LA VIOLENCIA SE HA DISPARADO EN LA CIUDAD

Policía que mata, policía que muere en Río (I): más bajas que los soldados de EEUU

Ser agente policial en este estado de Brasil es 765 veces más peligroso que luchar en una guerra en el ejército estadounidense. Pero por cada policía que muere, estos matan a 25 civiles

Foto: Un policía toma posiciones durante una operación antidroga en la Ciudad de Dios, en Río de Janeiro, el 10 de julio de 2017. (Reuters)
Un policía toma posiciones durante una operación antidroga en la Ciudad de Dios, en Río de Janeiro, el 10 de julio de 2017. (Reuters)

“Lo más duro que he hecho en mi vida ha sido contarle a mi hija que su padre había muerto. Faltaban pocos meses para que cumpliese ocho años. Recuerdo que empezó a correr por toda la casa, llorando. Fue muy triste. No se lo deseo nadie”. Bianca Neves Ferreira, de 32 años, lleva 14 años en la Policía Militar de Río de Janeiro. Coordina los programas sociales de la Policía Pacificadora, que desde finales de 2008 intenta, cada vez con menos éxito, contener la violencia en 38 de las más de 800 favelas de la 'Cidade Maravilhosa'.

Hace casi tres años, su marido fue asesinado durante una operación policial en el macro-complejo de favelas conocido como el Alemão, en la zona norte de la ciudad. Uanderson Manoel da Silva tenía 34 años cuando fue acribillado por los fusiles de los narcotraficantes de la comunidad Nova Brasília, en la que estaba destinado como comandante de la UPP (Unidad de Policía Pacificadora).

“Él siempre quiso ser comandante, desde que nos conocimos en la Academia. Cuando fue nombrado, fue una realización enorme para él. Trabajábamos en el mismo cuerpo, en el mismo barrio. Compartimos muchos sueños y muchos desafíos”, recuerda Bianca con una entereza ejemplar. “Cuando entras en la Policía, sabes que la muerte puede llegar en cualquier momento, incluso nosotros juramos esto. Pero nunca estás preparado. En el fondo no crees que pueda suceder de verdad”, añade con una mezcla de tristeza y firmeza en su despacho, ubicado en un endeble container, el mismo que son obligados a usar la mayoría de agentes de la UPP que luchan contra el narcotráfico en los puntos más violentos de la ciudad.

El año en que Bianca perdió a su marido y colega de trabajo, otros 111 policías fueron asesinados en Río de Janeiro. En 2016 este número había llegado a 147 y en lo que va de año, 91 agentes han fallecido en tiroteos durante las operaciones policiales o en sus días libres. “En julio de 2016 teníamos 58 policías asesinados. Hoy ya son 91. ¿Cómo va a quedar la estadística a finales del año? Nunca he visto tanta violencia y tan poca respuesta por parte del Estado”, denuncia el teniente Nilton da Silva, portavoz de SOS Policía, una organización que da voz a las protestas de un cuerpo de seguridad militarizado que, como hasta hace poco la Guardia Civil en España, no tiene derecho a huelga ni a representación sindical.

Este teniente se ha convertido en una cara conocida en los informativos locales desde que empezó a defender públicamente los derechos de los 45.865 policías militares que actúan en el Estado de Río de Janeiro. Con una crisis financiera sin precedentes, los agentes de Río reciben su salario tarde y mal. La extra de Navidad de 2016, por ejemplo, todavía no ha sido ingresada ni hay previsión de que cuándo pueda llegar. Pero la lucha de este hombre va mucho más allá de las reivindicaciones salariales. Da Silva no se cansa de repetir en cada entrevista que concede a los medios de comunicación nacionales e internacionales que hay una verdadera caza al policía en Río de Janeiro.

Un policía monta guardia frente a una comisaría donde familiares de los agentes protestan por los impagos de sus salarios, en febrero de 2017. (Reuters)
Un policía monta guardia frente a una comisaría donde familiares de los agentes protestan por los impagos de sus salarios, en febrero de 2017. (Reuters)

Recompensas por la cabeza de agentes

“Observamos una y otra vez que la mayoría de los agentes son asesinados por el simple hecho de ser policías. Cada vez que un criminal mata a uno de nosotros, es premiado y ascendido en la jerarquía de su organización. Incluso hay recompensas por la cabeza de agentes concretos, que son especialmente activos en las favelas o barrios en las que están destinados”, revela este teniente.

