El Schindler de Ucrania: un día con el héroe que ha evacuado del Este a 1.500 personas
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de la CIUDAD SITIADA DE SLAVIANSK

El Schindler de Ucrania: un día con el héroe que ha evacuado del Este a 1.500 personas

“No soy un héroe, pero no queda nadie que ayude”. Así justifica Alexey el riesgo de cruzar los controles de los milicianos rusos de Slaviansk tres veces al día.

placeholder Foto: Un hombre contempla un edificio dañado por morteros del Ejército ucraniano en Slaviansk, al este de Ucrania. (Reuters)
Un hombre contempla un edificio dañado por morteros del Ejército ucraniano en Slaviansk, al este de Ucrania. (Reuters)

“No soy ningún héroe, pero mucha gente se ha ido y no queda nadie para ayudar”. Así justifica Alexey el riesgo de cruzar los controles del Ejército ucraniano y de los milicianos rusos de Slaviansk al menos tres veces al día. La guerra devora el este de Ucrania. Las tropas de Kiev mantienen el cerco a Slaviansk, uno de los epicentros de la sublevación prorrusa. Voluntarios de una iglesia local han evacuado en secreto a más de 1.500 personas durante los 45 días de lucha en la urbe sitiada. El Confidencial los acompaña en un día de ‘trabajo’.

“¡¿De dónde ha salido ese coche? ¡Va hacia el puesto de control! ¡Y tiene matrícula rusa!”, exclama Slava haciéndose a un lado de la bucólica carretera comarcal que conduce al último control del Ejército ucraniano, a cinco kilómetros de la ciudad sitiada de Slaviansk. Hasta ese momento, únicamente algún disparo aislado, bien de fusil o bien de artillería, ha roto la calma que envuelve un campo hermosísimo bañado por el intenso sol de la primavera en la región de Donétsk, en el este de Ucrania.

Un todoterreno negro con matrícula rusa, la enseña de los milicianos rusos de la República Popular de Donétsk y el águila imperial en el cristal trasero, surge de la nada. De su interior brota música techno a todo volumen. A toda velocidad, se dirige al último puesto de control ucraniano desde su retaguardia. Desaparece al pasar el cambio de rasante. Al poco, se oyen disparos y la conductora, una joven rubia y bien vestida, acelera todavía más cuando el vehículo regresa, antes de perderse en un bosque cercano.

La red transporta a los refugiados a centros urbanos desde donde pueden llegar a otras partes del país. Como Tatyana, una maestra de 37 años, que huyó esa misma mañana y espera que su hija le recoja para llegar hasta Kiev. Aguarda junto a una pila de fardos demasiado escasa para contener el inicio de una nueva vida

Slava, un empresario de Zaporizhia de 31 años, se dispone a recoger a un grupo de refugiados para alojarlos en su ciudad, ubicada a unos 150 kilómetros al suroeste de Slaviansk. Lleva dos horas esperando el regreso de un voluntario de la iglesia protestante local Buena Nueva, Alexey (nombre ficticio para proteger su identidad). El activista debe volver acompañado de una joven que ha pedido su ayuda para escapar de la guerra junto a su bebé de nueve meses.

Alexey se retrasa. Como la cobertura de móvil es escasa o inexistente en esta ciudad cercada, es imposible saber si ha sufrido algún percance. La televisión ucraniana asegura que un tercio de los 130.000 habitantes de la urbe han huido. Durante la espera, Slava charla con un grupo de aldeanos cuyas casas, para su desgracia, están en pleno frente de combate. “Lo único que queremos es que se vayan todos y vivir en paz”, coinciden tres mujeres y un jubilado tras una charla de una hora en la que explican que la economía está paralizada, que es imposible cobrar la pensión en la ciudad y que ya no pueden vender la leche de sus vacas en el mercado porque ha cerrado. El diálogo transcurre a 100 metros del puesto de control ucraniano.

El viaje de Alexey y Slava se fraguó unas horas antes, y en apenas dos minutos, en la cercana ciudad de Izyum, donde el Ejército ucraniano tiene su centro de operaciones de la región. Izyum también protege la carretera a Járkiv, la segunda ciudad más grande del país. Poco después de partir comienzan los controles militares. Reunidos en la iglesia protestante local, en medio del trasiego ya habitual de las más de 40 personas que varios voluntarios han evacuado ese mismo día en tres viajes, decidieron hacer un último desplazamiento para recoger a las dos jóvenes pasajeras.

