LOS ISLAMISTAS OCUPAN LOS ASIENTOS VACÍOS DE LOS DICTADORES

La Primavera Árabe se llena de brotes verdes

Ha pasado justo un año desde que el joven vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, se quemara a lo bonzo en la pequeña localidad tunecina de Sidi Bouzid,

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La Primavera Árabe se llena de brotes verdes
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    Ha pasado justo un año desde que el joven vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, se quemara a lo bonzo en la pequeña localidad tunecina de Sidi Bouzid, Impotente ante la arbitrariedad policial de un grupo de agentes que decidieron confiscarle su puesto de verduras, Bouazizi abrió con su sacrificio la caja de pandora de unas reivindicaciones que venían gestándose tiempo atrás en el mundo árabe. La población salió a las calles reclamando el fin de la corrupción, bajo el lema de “Pan, Libertad y Dignidad”, y las protestas no tardaron en extenderse por toda la ribera oriental del Mediterráneo. Arrasaron tres regímenes marcados por décadas de autoritarismo y todavía persisten en algunos países, donde las autoridades tratan de frenar su avance utilizando la violencia. Allí donde triunfaron las revoluciones, los ciudadanos depositan sus esperanzas en el color verde de los islamistas para salir adelante.

    Diez meses después de la caída del régimen de Mubarak, Egipto, el país árabe más poblado, celebra estos días elecciones para formar un nuevo Parlamento. Los resultados parciales, tras la primera de tres rondas, otorgan aproximadamente un 60% de los votos a los islamistas. Los más moderados Hermanos Musulmanes se sitúan a la cabeza, seguidos por los salafistas, representantes de un fundamentalismo islámico moldeado desde el extremismo de las monarquías del Golfo Pérsico. Las autoridades militares, remanentes del antiguo régimen, supervisan el proceso democrático, gracias a la aquiescencia de los propios Hermanos Musulmanes, contrarios a que un Gobierno civil asuma el poder.

    Aunque las bases de los grupos islamistas salieran a las calles para pedir el fin del régimen, éstos nunca llegaron a apoyar oficialmente la revolución. Su ideología conservadora y, sobre todo, sus cálculos políticos, les apartaban de las calles para empezar a trabajar en los despachos. Mientras el resto de tendencias se organizaban en nuevos partidos, Hermanos Musulmanes y los salafistas fundaron, tras décadas en la clandestinidad, sendas formaciones políticas, asentadas en la popularidad que les proporciona sus años de ayuda social a las clases más humildes. Contaban con el triunfo, lo que volvió a apartarles de decenas de miles de personas que volvieron a ocupar en noviembre la plaza Tahrir de El Cairo para reclamar a los militares que retrasaran las elecciones hasta que entregaran el poder a una autoridad civil. Los egipcios votan ahora a quienes fueron marginados por el régimen de la vida política durante años, por lo que los islamistas contarán con una gran mayoría en el Parlamento con la que aspiran a suplantar el poder ocupado hasta ahora por los generales.

    Mayoría islamista también en Túnez

    Al igual que en Egipto, los islamistas tunecinos prefieren no desgastarse desde la presidencia. Esta misma semana la recién formada Asamblea Constituyente nombraba nuevo presidente al opositor al régimen del depuesto Ben Ali, Moncef Marzuki. El siguiente paso será formar un nuevo gabinete, que previsiblemente estará liderado por los islamistas de Ennahda, quienes obtuvieron la mayoría en las elecciones democráticas, con un 40% de los votos. Túnez, el país más occidentalizado de la región, fue el primero en desbancar a su régimen e iniciar un proceso democrático, que ahora se observa como un laboratorio en el resto del mundo árabe. Los ganadores en los comicios se presentan como un grupo moderado y apuestan por una transformación progresiva de los aparatos de poder, sin cambios dramáticos en el ámbito social, que puedan dañar su imagen de cara al exterior.

