Rusia, contra China y los dos conflictos bélicos sirvieron para alimentar las necesidades de carbón de Japón, por lo que Hashima no hizo más que crecer... hasta que llegó la década de los sesenta. La llegada del petróleo fue el principio de su fin.

Fue el 15 de enero de 1974 cuando, en vista del declive del carbón, Mitsubishi decidió cerrar la mina submarina de carbón de Hashima. Solo tres meses más tarde, la isla quedaba completamente abandonada, sin ni un solo habitante, muy lejos de las 6.000 personas que en su momento más fértil llegó a tener. Sería en el año 2002 cuando Mitsubishi decidió donar la isla a Nagasaki, que es quien se encarga ahora del mantenimiento de esta isla fantasma.

A día de hoy, nadie vive en Hashima, la isla que no hace mucho fue uno de los puntales económicos de Japón. Ahora, es una isla fantasma que sigue aguantando las embestidas del Pacífico, en la que desde hace muchos años no queda un solo vestigio de vida. Sus edificios de hormigón siguen intactos, pero completamente vacíos en medio del mar, como simples recuerdos del esplendor que un día tuvo y que la tecnología se llevó por delante.

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