“Los kurdos me expulsaron. Por eso combatimos”

Un día en el frente turco de Siria: el último capítulo de la guerra más cruel

Entramos en el frente turco en Siria, donde Ankara combate a los kurdos entrenados por EEUU. El último capítulo de la guerra más cruel. Será el territorio “al que devolver a los refugiados”

Cruzar el paso de Bab al Salama, tras la frontera de Turquía con Siria, es adentrarse en un cosmos arrasado. Las tiendas de plástico, que cobijan a los miles de desplazados, se apilan junto al muro fronterizo; el barro cubre la carretera y los inmuebles aledaños; y las fachadas están devastadas por los últimos siete años de combate. Azaz, la localidad más próxima a Turquía, ha sufrido en los últimos años el control de Daesh, los bombardeos de Rusia, la intervención del ejército turco y, ahora, los ataques de las YPG -Unidades de Protección Popular kurdas-.

Turquía se sirve ahora de esta posición estratégica para avanzar sobre Afrín en la reciente operación "Rama de Olivo". En el frente más activo contra las YPG -organización terrorista para Turquía- en la montaña de Bursaya, milicianos del Ejército Libre de Siria -rebautizados por Ankara como el "Ejército Nacional de Siria"- defienden la primera línea ofensiva contra los kurdos. “Me forzaron a abandonar mi pueblo, Tal Rifaat”, explica a El Confidencial uno de los opositores, “(las YPG) son quienes dañaron la revolución, por eso estoy aquí combatiendo para expulsarlos de Afrín”.

Los líderes turcos insisten ahora que el área de la ofensiva será el territorio al que devolver a los refugiados

La operación militar turca se sirve de estos milicianos para llegar hasta el enclave kurdo en el noroeste de Siria. La batalla, de sirios del YPG contra sirios del ELS, da muestra del rompecabezas de una contienda en la que opositores sirios luchan junto a Turquía contra otro enemigo nacional. “¡Nos han dado en el neumático!”, grita un combatiente del ELS. Enseguida se escuchan los disparos desde la montaña; el YPG acaba de golpear un vehículo blindado del enemigo, que retrocede mientras muestra la marca del proyectil.

Los kurdos han dado muestra de su capacidad táctica y de puntería, ya que desde hace 2 años reciben entrenamiento del Pentágono para la lucha contra Daesh. A las pocas horas del ataque, el ejército turco declara el control sobre la montaña de Bursaya, una cima “que se ha usado para atacar a civiles (con el lanzamiento de cohetes) en la ciudad turca de Kilis”, reza el comunicado. Pero las YPG mantienen que los combates por Bursaya todavía continúan y que la milicia kurdo-siria nunca ha agredido a civiles.

Clases bajo el estruendo de la artillería

La presencia de Turquía en el norte de Siria no se limita al nivel estratégico-militar, sino que su influencia también se traduce en la reconstrucción de hospitales, fundación de escuelas y la apertura de campos de desplazados. En un colegio del centro de Azaz, el maestro Adib enseña el alfabeto latino a los alumnos. “En el plan de estudios está incluida la lengua turca, pero todavía los profesores están aprendiendo el idioma”, explica. Adib aprovecha las vacaciones de invierno para dar un curso de refuerzo a los niños que han perdido el ritmo escolar por los últimos años de guerra.

Mientras Adib repite el abecedario, a lo lejos suena el estruendo de la artillería. No hay sobresaltos, gritos o expresiones de miedo porque ya son siete años de asaltos sobre Azaz. La población de este pueblo va poco a poco acostumbrándose a la presencia de Turquía. En la esquina de la pizarra, la fecha está escrita en las dos lenguas, la turca y la nacional (árabe). Incluso, entre los niños de la clase hay uno que alardea de ser turco, cuando sus compañeros se ríen y le dicen que, como ellos, él también es de Azaz.

Desde que el ejército turco iniciara la intervención militar en Siria en agosto de 2016, la zona de influencia “Escudo del Eúfrates” ha diversificado esfuerzos en la nueva zona de seguridad. “Hemos construido tres hospitales en Siria y otros tres serán edificados pronto”, mantiene el responsable del centro de enfermedades mentales. El hospital contiguo, Hospital Azaz-Alahli, presenta en la entrada una bandera turca junto a la opositora de Siria y el rótulo puede leerse en las dos lenguas.

Imágenes del campamento de desplazados de Sujjo, a pocos metros del paso fronterizo Bab al Salama. (P. Cebrián). (P. Cebrián)
Imágenes del campamento de desplazados de Sujjo, a pocos metros del paso fronterizo Bab al Salama. (P. Cebrián). (P. Cebrián)

Los civiles, atrapados entre el fuego

Sin embargo, la vida de la población local no parece haber mejorado. Los residentes de Azaz hacen uso del generador debido a la carencia de electricidad, apenas pueden encontrarse tiendas abiertas y las calles están embarradas. “Hace unos años teníamos a Daesh a 50 metros de aquí y al PKK a otros 50”, se queja el propietario de un local de ultramarinos. “Mira, frente a mi casa estaba el cuartel general de Daesh”, dice mientras muestra un trozo de metralla que golpeó recientemente su casa.

El campo de desplazados de Sujjo, a pocos metros del paso fronterizo Bab al Salama, da alojamiento a unas 12.000 personas, según la autoridad municipal. Desde hace cuatro años, cientos de familias viven en unas cabinas de unos 12 metros cuadrados. Un corro de niños, que ondean las banderas de Turquía, corre descalzos sobre el lodo que ha anegado el campamento. En total desde que inició la guerra en el país, el número de desplazados internos supera los seis millones de personas. “Estamos muy hambrientos”, grita una mujer de avanzada edad desde una de las viviendas.

Los civiles, otra vez, vuelven a ser los que pagan el precio del último capítulo de la terrible crisis siria. Al menos 15.000 personas han tenido que abandonar sus hogares tras la ofensiva turca en Afrín. Desde que el país vecino cerrara las puertas en el año 2015 los desplazados sirios no tienen permiso para entrar en Turquía. Es más, los líderes turcos insisten ahora que el área de la ofensiva será el territorio al que devolver a los refugiados. “Vamos a devolver Afrín a sus verdaderos propietarios”, recordó el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, que pretende revertir, con el envío de árabes suníes, el alto porcentaje de población kurda en la provincia.

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