"muchos aún adoran a escobar"

Narcoturismo en Colombia: la ruta de plata y plomo

Medellín y otros lugares ligados a Escobar viven un aumento de visitantes. Las ficciones basadas en la figura de 'El Patrón' han potenciado un negocio que muchos desaprueban

Foto: Una tienda con recuerdos de Pablo Escobar en Doradal. (J. Arcenillas)
Una tienda con recuerdos de Pablo Escobar en Doradal. (J. Arcenillas)

Le ha salido competencia. A Fernando Botero, ilustre pintor y escultor de Medellín, en Colombia, empieza a hacerle sombra otro paisano célebre. Se llama Pablo Emilio Escobar Gaviria y las rutas en busca de su legado o el ‘merchandising’ con su rostro triunfan últimamente más que los perros ‘anabolizados’ o las mujeres voluptuosas del consagrado artista. Movidos por el auge de las ficciones sobre su figura, muchos extranjeros acuden al departamento de Antioquia, al oeste del país, para realizar lo que se conoce como ‘narcoturismo’. Los visitantes recorren las calles donde se movió ‘El Patrón’, las viviendas en las que se escondió o hasta la tumba donde reposan sus restos.

Alrededor de esta -en los Jardines Montesacro de Itagüí, a unos kilómetros de la ciudad- se congregan durante la mañana varios grupos de extranjeros. Nicolai Santos extiende su tarjeta delante de unas cinco o seis personas que guía a mediodía y cuenta que “siempre” había hecho tours turísticos, pero últimamente ha aprovechado el tirón de Pablo Escobar. “Vienen de todos los lugares, pero la mayoría son estadounidenses o mexicanos”, expone este joven de 26 años que omite hacer valoraciones sobre esta costumbre. Las películas sobre él y, sobre todo, la serie ‘Narcos’ -producida por la plataforma de pago Netflix- han catapultado esta curiosidad.

Enfrente del cuadrado de grava y mármol, Federico Arrollable vigila atento cada movimiento. A sus 68 años es el ‘cuidador’ oficial del lecho familiar: aquí también yacen sus padres, su hermano, su guardaespaldas y su tía. Con una escoba y un trapo mantiene impoluto el rótulo sobre el que se marcan las fechas de nacimiento y de muerte de cada uno. La del narco, 1 de diciembre de 1949 – 2 de diciembre de 1993. Arrollable no es guardián del camposanto ni admirador del capo. Es un trabajador a sueldo de los herederos, a los que dedica sencillos calificativos: “buena gente, normal”. Ha visto algunos personajes famosos retratarse ante el nombre dorado de Escobar, dejarle flores, rezarle padrenuestros.

La tumba de Pablo Escobar. (J. Arcenillas)
La tumba de Pablo Escobar. (J. Arcenillas)

“Pablo me conoció porque vendía agua y helados. Llevo aquí desde hace 26 años y me pagan por retirar los ramos feos y limpiarla”, cuenta. “Suelen pasarse entre 60 y 100 personas al día, y si viene algún pariente me da 50.000 pesos (unos 15 euros)”, añade. En ocasiones, los visitantes homenajean al Patrón fumándose un ‘baretico’ de hierba (como hizo el pasado mes de marzo el rapero Wiz Khalifa, que levantó la polémica al publicarlo en las redes) o incluso esnifando algo de cocaína. Muchos de los que le rinden tributo, apunta este centinela particular, son sicarios que buscan protección de su alma. “La mayoría son educados”, resume.

Volviendo a la urbe, otros de los rincones más frecuentados son el edificio Dallas, en la zona noble de El Poblado, la vivienda de Los Olivos en cuyo tejado cayó abatido o el Edificio Mónaco, residencia por varios años de Escobar y su familia. Signo vigente del poder que tuvo: el fundador del tráfico a gran escala llegó a manejar el 80% del negocio internacional. La revista Forbes lo incluyó entre los más ricos del mundo durante siete años consecutivos a finales de la década de los ochenta, valorando su fortuna en más de 3.000 millones de dólares (unos 2.500 millones de euros).