El maletero su coche está lleno de cruces negras de madera. Las lleva consigo a todas partes y las despliega en el suelo cada vez SOS Policía organiza una manifestación para sensibilizar a la sociedad sobre esta sangría en constante aumento. En varias ocasiones, cuando El Confidencial entró en contacto con este teniente, estaba yendo o volviendo del entierro de un compañero. “Lamentablemente esta es nuestra realidad”, asegura lacónico.

Cada dos días muere un policía en Río de Janeiro. Si añadimos los heridos, en los últimos 23 años, la estadística es de dos víctimas diarias, o lo que es lo mismo: entre 1994 y 2016 se han producido 17.686 bajas en la Policía Militar de Río de Janeiro (Pmerj). Quien recoge estos datos con paciencia y resignación es el coronel Fábio Cajueiro, que entró en la Policía a finales de 1993, en los años más mortíferos de la narcoguerra que sacude las calles de Río desde hace cuatro décadas.

​Abrumado por la alta mortalidad de los agentes de su ciudad, y sin encontrar el más mínimo parecido en las policías de otros países, este coronel resolvió dar un giro insólito y atrevido a su investigación. Ha comparado las bajas de la Pmerj con las del Ejército de los Estados Unidos durante los principales conflictos bélicos del siglo pasado, como la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Vietnam o la primera Guerra del Golfo. Los resultados son aterradores.

“Llegamos a la conclusión de que el riesgo de servir en nuestra ciudad es mucho mayor que hacerlo en las fuerzas armadas estadounidenses en guerras declaradas del siglo XX”, señala Cajueiro. Su estudio se basa en los datos oficiales del USA Congressional Research Service y del US Veteran Statistics. “En los último 23 años tuvimos 14.454 agentes heridos, lo que equivale a una tasa del 16,06%. Es infinitamente más que los 467 heridos registrados en la retomada de Kuwait por parte de EEUU, cuando hubo una tasa de tan solo 0,02%”, agrega. Dicho de otra forma, la posibilidad de que un policía en Río de Janeiro resulte herido es 765,07 veces superior que si estuviera en la Guerra del Golfo.

Según este informe, la tasa de mortalidad de los policías cariocas es del 3,59%. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando 4.734.991 soldados sirvieron en el Ejército de EE UU, hubo 116.516 muertos, es decir, una tasa de mortalidad del 2,46%. En la Segunda Guerra Mundial esta tasa subió hasta el 2,52%, quedando por debajo de la de Río. “Si sumamos los muertos y los heridos, podemos decir que en Río de Janeiro uno de cada cinco policías ha sufrido una baja en el último cuarto de siglo”, informa este coronel.

Carteles con nombres de policías muertos durante un homenaje en la laguna Rodrigo de Freitas, Río, el 25 de julio de 2017. (Reuters)
Carteles con nombres de policías muertos durante un homenaje en la laguna Rodrigo de Freitas, Río, el 25 de julio de 2017. (Reuters)

Secuestrado, torturado, mutilado

Cajueiro también denuncia que los policías están siendo cazados. Entre enero de 2016 y febrero de 2017, el 33% de los agentes asesinados fueron ejecutados, en muchos casos en sus días libres, a veces incluso en la puerta de su casa. Un 42% de las muertes se debió a un latrocinio, es decir, a un robo seguido de muerte. “En estos casos el policía pudo reaccionar al atraco o fue identificado por los criminales. El tema es que muchos colegas se ven obligados a responder a la agresión, porque si los asaltantes descubren que es policía, le torturan para después ejecutarle bárbaramente”, explica este coronel.

Es el caso de Ryan Procópio, 23 años y tan solo ocho meses en la Pmerj. En noviembre de 2014 fue secuestrado por un grupo de hombres armados en su día libre, torturado, asesinado y abandonado en un coche en la Avenida Brasil, la arteria que conecta el aeropuerto internacional de Río con el centro de la ciudad. El cuerpo del agente presentaba varios tiros y heridas de navaja. Uno de sus dedos había sido arrancado.

Más recientemente, en marzo de este año, otro policía fue alcanzado por un tiro en la cabeza después de atender un caso de violencia doméstica en un barrio de la enorme periferia de Río. Mientras se desangraba lentamente en el suelo, un hombre se le acercó y, lejos de socorrerle, cogió su fusil, lo inspeccionó y lo tiró al suelo. Mientras hacía una foto del agente agonizando, un grupo de personas le incitaba a que se llevase el arma. “Cógelo de una vez. Debe valer 20.000 reales [5.300 euros]”, le gritaban desde el otro lado de calle.

