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"La gente ya no diferencia hechos y ficción": hablan los 'buscadores de la verdad' del 11-S
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¿Qué fue de los "truthers"?

"La gente ya no diferencia hechos y ficción": hablan los 'buscadores de la verdad' del 11-S

En 2006, el 36% creía “probable” que el Gobierno había asistido en los ataques o ignorado las alarmas. Década y pico después de alcanzar su punto álgido, ¿qué queda de la marea de la “verdad”?

Foto: Steven Monetti Jr. lee los nombres de las víctimas en el Empty Sky memorial en el 15º aniversario de los ataques del 11-S. (Reuters)
Steven Monetti Jr. lee los nombres de las víctimas en el Empty Sky memorial en el 15º aniversario de los ataques del 11-S. (Reuters)

Fueron unos doce años. La década en que parte de la humanidad, sin bloque soviético ni terrorismo yihadista en la mirilla, se creía abocada a un oasis perpetuo de capitalismo y democracia. Los servicios secretos despejaban el camino de las multinacionales; la prensa estudiaba la intimidad de los presidentes. Hasta que tres aviones rajaron la postal una mañana soleada y Estados Unidos volvió a la guerra.

En medio del trauma, una minoría de la sociedad americana se negó a creer la versión oficial. Demasiadas casualidades, demasiados cabos sueltos. Y lanzó una campaña deshilvanada para llegar a la “verdad”. Surgieron artículos y entrevistas que ponían en cuestión la labor del FBI o la razón por la que se desmoronaron las torres; dudas que después engordaban y merodeaban libres en los foros de internet.

Mike Berger, de 52 años, fue uno de aquellos “truthers”. Se unió al “movimiento de la verdad” en 2003, cuando intentaba desmontar lo que en principio consideraba una falacia: que algunas personas se habían enriquecido invirtiendo en ciertos sectores, como los seguros, justo antes de la catástrofe. “Me conmocionó descubrir que había un patrón de uso de información privilegiada que solo podía ser explicado si había conocimiento previo”, dice a El Confidencial. “Durante 72 horas lo único que hice fue comer e investigar. Cuanto más miraba, más preguntas me hacía: ¿dónde estaba la Fuerza Aérea? ¿Cómo es que nadie pareció responder a alertas muy específicas de múltiples gobiernos? Así es cómo me impliqué”.

En 2006, el 36% creía “probable o muy probable” que el Gobierno había asistido en los ataques o ignorado las alarmas

La causa cobró fuerza. Los “truthers” celebraron dos conferencias internacionales, una en Chicago y otra en Vancouver; sacaron iniciativas, documentales, literatura. Sostenían que el 11-S fue de algún modo permitido u organizado como excusa para invadir Oriente Medio. El profesor de teología David Ray Griffin, que escribió varios libros al respecto, llamó a los ataques un “nuevo Pearl Harbor”.

Sin embargo, dentro del movimiento había varias escuelas o grados de sospecha: desde quienes, como Berger, albergaban dudas respecto a la actuación del Gobierno, a quienes declararon directamente que no hubo aviones, sino que las imágenes del impacto fueron trucadas en directo por las propias televisiones.

Diferentes flecos de la teoría conspirativa encontraron hueco puntual en algunos medios tradicionales, y una parte sustancial de la población llegó a desconfiar de la versión del Gobierno. Según una encuesta de la Universidad de Ohio, en 2006 el 36% de los estadounidenses creía “en cierto modo probable o muy probable” que el Gobierno había asistido en los ataques o ignorado las alarmas.

Varios “truthers” llegaron incluso a probar suerte en la alta política. El periodista John Buchanan se presentó como republicano a las elecciones presidenciales en 2004; Jeff Boss, conocido por denunciar todo tipo de conspiraciones, lo intentó varias veces. Ninguno de los dos recibió más allá de algunos cientos de votos.

Década y pico después de alcanzar su punto álgido, la marea de la “verdad” se ha retirado, dejando racimos de algas sobre la arena: páginas web de aspecto neolítico, donde las caras de George W. Bush o Dick Cheney se superponen a las torres ardiendo, y una energía canalizada por otras vías.