La llamada llegó a través de la red integrada por 30 voluntarios que coordina el pastor protestante Piotr Dudnik, un hombre ancho y de sonrisa cálida, que ahora, a sus 45 años, exhibe un gesto preocupado y vive con el teléfono siempre pegado a la oreja. Recibe información casi al minuto sobre qué zonas es más seguro cruzar en cada momento, a la vez que acuerda nuevos encuentros con candidatos a la evacuación.

Hasta el inicio de la guerra, Dudnik llevaba su propia iglesia en Slaviansk junto a otros pastores, así como un programa de adopción para huérfanos locales. Ahora se dedican a coordinar una complicada operación de rescate ciudadano

Hasta el inicio de la guerra, Dudnik llevaba su propia iglesia en Slaviansk junto a otros pastores, así como un programa de adopción para huérfanos locales. Ahora se dedican a coordinar una complicada operación de rescate ciudadano, por un lado, y al abastecimiento de productos de primera necesidad (comida, agua, medicinas) a quienes no quieren abandonar sus hogares por otro.

“Comenzamos a evacuar gente en torno a Pascua, cuando nadie podía salir porque habían bloqueado la estación de ferrocarril”, explica Dudnik a El Confidencial mientras conduce camino a Izyum en el mismo furgón en el que, a veces, pasa la noche. “No puedo decirlo con precisión, pero hemos evacuado a más de 1.500 personas. Sin embargo, las dos preguntas más importantes son adónde irá esta gente y dónde alojar a los que no tienen ningún sitio al que ir. Por eso empezamos a aceptar ofertas de gente que quiere acoger a algunas personas. Mi mujer lo coordina y recibe unas cien llamadas al día”, cuenta.

La intensidad con que se suceden las fotos de nuevos refugiados en su página de Facebook, todas tomadas en la iglesia de Izyum, dan fe del trasiego de personas huidas que gestiona el grupo. Por motivos de seguridad, no se promocionan; se apoyan en el boca a boca.

La red transporta a los refugiados a centros urbanos como Járkiv o Izyum, desde donde pueden llegar a otras partes del país o, algunos, a Rusia. Generalmente, se alojan con familiares. Como Tatyana, maestra de 37 años, que huyó esa misma mañana y espera que su hija les recoja a ella y a su marido en Izyum para llegar hasta Kiev. Aguarda junto a una pila de fardos demasiado escasa para contener el inicio de una nueva vida. “Nos vamos de Slaviansk porque nuestro piso fue bombardeado. Mi hija se llevó a los niños la semana pasada. Nos quedaremos con ella en Kiev, pero después no sabemos si habrá trabajo o qué hacer”, cuenta a este diario.

“Al principio todo estaba tranquilo, pero luego llegaron las milicias y vino la guerra”, explica. Tatyana se niega a hablar de política. Dos horas después, su hija los recoge y parten en un coche lleno de bolsas. Yulia y Yura, una pareja de gitanos con cuatro niños, corroboran el relato. “No quiero volver ahí. Es aterrador: bombas, tiros… nada funciona”, explica Yulia.

El rescate de Viktor, un jubilado viudo e inválido

La desaparición de los servicios básicos y el desabastecimiento de las tiendas están empujando a la población a emprender la huida. También tienen un impacto en los más débiles. Es el caso de Viktor, mecánico de aviación jubilado, viudo e inválido. Al huir de la ciudad el vecino que le cuidaba, permaneció dos días sin comer ni beber en su casa hasta que su hijo logró que alguien se acercara a ver cómo estaba y lo encontró medio muerto.

Ya en Izyum, sus piernas hinchadas no le sostienen, está aterrado y todavía no ha podido lavarse. Un llanto de anciano le ahoga cada vez que intenta responder cualquier pregunta sobre cómo y por qué dejó su ciudad. Dos voluntarios le ayudan a asearse, mientras varias mujeres con niños se agrupan en torno a la comida repartida en la iglesia. Salió esa misma tarde en dirección a su nieta, que vive en en Járkiv.