Son muchos los relatos de policías que tienen que esconder el uniforme en el coche cuando van a trabajar, por miedo a ser reconocidos y ejecutados. Algunos inclusos se ven obligados a lavarlo dentro de casa y secarlo detrás de la nevera para que los vecinos no descubran que trabajan en las fuerzas de seguridad del Estado. “Un policía joven tiene un sueldo base de entre 2.000 y 3.000 reales al mes (531-797 euros). Con las horas extra puede llegar a 5.000 reales (1.328 euros). Por esta razón, muchos viven en áreas pobres, incluso en favelas, donde la Policía no es bien vista”, explica el teniente da Silva. “La semana pasada estuve con un compañero que vive en la favela de Vila Kennedy, entre constantes tiroteos. No puede salir de allí porque no gana lo suficiente y además, toda su familia vive en esta comunidad. Sus familiares tienen un pacto de no contar a nadie que él es policía”, añade.

El coronel Cajueiro aporta otro dato para demostrar la teoría de la caza al policía. El 94% de los tiroteos entre los criminales y la Policía Pacificadora acontece durante patrullajes rutinarios. “¿Qué significa esto? Que los narcotraficantes disparan a los policías cuando estos están patrullando, sin que haya una operación en curso. En otros lugares del mundo, cuando un criminal ve a un agente, huye. Aquí le dispara porque se sabe impune. Los narcos no nos tienen miedo. No respetan a la autoridad policial. Son conscientes de que no hay una legislación que castiga específicamente el asesinado de policías. Incluso hay tatuajes con la cara de un payaso que marcan a los criminales que mataron a policías. Normalmente reciben una recompensa de 5.000 reales (1.328 euros) como mínimo”, afirma este policía.

Miembros del Ejército se preparan para destruir 5.000 armas incautadas en Río de Janeiro, el 6 de julio de 2017. (Reuters)
Miembros del Ejército se preparan para destruir 5.000 armas incautadas en Río de Janeiro, el 6 de julio de 2017. (Reuters)

"Nunca he visto tanta inseguridad"

El aumento de los niveles de criminalidad se refleja en las estadísticas de las bajas policiales. En febrero de este año Río de Janeiro registró un aumento del 24,3% en los homicidios dolosos, según el Instituto de Seguridad Pública (ISP). El robos de coche creció un 40,3% en relación a 2016, batiendo todos los récords. Además, hubo 2.890 tiroteos en lo que va de año. Solo en los primeros en tres días de julio se registraron 41, según el portal Onde Tem Tiroteio.

“Estoy en la Policía desde 1983 y nunca he visto tanta inseguridad como la que hay ahora en Río de Janeiro. Los bandidos salen armados con fusiles. Antes había pistolas. Usar fusiles en un robo común es nuevo. Es una tendencia imparable”, se desahoga da Silva. “Estamos viendo asaltos en autobuses con fusiles porque en Río el fusil está banalizado. El razonamiento de los criminales es el siguiente: si atraco un autobús con una navaja, la posibilidad de ser arrestado es mucho mayor. Por eso prefieren el fusil”, agrega Cajueiro.

Este coronel cita una estadística que lleva un nombre siniestro. Según el Mortómetro, que compara los datos de todo Brasil, la Policía de Río de Janeiro sufre casi tres veces más muertes que el Estado de São Paulo, que cuenta con el doble de efectivos policiales. (Ver gráfico) La directa consecuencia de este escenario es que las bajas psiquiátricas y psicológicas se han disparado. Los datos muestran que el 40% de los agentes de baja llevan en servicio entre cero y cuatro años. El 70% de los que han sido apartados de sus tareas por causas psicológicas tienen menos de 15 años en la Pmerj. “Los policías no están aguantando tanta presión. Si no se hace nada para atajar este problema, de aquí a unos años quizás tengamos a la mitad de nuestra plantilla de baja. A la larga, esto puede ser aún más grave que el número de muertos y heridos. Nuestra Policía se está quedando sin efectivos”, advierte Cajueiro.

Para el teniente da Silva, el Estado tiene la obligación responder ante esta matanza de policías en Río de Janeiro. “¿Cuántos crímenes han sido investigados? ¿Cuántos criminales han sido identificados y encarcelados? ¿Qué se está haciendo realmente en relación a esta la matanza? No tenemos una respuesta pública y oficial de cuántas personas están presas por el asesinato de policías. Encima cuando acaban en la cárcel, enseguida son liberados”, espeta.

