UNA AUTÉNTICA EPIDEMIA EN FILIPINAS

Pócimas abortivas a la puerta de una iglesia

“A la puerta de la Iglesia de Quiapo”, responde cualquier filipina, en un país en el que el aborto está prohibido, al preguntarle dónde ir a abortar

Foto: Pócimas abortivas a la puerta de una iglesia

“A la puerta de la Iglesia de Quiapo”. Rotunda y sin pestañear. Así responde cualquier mujer filipina, en un país en el que el aborto está prohibido, al preguntarle dónde tiene que ir si quiere poner fin a un embarazo. Aquí se concentra el mayor fervor religioso de toda Filipinas, un referente entre los fieles y al lugar donde vienen miles de devotos a diario buscando un milagro del Nazareno Negro.

Es uno de los lugares más controvertidos de la ciudad de Manila. Las colas interminables de los confesionarios de la Iglesia llegan a la calle y se juntan con paseantes, clientes y vendedores de chanclas, verdura, velas, bolsas de plástico o pócimas abortivas, que ingeniosa o cruelmente, llaman pamparegla. Es una especie de palabra mágica cuando te acercas a un puesto ambulante, siempre a cargo de mujeres, en el que se vendan hierbas.

A la puerta de la Iglesia de Quiapo. Rotunda y sin pestañear. Así responde cualquier mujer filipina, en un país en el que el aborto está prohibido, al preguntarle dónde tiene que ir si quiere poner fin a un embarazo

"¿Pamparegla?", pregunta la reportera. Las miradas de complicidad entre las vendedoras llegan en menos de cinco segundos. "¿Tienes problemas con la menstruacion?", pregunta una de ellas mirando hacia los lados. "Sí. Así es. Necesito algo", responde la periodista, a la que observan con desconfianza. No están acostumbradas a extranjeras paseando por calles repletas de tenderetes y pidiendo soluciones a problemas que aparentemente, solo las mujeres filipinas resuelven allí. "¿Lo quieres en infusión o en cytotec?", termina por decir la mayor de ellas.

Durante años los remedios fueron caseros, muy peligrosos y basados en las creencias populares. Entre ellos, el brebaje del que habla Ma’am Sampaguita (nombre ficticio) es una mezcla de pastillas de vitamina C con infusión de perejil cada dos horas durante tres días. Si no hay rastro de sangre se añade otra hierba llamada “ginseng femenino” y se introduce en la vagina la mezcla de las dos. Pero el acceso a las farmacias desbancó a soluciones como ésta, que aunque provocaba hemorragias, el embarazo seguía su curso.

La única forma de adquirir Cytotec para las mujeres que quieren abortar es en la plaza más católica de todo el país. A las puertas de la Iglesia de Quiapo. “Quiero cytotec. ¿Me enseñas las pastillas?”. La vendedora duda. El resto no deja de observarla en el corrillo que forma con la periodista. “No las tengo aquí a la vista de todos”, dice mientras señala el resto de hierbas del muestrario. “La policía se pasea a todas horas”, sin embargo se las enseña a la reportera sacando de su refajo la esquina del blister. “Sube a Jollibee (restaurante de comida rápida filipino) con ella -dice refiriéndose a una jovencita- en la segunda planta y espérame allí". El lugar de la cita está a escasos diez metros de su puesto pero el miedo a que las detengan por vender pastillas ilegales hace que extreme la prudencia hasta donde puede. “Ahora voy yo con el Cytotec”.

Cytotec, del laboratorio Pfizer, no se creó para interrumpir embarazos. Su prospecto especifica que es un medicamento indicado para úlceras de estómago. Sin embargo su principio activo, el misoprostol, provoca también contracciones en el útero que facilitan la expulsión del feto o embrión. Por esta razón se vende de forma clandestina desde hace años en Filipinas, donde el aborto está prohibido. Ni siquiera se puede adquirir con receta médica. “Ese medicamento es ilegal”, responde lacónico cualquier farmacéutico al que se pregunta.