    Más radicales fueron los mensajes de los opositores libios, justo después de declarar la liberación del país. El presidente del Consejo Nacional de Transición, Mustafa Abdul Yalil, aseguró que la ley islámica sería la principal fuente de legislación en el futuro Estado libio y cuestionó la monogamía. Libia no sólo encara un proceso democrático que debe levantar las estructuras políticas del país, inexistentes más allá de la figura de Gadafi, sino que tiene ante sí la titánica tarea de reconstruir un país devastado por la guerra que acabó de forma macabra con el perturbado dictador. En la revolución tunecina y egipcia, rápidas y más o menos limpias, los militares jugaron un papel fundamental, al decantarse del lado de los sublevados. El caso libio, donde el coronel sólo cedió el poder ante quienes se cobraron su cabeza, apoyado por un Ejército formado mayoritariamente por mercenarios a sueldo, abrió una nueva etapa en la primavera árabe.

    La primavera sangrienta

    Al igual que Gadafi, Bashar Al Asad se aferra al poder en Siria. El joven oftalmólogo que llegó a la presidencia casi por accidente se ha destapado como digno sucesor de su padre, Hafez, quien gobernó el país durante dos décadas con mano de hierro. Según los datos de la ONU y de varias organizaciones humanitarias, la represión del régimen sirio se ha cobrado la vida de entre 4.000 y 5.000 personas, mientras miles de manifestantes siguen pidiendo la caída del régimen en varias ciudades del país. Sin embargo, Damasco sigue ajena a las protestas que se concentran en regiones centrales y meridionales del país. La tibieza de la comunidad internacional y la heterogeneidad de los grupos opositores, que aspiran a ser reconocidos como representantes legítimos ante las instituciones supranacionales, permiten a Al Asad seguir en el poder, aunque lidera todas las apuestas para ser la próxima víctima de la Primavera Árabe.

    Un callejón en el que Yemen parece haber encontrado la salida. Las protestas contra el régimen también se tornaron en violentas, hasta el punto de que el presidente Ali Abdalá Saleh estuvo a punto de morir en un atentado. El mandatario que se mantiene en el poder desde hace más de tres décadas había contado con el apoyo de las monarquías del Golfo Pérsico hasta ese momento. Pero después de exiliarse en Arabia Saudí para tratarse sus heridas, los jeques decidieron dejarle caer y a finales de noviembre anunció que renunciaría al poder, aunque sería el mismo régimen quien pilotara una transición ordenada.

    Es la única derrota que los regímenes saudíes, quienes ostentan la autoridad moral y económica en la región, han tolerado ante el impulso democrático de la Primavera Árabe. Las monarquías wahabíes, una de las ramas más conservadoras del islam, acabó fulminantemente con todo conato de sublevación en sus emiratos. Unas pocas reformas y una dura represión sirvieron para aplacar las tímidas demandas en Arabia Saudí, Omán o Jordania, aunque no así en Bahréin, donde continúa la contestación por parte de la mayoría chií frente a la minoría suní que ocupa el Gobierno.

    Nada cambia en Marruecos

    Con más habilidad ha gestionado la monarquía marroquí las protestas en su territorio. Consciente de que la población reclama democracia y elige islamismo, el rey Mohamed VI convocó elecciones anticipadas en su país y permitió que triunfaran los islamistas, pese a su conocida mala relación. El Partido Justicia y Desarrollo, de corte muy similar a los Hermanos Musulmanes egipcios se hizo con la mayoría. El célebre líder de esta formación, Abdelilah Benkirán, presidirá el Gobierno, aunque la monarquía alauí seguirá manejando los hilos del país, ajena al terremoto político que continúa vivo en la zona más oriental del mundo árabe.

    Los movimientos islámicos más conservadores asoman ahora la cabeza, pese a haber pasado años reprimidos por los dictadores caídos o precisamente gracias a ello. Mientras, crece el temor en Occidente, desde donde se apoyó a esos Gobiernos autoritarios. Los partidos religiosos triunfadores en las urnas adoptan una postura moderada, con la intención de calmar tanto a su población como a la comunidad internacional. El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, señaló hace unos días con motivo del día de los Derechos Humanos que “2011 había sido un año extraordinario”. Y obviando las reticencias de los países del norte, subrayó que “muchas personas se han movilizado para pedir justicia, dignidad, igualdad y participación” y el resultado ha sido “un año extraordinario para los derechos humanos, al iniciarse varias transiciones democráticas”.

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