"mueren muchas chicas con el cristal. les encanta"

Ciudad Juárez: las heridas de los hijos de la guerra que ensangrentó México

Los años más violentos han pasado pero sus consecuencias se dejan sentir en los más jóvenes. Viven una realidad cotidiana manchada por el narcotráfico, la delincuencia, la trata o tendencias suicidas

Foto: Unos niños pasan ante una escena de un crimen en Ciudad Juárez, el 23 de junio de 2018. (Reuters)
Unos niños pasan ante una escena de un crimen en Ciudad Juárez, el 23 de junio de 2018. (Reuters)

Hace dos semanas mataron a una señora ahí atrás… pero ya no es como hace unos años, ahora la ciudad está mejor”. Jonathan alarga el brazo y señala el descampado que se ve tras el parque, el mismo en el que ha jugado desde que era pequeño. Cuenta esto sin extrañeza. Dieciséis años de vida en la colonia Tarahumara, una de las más deprimidas de Ciudad Juárez, dan para ver unos cuantos cadáveres. “Ya no pasa tanto, pero sí que pasa” concluye.

¿Y cómo está ahora la ciudad?

Por Ciudad Juárez se pregunta como por un enfermo. Se responde con cautela, como si estuviese aún en pronóstico reservado y pese a los tímidos signos de recuperación, pudiese recaer en cualquier momento. Jonathan y Jeffer lo saben bien; adolescentes ahora, eran muy pequeños durante la época más violenta de la ciudad. Pero la recuerdan, es difícil no recordarla: “Era imposible estar en la calle después de las siete de la tarde. Ahora está mejor, bastante mejor”.

El 41% de los habitantes de Ciudad Juárez tiene menos de 18 años. A la mayoría, como a ellos, el periodo 2008 a 2012 les explotó en plena infancia. Años en los que la lucha entre los cárteles degeneró en un delirio de horror y la ciudad se convirtió en un catálogo del crimen: feminicidios, narcotráfico, atracos, extorsión y decapitaciones. Hoy las guerras entre el narco se han apaciguado y la delincuencia común que creció a su amparo retraído ligeramente. Quedan sus consecuencias, que impregnan a la ciudad como una peste y han marcado a varias generaciones. Chicos que aún no llegan a los dieciocho y caminan hacia la adultez con las heridas abiertas. Los hijos de la violencia. En Ciudad Juárez los homicidios de adolescentes de 12 a 17 años llegaron a su punto más alto en 2010, con un índice de 75 muertos sólo ese año, una media nueve veces mayor que la nacional. Pese a una reducción la tasa es aún hoy la mayor del país.

“Aquí a todo el mundo lo han asaltado alguna vez”. Jeffer recuerda el día que salió a un parque a jugar al fútbol con uno de sus mejores amigos, de lejos vieron a la madre de éste y se acercaron a saludarla. Una pick up con lunas tintadas llegó antes. “Le pegaron un balazo, nunca se ha sabido por qué. Pero cuando llegamos ya estaba muerta”.

“En Ciudad Juárez todas las familias lloramos algún muerto a causa del conflicto de aquellos años. Si no es el padre es el abuelo, el hermano, el amigo…”

“En Ciudad Juárez todas las familias lloramos algún muerto a causa del conflicto de aquellos años. Si no es el padre es el abuelo, el hermano, el amigo…”. Catalina Castillo es la coordinadora de la Red de Protección por la Infancia en Juárez y cree que la “violencia es una característica estructural de la ciudad y que ha dejado una huella permanente en los jóvenes. Se nota en la agresividad con la que se relacionan los niños: mucho golpe, agresiones verbales, las actitudes… hasta en los colores que usan la mayoría de adolescentes. Siempre oscuros”.

Pero, ¿se puede heredar la violencia?

“Los niños que ahora tienen 4 o 5 años son la tercera generación de violencia en la ciudad”. En muchos casos la pobreza aboca a viviendas intergeneracionales, chicos que son padres o se van a vivir en pareja con 16 años y reproducen los mismos patrones de comportamiento en la familia que ven a diario en sus padres de 30 y los abuelos de 50”. “La violencia aquí nace y se reproduce en la familia”, explica.

Quizás ya no aparezca en los medios pero en Juárez siguen muriendo mujeres. “Los feminicidios han bajado pero no desaparecido. Del 2010 al 2014 hubo 710 mujeres asesinadas. En 2016 54. Este año hasta julio ya llevamos 39, en su gran mayoría muy jóvenes o adolescentes 15, 16 o 17 años”. Cuenta Imelda Marrufo, integrante de la organización Red Mesa Mujeres. “Entre 2010 y 2017 hubo 2.521 denuncias por violencia sexual. No nos extraña. Lo vemos en los talleres que hacemos con los adolescentes: Cosas como controlar a la pareja, no permitir que hable con otros amigos, jalarla del cabello. Muchos chicos se sorprenden: ¿Pero de verdad eso es violencia?”.

