Elecciones en Turquía

Turquía decide mañana entre República o Erdogistán

Turquía ha sido ejemplo de democracia para el mundo musulmán. Hoy la sombra de Erdogán lo cubre todo. Los turcos deciden mañana qué camino tomar

Foto: Cartel electoral del favorito a las generales de Turquía, Tayyip Erdogan. (Reuters)
Cartel electoral del favorito a las generales de Turquía, Tayyip Erdogan. (Reuters)

Miles de rostros del primer ministro Recep Tayyip Erdogan vigilan las calles de las ciudades de Turquía. Su efigie de varios metros cuelga de rascacielos y casas particulares, de puentes y edificios públicos, acompañada de eslóganes como “La fuerza de Turquía”, “El hombre de la nación” o “Turquía confía en tí”. A juzgar por la abrumadora presencia de los carteles de este político islamista frente a los de sus otros dos contrincantes y por la participación en sus mítines –el pasado domingo reunió a entre uno y dos millones de personas en Estambul– parece claro quién vencerá las elecciones a la Presidencia de la República mañana domingo.

Los institutos demoscópicos son de la misma opinión: la mayoría asegura que Erdogan obtendrá entre el 53 y el 56% de los votos, y sólo tres sondeos de los últimos nueve publicados indican que el actual primer ministro de Turquía quedará ligeramente por debajo del 50% y deberá esperar a enfrentarse en segunda ronda, el 24 de agosto, al segundo candidato más votado para proclamar lo que parece claro será su octava victoria electoral consecutiva (tras tres elecciones generales, tres locales y un referéndum ganados).

Erdogan ha ejercido como primer ministro durante los últimos 12 años y, en este periodo, su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha modelado un país a su imagen y semejanza: más conservador y religioso en el aspecto social, más abierto y liberal en el aspecto económico. En un principio, obligado por el recelo que despertaba un gobernante islamista en la laica Turquía –el mentor de Erdogan, Necmettin Erbakan, fue desalojado del poder por un golpe de estado en 1997– e impulsado por la entonces muy popular candidatura de adhesión a la UE –unas negociaciones que al cabo del tiempo han sido prácticamente aparcadas por ambas partes–, lo hizo mediante reformas democráticas, diálogo y atrayéndose a su campo a liberales e incluso socialdemócratas descontentos con el estatismo y autoritarismo de la élite laica.

El principal candidato de la oposición, Ekmeleddin Ihsanoglu, en un mitin en Balikesir. (Reuters)
El principal candidato de la oposición, Ekmeleddin Ihsanoglu, en un mitin en Balikesir. (Reuters)

Pero, poco a poco, el antiguo alcalde de Estambul ha ido desembarazándose de todo aquello que suponía un freno a su poder, como la influencia los militares o los altos cargos judiciales contrarios a sus ideas. “Preocupado de que quedarían fuera de su control, han logrado hacer que todos ellos, las Fuerzas Armadas, la universidad, los medios de comunicación públicos, sean cada vez más dependientes (del Gobierno)”, escribía recientemente el columnista de Hürriyet Daily News Mustafa Sönmez. Especialmente desde sus terceras elecciones generales ganadas, en 2011, Erdogan ha cambiado las tornas y ha impuesto una política cada vez más reaccionaria, mostrándose incapaz de dialogar con quienes no opinan como él y repartiendo a discreción etiquetas como “terrorista”, “traidor”, “enemigo de la nación” o agente “al servicio de poderes externos” entre los opositores. Algunos analistas opinan que es la reacción típica de quien se ha acostumbrado a gobernar con mayoría absoluta durante tantos años: “El poder lo ha envenenado”, afirma el profesor Cengiz Aktar, del Istanbul Policy Center. Otros, principalmente la oposición laica, consideran que la autoritaria es la verdadera cara de Erdogan, que puede mostrar ahora libremente, una vez neutralizados sus enemigos.

Pero Erdogan se ha encontrado con un obstáculo, casualmente sembrado por sí mismo cuando él y otros políticos escindidos del movimiento islamista tradicional crearon el AKP en 2001 con, entonces verdadero, afán democrático: ningún miembro del partido puede ejercer el mismo cargo público durante más de tres legislaturas consecutivas. Así pues, Erdogan no podría presentarse a las elecciones generales del año que viene, por lo que, para seguir rigiendo los destinos de Turquía, ha decidido que se convertirá en presidente, un cargo en principio no ejecutivo pero de gran simbolismo ya que el primero en ocuparlo fue el fundador de la moderna y laica república turca, Mustafa Kemal Atatürk.

