"Mejor pobre que vender a mi hijo": con las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa
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"Mejor pobre que vender a mi hijo": con las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa

Sin quererlo, las madres de los 43 de Ayotzinapa se han sumado a la causa de otras madres de América Latina que han visto desaparecer a sus hijos por la corrupción de sus estados

placeholder Foto: Una madre de uno de los 43 desaparecidos en Iguala durante una misa en Ayotzinapa, México. (Reuters)
Una madre de uno de los 43 desaparecidos en Iguala durante una misa en Ayotzinapa, México. (Reuters)

“Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”. Hoy, México cumple un aniversario doloroso: cuatro años de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, estado de Guerrero. Cuatro años de que las madres de estos estudiantes tuvieron que transformar sus vidas para unirse a una lucha a la que jamás pensaron pertenecer.

Sin quererlo, las madres de los 43 de Ayotzinapa se han sumado a la causa de otras tantas madres mexicanas y del resto de América Latina que han visto desaparecer a sus hijos, sus nietos o sus esposos por el autoritarismo, la incapacidad, la sinrazón y la corrupción de sus Estados. ¿Pero quién piensa en ellas? ¿Cómo han vivido esta lucha?

Ha sido difícil para ellas mantenerse en la lucha por la depresión y el cansancio, por ser amas de casa y provenir de familias campesinas

Con dolor y lágrimas en sus rostros, pero con mucha fuerza y convicción por encontrar a sus hijos, madres de los más de 30.000 desaparecidos en México y otros tantos en Argentina compartieron sus experiencias en un foro organizado en la CDMX cuatro años después de lo acontecido en Ayotzinapa.

María Martínez, madre de Miguel Ángel Hernández Martínez, y Yolanda González, madre de Jonás Trujillo González, 2 de los 43 estudiantes desaparecidos a manos de la Policía de Guerrero la noche del 26 de septiembre de 2014, cuentan lo difícil que ha sido para ellas mantenerse en su lucha por la depresión y el cansancio acumulados, por ser amas de casa y provenir de familias campesinas con escasos recursos y por no saber qué más pueden hacer.

Han tenido que lidiar, además, con quienes las desincentivan y hasta con quienes les recriminan sus acciones de protesta. “Nos decían que no tenemos vida (…) A veces no me dan ganas de levantarme (ni de la cama)”, declara María.

“Han pasado cuatro años y parece el primer día. Me han dicho: ‘¡¿Qué hace? Deje ya eso!’ ‘Ya recibe ese dinero’. Pero no. Mejor pobre que vender a mi hijo (…) Nos ha cambiado mucho la vida, pero aquí vamos a andar. Hasta saber la verdad de nuestros hijos”, declaró Yolanda.

Ambas agradecen el apoyo de organizaciones como el Centro Prodh (Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez A.C.) y el acompañamiento de otras madres de desaparecidos, a quienes ya consideran sus “hermanas”. “Hay que unir nuestras luchas”, insiste María.

Foto: José Luis Abarca, y su esposa,esposa María de los Angeles Pineda (EFE)

"Hemos salido de casa para no morir de tristeza"

Con el mismo sentimiento habla Leticia Hidalgo, madre de Roy Rivera Hidalgo, estudiante de la Universidad Autónoma de Nuevo León que desapareció hace casi siete años a manos supuestamente de agentes de la Policía del municipio de Escobedo.

Hemos salido del rincón de nuestras casas para no morir de tristeza (…) Hemos conocido las entrañas del monstruo del aparato de justicia. Ha sido un camino lleno de obstáculos, desde la indiferencia de la sociedad hasta el abandono de amigos y familiares. Hemos dejado huella del cansancio, del dolor, de la tristeza, pero también de la fortaleza y la esperanza (…) Trabajamos para todos ustedes, para que no le pase a nadie más”, dijo Leticia.

Flor Suárez, madre de Daniel Suárez, desaparecido en 2014, insiste en que la única forma de avanzar en esta lucha es “uniéndote con otras como tú”. En el camino hay mucho enojo y frustración, además de que una debe destinar recursos para las búsquedas, las excavaciones y hasta para la investigación, porque las autoridades no te ayudan como deberían, asegura.

Además, hay gente que se niega a reconocer la desaparición de sus familiares, por lo que hay que insistirles mucho para que colaboren con sus pruebas de ADN. “En Veracruz mucha gente (todavía) dice: ‘mi hijo se fue, pero regresará’”, declaró Flor, quien forma parte del Colectivo de desaparecidos Solecito Veracruz, estado donde hace algunos meses encontraron la fosa quizás más grande que se haya hallado en México en los últimos años, con 240 cuerpos, la mayoría con restos de jóvenes de entre 14 y 25 años de edad.

placeholder Berta Nava, madre de Julio César Ramírez, uno de los seis estudiantes de Ayotzinapa muerto en choques con la policía en Iguala. (Reuters)
Berta Nava, madre de Julio César Ramírez, uno de los seis estudiantes de Ayotzinapa muerto en choques con la policía en Iguala. (Reuters)

Martha Camacho, por su parte, contó su experiencia como una de las torturadas y perseguidas por el Gobierno de Sinaloa en los años 70. “A punta de culatazos nació mi hijo”, contó. A su esposo y algunos de sus compañeros los ejecutaron de forma extrajudicial por haber pertenecido a una guerrilla comunista.

Después de 40 días de encierro, en los que nunca pudo cambiarse de ropa ni bañarse, salió con la convicción de rehacer su vida y denunciar los hechos. Estudio Historia y en sus investigaciones sobre los desaparecidos en Sinaloa identificó a los perpetradores de dichos crímenes, pero no ha pasado nada. Camacho asegura que nunca ha dejado de sonreír, pero exige justicia integral y medidas para la no repetición de esos delitos.

Estudio Historia y en sus investigaciones sobre Sinaloa identificó a los perpetradores de los crímenes. Nunca pasó nada

En el emotivo encuentro también habló Estela de Carloto, ya conocida por muchos a nivel internacional por ser la dirigente de las famosas Abuelas de la Plaza de Mayo, organización surgida a causa de la desaparición de miles de jóvenes durante la última dictadura militar en Argentina (1976-1983). De Carloto asegura que las dictaduras afectan a todos, por lo que llama a la empatía de toda la sociedad para quienes les secuestran y desaparecen a sus hijos. “A mí me tocó cambiar totalmente (…) Yo era una profesora, bastante burguesa”, dijo.

Tras décadas de lucha, mucha energía, dinero y activismo, De Carloto encontró hace casi cuatro años a su nieto, el bebé que nació durante el cautiverio de su hija Laura, cuyo cuerpo le fue entregado en su momento por la dictadura. “Cuando enterré a Laura le juré que nunca descansaría para pedir justicia”, cuenta la activista, quien aconseja a las madres de los desaparecidos en Ayotzinapa acudir a instancias internacionales como la ONU, además de que les pidió no rendirse, mantener la fe y la unidad para ser más fuertes. “Estamos lejos en distancia, pero no en el corazón”, concluye.

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