Tlatelolco, 2 de octubre de 1968: el día que acabó con la inocencia de México
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a 50 años de la matanza de estudiantes

Tlatelolco, 2 de octubre de 1968: el día que acabó con la inocencia de México

El Gobierno del PRI provocó un baño de sangre para desarticular un movimiento de protesta que creía inducido por la URSS y amenazaba los Juegos Olímpicos. Aún no se ha hecho justicia

placeholder Foto: Estudiantes y miembros de organizaciones civiles participan en una marcha de conmemoración de la matanza de Tlatelolco, en Ciudad de México, el 2 de octubre de 2014. (Reuters)
Estudiantes y miembros de organizaciones civiles participan en una marcha de conmemoración de la matanza de Tlatelolco, en Ciudad de México, el 2 de octubre de 2014. (Reuters)

“¡El 2 de octubre no se olvida!”. Durante décadas, éste ha sido el grito de lucha de miles de jóvenes mexicanos. “¡El 2 de octubre no se olvida!”, es usado en marchas, mítines, plantones, graffitis y protestas universitarias. “¡El 2 de octubre no se olvida!”, es la consigna oficial de quienes luchan en México contra un Estado autoritario y represivo. “¡El 2 de octubre no se olvida!”, es un grito de las izquierdas mexicanas. Pero, sobre todo, el 2 de octubre no se olvida porque es una de las páginas más negras de la historia moderna del país.

La noche del 2 de octubre de 1968, fuerzas paramilitares, policías y miembros del Ejército mexicano dispararon a sangre fría contra los casi 8.000 estudiantes, profesores, obreros y campesinos reunidos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, al norte de la Ciudad de México. Protestabasn contra la desigualdad y el autoritarismo del PRI, el partido hegemónico desde el fin de la Revolución Mexicana (1910-1920) que ya se había anquilosado en el poder con trampas, corruptelas y un control total de medios, industrias y sindicatos. En las marchas se exigía una democracia verdadera y la implementación de mayores libertades civiles, políticas y sociales.

Foto: Una madre de uno de los 43 desaparecidos en Iguala durante una misa en Ayotzinapa, México. (Reuters)

Los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de otras escuelas públicas y privadas habían tomado la batuta de las protestas. El movimiento había empezado 70 días antes, con varios mítines, enfrentamientos y la toma de las instalaciones universitarias.

El presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien consideraba que se trataba de una sublevación comunista, no estaba dispuesto al diálogo. Siempre se mostró intolerante y violento. De hecho, antes del 2 de octubre las acciones del Gobierno para recuperar “el orden y la paz” ya habían provocado la muerte de al menos 10 manifestantes. México estaba a punto de celebrar la 19ª edición de los Juegos Olímpicos (que empezaban el 12 de octubre) y a Díaz Ordaz le urgía presentar un país en calma. El estadio de la UNAM, además, era la sede de la inauguración.

Fue así como, a pesar de haber prometido un ambiente de cordialidad y paz para la marcha del 2 de octubre, Díaz Ordaz ejecutó la “Operación Galeana”. Su Gobierno infiltró a agentes y soldados en la protesta estudiantil (con jóvenes que vestían de civil y portaban guantes blancos) y ordenó la movilización de tres contingentes del ejército en zonas cercanas a la Plaza de las Tres Culturas. El fantasma del comunismo, alimentado por la CIA, fue clave en la represión. De hecho, hay pruebas de que Díaz Ordaz estaba en la nómina de la agencia de inteligencia estadounidense. “Era un agente”, sostiene Sergio Aguayo, investigador del Colegio de México.

placeholder El ejército mexicano desplegado en el Zócalo, el 28 de agosto de 1968 (Fuente: Wikimedia Commons)
El ejército mexicano desplegado en el Zócalo, el 28 de agosto de 1968 (Fuente: Wikimedia Commons)

La masacre

Eran las 18:10 horas cuando los tanques y los helicópteros verde olivo empezaron a verse en la plaza. De inmediato, bengalas provenientes del edificio de Cancillería comenzaron a ser lanzadas a la explanada. Entre los manifestantes había niños. Todos empezaron a correr. Enseguida vinieron los balazos desde terrazas de los edificios aledaños. Había francotiradores. El pavor y el miedo se apoderaron del lugar en cuestión de segundos. El primer tiroteo duró casi una hora. Después vendrían otros, aunque menos intensos, en medio de una lluvia que dejaba ríos de sangre cada vez más caudalosos en la Plaza de las Culturas.