Es el caso de Viktor, mecánico de aviación jubilado, viudo e inválido. Al huir de la ciudad el vecino que le cuidaba, permaneció dos días sin comer ni beber en su casa hasta que su hijo logró que alguien se acercara a ver cómo estaba y lo encontró medio muerto

“La guerra no ha tocado Izyum, pero sí tenemos que acoger a muchos refugiados”, explica a El Confidencial la vicepresidenta del distrito, Lyubov Shamral, desde su despacho en la vieja sede de la Administración local, en una plaza que exhibe un Lenin expectante y un viejo cine de corte neoclásico llamado Spartak. “Nuestra preocupación principal es encontrarles un trabajo, ya que vienen sin dinero, prácticamente sin nada”, añade. “También alimentamos a los soldados todo lo que podemos. Tratamos de que al menos una vez a la semana coman carne fresca y les organizamos alguna actividad”, detalla.

“Por otra parte, nos preocupa la llegada de gente que comienza a esparcir rumores sobre la guerra por todas partes y preocupan a la población”, añade Lyubov con gesto serio. El vicealcalde, Aleksei Poliaj, corrobora el análisis de la situación: “Slaviansk está en llamas y esperamos recibir muchos refugiados. Pero nuestro mayor problema es la crisis económica: los negocios han cerrado o han dejado de pagar sueldos”, explica con gesto cansado a pie de calle.

“No soy un héroe. Todos se han ido, no queda nadie para ayudar”

Es con este trasfondo con el que Alexey y Slava acuden más tarde a buscar a la joven madre en Slaviansk. Finalmente, Alexey aparece con Lilia, una cocinera de 21 años y su hija Sofía. Ambas se habían refugiado en una aldea hasta que el activista pudo encontrarlas. A partir de ahí, cruzan el distrito de Donétsk Norte, conocido también como la Suiza de Donétsk por la belleza de sus bosques, lagos y el monasterio de Svyatogorsk, otra de las zonas consideradas conflictivas, pero tranquila en ese momento.

El conflicto ha cerrado la temporada turística en la zona. “Fíjate, las carreteras en Donétsk son las mejores de Ucrania”, ironiza Slava, en alusión a la diferencia en la calidad del asfaltado cuando se deja la región natal del derrocado presidente Viktor Yanukóvich.

El grupo cena en un antiguo campo de pioneros, una suerte de boy-scouts soviéticos, que la iglesia Buena Nueva tiene alquilado. Otras 200 personas evacuadas, la mayoría madres con niños pequeños, comen en ese momento. Slava se prepara para el viaje de vuelta a Zaporizhia tras recoger a Lilia y Sofía; a Natasha, una peluquera también de 21 años, embarazada y con un hijo, Eric; y a una mujer mayor, antigua enfermera psiquiátrica.

Es media noche y aún les quedan varias horas de viaje y cuatro puestos de control en la oscuridad por delante. “La cosa está casi tranquila”, explica un soldado en el primer check-point después de abroncar al conductor por no apagar las luces al detener el coche (aunque sí encendió las del interior del vehículo para que los soldados pudieran ver qué sucede dentro). Sus compañeros apuntan al vehículo con sus fusiles y las mujeres levantan las manos en el asiento trasero. Lilia, Natasha y la antigua enfermera se alojarán en un piso que la empresa de Slava ha alquilado mientras tratan de recaudar fondos para mantenerlas y ayudarles a empezar una nueva vida.

No soy ningún héroe, pero mucha gente se ha ido y no queda nadie para ayudar”. Así justifica Alexey los riesgos que toma al cruzar los controles del Ejército ucraniano y de los milicianos rusos de Slaviansk al menos tres veces al día para rescatar a sus conciudadanos. Antes de la guerra, trabajaba en la edición de libros de marketing y empresa; ahora se quedará en Izyum para continuar su rutina. “Si no lo hago yo, ¿quién lo hará? La gente se va de voluntaria a África, pero yo he vivido 36 años en esta ciudad y no la puedo abandonar. Esta es una carretera estratégica y los combates son intensos. La gente se ha ido. Pero después de la guerra, volveré a mi ciudad. Creo que la reconstruiremos y será como antes: Slaviansk… slava”, sonríe tras jugar con el significado del nombre de su ciudad…. Slava significa “gloria” en ruso.

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