“Te voy a matar”, le decían todos los día a Jonathan en el colegio. “Y si te tomaba manía uno de esos “cholos” que tenía “contactos” había que tener cuidado. Mucho cuidado” recuerda. “En la puerta del colegio hemos visto como atropellaban a varias chicas sin saber por qué, luego el conductor se daba a la fuga”. En su barrio no era distinto, mira al vacío y baja la voz para contar como un coche mató a su hermano pequeño y después huyó. Tardaron días en descubrir que el autor del atropello era uno de los mejores amigos de la familia. Nunca supo explicar sus motivos. “De todas formas da igual, aquí la policía no viene casi, tú les marcas y tardan una o dos horas en llegar”.

Una mujer pone una cruz en el cementerio de San Rafael durante el Día de los Muertos, en las afueras de Ciudad Juárez. (Reuters)
Una mujer pone una cruz en el cementerio de San Rafael durante el Día de los Muertos, en las afueras de Ciudad Juárez. (Reuters)

¿Cuántos de aquí han probado la marihuana? ¿La cocaína? ¿Y el cristal? Las manos continúan casi todas alzadas, aumenta la potencia de la sustancia pero no las deserciones. Son diez chicos, ninguno pasa de los quince años. Hoy están en uno de las actividades que la asociación Sumando Esfuerzos por Juárez, A.C, organiza para niños y adolescentes en colonias como la de Simona Barba, algunas de las más problemáticas de la zona sur de la ciudad: talleres lúdicos, encuentros, juegos campamentos de verano… ganarle las calles como espacio público a la delincuencia y la droga. Parece difícil, esta última siempre ha estado presente en Ciudad Juárez.

El asunto empezó con las maquiladoras. Grupos de niños que se reunían a inhalar “el agua celeste”, un limpiador industrial que se usa en las maquilas y que se puede comprar en cualquier tienda. Aún se usa hoy, luego llegaron la marihuana, la coca, lo último en inundar las calles ha sido el cristal. ¿Cuántos de aquí se dedican a venderlo? Dos manos arriba, entre ellas la de Irwin, que dice que puede conseguirte un gramo de lo que quieras en apenas diez minutos. “En la prepa todo el mundo vende (...) Ahora mueren muchas chicas con el cristal. Les encanta”.

“Las familias aquí son pobres y hacen falta los dos sueldos. Hace décadas las mujeres se incorporaron a trabajar en las maquilas, pero no hubo ayuda por parte de las instituciones para ofertar centros para el de cuidado infantil. Los padres pasan fuera casi todo el día y los niños crecen en la calle, muchas veces sin referentes. Sin familia, con un Estado ausente, sin nada. Solos. Somos una ciudad llena de huérfanos”, dice Catalina.

Juárez es un lugar de paso, siempre lo ha sido. Casi desde cualquier punto de la ciudad pueden verse el 'skyline' de la ciudad de El Paso. La gente sigue cruzando por el desierto o el Río Grande, que en su camino hacia la frontera corre medio seco. Casi todo el mundo tiene un familiar al otro lado. Es el caso de Marlon, que pese a que su padre vive allá desde siempre, a sus quince años dice que jamás había estado en Estados Unidos. Por eso la semana pasada le dio por cruzar la frontera. “Hace tiempo que tenía ganas y por eso lo decidimos ir de golpe con dos amigos. Si vas por el Cerro del Cristo, en el desierto, se tarda unas dos horas en cruzar. Después llegamos a la carretera y caminamos por la orilla de las casas. No llevábamos ni una hora en los Estados Unidos cuando se acercó la migra, nos preguntó de dónde éramos. Le dijimos que de El Paso pero no nos creyeron y nos mandaron de vuelta”.

Marlon cuenta su versión oficial del tirón y con su sonrisa. La realidad es que cruza la frontera cada semana, que los dos amigos de los que habla eran migrantes a los que intentaba pasar al otro lado y que Marlon ya ha sido detenido en Estados Unidos varias veces por trabajar como “coyotito”. Una profesión que le reporta unos cien dólares por cada cliente que consiga pasar a Estados Unidos. Marlon sería lo que en el “Albergue para niños migrantes” llaman “un niño del circuito”. Niñas, niños y adolescentes que cruzan la frontera continuamente por diversos motivos y a los que se relaciona con bandas delictivas relacionadas con la trata, traficantes de humanos y drogas. El riesgo de prisión es menor si eres niño y además estás bien entrenado.

En el “Albergue para el niño migrante” de Ciudad Juárez reciben a los chicos deportados desde Estados Unidos, la mayoría centroamericanos, también tienen un programa para los “chicos del circuito”, así llaman a los niños de Juárez que viven de cruzar la frontera.. “Migración nos los manda, y se quedan a estudiar en el centro para que los tengamos vigilados”. Cuenta Gilberto Solís, el responsable del centro. “Hacemos también programas de prevención y sensibilización, tratamos de que no crucen al otro lado continuamente poniendo en peligro su vida. El año pasado atendimos a unos 700 chicos del circuito y aproximadamente el 25% de ellos habían sido detenidos por tráfico de personas”. El mito del muro que piensa construir Trump ha incrementado los precios que cobran por cruzar.

