tiene 66 años y lleva más de 30 como diputado

El Pablo Iglesias británico, nuevo líder del laborismo

Jeremy Corbyn es, desde hoy, la cara visible del Partido Laborista británico. Su nombramiento representa también un mensaje para toda Europa, con especial resonancia en Grecia y España

Foto: Jeremy Corbyn. (Reuters)
Jeremy Corbyn. (Reuters)

Se considera anti-monárquico. Está a favor de la nacionalización de los ferrocarriles, el gas y la electricidad. Venera la figura de Hugo Chávez. Defiende la causa palestina y fue uno de los primeros en viajar a Atenas para apoyar a Alex Tsipras, cuando éste se convirtió al mismo tiempo en primer ministro griego y enemigo de la austeridad dictada desde Berlín. Jeremy Corbyn se ha convertido hoy en el líder del Partido Laborista británico.

En su discurso ha pedido tomar medidas contra la "grotesca desigualdad" económica que vive el país, ha demandado justicia y comprensión para los refugiados sirios y ha recalcado lo importe que es mantener al partido unido. Pero las primeras consecuencias de su elección no se han hecho esperar. El responsable de Sanidad de la formación, Jamie Reed, ha presentado su dimisión. Y no se espera que sea la única.

Su elección no solo supone un huracán para Westminster y un punto de ruptura en su propia formación. Al fin y al cabo, la mayoría de sus detractores provienen de sus propias filas. Su nombramiento representa también un mensaje para toda Europa, con especial resonancia en Grecia y España. No hay que olvidar que al activista le llaman el Pablo Iglesias británico.

Corbyn no lleva coleta ni ha sido profesor de la universidad antes de acaparar la escena política. Pero sí guarda varios puntos en común con el líder de Podemos. Aunque hay un pequeño matiz. El laborista tiene 66 años y lleva más de tres décadas como diputado del acomodado distrito londinense de Islington Norte. Durante su veterana carrera, sin embargo, nunca ha ocupado un puesto ministerial. ¿Y por qué? Porque su visión radical de la izquierda no era atractiva para estar en primera línea. Tras su elección, por tanto, el primer sorprendido es el propio Corbyn.

Corbyn sale de su casa de Londres. (Reuters)
Corbyn sale de su casa de Londres. (Reuters)

Dos minutos antes de que cerrara el plazo

La candidatura del diputado de Islington se coló a última hora en la lista. Necesitaba 35 nominaciones para conseguir presentarse y las logró tan sólo dos minutos antes de que se cerrara el plazo. Entre los que apoyaron entonces su papeleta estaban sus propios rivales: el portavoz de Sanidad, Andy Burnham, la responsable de Interior en la oposición, Yvette Cooper, y la protegida de Blair, Liz Kendall. Todos pensaron que era un gesto simbólico para apaciguar a la izquierda del partido, que se encontraba en ira tras la humillante derrota de las elecciones de mayo que obligó a dimitir a Ed Miliband.

Nadie podía imaginar que Corbyn se convertiría en cuestión de semanas en un ídolo de masas. Cuando las encuestas le situaban como claro vencedor ya en julio, los propios pesos pesados del laborismo empezaron a pedir su “no-voto” alertando de los riesgos de volver a eras trotskistas y convertir a la formación en un “movimiento protesta” sin posibilidades de recuperar nunca Downing Street. El propio Blair llegó a decir: "Si su corazón está con Corbyn, consiga un trasplante".

Por su parte, el ministro del Tesoro, el tory George Osborne, ha ido más lejos asegurando que Corbyn representa una "amenaza a la seguridad nacional". El activista se opone a los ataques con drones en Siria que el mes pasado mataron a dos yihadistas de origen británico. Está en contra de la financiación del sistema Trident de misiles nucleares y ha indicado previamente que estaría a favor de abandonar la OTAN, o incluso la Unión Europea, aunque ha restado importancia a esas dos ideas durante la campaña. Lo más notable ha sido su deseo de romper con el pasado y ha prometido que pedirá públicamente disculpas por la decisión de Tony Blair de ir a la guerra en Irak.

Cuando el viernes Sadiq Khan ganó la candidatura laborista para la alcaldía de Londres se consideró la primera señal clara de que el partido había girado hacia la izquierda más radical.

(Reuters)
(Reuters)

Pero ese mismo día, un amplio grupo de altos cargos del gabinete en la oposición acordó colectivamente negarse a servir a Corbyn. Aceptan el resultado democrático y darán al activista el tiempo y el espacio necesario para exponer su propia agenda. Pero tras unos meses, se retirarán. Recalcan que aceptarán su mandato democrático y su legitimidad, pero que eso no significa que estén obligados a decir que creen que Corbyn tenga posibilidades creíbles de convertirse en primer ministro.

En las próximas semanas, por tanto, el nuevo líder tendrá que encontrar alguien para Defensa dispuesto a retirar al país de la OTAN y cancelar el programa Trident de misiles nucleares. Para Exteriores, alguien que rechazara la guerra en Siria y renegociara los términos con Europa. Para Energía, necesitaría una persona que se opusiera a las centrales nucleares y promoviera la posible reapertura de algunas minas de carbón. Y con respecto a Irlanda del Norte, un buen diplomático capaz de acercar posturas con los protestantes después de que haya mantenido canales abiertos con el IRA durante los Troubles. Pero, por encima de todo, Corbyn necesitaría un aspirante a Chancellor que luchara contra la austeridad y subiera los impuestos a las rentas más altas.

Su elección no habría sido posible sin el apoyo de los jóvenes -a los que les ha prometido universidad gratuita- y las nuevas reglas de votación aprobadas por el partido. Para que el proceso fuera más democrático, además de los sindicatos y los miembros de la formación, se decidió que todos aquellos que se registraran pagando 3 libras (4,20 euros) tendrían también derecho a voto. Los nuevos “afiliados” debían firmar un acuerdo en el que apoyaban “los objetivos y valores del Partido Laborista” y prometían que no eran “partidarios de cualquier organización opuesta". Sin embargo, hasta el último momento ha reinado la polémica ya que más de 250 excandidatos y miembros de partidos de izquierda rivales habrían tratado de registrarse.

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