el suicidio público como disidencia extrema

Las macabras “antorchas humanas” de la Europa comunista: dar la vida para protestar

A pesar de que el suicidio de Ryszard Siwiec fue presenciado por miles de personas y quedó filmado, la censura del régimen polaco intentó sepultar en el olvido su historia. No fue el único caso

Foto: Ryszard Siwiec, el hombre que se prendió fuego en el estadio de Varsovia en 1968. (Archivo Nacional Polaco
Ryszard Siwiec, el hombre que se prendió fuego en el estadio de Varsovia en 1968. (Archivo Nacional Polaco

8 de Septiembre de 1968. Cien mil personas abarrotaban las gradas del estadio de Varsovia en el que se celebraba el Festival de la Cosecha, una exaltación de la productividad al más puro estilo comunista. Los rostros, festivos, se volvían hacia el desfile de jóvenes campesinos con trajes regionales, cuando de repente algo captó la atención de las cámaras de la televisión nacional. Un hombre estaba repartiendo octavillas entre el público. Sus gritos desentonaban con el ambiente: reclamaba la atención de sus compatriatos gritando consignas contra la invasión de Checoslovaquia.

Apenas tres meses antes, a mil kilómetros de París, el espíritu del “Mayo del 68” se reveló con otro nombre: la Primavera de Praga. Mientras los parisinos ocupaban las universidades, al otro lado del telón de acero bastaron 24 horas para que los 200.000 soldados enviados por Moscú a Checoslovaquia aplastasen “las flores, pero no la primavera”, como dijo el Presidente checoslovaco Alexander Dubcek. La historia es conocida: tres meses después de la “ayuda fraternal” soviética, sólo quedaban la humillación, el miedo y más de 70 muertos en las calles de Praga. Dubcek fue destituido e, irónicamente, destinado al Departamento Forestal.

Polonia era uno de los países del Pacto de Varsovia que no siempre comulgaba con los mandatos de Moscú. En aquel estadio de Varsovia, el hombre tomó una decisión inesperada. Se roció el cuerpo con líquido inflamable y se prendió fuego. En cuestión de segundos se convirtió en una antorcha humana. Antes de desmoronarse, con la ropa pegada a su cuerpo achicharrado, siguió balbuceando: “¡Reaccionad! ¡Protestad!”. Era Ryszard Siwiec, que murió cuatro días después en el hospital y cuya figura se recuerda ahora en Polonia al cumplirse los 50 años de su sacrificio.

Siwiec, un contable que se dedicaba a distribuir propaganda anticomunista con el seudónimo de Jan Polak, había luchado con la resistencia polaca en la Segunda Guerra Mundial. Tras dejar las trincheras, mantuvo su espíritu combativo: rechazó el puesto de profesor de historia que le ofrecieron porque no comulgaba con el régimen comunista. Antes de partir hacia Varsovia para inmolarse, dejó grabado un mensaje en una cinta de casete en la que exhortaba a sus compatriotas a “volver a sentir”. “¡Escuchad mi grito, el llanto de un hombre gris y ordinario (…) que ha amado la libertad por encima de su propia vida!”. Durante el trayecto en tren escribió una carta a su mujer donde le pedía que no llorase porque su sacrificio valdría la pena.

Badylak yace junto a la fuente a la que se encadenó (Archivo Nacional de Polonia)
Badylak yace junto a la fuente a la que se encadenó (Archivo Nacional de Polonia)

"Mentalmente inestable"

El acto de Ryszard Siwiec fue silenciado por las autoridades y tan solo se publicó una breve nota en un periódico local donde se aludía a él como una persona “inestable mentalmente”. A pesar de que su suicidio fue presenciado por miles de personas y quedó filmado, la censura del régimen comunista intentó sepultar en el olvido esta historia. La familia de Siwiec intentó durante décadas acceder a las imágenes donde se ve lo ocurrido, unos nueve segundos de vídeo en blanco y negro, pero no fue hasta hace pocos años que consiguieron obtenerlas. Hoy día, un obelisco negro se alza frente al estadio donde “la antorcha humana” consumó su protesta y una calle cercana lleva su nombre. En 2001 Václav Havel, entonces presidente de la República Checa, le concedió una distinción póstuma.

Aunque probablemente nunca se enteró de la protesta de Siwiec, Jan Palach, un estudiante de Praga, decidió llevar a cabo algo parecido. El joven de 20 años eligió la emblemática Plaza de San Wenceslao. El 16 de enero de 1969 se roció parsimoniosamente con gasolina y se prendió fuego para protestar contra la ocupación de su país unos meses antes. La familia de Palach fue acusada de lavar el cerebro de Jan y de trabajar bajo órdenes occidentales, y la abogada que les defendió, Dagmar Buresova, se convertiría años después en la primera ministra de Justicia de la Checoslovaquia democrática.