Entre las ráfagas, la gente corrió a los edificios de la unidad Tlatelolco, donde muchos de los vecinos les dieron refugio dentro de sus departamentos. Pero el ataque no terminó ahí. Los soldados se metieron a los inmuebles para arrestar a los estudiantes. La orden era terminar con el movimiento a toda costa. Tocaron las puertas y, sin ninguna orden de aprehensión, empezaron a detenerlos. Casi 2.000 jóvenes fueron arrestados y enviados a un campo militar. A muchos les quitaron la ropa, los golpearon y los torturaron. Entre 30 y 300 personas, según la fuente que se consulte, fueron asesinadas.

“El espectáculo era dantesco. [Desde mi ventana] vi varios cuerpos tirados. La plaza estaba llena de zapatos. Estaba lloviendo esa noche y ya había bomberos lavando la explanada. Enfrente, en la Biblioteca de Relaciones Exteriores, [los detenidos] estaban en fila, sobre la pared, eran mujeres y jóvenes completamente desnudos. También vi tanquetas, camiones del Ejército y soldados levantando cuerpos. Como costales de papas, los aventaban [lanzaban] al carro. No era uno ni dos, eran varios cuerpos”, cuenta un vecino de la unidad en el documental “Tlatelolco: las claves de la masacre”, producido por el periódico La Jornada y el Canal Seis de Julio.

Foto: Ilustración: Raúl Arias
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Daniel Arjona Ignacio Segurado

Esa noche, Díaz Ordaz logró su objetivo: desactivar el movimiento estudiantil de 1968. Esa noche, miles de sueños y vidas quedaron cortadas de tajo, pero al Gobierno no le importó. El 12 de octubre, los ojos del mundo ya estaban puestos en México y, ante las cámaras, el país se mostraba “feliz” y “de fiesta” con la inauguración de los Juegos Olímpicos en el estadio universitario. Díaz Ordaz siempre se mostró orgulloso de su decisión.

Pero, aunque el PRI haya intentado lavar la sangre esa misma noche y borrar la lucha, “¡el 2 de octubre no se olvida!”. La movilización de ese año tuvo lugar a la par que los “Otros 68”: los movimientos sociales de Francia, Estados Unidos, España, la antigua Checoslovaquia, Italia, Gran Bretaña y China. Se dio en medio de un ambiente de Guerra Fría y caza de brujas por el comunismo. En medio de la Guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Todos, acontecimientos que marcaron la historia y siguen dejando huella en el mundo.

placeholder Un autobús quemado en la Plaza del Zócalo durante una protesta, en julio de 1968. (Fuente: Wikimedia Commons)
Un autobús quemado en la Plaza del Zócalo durante una protesta, en julio de 1968. (Fuente: Wikimedia Commons)

Las luchas de 2018

A 50 años de la masacre, la máxima casa de estudios de México, la UNAM, ha organizado numerosos eventos en homenaje a los jóvenes que dieron su vida en la lucha de 1968. Conferencias, documentales restaurados, exposiciones del material de las brigadas gráficas de aquellos años, eventos de performance, danza, música, conversatorios y decenas de intervenciones artísticas, han tenido lugar en estos meses, y seguirán activos hasta diciembre, para no olvidar el 2 de octubre ni sus múltiples significados.

La realidad del país, sin embargo, parece superar a la misma UNAM. Las injusticias, los autoritarismos y muchos otros fantasmas del pasado aún no han desaparecido, por lo que los jóvenes de 2018 han retomado este mes las movilizaciones estudiantiles con un nuevo espíritu de lucha y cambio. Una protesta legítima que se desató luego de que el pasado 3 de septiembre un grupo de "porros" [estudiantes que suelen violentar y reventar las marchas] de una escuela preparatoria atacara con palos y cócteles molotov a manifestantes de entre 15 y 18 años que protestaban en pleno corazón del campus universitario por el feminicidio de una compañera, por la inseguridad en su plantel y por el autoritarismo de sus directores. Los matones hirieron a varios jóvenes y demostraron que las viejas estrategias de represión no han muerto.