Quiero cytotec. ¿Me enseñas las pastillas?. La vendedora duda. El resto no deja de observarla. No las tengo aquí a la vista de todos, responde

“¿De dónde lo traéis si aquí no se puede comprar?", pregunta la reportera cuando Ma’am Sampaguita se sienta en el lugar más retirado del restaurante que ha elegido su joven compañera. “Este es de Paquistán. A veces viene de India, otras de España pero… ¿Por qué haces tantas preguntas, eres policía?”. Se nota que quiere acabar rápido con la transacción y saca otra vez el blíster. “Dices que estás de nueve semanas, ¿no?, pues, mhmm, tienes que tomarte más de 10”. Ante la pregunta sobre la proporción de las semanas de gestación y la ingesta de pastillas prefiere no responder. “Todo esto es un secreto. Te encierras en el cuarto de baño y te pones las 12 pastillas poco a poco en la vagina. Dos cada dos o tres horas. Si ves que al día siguiente, no tienes la regla  (eufemismo para referirse al aborto), te sigues tomando más. Con esto, siempre te acaba viniendo la regla. Tras utilizar la calculadora del móvil, la vendedora sentencia “Llévate 15 pastillas para asegurarte. Son 200 pesos cada una”. El aborto ficticio de nueve semanas de la reportera costaría 50 euros.

La lucha de un sacerdote

Entre los cientos de personas que se amontonan en la plaza Miranda para comprar o para rezar, la reportera busca más puestos: “Yo no vendo nada que sea ilegal o pecado. Pregunta por ahí”, dice enfadado un echador de cartas. Junto a él un video wall en la puerta de la Iglesia que muestra imágenes de fetos unidos a mensajes de “Di no al aborto”, “No me merezco morir” o “Para el tráfico de Cytotec en Quiapo porque mata a bebés inocentes”. Ante un problema que se ha ido magnificando con los años y en la puerta de casa, la Iglesia tenía que actuar. No consiguen erradicarlo. Llevan casi veinte años pero las pastillas o brebajes siguen a la venta.

El sacerdote Ricardo Valencia recibe a El Confidencial en su despacho. Al preguntarle por la compra-venta de métodos para abortar en la puerta de su Iglesia, se levanta de la silla y sugiere “pasear por el templo para entender mejor qué es lo que ocurre por aquí si vamos a hablar de ese tema”. Relata con la mano el pecho “el sufrimiento e insomnio diario” que le provoca “la situación de esas chicas y la muerte de inocentes”. Durante el tour por las oficinas, salas y pasillos, el joven cura señala desde la ventana un recoveco. “Se han dado casos de mujeres que han abortado y han traído aquí los fetos a la puerta de la Iglesia. Eso es importante porque significa que abortaban en contra de su voluntad y que querían que el alma de esos niños estuviese cerca de Dios”.

Ante un problema que se ha ido magnificando con los años y en la puerta de casa, la Iglesia tenía que actuar. No consiguen erradicarlo. Llevan casi veinte años pero las pastillas siguen a la venta

Este párroco relata a El Confidencial cómo ha pedido de forma incansable a la policía o al Gobierno “ayuda para luchar contra este demonio”. Por su parte, la Iglesia de Quiapo tiene a tres trabajadoras sociales que salen casi a diario en busca de mujeres “que quieran que se las ayude desde aquí. Ponemos todos los recursos posibles”.  Algunas veces, cuando termina la jornada esas trabajadoras vuelven con una chica asustada del brazo. Otras tardes, vuelven solas.

“No me puedo permitir criar a un hijo más”

En otro herbolario ambulante a 200 metros del primero hablan clienta y vendedora. La mujer que buca cytotec no supera los 30 años. No da demasiadas explicaciones porque la presencia de una extraña y extranjera preguntando le incomoda. “No me interesa la ley de reproducción en este país ni tampoco si es mi derecho o no a decidir. Es que no lo puedo tener. No puedo tener un hijo más. Ya tengo tres. No solo es que si nace no lo voy a poder mantener a él. Es que tampoco voy a poder mantener a los otros tres”, relata envalentonada.

El intercambio es rápido. La vendedora, Annie, introduce en el bolso de la joven tres blisters como el que acaban de enseñar a la reportera. Las clientas apresuradas se resisten a compartir su desesperación presas del miedo, la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad en medio de la transacción. Es en foros de internet donde Cytotec es especialmente buscado debido a que es un país con poca cultura anticonceptiva. Aquí cientos de chicas piden consejo, intercambian dudas y muestran sin tapujos detalles escabrosos de las consecuencias de la ingesta de cytotec.

