Votación a favor en la Cámara

División y rencor en los EEUU de Trump: un presidente a prueba de 'impeachment'

El guion transcurrió según lo previsto, y pasadas las ocho la tarde, hora local, la mayoría demócrata convirtió a Donald Trump en el tercer presidente de la historia en ser imputado

Foto: Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

Si hubiese que elegir un solo gráfico para entender la situación en Estados Unidos, este sería el de la popularidad de Donald Trump. Un índice de aprobación relativamente bajo pero inamovible. Sólido como la lealtad que le profesan, hasta ahora, cuatro de cada diez votantes. Una popularidad que le permite controlar al Partido Republicano, y que puede hacer rebotar la ya oficial imputación parlamentaria, el 'impeachment', como si fuera una flecha de gomaespuma.

El guion transcurrió según lo previsto, y pasadas las ocho la tarde, hora local, siguiendo la disciplina partidista, la mayoría demócrata convirtió a Donald Trump en el tercer presidente de la historia, después de Andrew Johnson y Bill Clinton, en ser imputado por la Cámara de Representantes. Lo acusaron de presionar al gobierno de Ucrania para beneficio político propio, invocando “abuso de poder”, y de no colaborar después con las investigaciones: “obstrucción al Congreso”. Está previsto que el Senado, de mayoría republicana, lo juzgue y lo absuelva a principios de enero.

“Hoy estamos aquí para defender la democracia”, declaró Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes. La lideresa decretó solemnidad; vestía de negro, como para subrayar la gravedad del episodio, y había pedido a los demócratas que no aplaudiesen cuando se celebrase el voto.

División y rencor en los EEUU de Trump: un presidente a prueba de 'impeachment'

Mientras, Donald Trump, que el día anterior había acusado a los demócratas de intentar “un golpe de Estado”, denunció por Twitter un “asalto contra América”. Dos narrativas extremas se enfrentaron durante diez horas, con intervenciones breves semejantes a fuego de artillería. Un sonoro teatro de la división nacional. Aunque el presidente sea absuelto por el Senado, la mancha es indeleble, y tiene un duro coste reputacional. Pero 2019 no es 1999, y Donald Trump no es Bill Clinton.

El gráfico de popularidad de los presidentes suele describir, a lo largo de los años, una exuberante cordillera. Las administraciones de Barack Obama, Jimmy Carter o Ronald Reagan estaban ligadas a los vaivenes de la realidad, y subían y bajaban en los sondeos. No así la de Trump. Su gráfico de popularidad es casi una llanura, una línea muy estable. Hace dos años que no baja del 38%, ni sube del 42%. Pese al vendaval, el presidente es hoy más popular que hace seis meses.

Los cimientos de su fama, la desindustrialización y el decaimiento de las zonas rurales, la crisis demográfica blanca, el cansancio de las políticas intervencionistas o los efectos de la Gran Recesión, parecen anudadas en la soga del carisma personal. Donald Trump, el showman acostumbrado a leer las audiencias, conectó con una masa crítica de opinión que bullía en el interior del país, y ha logrado transformar esa conexión en una lealtad personal aparentemente incombustible.

Donald Trump, el showman acostumbrado a leer las audiencias, conectó con una masa crítica de opinión que bullía en el interior del país

Su figura, en realidad, es la negación de la figura que lo precedió: la denuncia hecha carne del inteligente, distinguido y cauteloso presidente Barack Obama. Como si el péndulo de la historia hubiera oscilado con violencia, y a Obama le hubiera seguido su opuesto, estos dos estilos resumen varias brechas en el seno de Estados Unidos.

A diferencia de Trump, el demócrata abordaba la realidad desde el cielo; iba subido a su alfombra voladora, resbalando por entre las nubes y las corrientes de aire. Con cada discurso, que pulía y repasaba durante días, Obama construía catedrales de palabras. Bonitas siluetas que intentaba trasladar a la realidad, permeando, a través del raciocinio y el sentido común, el corazón de las audiencias.

Barack Obama se sacó los zapatos y anduvo de puntillas por los pasillos del Congreso y de la Casa Blanca; sus calcetines apenas lo notaron. Por eso llaman a su Gobierno 'scandal free'. “La administración libre de escándalos”. Ni una arruga, ni una mancha. Solo una sucesión de fotos saludables y optimistas, de película de Frank Capra.