La directora de cine polaca Agnieszka Holland, ganadora de un Oscar, hizo una miniserie documental sobre la vida de Palach titulada “Arbusto en llamas”. La autora aseguró al diario Prague Monitor que en aquellos años “muy, muy tristes, en los que nadie creía que nada fuese a cambiar”, los ciudadanos que vivían en países comunistas “en la calle y el trabajo apoyaban al régimen, pero al llegar a casa sólo bebían cerveza y lo maldecían en voz baja. Era una sociedad con las esperanzas rotas, desintegrada, resignada y asustada. La historia de Palach es una evidencia de cómo la gente puede luchar siempre y en cualquier circunstancia, y también como una prueba de que los héroes no nacen sino que se hacen".

El entierro de Palach se convirtió en una manifestación silenciosa contra el gobierno comunista y en los meses siguientes al menos otros dos jóvenes murieron siguiendo su ejemplo. Con el tiempo, la leyenda de la “antorcha humana” ha ido creciendo. En 1989, durante la “Revolución de Terciopelo” que impulso la llegada de la democracia a Checoslovaquia, la figura de Palach se usó como inspiración; incluso un asteroide descubierto por un astrónomo checoslovaco fue bautizado con el nombre de Palach. Hace solo cinco años, un individuo de 36 años prendió fuego a sus ropas cerca del lugar donde se autoinmoló Palach, supuestamente para reivindicar su memoria, pero solo sufrió quemaduras superficiales.

La oscarizada cineasta polaca Agnieszka Holland (EFE)
La oscarizada cineasta polaca Agnieszka Holland (EFE)

Vietnam en la retina

Quemarse “a lo bonzo” como signo de protesta desesperada está asociado en los tiempos modernos con la oleada de suicidios de este estilo que se produjo durante los años 60 en Vietnam. El monje budista Thich Quang Duc se suicidó quemándose vivo sin moverse ni gritar en una calle de Saigón para protestar contra el Gobierno de Vietnam del Sur en 1963. Las fotografías, que ganaron un premio Pulitzer, dieron la vuelta al mundo y forman parte de la iconografía del siglo XX. El Presidente norteamericano John F. Kennedy dijo que “ninguna fotografía en la historia de la prensa ha generado tanta conmoción en el mundo”. Actualmente, el corazón de Duc está custodiado en el Banco Nacional de Vietnam.

Precisamente la fuerza dramática de un acto como éste, cuando la decisión se lleva hasta sus últimas consecuencias, es lo que ha impulsado a otras personas a recurrir a la autoinmolación para reivindicar, quejarse o simplemente mandar un grito de atención. En Europa del Este se han dado varios casos de “bonzos”. Uno de los más recientes es el del polaco Walenty Badylak, que en 1980 se encadenó a una bomba de agua en la Plaza Mayor de Cracovia y se consumió en las llamas para criticar el silencio de las autoridades sobre la matanza de Katyn (donde el Ejército Rojo soviético ejecutó en secreto a cerca de 22.000 polacos en la primavera de 1940).

Lo que sucedió después es una repetición del caso de Siwiec: la noticia fue ocultada, se denigró su figura y con el tiempo se reivindicó su memoria. Hoy, los turistas posan junto a la placa instalada en 1990 en la fuente a la que se ató Badylak donde se puede leer “incapaz de vivir con la mentira, murió por la verdad”. El hecho de que gran parte de los testimonios gráficos que quedan de estos episodios sean fotografías en blanco y negro o de mala calidad hace que parezcan testimonios de un pasado lejano. Pero el espíritu de las "antorchas humanas" llega hasta nuestros días.

Una placa conmemorativa en el lugar donde Walenty Badylak se prendió fuego en Cracovia. (M. A. Gayo)
Una placa conmemorativa en el lugar donde Walenty Badylak se prendió fuego en Cracovia. (M. A. Gayo)

Un ejemplo que llega hasta nuestros días

En octubre del año pasado, un hombre de 54 años cuya identidad no se reveló se convirtió en la enésima “antorcha humana” al prenderse fuego frente al emblemático edificio del Palacio de la Cultura en Varsovia. Su cuerpo quedó tendido en la acera hasta que los bomberos lo retiraron en una camilla. En su caso, una concejala de la ciudad que presenció los hechos contó en Twitter lo que había visto y algunos canales de televisión y el principal periódico polaco, Gazeta Wyborcza, publicaron imágenes del lugar.

Una vez más, el suicida quería protestar contra su gobierno. El hombre dejó una nota escrita contra el PiS, partido que gobierna Polonia. En la lista de reivindicaciones se podía leer “Protesto contra la limitación de los derechos civiles; contra la ruptura de las reglas de la democracia y específicamente la destrucción del Tribunal Constitucional; contra la postura del gobierno, hostil hacia los inmigrantes y los homosexuales”.

Pese a todo, de nuevo la noticia fue prácticamente ignorada -no apareció en la televisión nacional-, la concejal borró sus tuits y gran parte de la prensa se limitó a incluir una nota breve que aludía a la “profunda depresión” que supuestamente empujó a otro ciudadano a renunciar a la vida. La historia, aunque quede grabada a fuego sobre la carne humana, tiende a repetirse.

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