Ahora quieren derribarlo. En la manzana del edificio Mónaco pretenden construir un parque en honor a los damnificados. “La historia la están contando quienes sacan provecho económico de los ‘narcotours’ y en eso nos hemos equivocado como ciudad. Hay unos temas que son símbolos para quienes vienen a ver qué fue lo que pasó con Pablo Escobar y convierten los escenarios en espacios de tributo a estas personas que hicieron tanto mal. El tributo debe ser a las víctimas”, subrayó Federico Gutiérrez, alcalde de la ciudad, el pasado mayo, tal y como citaba Elcolombiano.com.

Que se ensalce a la persona que causó miles de heridos y se cobró la vida de, al menos, 402 civiles y 550 agentes de seguridad, ha agitado a la municipalidad. Desde la alcaldía se habla de “ofensa a las víctimas” y en la Casa de la Memoria, que recuerda la historia reciente de Medellín, un letrero advierte de que “para nadie, el nombre de Pablo Escobar es indiferente”. Desempolvar su terrible leyenda en uno de los momentos más dulces de la capital de Antioquia es una vuelta atrás. Con sus casi 2,5 millones de habitantes y en plena transformación, Medellín ha sido elegida como la mejor ciudad latinoamericana para vivir por la multinacional Indra, según lo recogido por el diario Colombia Reports. Y en 2012 se la consideró como “la más innovadora” del mundo.

Barrio de la Milagrosa tambien conocido como Barrio de Pablo Escobar en Medellín. (J. Arcenillas)
Barrio de la Milagrosa tambien conocido como Barrio de Pablo Escobar en Medellín. (J. Arcenillas)

Para hacerse una idea del auge basta con subirse a su moderno metro. O caminar entre terrazas por el centro o por el citado El Poblado. Las noches son tranquilas, de ambiente festivo y botellines en pandilla. Medellín contrasta en su clima, permanentemente templado, a la capital del país, Bogotá. Y el carácter ‘paisa’, como se alude a sus ciudadanos, seduce gracias a su acento musical y su amabilidad con denominación de origen. En 2016, la ciudad recibió a más de 700.000 visitantes, una cifra impensable teniendo en cuenta que en 2008 apenas sobrepasaban los 200.000 y un aumento del 15% con respecto al año anterior. Porcentaje que, según la Organización Mundial del Turismo, triplica la media internacional.

La merma del narcotráfico y las treguas entre el Gobierno y la guerrilla, además, han provocado un descenso de la violencia (a pesar de que, hasta septiembre de 2017, Medellín sumaba 360 asesinatos, un 3,4% más que en el mismo periodo de 2016). Y aunque la tasa de desempleo se sitúe en el 11,3% -dos puntos por encima de la media nacional, del 9,22%-, los jóvenes se muestran entusiasmados. “Nacimos en la violencia y sigue siendo violento, pero la gente pasa página. Los pobres se quedan pobres porque quieren”, reflexiona Santiago Torres, estudiante de empresariales de 26 años que, de vez en cuando, trabaja como conductor de Uber. “Me da rabia, no me gusta, que vengan visitantes a resucitar la cultura narco, muy arraigada en los barrios populares”, sostiene Torres -que vivió de cerca las consecuencias de Escobar: a su abuelo lo secuestraron “por plata”- antes de zanjar: “Es un insulto a la sociedad colombiana”.

El summum de esta ‘ruta de plata y plomo’ es acercarse a La Catedral, la prisión que se construyó él mismo en Envigado

Ese ‘man’ tenía billete. Ese ‘man’ era un loco”, suelta por su parte Robinson Osa, el taxista que se detiene frente al Barrio Escobar. Un muro con su rostro, negocios al que también pone su nombre y una generación nacida en estas cuadras construidas por ‘El Patrón’ son la cara más visible de sus hazañas. “Pues a mucha gente le gustaba porque no tenían nada y les puso casa. No sé si lo hacía por imagen, pero fue único. Ahora hay otros narcos, pero no son tan generosos”, comenta este joven de 29 años frente a la fachada, que reza: “Barrio Pablo Escobar. Aquí se respira paz”.