Foto: Manifestación en París en mayo de 1968. (Getty Images) Opinión

Lo sucedido el 3 de septiembre derivó en huelgas y paros estudiantiles. Diez días después, casi 30.000 jóvenes marcharon del Museo de Antropología a la Plaza del Zócalo de la capital para evocar la famosa “Marcha del Silencio” de 1968 y así demostrar su repudio a los actos represivos actuales. “Ni UNAMenos”, “Si no hay solución, habrá revolución”, “Fuera 'porros' de la UNAM”, “68/18. ¿Cuál cambio?” y “¡Justicia!”, fueron algunas de las consignas.

Para Gabriela Warkentin, destacada periodista y académica en México, los jóvenes del 2018 enfrentan una serie de desafíos que la generación de 1968 no tuvo: aunado a las demandas de democracia y justicia social, todos los días tienen que lidiar con la inseguridad a nivel nacional y la delincuencia en sus propias calles, con los feminicidios, con la falta de oportunidades laborales y la incertidumbre sobre su futuro y su desarrollo personal y profesional, indicó.

placeholder Un manifestante durante la marcha en recuerdo de la matanza de Tlatelolco en octubre de 2016. (Reuters)
Un manifestante durante la marcha en recuerdo de la matanza de Tlatelolco en octubre de 2016. (Reuters)

Los que sí olvidan

“Yo veo ahora a los chicos enfrentando problemas muy complejos (…) Los veo con una fragilidad que es suma de todo lo que pasa a su alrededor [y que] los coloca en un momento aún más doloroso [que el del 68]. [Antes] estábamos atentos con lo que pudiera suceder con la represión del Estado, pero jamás con lo que me podía suceder en la esquina [de mi casa]. Había otra estructura con la cual pelear”, dijo Warkentin a El Confidencial.

“Los jóvenes de hoy no están en una situación fácil. El mundo que tienen enfrente es complejo y no lo ven claro. Y tienen razones para ello. Hay inquietudes y esas inquietudes hay que entenderlas. Hay que dialogar, hay que hablar, hay que escucharlos. La democracia empieza en escuchar, justamente. Pensar como el Otro, entender al Otro, abrirse al Otro. Si no [se hace así] llegamos a los puntos ciegos que terminan tan mal como terminaron en 1968, con una represión brutal, con compañeros injustamente encarcelados y gente inocente muerta”, destacó Cristina Barros, hija del ex Rector de la UNAM Javier Barros Sierra, quien, en 1968, marchó junto con los estudiantes para defender su lucha. Una lucha que aún no termina.

Foto: Un granjero agita una bandera mexicana durante una protesta contra la subida de la gasolina en el Puente de las Américas entre Ciudad Juárez y El Paso, en enero de 2017. (Reuters)

Cabe aclarar que, para algunos sectores de la sociedad mexicana, el 2 de octubre sí se olvida. Lo han olvidado o ni siquiera lo han recordado. El grito de injusticia es ajeno a ellos, es lejano a sus tiempos y a sus realidades. Lo ven, incluso, como una consigna vieja, decadente y rancia. Es la consigna de los “chairos” (un mexicanismo que puede traducirse como "progres de salón"), dicen. Pero no. Aunque muchos no lo quieran ver ni oír, el 2 de octubre de 1968 nos afectó a todos por igual, y este 2018 está más vivo que nunca.

A 50 años de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, este 2018 también cierra otro capítulo de la historia moderna de México y abre uno nuevo con el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador. El ex Alcalde de la Ciudad de México será, a partir del 1 de diciembre, el presidente mexicano más cercano a esa izquierda que lleva medio siglo peleando con sudor y sangre por un país más justo y democrático. Un país que, además, lleva 12 años sufriendo los estragos de una guerra contra el narco que no ha dejado más que inseguridad, violencia, muerte, desapariciones forzosas, ejecuciones extrajudiciales y una impunidad rampante. Hoy, más que nunca, el espíritu de lucha del 2 de octubre de 1968 no se debe olvidar.

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