una sociedad civil acallada

El caso Khashoggi y la Primavera Árabe: todo debe cambiar para que todo vaya a peor

Las libertades civiles están en franco retroceso en el mundo árabe a pesar de las revoluciones iniciadas en 2011. El caso Khashoggi es la metáfora perfecta que ilustra esa involución

Foto: El príncipe heredero saudí, Mohamed ben Salman, recibe al hijo de Jamal Khashoggi. (Reuters)
El príncipe heredero saudí, Mohamed ben Salman, recibe al hijo de Jamal Khashoggi. (Reuters)

"Si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie". Esa es una frase de la novela 'El Gatopardo' que le decía el personaje revolucionario Tancredi Falconeri, de origen noble, a su tío Fabrizio Corbera, príncipe siciliano de Salina. La noción política del ‘gatopardismo’ se basa en que a veces es conveniente que se produzcan cambios para que los poderes fácticos mantengan sus privilegios bajo una capa cosmética de revolución fracasada. Entretanto, las masas se contentan con su vano intento de insurrección contra las oligarquías dominantes.

El concepto político del ‘gatopardismo’ no solo ha triunfado en el mundo árabe tras la Primavera Árabe que estalló en Túnez a finales de 2010 tras la autoinmolación del vendedor callejero Mohamed Bouazizi, sino que ha ido más allá: todo ha cambiado para que fuera incluso a peor. El hecho es que ahora las libertades y derechos están en retroceso en la gran mayoría de los 20 países árabes donde hubo manifestaciones en favor de avances democráticos. La consecuencia resultante más tangible es que las elites políticas, militares y religiosas de siempre han visto reforzada su hegemonía.

Los dos centros de poder en el Magreb y el Oriente Medio son los cuarteles del ejército y los púlpitos de las mezquitas. Poco o nada ha cambiado

El caso del periodista saudí Jamal Khasshoggi, asesinado en el consulado de su país en Estambul, es el paradigma que simboliza ese fracaso de la ciudadanía que quiso llevar a cabo reformas en el mundo árabe. El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed ben Salman, había realizado una ronda en los pasados meses por diferentes capitales del mundo -entre ellas Washington, París o Madrid- vendiendo su plan de modernización y apertura ‘Visión 2030’. La esperanza de cambios se diluyó cuando los servicios de seguridad saudíes descuartizaron a Khashoggi a comienzos de octubre. El periodista había cometido la osadía de exigir democracia y libertad de expresión para su país desde la influyente cátedra de ‘The Washington Post’.

Desde este mismo año, las mujeres saudíes pueden obtener permisos de conducir, un hecho que se mostraba al mundo como una señal de esa apertura histórica de Riad. Pero la realidad se muestra tozuda. A las primeras de cambio, Khashoggi era asesinado a comienzos de octubre por su atrevida disidencia. El ánimo reformista de Arabia Saudí se reducía a un espejismo en el desierto, a un lavado de cara con más pinta de márketing que de deseo real de cambio.

Manifestación en Washington por la muerte de Jamal Khashoggi. (Reuters)
Manifestación en Washington por la muerte de Jamal Khashoggi. (Reuters)

Efectivamente, parece que muchas cosas hayan cambiado en la política y socioeconomía del mundo árabe para que todo siga igual o peor. La segunda mitad del siglo XX y los comienzos del actual han evidenciado que los dos centros de poder en el Magreb y el Oriente Medio son los cuarteles del ejército y los púlpitos de las mezquitas. Poco o nada se ha modificado en esa doble hegemonía que gobierna el mundo árabe. Antes al contrario, el resto de instituciones ha visto menguado su poder.

En estos últimos años, han sido derrocados dictadores como Saddam Hussein en Irak, Hosni Mubarak en Egipto, Muammar el Gadafi en Libia o Ali Abdullah Saleh en Yemen, todos ellos militares que condenaron a sus pueblos a sufrir regímenes de plomo durante décadas. Su reemplazo solo ha traído más violencia e inestabilidad a sus países. Los nostálgicos de sus dictadores derrocados por fuerzas externas tienen sus razones para llorar por esos estados hoy desestructurados y caóticos.

El ejército, la institución más sólida y de mayor poder en el mundo árabe, cobra hoy día más importancia que nunca. Según el prestigioso Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés), entre los diez países del mundo que más han invertido en gasto militar per cápita entre 2001 y 2017 hay cuatro árabes: Omán, Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos (EAU). Los tres primeros se sitúan en el ‘top 5’ del listado. Es ese una síntoma inequívoco de sus prioridades.

Por el contrario, en el Índice de Desarrollo Humano publicado por la ONU hay que irse hasta el puesto 34 del ránking para encontrar al primer país árabe: EAU. El vecino Marruecos se ubica en el lugar 123 del listado de un total de 189 países analizados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. El índice está liderado por Noruega y Suiza.

En lo que se refiere al segundo poder hegemónico, el de los minaretes de las mezquitas, también reaccionó a las revoluciones de la sociedad civil de los países árabes. Temían que unas democracias laicas, conformes a un modelo occidental, avanzaran y les arrebatan su capacidad de influencia. La represión militar a sangre y fuego en lugares como Siria o Egipto fue seguida del fortalecimiento de un islam tradicional que actuara como profilaxis contra movimientos islamistas y laicos acomodables a la hegemonía militar tradicional.

El asesinato de Khashoggi envía un mensaje nítido para los disidentes que pretendan amenazar la doble hegemonía de los cuarteles y los alminares

De ese modo, el triunfo en las elecciones de 2012 en Egipto de Mohamed Mursi, uno de los líderes de los Hermanos Musulmanes, exacerbó los ánimos de los militares que lo derrocaron al año siguiente mediante un golpe de estado. A eso siguió el asesinato y encarcelamiento de miles de islamistas que amenazaban el ‘statu quo’ de la oligarquía militar egipcia, instaurada desde mediados del siglo XX.

Choques en la Universidad de Al Azhar, símbolo del islam tradicional en Egipto y el mundo islámico sunní. (EFE)
Choques en la Universidad de Al Azhar, símbolo del islam tradicional en Egipto y el mundo islámico sunní. (EFE)

Esa vía profiláctica de integración política de los islamistas dóciles con esas oligarquías militares se ha sustanciado en países como Marruecos, Argelia o Jordania. Un ejemplo diáfano de este proceso lo representa Marruecos: desde 2011, los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo gobiernan en armonía con la monarquía alauí.

Jamal Khashoggi soñaba con erradicar el ‘gatopardismo’ en el mundo árabe. Un atrevimiento que acabó con su vida. Su asesinato simboliza un mensaje disuasivo para aquellos disidentes que osen amenazar la doble hegemonía de los cuarteles y los alminares.

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