Policías del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) durante unos disturbios provocados por la violencia policial, en la favela de Alemao, en abril de 2017. (Reuters)
Policías del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) durante unos disturbios provocados por la violencia policial, en la favela de Alemao, en abril de 2017. (Reuters)

El temible Batallón 41

La noche del 29 de noviembre de 2015, Wilton, Wesley, Cleiton, Carlos Eduardo y Roberto, de edades comprendidas entre los 16 y los 25 años, salieron en coche del Complejo de la Pedreira, una favela ubicada en Costa Barros, en el norte de Río de Janeiro, para ir a comer en un bar a pocos metros de su domicilio. Iban a gastar juntos el primer salario de Roberto, que había comenzado a trabajar en un supermercado. Nunca más volverían a sus casas.

Su coche, un Fiat Palio blanco, fue acribillado por 63 balas de fusil. Nadie sobrevivió a la embestida de los policías, que dispararon 111 veces. Los agentes estaban esperando la llegada de un grupo de narcotraficantes que habían robado la carga de un camión en una calle aledaña. Pero se equivocaron de vehículo y acabaron con la vida de cinco inocentes, cuyo único crimen fue ser negros y pobres, y pasar en el momento equivocado por el lugar errado.

Los cuatro autores de los disparos intentaron alterar las pruebas, pero fueron detenidos y acusados de homicidio y obstrucción de la justicia. Todos pertenecían al Batallón nº 41, célebre por ser el más mortífero de Río de Janeiro. En 2015 contabilizaba el 13% de todas las muertes ocurridas en la 'Cidade Maravilhosa' durante las operaciones de la Pmerj. Casi dos años después, los familiares de las víctimas todavía esperan que se celebre el juicio.

El caso de Costa Barros enfureció una parte de la sociedad carioca, al mismo tiempo que dejó indiferente a muchas otras personas, anestesiadas ante la avalancha de muertes que los telediarios llevan día tras día a las pantallas de sus casas. En la última década la Pmerj ha matado a 8.052 personas en Río de Janeiro. En el mismo período, entre 2006 y 2015, 4.526 personas murieron a mano de las policías de los 50 Estados de EEUU, según datos del FBI. Esto equivale al 56,3% de las víctimas de la Pmerj. En otras palabras, la Policía de Río de Janeiro mata casi el doble que toda la Policía de EEUU.

Un hombre observa un blindado policial durante una operación antidroga en Ciudad de Dios, en noviembre de 2016. (Reuters)
Un hombre observa un blindado policial durante una operación antidroga en Ciudad de Dios, en noviembre de 2016. (Reuters)

Un muerto cada 8 horas a manos de la policía

Los últimos datos del ISP indican que el número de muertes asociadas a la intervenciones policiales han aumentado un 60%. Cada ocho horas, una persona en Río de Janeiro es asesinada por la Policía Militar o Civil. ¿Es la Policía de Río la más letal del mundo? “Es difícil decirlo porque en Brasil el Estado no recoge esta información, a pesar de tener la obligación de hacerlo. Los únicos datos que tenemos son de la propia Policía”, explica Jurema Werneck, directora ejecutiva de la división brasileña de Amnistía Internacional.

Lo que sí está demostrado es que las muertes causadas por la Pmerj crecen desde hace cuatro años. En el primer semestre de 2017, 383 personas han fallecido en Río de Janeiro a manos de las fuerzas de seguridad del Estado. Es un incremento del 59% en comparación con el mismo periodo del año pasado. “Hubo un momento en la historia reciente de Río en que estos datos diminuyeron, pero estamos retrocediendo. Hay cada vez más homicidios causados por la Policía”, señala Werneck a El Confidencial.

Por cada policía muerto en Río en 2015, 25 personas fallecieron en acciones policiales, tal y como revelan los datos del ISP. Un reciente informe de la ONG Human Rights Watch denuncia que “el número de muertos en acciones policiales es mucho mayor que el número de bajas policiales, lo que hace difícil creer que todas estas muertes ocurrieron en situaciones en las que la Policía estaba siendo atacada”.