“La frontera para nosotros es real, la vemos todos los días, no es un mito, aquí no creemos en el sueño americano, todos tenemos familia viviendo en 'los States' y sabemos cómo están las cosas y que no son tan bonitas como las pintan, los juarenses no suelen emigrar”. Cuenta Gilberto “Los niños son un eslabón débil de la vida fronteriza, muchos no van a la escuela, padres que están en Estados Unidos y no ven desde hace años, escasos recursos, familias monoparentales. Es un problema fronterizo más que migratorio”.

Marlon de momento acabará la preparatorio asistiendo a clases en el centro. Le gusta lo que tiene que ver con la robótica y la tecnología y dice que piensa dedicarse a eso aquí, en Ciudad Juárez. Aunque sigue teniendo curiosidad por pasar al otro lado. “La próxima vez que vaya me gustaría conocer Disneyworld”.

Organizaciones sociales recuerdan la masacre de 15 jóvenes ocurrida en Villas de Salvalcar, en ambos lados de la frontera en Ciudad Juárez. (EFE)
Organizaciones sociales recuerdan la masacre de 15 jóvenes ocurrida en Villas de Salvalcar, en ambos lados de la frontera en Ciudad Juárez. (EFE)

"Nos consideramos supervivientes de guerra”

Luis intentó cortarse las venas por primera vez a los quince años. “Me daban ataques de pánico, ansiedad, me afligía mucho con los recuerdos del pasado”. La madre de Luis mató a su padre de un disparo cuando él era muy pequeño. Fue condenada y encarcelada. Después de su liberación, murió en lo que el forense resumió como “circunstancias sospechosas”. Luis tenía 12 años en aquel momento. “Probé con otras religiones, las drogas, luego empecé a cortarme y a automutilarme.”

“Siempre ha habido mucha violencia a mi alrededor. Recuerdas como de pequeño en las noticias no paraban de aparecer cuerpos. Esa violencia acaba por afectarte. Hace poco hubo un tiroteo en el Cerezo, la prisión de la Ciudad donde estaba recluso mi tío y lo mataron. En su funeral, mi primo con once años se abrazaba al ataúd mientras juraba que se vengaría. En una vida sana no debería haber ese tipo de vivencias.” reflexiona.

“En mi clase todos seguían a algún narcotraficante como si fuese un futbolista. A 'el Chapo' o el 'El Señor de los Cielos' les hacían 'porra'"

Silvia Aguirre, es directora del CFIC, uno de los centros de la ciudad que ofrecen ayuda a personas con pensamientos suicidas y a sus familiares. “A lo primero que afecta la violencia es a la familia, los niños que se quedan vagando en la calle con el estigma del padre que mataron, las madres que les matan el esposo o el hijo y se sumen en la depresión y se olvidan del resto de hijos. “En 2016 hicimos investigación con 1.000 jóvenes de secundaria de la ciudad, el 25% había pensado quitarse la vida y el 15% lo había intentado alguna vez. Entre las principales causas la primera era la violencia intrafamiliar, seguido de las pérdidas amorosas, eso en estudiantes. En muchachos de la calles predominaba la adicción a la droga. “Los hombres se ahorcan o se dan un balazo, las mujeres prefieren las pastillas”. Remata Aguirre.

En Ciudad Juárez nos consideramos supervivientes de guerra” ya que las consecuencias de los enfrentamientos del narco son como las de una guerra, hay colonias donde no quedan jóvenes de 15 a 21 años, los acabaron a todos” Otras como la Carlos Chaviro, casi sólo había mujeres solas ya que sus parejas estaban en la cárcel o los mataron.

“En mi clase todos seguían a algún delincuente o algún narcotraficante como si fuesen futbolistas. A “el Chapo” o el “El Señor de los Cielos” les hacían “porra” y continuamente contaban lo que hacían. Yo nunca acepté eso. Nunca lo acepté.” repite Luis.

¿Te gusta vivir en Ciudad Juárez? “Teniendo lo que queda de mi familia aquí, me gustaría continuar. Si fuese por mí me iría. He aprendido cosas sobre la vida y la muerte y espero que me sirva si vuelve a darme una crisis. Hay cosas por las que merece la pena estar vivo, ver cómo crece mi sobrina, el negocio de mi tío, cosas así me gustan…”, dice.

Jonathan tiene la respuesta más clara. “Claro que me gustaría vivir aquí, esta es mi casa y están mis amigos, no me imagino en otro sitio", cuenta mientras señala hacia las montañas desnudas que rodean la ciudad, ondulaciones que rompen la monotonía del desierto. Una de ellas recuerda a Hollywood, en su cima hay un cartel enorme, las letras, de una tipografía similar a la de la montaña californiana, se unen en un mensaje visible para todo aquel que quiera leerlo:

"CD JUÁREZ, la Biblia es la verdad. Léela".

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