La defensa de una Carrefour francesa y los límites del nacionalismo económico
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Oferta de un grupo canadiense

La defensa de una Carrefour francesa y los límites del nacionalismo económico

El rechazo del Gobierno francés ante las intenciones de Couche-Tard de adquirir Carrefour reabre el debate sobre la lógica de proteger el carácter nacional de ciertas industrias

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Cuando todavía era poco más que un rumor, el interés del grupo canadiense Couche-Tard por la compañía francesa de supermercados Carrefour, muchos analistas ya se habían aventurado a pronosticar que el movimiento toparía con la resistencia del Gobierno galo. Y el Ejecutivo de Emmanuel Macron no ha tardado en confirmar que estaban en lo cierto.

"La adquisición de Carrefour por una compañía extranjera sería una enorme dificultad para nosotros", expresó este jueves el ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire, argumentando que la operación podría poner en cuestión la "soberanía alimentaria del país". El miedo a que esta oposición diera al traste con la propuesta de Couche-Tard se tradujo en la bolsa en caídas de las acciones de Carrefour que llegaron a rebasar el 7% y que solo se redujeron al 2,5% cuando surgieron informaciones que apuntaban a que los reparos del Gobierno francés podrían ser menos inquebrantables de lo que parece.

Tiene poco de sorprendente que un movimiento de este tipo surja del Palacio del Elíseo. No en vano, fue un primer ministro francés, Dominique de Villepin, quien en 2005 hizo bandera del término 'patriotismo económico' para justificar la oposición de su Gobierno a las pretensiones de firmas como la estadounidense Pepsico de hacerse con el gigante francés de los lácteos Danone. Y a lo largo de los últimos lustros, han sido varias las ocasiones en que ejecutivos franceses de todos los ámbitos ideológicos han presentado objeciones a casi cualquier intento extranjero de asumir el control de alguna empresa francesa significativa. El nacionalismo económico ha tenido en Francia uno de sus focos más reseñables.

La reacción de Francia surge en un entorno europeo más favorable al proteccionismo

Conviene señalar, en cualquier caso, que el paso dado por Le Maire no representa en ningún caso una anomalía en el entorno actual de la política europea, que ha asumido, desde el golpe del coronavirus, unos postulados más favorables al proteccionismo, bajo el pretexto de evitar adquisiciones "predatorias" por parte de firmas extranjeras, que puedan beneficiarse de los precios de derribo motivados por la crisis.

Y en paralelo a este argumento, subyace la idea de que es necesario proteger y fomentar el desarrollo y permanencia en suelo patrio de ciertas industrias críticas para la seguridad nacional. La sensación generada durante el primer embate del virus de que la globalización había generado unas cadenas de suministro excesivamente complejas y había hecho a los países europeos tremendamente dependientes de países terceros, como China, por ejemplo, ha fortalecido una mentalidad mucho más restrictiva hacia la internacionalización de la economía.

Sí puede llamar la atención, sin embargo, que Francia ponga en práctica estas teorías para proteger un negocio como el de Carrefour, centrado en el comercio minorista de alimentación y productos básicos, aparentemente lejos de representar un operador central en la cadena alimentaria del país. Incluso, pese a su fortaleza, su cuota de mercado, algo inferior al 20%, habla únicamente de uno más de los grandes operadores franceses del sector, ni siquiera el mayor (posición que ocupa desde hace años el Grupo E. Leclerc, según los datos de Kantar).

placeholder El ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire. (EFE)
El ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire. (EFE)

No puede obviarse que Carrefour es un grupo que ha hecho fortuna durante décadas por medio de su establecimiento en un sinfín de países —desde Asia a América, pasando por África— y que precisamente esa condición multinacional puede esgrimirse, fácilmente, para debatir si tiene sentido esa coraza nacionalista con la que su Ejecutivo intenta protegerla.

Pero es cierto también que Carrefour es el mayor empleador privado del país, con alrededor de 100.000 trabajadores en territorio galo. Cualquier adquisición que pusiera en riesgo una parte sustancial de esos trabajos puede entenderse como un riesgo, máxime cuando Macron empieza a poner sus miras en las elecciones presidenciales de 2022.

Sin embargo, ni Couche-Tard presenta el perfil del típico fondo oportunista que busca sacar tajada de un negocio muy barato (y Carrefour lo es, tras perder casi el 40% de su valor en poco más de cinco años), ni la integración se vería afectada por un solapamiento de tiendas que hiciera lógica una fuerte reestructuración del negocio. Y de hecho, este tipo de operaciones suelen permitir a los gobiernos obtener mayores garantías en términos de mantenimiento de empleos que las que pueden esperar del actual equipo directivo de Carrefour, por mucho que impere en él el capital galo.

El rechazo inicial de Le Maire podría ser parte de una estrategia de negociación

Y precisamente es por eso que algunas voces han respaldado la idea de que con sus declaraciones Le Maire y el Gobierno francés solo estarían lanzando un órdago inicial que les permita, en caso de llevarse a cabo el trato, obtener unas cesiones más ventajosas por parte del inversor canadiense. "Puede intentar exigir compromisos con respecto a la salvaguarda de empleos y de la cadena alimentaria francesa por parte del comprador", sugiere Raymond Torres, director de Coyuntura y Análisis Internacional de Funcas.

Hay muchos motivos para poner en tela de juicio la conveniencia de la integración entre Couche-Tard y Carrefour. Para el grupo canadiense, porque parece tener poco encaje con su negocio principal, más centrado en las tiendas de conveniencia y en los puestos en gasolineras; para la compañía gala, porque, si confía en su capacidad para llevar a cabo con éxito una reconversión que se está retrasando más de la cuenta (desde los grandes hipermercados obsoletos hacia los formatos más adaptados a la demanda actual de la clientela), esto supondría, aun con la prima cercana al 30% planteada por la enseña norteamericana, venderse a unas valoraciones poco atractivas.

Lo que no parece crear esta posible operación es un problema para la economía de Francia, y mucho menos una amenaza a su 'soberanía alimentaria'. La reacción de su Gobierno más bien parece tratarse de una respuesta más basada en el patriotismo —y en el interés político— que en lo económico.

Cuando todavía era poco más que un rumor, el interés del grupo canadiense Couche-Tard por la compañía francesa de supermercados Carrefour, muchos analistas ya se habían aventurado a pronosticar que el movimiento toparía con la resistencia del Gobierno galo. Y el Ejecutivo de Emmanuel Macron no ha tardado en confirmar que estaban en lo cierto.

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