“Qué esperar cuando estás abortando”

Los hospitales coinciden en que el Cytotec se usa en Filipinas desde finales de los noventa. Entre los efectos secundarios más graves están las fuertes hemorragias. Si las cosas van mal, la mujer corre riesgo de desangrarse

Los hospitales coinciden en que el Cytotec se usa en Filipinas desde finales de los años noventa y aseguran que entre los efectos secundarios más graves están las fuertes hemorragias. Si las cosas van mal, la mujer corre riesgo de desangrarse, especialmente cuando se ha administrado por la vagina, como recomiendan las vendedoras de Quiapo. Con esto buscan, sin saberlo, la dilatación del cuello del útero y acelerar el aborto. Para los médicos el principal problema es el desconocimiento sobre cuántas pastillas deben tomarse. “Si con cuatro no funciona, toman otras cuatro, y si no están seguras, otras cuatro. Y así sucesivamente. Porque, además, una vez que se empieza ya no hay vuelta atrás. El misoprostol puede provocar que, si nace, el niño tenga malformaciones, parálisis o falta de miembros”, asegura la Dra. Casta, ginecóloga de una organización internacional. "Cuando tienen hemorragias, en cambio, van a los hospitales. Es imposible tener la certeza de que han tomado este medicamento si no hay constancia de los restos de las pastillas dentro".

Cuando Annie, la vendedora, se queda sola se siente más libre para hablar. “Vendo estas pastillas y estoy ayudando también a mujeres”. Entre sus clientes cuenta con un perfil bastante variado. “Algunas tienen a sus maridos trabajando en Emiratos y hace mucho tiempo que no se ven. Entonces, le son infieles con otro y tienen que abortar. Otras son víctimas de violaciones o de incesto, otras son muy muy jóvenes y aún van al colegio y también hay chicas que tienen trabajos muy importantes como secretaria o ayudante en una clínica odontóloga y no pueden perderlo”. Annie no reconoce ningún riesgo en la toma de estas pastillas. "Esto no duele”. Sin embargo reconoce que por este tipo de puestos no ve a hombres que acompañen a mujeres buscando cytotec y que sabe que no está bien vista entre el resto de vendedores de esta plaza. “No me importa que digan que es pecado. Es más pecado lo que hace la policía a nosotras. Nos pide 20 pesos (0’30 euros) por cada pastilla que vendemos”.

Conexión policial

El comandante de policía, Anicete Rommel Salandanan niega rotundamente a El Confidencial las acusaciones de chantaje sobre sus agentes. “Ellas son traficantes, tienen que decir algo para defenderse pero mis hombres tienen la orden de no recibir dinero de ellas”. Lo dice desde el puesto de policía que está en esa misma plaza, la plaza Miranda, a 30 metros desde donde se trafica con estas pastillas. La reportera ve desde la ventana a las vendedoras con las que ha hablado hace 20 minutos. Allí siguen. “Mis hombres pueden conocerlas de vista, es verdad, pero si no se las detiene en el momento de la comisión del delito, en el momento de la transacción, no hay pruebas”.

El único delito del que se les puede acusar es de venta de medicamentos sin licencia. Así nos encontramos con las manos atadas

Según el reglamento 9711 de salud pública comprar estas pastillas no es delito pero venderlas, sí. Por esta razón las inspecciones se hacen de forma aleatoria sin mucho éxito. La policía se incautó de 500 pastillas durante el año 2013 y detuvo a nueve mujeres que, según el comandante Rommel, “solo recibirían una multa de un máximo de 100 euros o se enfrentarían a una pena de seis meses a cuatro años. El único delito del que se les puede acusar es de venta de medicamentos sin licencia. Así nos encontramos con las manos atadas”.

Desde los medios de comunicación del país se sigue la lucha interminable entre asociaciones pro-vida, senadores, congresistas, alcaldes, Iglesia y asociaciones feministas. Según la periodista, Ana Marie Pamintuan, del Philippine Star, Filipinas asiste a un cambio “histórico”. Lo más innovador de la Ley de Reproducción es que las mujeres tendrán acceso a información sobre métodos anticonceptivos. “Se ha ocultado hasta ahora de forma medieval”. A lo que añade, “la Iglesia Católica es libre para amenazar a mujeres con arder en el infierno si los utilizan pero por lo menos se reducirá el número de embarazos no deseados en este país que, aunque no existen cifras fiables, se cuentan en cientos de miles cada año”.  

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