Turquía, país para la 'Fast-Fashion´

"No me han pagado": etiquetas-protesta en las prendas turcas de Zara

La quiebra fraudulenta de una fábrica que empleaba a casi dos centenares de personas, subsidiaria de la firma española, ha llevado a los trabajadores afectados a iniciar una campaña de reivindicación

Foto: Reunión de los trabajadores de Bravo Factory para redactar una nueva carta a Zara (P. Cebrián)
Reunión de los trabajadores de Bravo Factory para redactar una nueva carta a Zara (P. Cebrián)

“El dueño de la fábrica desapareció de la noche a la mañana. Yo estaba comiendo en un café cercano y vi al patrón salir corriendo por la puerta. (…) Esa misma tarde el encargado mandó a la plantilla a casa. (…) Al día siguiente, toda la maquinaria y el material habían desaparecido”. El operario textil M. Ozturk relata a El Confidencial su última jornada laboral en la fábrica Bravo de Estambul, uno de los talleres proveedores de la compañía número uno en el sector, Zara, para la que confeccionaba prendas de punto. La huida del propietario dejó a más de 170 trabajadores en la calle, sin tres meses de salario y ningún tipo de compensación.

“Hacemos frente a importantes problemas económicos pero también psicológicos”, revela Eyup Demir, un hombre de 39 años que ahora recurre a encargos diarios para sobrevivir, labores por las que cobra entre 11 y 18 euros al día. En la fábrica Bravo completaba jornadas de incluso 14 horas y obtenía un salario de 1.700 liras turcas al mes (362 euros), ligeramente superior al mínimo interprofesional. El taller, que mantenía activa la cadena de producción las 24 horas del día en 3 turnos diferentes, suplía mayoritariamente a Zara -aunque también a Mango y a Next- y recibía la supervisión mensual de los trabajadores de Inditex, según afirman los trabajadores.

Un año y medio después del cierre repentino, los 'Bravo workers', como le ha apodado la prensa turca, han querido hacer pública su historia tras la negativa de Zara a pagar la indemnización. El gigante textil, que durante más de 5 años dirigió la fabricación de Bravo, sólo se compromete a pagar un tercio de los 665.000 euros que demandan. Inditex no ha querido confirmar ni desmentir la cifra a este diario e insiste en que “no existe ninguna obligación al respecto” ya que “la situación de los trabajadores es el resultado directo de la desaparición fraudulenta del dueño de la fábrica” y no de un incumplimiento por parte de la marca.

Una de las etiquetas adheridas a la ropa de Zara en Turquía
Una de las etiquetas adheridas a la ropa de Zara en Turquía

“Fabriqué esta prenda y no me pagaron por ello”

Para presionar a la firma de moda, que alcanzó los 3.157 millones de euros de beneficio en 2016, el comité de empleados de la pequeña factoría ha ideado una campaña que alerte a los consumidores. Uno a uno visitan las tiendas de la ciudad para colocar en los bolsillos de las prendas una etiqueta en la que puede leerse “yo fabriqué esta prenda y no fui pagado por ello”. “Lo hacemos para que la gente que viste esta ropa sepa lo que está comprando y descubra el sufrimiento que hay detrás de las grandes firmas de moda”, asegura Eyup, que acude a una reunión con sus compañeros en el barrio estambulita de Zeytinburnu, donde se ubican los talleres textiles de la ciudad. “40 miembros de mi familia trabajaban en esta factoría”, manifiesta Y.K., una mujer que se encargaba de las plantillas para los diseños, que pretende expresar la magnitud del perjuicio económico. Sólo su impago asciende a 43.000 liras turcas (9.159 euros).