Los oficiales entrevistados por El Confidencial rechazan esta teoría. “Ningún policía coge su arma cuando entra a trabajar con la intención de matar. Un agente no sale para matar, pero tampoco sale para morir. Si tiene que defenderse, lo hará”, afirma el teniente Da Silva. “Normalmente cuando la Policía mata es para defenderse de una agresión que está sufriendo. Es un caso extremo en el que o muere el policía o muere el bandido que le está disparando. Lamentablemente estamos viviendo una situación de guerra civil. Y en una guerra hay muchas víctimas”, agrega.

Dos mujeres lloran durante el funeral de Vanessa dos Santos, una niña de 10 años muerta por una bala perdida de la policía, el 6 de julio de 2017. (Reuters)
Dos mujeres lloran durante el funeral de Vanessa dos Santos, una niña de 10 años muerta por una bala perdida de la policía, el 6 de julio de 2017. (Reuters)

"Recibimos más tiros de los que disparamos"

“Para acertar un blanco en una guerra, se calcula que hay que disparar entre 80 y 200 tiros en el campo de batalla. Aquí en Río tenemos muchos tiroteos, pero disparamos bastante menos. Por eso no hay tantos muertos como podría haber. Si la Policía disparase esta cantidad de balas, la población de Río estaría siendo diezmada”, atesta el coronel Cajueiro. “Nosotros somos obligados a registrar el número de municiones que usamos en combate. Sin embargo, no hay datos sobre los tiros que recibimos. Tengo dudas de que la Pmerj sea la Policía que más mata. Muchas veces recibimos muchos más tiros de los que disparamos, somos atacados y no reaccionamos”, añade.

En 2016 hubo 4.212 tiroteos, un 30% más que en 2015 y un 400% más que en 2011. Las fuentes policiales consultadas aseguran que el número de muertes de civiles es directamente proporcional a la cantidad de ataques que reciben los policías. Niegan que haya malas prácticas o una falta de preparación de los agentes. También acusan a la prensa brasileña de maltratar de forma sistemática la imagen de la Pmerj.

El 4 de julio Vanessa dos Santos, una niña de 10 años, murió de un tiro en la cabeza en su propia casa en la favela de Lins de Vasconcelos, en la periferia de la región norte. El padre de la víctima cuenta que los policías estaban buscando a un narcotraficante y entraron en su domicilio disparando. La madrina de la pequeña asegura que imploró a un policía, que estaba dentro de la residencia, que dejase de disparar, pero sin éxito. “¿Se habrían comportado de la misma forma en un piso de la zona residencial, en un barrio como Leblon? Hay personas honestas y decentes en las favelas. La Policía no puede entrar en nuestras casas de esta forma”, se quejaba la tía de Vanessa en la radio local. Los agentes implicados han negado la versión de los familiares y han acusado a los narcos de ser los autores de los disparos letales. Se está realizando una investigación para descubrir de dónde salió el proyectil que mató a Vanessa.

“Si analizamos la violencia que sufre la Policía a diario, no diría que nuestro cuerpo es tan violento. Hay que responder de alguna forma a los ataques recibidos”, asegura da Silva. “Sí puede ocurrir que un policía mate por el estrés. Los policías tienen un nivel de estrés altísimo, soportan unos turnos de trabajo agotadores y no descansan lo suficiente”, añade este teniente. Cabe destacar que muchos policías son obligados a tener un segundo y a veces un tercer trabajo para poder llegar a fin de mes.

Human Rights Watch denuncia que en al menos 64 de los casos analizados, los policías intentaron encubrir el uso de la violencia. Su informe, basado en entrevistas con más de 30 agentes, concluye que “el uso ilegal de la fuerza letal por parte de los policías ha contribuido al desmantelamiento de los ambiciosos esfuerzos del Estado para mejorar la seguridad pública”.

“El problema principal es el enfoque con el que se aborda la presencia del narcotráfico en el territorio. Es una perspectiva de guerra, un enfoque inadecuado que propicia tiroteos, que a su vez causan muchas víctimas en la población”, señala la directora de AI. “El Estado debería cambiar este enfoque porque nadie gana con esta guerra contra las drogas. Esta idea de enfrentamiento es equivocada y cuesta muchas vidas. La solución no es disparar y matar, todo lo contrario. La represión de la circulación de armas y drogas debería tener lugar en las fronteras, mucho antes de que lleguen a las favelas. Hay autoridades responsables como el Ministerio Público, la Secretaría de Seguridad Pública y el Gobierno federal, pero no están haciendo lo suficiente para preservar la vida de la población”, agrega.

*Lea aquí la segunda parte del reportaje especial "Policía que mata, policía que muere en Río: el círculo vicioso de la violencia".

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