Los rivales se frustraban. Obama concedía pocas reuniones; no era político de puro y vaso de bourbon (tampoco de café; para combatir el sueño se tomaba un puñado de almendras saladas). Los juegos de poder le aburrían. Él estaba por encima de ellos, como si quisiera evitar a cualquier precio un lamparón en la camisa.

Nancy Pelosi, durante la sesión. (Reuters)
Nancy Pelosi, durante la sesión. (Reuters)

También se frustraban sus aliados. Las grandes ideas se daban codazos en la cabeza de Obama, pero solo veían la luz en forma de discursos. Washington seguía bloqueado. Los votantes se impacientaban. Cada vez que Obama comparecía, mohíno, ante las cámaras, y le echaba la culpa a los republicanos, se escuchaba un murmullo: "¿Cómo que no puedes hacer nada? 'You are the fucking president!".

Como en otros países, la izquierda de EEUU se había replegado hacia las ciudades, las universidades y las minorías, y Obama trabajó muy duro para ganarse el favor de todos estos pilares. Si hubiese un currículum progresista ideal, él habría marcado todas las casillas. ¿Columbia University? Marcado. ¿Un poco de activismo social, por aquello de la humanidad y el buen corazón? Marcado. ¿Harvard? Marcado. ¿Autobiografía para el discreto autoengrandecimiento? Marcado. Añade una familia modelo y un paso por el Senado, y a por la presidencia. Sin roces. Sin años en blanco.

Si hubiese un currículum progresista ideal, él habría marcado todas las casillas. ¿Columbia University? Marcado. ¿Un poco de activismo social? Marcado

Una parte del país manifestó su cansancio de que gente así gobernase Estados Unidos. Ese 1% de economistas, consultores, periodistas, políticos profesionales y expertos. Todos ellos resbalando por corrientes de aire, mirando la vida desde los mil metros de altura, escribiendo artículos repletos de nombres de filósofos alemanes, asomando la nariz por el borde de sus alfombras, sin tropezar, sin mojarse. Una nomenklatura de think tanks, asesorías y departamentos universitarios.

Y un día, un señor dio una patada en la puerta. Con un micrófono, una cuenta de Twitter y un inglés comprensible para un niño de seis años, derribó todo lo que la magnífica nomenklatura representaba. La complejidad, el decoro, la corrección, la falsa humildad, los escrúpulos. La comentocracia lo ridiculizó desde sus columnas y sus papers; las mandíbulas dolían de tanto reír, pero el señor acabó ganando.

Donde la nomenklatura, en su mundo platónico de charlas y canapés, veía fracasos, bancarrotas, divorcios, miles de pleitos y peleas en la prensa amarilla, una porción de Estados Unidos veía cicatrices. Los galones de una vida fajada, llena de agarrones, desafíos y apuestas; siempre con el pellejo en el campo de batalla.

En realidad, Donald Trump no ha decepcionado a nadie. Quienes lo siguen están recibiendo más de lo mismo: el drama de la telerrealidad aplicado a su país y a la geopolítica. El presidente es su campeón, y no ha dudado en retorcerle un brazo a China, poniendo una gran nube sobre la economía global. Era lo que prometió, como prometió disparar el presupuesto militar, recortar las regulaciones bancarias y medioambientales, y tensar las relaciones con los aliados de siempre. “El día que sea más popular que Obama, no estaré haciendo mi trabajo”, declaró el propio Trump.

La oposición también está viendo satisfechas sus expectativas y sus adicciones sensoriales: la indignación, el horror, la vergüenza ajena, y la consiguiente inyección de superioridad moral. La noche anterior hubo manifestaciones anti-Trump en 50 estados. “¡Nadie está por encima de la ley!”, se oyó desde Los Ángeles a Nueva York.

El escudo electoral que protege al presidente es duro pero reducido, y puede no ser suficiente para darle en 2020 un segundo mandato. El huracán del 'impeachment', en cambio, puede acabar siendo, desde el punto de vista electoral, una brisa inofensiva.

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