“A través de intermediarios, sabemos que han creado un Fondo para Dificultades -Hardship Fund- para gestionar las indemnizaciones pero a nosotros no nos contestan a nuestras cartas e emails”, asegura a El Confidencial Bego Demir, el representante en Turquía de la ONG Clean Clothes Campaign, una organización que aboga por mejorar de las condiciones de un sector que sufre la explotación de los inversores extranjeros. Inditex firmó un Acuerdo Internacional de Marco Legal (IFA - International Framework Agreement) con Industriall, una confederación de sindicatos del sector, en la que se hacía responsable de la situación de los trabajadores de toda la cadena de producción. Desde Inditex, aseguran que este acuerdo sólo contempla las condiciones sociales, como la legalidad de los contratos, la explotación o el trabajo infantil. Sin embargo, la firma desconocía que los empleados no recibieron su salario en los tres últimos meses de actividad.

“Todas las grandes marcas actúan así”, explica Demir, “vienen a Turquía y contratan empresas locales para que se encarguen de la producción. (…) Ellos [las grandes compañías] no fueron a Bravo Factory a comprar artículos con la etiqueta de Bravo, sino que les dijeron: 'Toma este material, produce mis diseños, pon mi etiqueta, trabaja estas horas cada día, y entrégame tantos artículos al mes'. Se convierten en los propietarios, aunque la ley diga otra cosa”, mantiene Demir para expresar la situación de desprotección en la que se encuentran los operarios subcontratados. “Trabajamos para grandes compañías internacionales pero, si nos pasa algo, nadie se hace responsable de nosotros”, se queja.

El barrio estambulí de Zeytinburnu, donde se concentran numerosas fábricas textiles de Turquía, en enero de 2017. (Reuters)
El barrio estambulí de Zeytinburnu, donde se concentran numerosas fábricas textiles de Turquía, en enero de 2017. (Reuters)

Turquía, país para la 'Fast-Fashion´

Las pequeñas fábricas de Turquía son el principal proveedor del sector textil en Europa. La proximidad del país hace posible la 'Fast-Fashion', es decir, que en menos de 15 días las prendas puedan lucir en los escaparates de París, Londres o Madrid. La mano de obra en Bangladesh o China es más barata, pero la distancia prolonga el proceso entre la confección y el consumo. El bajo salario mínimo interprofesional de Turquía -1405 liras turcas (301 euros)- es otro de los motivos que hacen de Turquía un país idóneo para este negocio, que aporta enormes ganancias a las multinacionales. Tres de los cuatro trabajadores de Bravo Tekstil entrevistados aseguraron que su salario era de 364 euros; y uno, de 836 euros. Además, la débil supervisión laboral permite a los encargados forzar, por ejemplo, el número de horas de faena.

“Trabajé en el sector textil desde los 15 años”, explica Bego Demir, “durante 7 años fabriqué vaqueros desgastados para Tommy Hilfiger -mediante un proceso que se denomina 'sandblasting'- y ahora he perdido medio pulmón, sufro silicosis y 103 amigos míos han muerto -debido a los gases que produce este proceso-”. El activista ni siquiera pudo demandar a la marca de moda porque su relación contractual era con una empresa externa y la firma no se hizo responsable de su situación. “Al menos conseguimos que el sandblasting se ilegalizara en Turquía”, sigue Demir, que trabaja sin descanso para que los trabajadores de Bravo, que sufren problemas para reincorporarse al mercado laboral, recuperen un dinero que les pertenece.

La enorme industria textil en Turquía, que constituyó el 18,4% de las exportaciones totales de 2016 y aportó unas ganancias de 16,26 millones de dólares en 2014, es una de los más explotadas por las marcas europeas y americanas. Como ya publicó El Confidencial en el reportaje 'Made by Refugees', las firmas incumplen la ley nacional o escapan de los controles estatales para emplear incluso a menores refugiados por salarios extremadamente bajos. Y el 60% de la mano de obra no está registrada, según la ONG Business & Human Rights Resource Centre. Un panorama de explotación, ilegalidad y pobreza para que las prendas puedan tener precios asequibles, competir en el mercado y las grandes compañías logren los costosos beneficios que persiguen.

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