Erdogan en un acto de campaña. (Reuters)
Erdogan en un acto de campaña. (Reuters)

“En nuestra actual Constitución, el presidente goza de algunos poderes más que en los sistemas de república parlamentaria al uso (como Alemania o Italia) porque fue redactada a las órdenes del general Kenan Evren para que él mismo, que tras la dictadura (1980-83) se convirtió en presidente, pudiese controla el juego político”, explica a El Confidencial el exdiplomático Akin Özçer, quien actualmente trabaja como asesor para la reforma constitucional. “Erdogan va a hacer uso de todos estos poderes y tendremos un sistema no del todo semipresidencialista pero sí cercano al francés cuando no hay cohabitación, sino una mayoría monocolor tanto en el Gobierno como en la Presidencia”.

El Presidente, en Turquía, además de las tradicionales funciones de representación exterior y de moderador de la actividad política, como cualquier otro Jefe de Estado en un sistema parlamentario, puede convocar y presidir el consejo de ministros cuando lo estime necesario –una prerrogativa que anteriores presidentes no han utilizado– y nombra a variados altos cargos de la administración, por ejemplo rectores universitarios, y de la judicatura: a todos los miembros del Tribunal Constitucional y un cuarto de los integrantes del Consejo de Estado, al Fiscal Jefe y su segundo, a parte del organismo equivalente al Consejo General del Poder Judicial en España y a parte también de los tribunales castrenses.

Carteles electorales. (Reuters)
Carteles electorales. (Reuters)
El profesor Aktar teme que Erdogan utilice todos los poderes que la Constitución garantiza al presidente de la República exprimiéndolos al límite: “Colocará a una marioneta como primer ministro e interferirá en la labor de Gobierno”, algo que provocará “más caos e inestabilidad” dado “el modo arbitrario de gobernar” del político islamista. “Lo que nos jugamos en estas elecciones es si Turquía continúa siendo una democracia o cambia hacia un régimen autoritario al estilo de Putin en Rusia, sin separación de poderes”, añade en entrevista con El Confidencial.

En cambio, Galip Dalay, investigador del think-tank turco SETA, considera exageradas estas predicciones: “Si es elegido, Erdogan tendría la legitimidad suficiente para transformar el sistema en presidencial (esta será la primera ocasión que los turcos voten directamente a su presidente ya que hasta ahora era designado por el Parlamento), pero no lo hará porque hay limitaciones estructurales y constitucionales que se lo impiden. Aún así, será un presidente muy activo”. Dalay cree adems que Erdogan “no abusará” de las prerrogativas presidenciales y no interferirá demasiado en la labor del Ejecutivo pues necesita a un primer ministro “popular” y a un AKP “fuerte” para mantenerse en el poder. Erdogan deberá abandonar el partido una vez acceda a la Presidencia por lo que le será más difícil controlar sus mecanismos tan férreamente como lo hacía hasta ahora, lo que podría debilitar la maquinaria del AKP de cara a las elecciones legislativas de 2015.

Consultado por El Confidencial, uno de los mayores expertos turcos en movimientos islamistas, que pide no publicar su nombre (reflejo de la situación actual en el país), cree que el modo de gobernar de Erdogan dependerá de los resultados: si logra la mayoría absoluta este domingo “Erdogan se sentirá fuerte” y dejará como primer ministro a algún político “de perfil bajo y que pueda ser controlado fácilmente”; pero si no es capaz de vencer en la primera ronda “deberá elegir como sucesor al frente del Gobierno a un candidato fuerte”, probablemente al hasta ahora presidente, Abdullah Gül, un político que proviene del AKP, pero de talante más democrático y dialogante y “que no aceptará imposiciones de Erdogan”.

Simpatizantes de Erdogan. (Reuters)
Simpatizantes de Erdogan. (Reuters)

Por ello, Erdogan ha puesto toda la carne en el asador de la campaña electoral. Sus carteles electorales son ubicuos y las donaciones que ha recibido hasta ahora –8,5 millones de euros– superan con creces las que han logrado sus adversarios: 750.000 euros el “candidato unitario” de la oposición y 265.000 euros el candidato del movimiento kurdo, también apoyado por varias pequeñas formaciones de izquierda (el Estado no otorga fondos públicos a los candidatos presidenciales).

Por si fuera poco, los candidatos opositores han denunciado que Erdogan, quien no ha abandonado su puesto de primer ministro ni lo hará hasta pasadas las elecciones, utiliza de forma fraudulenta el dinero presupuestado para el Gobierno en su propia campaña. Incluso la misión de observación electoral de la OSCE se ha quejado de este hecho: Erdogan “combina visitas oficiales a los delegados del Gobierno en las provincias con mítines a gran escala que suelen ser seguidos de iftar (cenas de ruptura del ayuno en Ramadán) organizados por el Ayuntamiento”. “La campaña es muy desigual –apunta el experto en islamismo citado anteriormente- los otros candidatos tienen menos experiencia, mucho menos dinero y apenas apoyo de los medios de comunicación respecto a Erdogan”. El ganador de las elecciones presidenciales parece, pues, claro. Lo que importa, lo que marcará el futuro de Turquía en los próximos años, es el modo en que Erdogan consiga la victoria.

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