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De la Cañada de la Muerte a Siria: así captan los yihadistas a jóvenes de Melilla
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"llegan con los billetes azules de 20 euros"

De la Cañada de la Muerte a Siria: así captan los yihadistas a jóvenes de Melilla

Los barrios más desfavorecidos de la Ciudad Autónoma ofrecen un buen caldo de cultivo para que estas organizaciones capten a nuevos militantes, debido a un entorno de pobreza y exclusión

Foto: Detención de un presunto integrante de una célula yihadista en Melilla, el 6 de septiembre de 2017. (Reuters)
Detención de un presunto integrante de una célula yihadista en Melilla, el 6 de septiembre de 2017. (Reuters)

“Yo soy de la Cañada de la Muerte y a mí me intentaron reclutar”. Ismail (nombre ficticio), un joven que trabaja de porteador en la frontera que lleva mercancía de Melilla a Nador, relata cómo un grupo yihadista intentó que se uniera en sus filas, aunque no se dejó convencer. Pero asegura que otros chicos de su barrio sí, y explica cómo los captan. “Te ofrecen dinero a cambio que vayas a la mezquita”, narra. “Llegan con los billetes azules de veinte euros y a los niños se le van los ojos. En la Cañada, la gente no tiene dinero”.

El objetivo es claro: captar a jóvenes adolescentes para que vayan a hacer la yihad a Siria o atenten en otras ciudades europeas. De hecho, uno de los detenidos por los ataques de Barcelona, reivindicados por el EI, es de Melilla. Es el único superviviente de la explosión de Alcanar, una localidad tarraconense, donde se preparaban las bombonas de butano, que se querían hacer estallar frente la Sagrada Familia.

Foto: Explosión de la casa de Alcanar (Tarragona). (EFE)

Cuantas más veces vas a la mezquita, más se incrementan los regalos. Ismail, que no especifica si se trata de Al-Qaeda o Estado Islámico (EI), asegura que primero empiezan con dinero, pero luego acaban ofreciéndote “un Golf”. Y una vez entras en el centro religioso, asegura, no hay escapatoria: “Te comen la cabeza”. Es un proceso lento, a través de cual van transformando poco a poco a los jóvenes. “Primero te apartan de tu madre y de tu familia”, relata el melillense. Por eso, advierte que “cuando se entra, no se pueda salir y cuando te das cuenta ya estás en Estambul”. Allí solían llegar en avión los europeos que reclutaba el Estado Islámico y que iban a combatir a Siria.

Pero no en todas las mezquitas se recluta gente. Solo hay una en el punto de mira: se trata de la mezquita de corte salafista Assalam, conocida como la Blanca, en la Cañada de la Muerte. Los propios melillenses la llaman popularmente “la de los barbudos”. De hecho, desde julio del 2016 el ministerio de Interior español le tiene puesto el ojo como un posible foco de radicalismo, después de que se produjesen varias detenciones. Allí acudió durante dos años Hafid Mohamed, un melillense de 39 años, que fue detenido este septiembre por, presuntamente, pertenecer a una célula yihadista. Mohamed fue durante años militante del Partido Popular en la ciudad autónoma, pero su forma de ser y actuar cambió cuando empezó a frecuentar este centro de culto. También en esta mezquita rezaban tres de los detenidos de una célula yihadista desarticulada en mayo de 2014 en la ciudad autónoma, que se dedicaba a enviar jóvenes a entrenar en Mali para luego integrarlos en las filas de Al-Qaeda en Irak y Siria.

placeholder Mujeres marroquíes transportan objetos desde Melilla a la localidad de Beni Ansar, Marruecos, en julio de 2017. (Reuters)
Mujeres marroquíes transportan objetos desde Melilla a la localidad de Beni Ansar, Marruecos, en julio de 2017. (Reuters)

"No sé qué pasa en la mezquita de los barbudos"

Rachid (nombre ficticio) es un vecino de Barrio Cuerno, una zona de la ciudad colindante con la Cañada de la Muerte. Rachid asiste a la mezquita de su barrio, pero pese que la Blanca le queda cerca, incluso caminando, nunca la ha pisado. “He ido a todas las mezquitas que hay en Melilla, excepto a esa”, asevera. Cuando se le pregunta por qué, calla y baja la mirada. Y ante la cuestión de si ahí se recluta gente, dice: “Yo no sé lo que pasa en la mezquita de los barbudos, no he estado nunca, ni quiero ir”. No es el único que opta por el silencio. Poca gente quiere hablar de lo que pasa en Assalam.

Para elaborar este reportaje se intentó contactar, sin éxito, con el presidente de la ciudad autónoma de Melilla, Juan José Imbroda Ortiz. Pero basta con darse una vuelta por la Cañada de la Muerte para darse cuenta de que es un barrio caótico. La mayoría de las casas han sido hechas por inmigrantes marroquíes llegados a la ciudad sin documentos. Por eso, el barrio no tiene ningún plan urbanístico, las calles son estrechas y las personas han construido sus viviendas de forma que sea la luz de las farolas lo que ilumina sus domicilios. Construcciones de colores se extienden por un barrio en el cual no hay un censo oficial y, por ende, no se sabe cuánta gente vive.

Foto: Agentes de la Guardia Civil y personal de Cruz Roja ayudan a 88 personas rescatadas en tres pateras y llevadas al puerto de Tarifa, el 23 de junio de 2017. (EFE)

Una de sus habitantes es Fátima (nombre también ficticio), que reside con sus dos hijos de dos y seis años. Paga 150 euros de alquiler y no tiene trabajo. “Aquí la gente no tiene papeles. Así que coge el agua, la luz y se construye sus propias casas”, cuenta la mujer, que llegó al barrio hace once años. Nunca se ha planteado comprarse una vivienda en la zona. “¿Para qué? No hay registros, tal vez pagas 30.000 euros y no sabes si el día de mañana te la van a tirar”.

Aun así y, pese que hay muchas personas sin papeles, la gente vive con tranquilidad. “La policía no se atreve a entrar, no hacen registros”, manifiesta Fátima. En las calles es normal ver a jóvenes sentados sin trabajo, que necesitan dinero para vivir.

“Van a la Cañada de la Muerte a reclutar porque hay gente pobre. Yo prefiero trabajar”, enfatiza Ismail. Un sol de justicia azota en la frontera del Barrio Chino. El joven porteador, junto a más de mil personas, espera con un saco de ropa de unos sesenta kilos de peso a que policías españoles y marroquíes abran la frontera para poder llevar la mercancía, cargada en su espalda, al otro lado de la valla. “Dicen que lo hacen en nombre de Dios, pero no es verdad”, resalta. “Yo tengo fe, creo en el de arriba, pero rezo en mi casa”.

“Yo soy de la Cañada de la Muerte y a mí me intentaron reclutar”. Ismail (nombre ficticio), un joven que trabaja de porteador en la frontera que lleva mercancía de Melilla a Nador, relata cómo un grupo yihadista intentó que se uniera en sus filas, aunque no se dejó convencer. Pero asegura que otros chicos de su barrio sí, y explica cómo los captan. “Te ofrecen dinero a cambio que vayas a la mezquita”, narra. “Llegan con los billetes azules de veinte euros y a los niños se le van los ojos. En la Cañada, la gente no tiene dinero”.

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