"SI SE CENTRA EN EL GOBIERNO CAUSARÁ PROBLEMAS"

Navalny no es un problema para Putin... pero sí para la élite que rodea al presidente

El opositor no puede con Putin, pero sí es un problema para la élite. Sus denuncias de las corruptelas del poder han colocado en una situación incómoda a caras importantes del régimen

Foto: Alexei Navalny a su salida del Tribunal Europeo de Derechos Humanos tras una audiencia sobre su caso, en Estrasburgo. (Reuters)
Alexei Navalny a su salida del Tribunal Europeo de Derechos Humanos tras una audiencia sobre su caso, en Estrasburgo. (Reuters)

El presidente ruso, Vladimir Putin, dijo una vez: “Nunca fui un disidente”. En la élite es conocida su lealtad a los suyos y su firmeza ante los enemigos. Por eso la figura de un abogado anticorrupción que exige una limpieza del sistema no puede dejar indiferente al hombre que desde hace 18 años dirige los destinos de Rusia. Tal vez por eso el presidente se niega a pronunciar el nombre de Alexei Navalny en público. El Kremlin no cree que el opositor constituya una seria amenaza para el presidente ruso, en las elecciones presidenciales de marzo, pese a las manifestaciones que convocó el domingo en todo el país. Lo ha asegurado un hombre, el portavoz Dimitri Peskov, que conoce tan bien al presidente que seguramente sí ha oído el nombre del opositor de sus labios.

Navalny no es un problema para Putin, pero seguramente sí para la élite que rodea al presidente: sus constantes denuncias de las corruptelas del poder han colocado en una situación incómoda a caras importantes del régimen. Este abogado y bloguero se dio a conocer precisamente cuando Putin anunció en 2011 que volvería a optar a la presidencia tras cuatro años como primer ministro. Trató de cabalgar un movimiento ciudadano a medio camino entre la decepción y la esperanza que sólo prendió en las ciudades y que siempre tuvo dos almas: una más virada hacia la izquierda y los problemas sociales y otra comprometida con un nacionalismo de nuevo cuño, templado en cuanto a las ambiciones exteriores de Rusia pero contundente en asuntos de identidad y reparto de la riqueza. Navalny es -en el fondo- un nacionalista, está tan lejos del marxismo de la generación de sus padres como del ‘putinismo’ que hoy combate.

Navalny es también portador de un espejismo, que le hace daño en el ámbito interno: su figura ha sido magnificada por los medios internacionales, dándole así tintes de agente extranjero ante una audiencia rusa que jamás busca la aquiescencia de Occidente en sus preferencias. Su duro mensaje opositor no erosionó mucho la figura de Vladimir Putin, o al menos no lo consiguió de una manera permanente: la anexión de Crimea y las gestas bélicas en Siria han azuzado un patriotismo que le ha devuelto al presidente la popularidad que perdió en los primeros meses de regreso al Kremlin.

Pero cuando Navalny ha apuntado contra el primer ministro, Dimitri Medvedev, u otros miembros del Gobierno -exponiendo casos de corrupción en la web y convocando marchas contra ellos- ha conseguido mejores resultados, y sobre todo ha logrado sumar a las regiones del interior, generalmente menos implicadas.

Ahora el objetivo no es la élite, sino sus procedimientos. Su movimiento de protesta convocó el pasado domingo marchas en 90 ciudades del país llamando al boicot de los comicios de marzo, en los que él no puede participar por estar en libertad condicional tras una condena 'suspendida’ referente a un caso de corrupción.

“Cuando a Navalny lo dejaron participar en las elecciones a la alcaldía de Moscú le fue muy bien, a pesar de que no se le permitió entrar en la televisión”, recuerda el escritor Peter Pomerantsev, que cree que “Navalny es una amenaza para el sistema en mayor medida de lo que muestran las encuestas”. Las elecciones a las que se refiere fueron en 2013, y Navalny sorprendió con un segundo puesto: un 27% frente al 51% del actual alcalde, Serguei Sobyanin. Los comunistas, la eterna ‘oposición confortable’, se vieron desplazados del segundo puesto.