Mike Berger sigue actualizando la web de 9/11 Truth y respondiendo a preguntas, pero su actitud ha cambiado; ahora no invierte su tiempo y su dinero en ello. “Mucha gente sigue creyendo que, si cierto número de gente se da cuenta de lo que ocurre, algo va a cambiar. Yo ya no lo creo”, declara, y añade que los culpables “están acercándose a la edad en la que van a morir, de todas formas. Intentar llevarlos ante la justicia no hará el mundo un lugar mejor. Si me hubieras preguntado hace 13, 14 años... Ese era el plazo para hacer a la gente responsable”.

placeholder Un hombre a su llegada al complejo del World Trade Center en el 15º aniversario de los ataques del 11-S. (Reuters)
Un hombre a su llegada al complejo del World Trade Center en el 15º aniversario de los ataques del 11-S. (Reuters)

Berger, que reside en San Louis, Misuri, y es empresario de la industria del reciclaje, afirma que “la gente ya no distingue los hechos de la ficción. Hay tanta desinformación, en este punto, que para mucha gente es imposible darse cuenta de lo que está pasando”. Ahora dedica su tiempo a proyectos vecinales en beneficio de los pobres o de los veteranos, y su aprensión hacia el poder permanece. “No puedes depender de gobiernos o políticos, porque los políticos son prostitutas: hacen el trabajo del que más paga. Tenemos que resolver los problemas nosotros”.

Los “rituales satánicos” de Obama y Clinton

Mark Fenster, profesor de derecho de la Universidad de Florida y autor del libro (del inglés) 'Teorías conspirativas: secretismo y poder en la cultura americana', confirma el ocaso del movimiento, pero señala que ha dejado frutos visibles. “Algunas personas que se hicieron particularmente famosas en relación al 11-S se han vuelto más famosas desde entonces. Alex Jones, que dirige la página Info Wars, primero se hizo famoso al autoproclamarse líder de los ‘movimientos de la verdad’. Ahora es posiblemente el conspirativo más prominente de EEUU”.

Con un estilo de predicador místico al que recorren convulsiones, Alex Jones sacia a su audiencia con las teorías más rocambolescas: desde la implicación del Gobierno en todos los atentados y masacres habidos y por haber, hasta los rituales satánicos de Barack Obama y Hillary Clinton (que también estaría implicada en una red de pornografía infantil con sede en una pizzería de Washington).

El “movimiento de la verdad” volvió a ganarse algún titular en 2015, cuando el entonces precandidato republicano, Donald Trump, declaró (sin pruebas) que la CIA había avisado al presidente Bush de la inminencia del ataque. En otra ocasión prometió desclasificar informes que ayudasen a entender lo que ocurrió. Pese a que sus críticos enmarcaron a Trump como “truther,” sólo fue una impresión; las declaraciones se perdieron en el marasmo de la campaña. Mike Berger asegura que la elección de Trump no ha significado nada para el movimiento, cuyas raíces fueron mayoritariamente joven y de izquierdas.

Según el profesor Fenster: aunque el movimiento del 11-S “se ha mayoritariamente difuminado”, la elección de Donald Trump ha excitado la imaginación conspirativa de Estados Unidos a ambos lados del espectro político. “En la izquierda hay muchas teorías conspirativas sobre Trump”, declara. “La idea de que su campaña estaba en connivencia con los rusos es, en sí misma, una teoría conspirativa, pero que puede ser probada como real. Hay teorías conspirativas, pero también conspiraciones de verdad”.

Fueron unos doce años. La década en que parte de la humanidad, sin bloque soviético ni terrorismo yihadista en la mirilla, se creía abocada a un oasis perpetuo de capitalismo y democracia. Los servicios secretos despejaban el camino de las multinacionales; la prensa estudiaba la intimidad de los presidentes. Hasta que tres aviones rajaron la postal una mañana soleada y Estados Unidos volvió a la guerra.

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