El summum de esta ‘ruta de plata y plomo’, refiriéndonos a la popular consigna de Escobar, es acercarse a La Catedral, la prisión que se construyó él mismo en Envigado -un municipio próximo a Medellín- y ahora transformada en centro para mayores. O buscar las ruinas de una de sus propiedades en El Peñol. O transitar la autopista en dirección a Bogotá y bajarse en el kilómetro 165. Ahí aguarda la Hacienda Nápoles, mansión de 2.995 hectáreas que aún mantiene especies del zoo personal (como Vanessa, famoso hipopótamo importado de África, o las camadas de felinos, suricatos o cebras), parte de su colección de coches y una exhibición con la historia del cártel.

Entrada de la Hacienda Napoles. (J. Arcenillas)
Entrada de la Hacienda Napoles. (J. Arcenillas)

“Lo sucedido fue una vergüenza y esto es un acto de responsabilidad con nuestra historia y nuestras civilizaciones”, explican en un panel de la Hacienda Nápoles, transformada en Parque Temático donde familias pasan un día entre piscinas con toboganes y merenderos. “Quería ver la casa de Pablo Escobar. Me choca que estaba con los pobres, no como los traficantes de ahora, y que es conocido en todo el mundo”, justifica Roberto, un italiano de Parma de 54 años que no está “del todo” en contra de que se eliminen sus vestigios.

Hacienda Nápoles, por ejemplo, se desmanteló con la muerte del narco y sus pertenencias pasaron a ser estatales. Pero 20 años después se cedió -previa limpia del terreno y acogida de los animales- a una empresa que lo patrocina como escapada de ocio. “Yo quisiera verlo como era antes. Real, no artificial. La atracción es ver cómo era su vida. Él era alguien muy importante. Fue bueno y malo a la vez: malo con el gobierno, bueno con la gente”, dicen Javier Bohórquez y Margarita Muñetón, colombianos de 36 y 43 años.

“Pablo sigue siendo un icono. Porque la cultura narco continúa muy fuerte”, apoya Juan Guillermo Carmona, taxista de Medellín de 58 años que ha pasado una buena parte de su vida en Estados Unidos. “Mucha gente sabe que Pablo hizo mucho daño, pero también que los ayudó. Por eso lo adoran”. Esta opinión se extiende entre trabajadores del parque, aunque no pueden dar su punto de vista, según aseveran. Por Doradal, la población más cercana y donde de vez en cuando se dejaba caer Escobar, no son pocos los que hablan de cómo tenían vía libre para ir al médico de la Hacienda Nápoles siempre que quisieran. Incluso, si el caso era grave, Escobar facilitaba helicópteros para llevarlos a un hospital de Medellin. Muchos de sus vecinos, de hecho, trabajaban para él como jardineros o mecánicos.

“Era un malo que hacía cosas buenas”, arguye el dueño de la tienda más completa que hay en su honor. Prefiere no dar más datos que su edad (49 años) ni hablar demasiado, porque “uno no sabe a quién incomoda”. Empezó hace tres años a vender camisetas con la mítica foto de Pablo Escobar sonriendo en su ficha policial. Pasó a las tazas, llaveros y otros ‘souvenirs’. Ahora tiene un abarrotado local con una pequeña biblioteca, chapas, réplicas de la lápida e incluso un busto suyo donde uno se puede tomar fotos.

Desde hace un año, el negocio va viento en popa. “Los medios de comunicación le dan publicidad”, enfatiza. “Yo soy un simple trabajador, aunque entiendo que puede ser negativo porque la droga ha hecho mucho daño. Pero es que nos tocó una época dura y ahora hay que aprovecharla”, se excusa, avivando la charla con anécdotas como que ha ido a visitarle el hijo de Pablo Escobar o que en Medellín no podría hacer nada parecido: “Imposible. Esto es únicamente de aquí”. Mientras, coloca un par de kaláshnikov de adorno y puntualiza: “Además, allí ya tienen su ‘tour’, y él ya es más conocido que Botero”.

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