“Si Navalny motiva a los rusos para que actuen contra los errores del Gobierno y la corrupción, puede crear problemas”

Pomerantsev, nacido en Kiev en 1977, creció y se educó en Londres pero decidió volver a Rusia en la era en la que Putin tomó las riendas. Su libro, ‘La nueva Rusia’, que el verano pasado se editó en español, es una crónica de unos años agitados en el plano corto pero que dotaron a Rusia de una estabilidad aparente que los rusos han sabido valorar. Vladimir Putin tiene un 80% de aceptación.

Pero Pomerantsev cree que hay que mirar las cifras de calificación del Gobierno en lugar de las de Putin “al primer ministro y los miembros del gabinete les está yendo mal, y eso está más cerca de lo que la gente realmente piensa del régimen”. Por eso, “si Navalny pudiera motivar a los rusos para que se decidan a hacer algo acerca de los errores del Gobierno en los servicios sociales y en torno a la corrupción, podría crear problemas”.

Se puede decir que Navalny perdió esa oportunidad en las elecciones parlamentarias de 2016, cuando la oposición extraparlamentaria fue de nuevo barrida, aunque con unos datos de participación llamativamente mediocres. La idea es repetirlos o acentuarlos en marzo. Una baja participación en las principales ciudades, que es donde la oposición extraparlamentaria tiene más apoyo, desluciría la victoria de Putin.

A fuerza de altibajos en su pulso con el poder, Navalny ha descubierto que las manifestaciones sin permiso funcionan mejor: al poder ser en el centro sube la participación, y encima las detenciones dan más visibilidad. En Moscú y San Petersburgo no recibieron autorización del Gobierno y la policía detuvo a Navalny y a algunos de sus colaboradores durante unas horas. Deberá comparecer en los próximos días ante un tribunal y puede ser acusado de violar las leyes sobre manifestaciones, lo que le supondría una pena de 30 días en la cárcel.

Este mes las autoridades han aumentado la presión sobre Navalny. Su equipo informa que a los activistas se les ha interrogado y, a diario, se han realizado entre cuatro y cinco registros en las oficinas. Según explicó su jefe de gabinete, Leonid Volkov, al diario ‘Novaya Gazeta’: “El objetivo es estorbarnos a nosotros y desequilibrarnos”. El triunfo de Putin en marzo es algo que todos dan por seguro, pero parece que su éxito necesita reafirmarse, sobre todo si es verdad que es la ultima convocatoria a la que concurre y el régimen necesita anclarse al poder.

A Navalny le cuesta encontrar su mensaje presidencial, aunque en el sentimiento de indignación logra una amplia empatía, más en las redes sociales que en la calle. La policía estimó la cifra de participantes en Moscú, donde el domingo el termómetro no superaba los -4 grados, en un millar, mientras que los analistas apuntaban entre 3.000 y 4.000 personas. Similar fue la estimación en San Petersburgo. Los organizadores hablan de cerca de 5.000 en Moscú, pero en todo caso las concentraciones fueron menos multitudinarias que las anteriores convocadas en 2017.

Seguidores de Navalny durante una manifestación opositora en San Petersburgo, en noviembre de 2017. (Reuters)
Seguidores de Navalny durante una manifestación opositora en San Petersburgo, en noviembre de 2017. (Reuters)

Pero el gran freno de Navalny es que, en todo caso, el veto a su participación en las elecciones se mantiene por culpa de una condena por corrupción. Y aunque se pudiese presentar, las encuestas nacionales apenas le dan un 5% de apoyo. Es una cifra muy baja aunque en algunas ciudades puede ser mucho más grande, como se demostró en el caso de Moscú en 2013. Como puntualiza Dimitri Trenin, del Centro Carnegie de Moscú, ”Navalny tiene un problema a la hora de forjar su propio mensaje con contenido positivo, saber decir a sus seguidores y a los demás qué es lo que propone y no sólo contra qué está”. Un día Putin saldrá del escenario, y todos quieren coger sitio para entonces.

Estos días el líder opositor asegura que sin él no hay ningún verdadero rival que se enfrente a Putin y cree que los comicios presidenciales están amañados de antemano. Pero este aguerrido abogado de la transparencia no busca tanto el poder sino un lugar en la oposición. Como recuerda Pomerantsev: “Las elecciones en Rusia tratan de establecer normas de comportamiento”. En ese reparto de sillas, la música ha empezado a sonar ya.

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