La 'ruta verde' de Repsol: una meta clara, un camino con demasiados desvíos
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Plan estratégico hasta 2025

La 'ruta verde' de Repsol: una meta clara, un camino con demasiados desvíos

Las acciones del grupo petrolero caen con fuerza en bolsa, tras presentar un programa que trata de equilibrar su objetivo de transformación con la necesidad de seguir generando caja

Foto: EC.
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Repsol tiene una meta clara, pero que queda aún muy lejana. Para un grupo petrolero —para cualquiera— abordar su transformación en un grupo multienergético, enfocado en las fuentes renovables, representa un desafío de un calado monumental.

Valen como referencia de esto las cifras presentadas este jueves por la compañía que preside Antonio Brufau. El plan estratégico hasta 2025 que ha presentado la petrolera contempla que, tras invertir 18.500 millones de euros en el próximo lustro, las renovables apenas representen un 12% del capital empleado y que puedan alcanzar el 25% ya en 2030. Se trata de un progreso significativo desde el 2% que suponían estos activos a cierre del año anterior, pero que aún dejaría el grupo con un 75% destinado a las energías tradicionales.

No debe sorprender esta aparente lentitud del viraje. No es tanto que al sector le cueste aceptar que los activos en los que ha basado su negocio desde siempre avanzan inexorablemente hacia un futuro en que, se supone, su valor quedará reducido a la mínima expresión. Es que, mientras tanto, sigue siendo el pilar fundamental extraer los flujos de caja necesarios con los que sufragar las inversiones precisas para impulsar esa nueva pata, la de las energías bajas en carbono, en la que debe reposar el futuro de Repsol.

Al término de 2025, la compañía estima que el capital empleado en renovables será apenas el 12% del total, frente al 2% de finales de 2019

En esa estrategia, resultan indispensables los equilibrios, y ese es el objetivo que ha querido plasmar Repsol en su plan, que, junto a las millonarias inversiones encaminadas a la transformación ecológica, contempla igualmente seguir dando soporte a las áreas clave del negocio, aunque reduciendo progresivamente los recursos destinados a ellas. Esto se puede evidenciar, por ejemplo, en el notable recorte que prevé que se produzca en el 'capex' de las actividades de 'upstream' (exploración y producción). La idea del grupo es centrarse en proyectos de ciclo corto, que puedan gestionarse con flexibilidad y con una intensidad de capital limitada.

La compañía dirigida por Josu Jon Imaz es consciente de que el éxito de esta estrategia depende, en gran medida, de asegurarse los fondos necesarios para seguir avanzando en la transformación. Así puede entenderse el brusco ajuste anunciado al dividendo, del 40%, que debe hacer posible que la hoja de ruta fijada en la presentación de este jueves se autofinancie, evitando someter a un mayor estrés el balance del grupo.

Foto: El Presidente de Repsol, Antonio Brufau (i), y el Consejero Delegado, Josu Jon Imaz. (EFE)

Sin embargo, un programa de este tipo a tan largo plazo queda siempre expuesto a los vaivenes de un negocio tan volátil como el petrolero. Y aquí el plan se basa en algunas premisas ambiciosas. Si los 50 dólares de precio medio del barril en que basa su plan la compañía parecen fácilmente asumibles en un entorno de esperada mejora económica —de hecho, el barril de Brent ya roza hoy esos niveles—, la asunción de un tipo de cambio para el euro de 1,13 dólares (casi un 5% por debajo del nivel actual) puede parecer algo agresiva. Y lo mismo ocurre con los márgenes de refino, que la compañía prevé que se eleven en 2025 a más del doble de las cotas actuales, hasta alcanzar el 5,8%.

Aunque nadie puede negar que estos pronósticos puedan cumplirse, o incluso mejorarse, la posibilidad de que acaben provocando desviaciones negativas para la consecución del plan puede haber generado cierta desazón entre los inversores. Pero teniendo en cuenta la flexibilidad de que Repsol ha parecido dotarse en materia de inversiones o de retribución al accionista, y atendiendo a su sólido balance, cualquier alteración moderada de los supuestos debería resultar asumible.

La reacción del mercado viene a reflejar el escepticismo que aún rodea las historias de transformación a largo plazo, como las de Repsol

Por eso, si las acciones de Repsol restan este jueves alrededor de un 4%, no puede desligarse de las alzas cercanas al 70% que habían registrado en las cuatro semanas anteriores. El mercado había depositado grandes expectativas en el evento de este jueves y en gran medida puede decirse que Repsol se ha ajustado a las mismas, sin excesos ni defectos.

No obstante, la reacción del mercado, que viene a agudizar las pérdidas que Repsol acumula en el año —que rondan el 40%—, sí viene a reflejar un cierto escepticismo hacia el proceso de transformación en que se halla inmersa la compañía, como gran parte de sus rivales. Los inversores vienen mostrando desde hace mucho tiempo —y la crisis del coronavirus lo ha acelerado— su entusiasmo por las historias más enfocadas en el crecimiento de las energías limpias, pero se muestran mucho menos entusiastas cuando esta historia pende de transformaciones tan a largo plazo como las que debe acometer el grupo petrolero español.

Para Repsol, el reto pasa por convencer al mercado de que esta transición no tiene por qué suponer un periodo perdido, sino que presenta el potencial de seguir generando retornos atractivos, al tiempo que se sientan las bases del futuro del negocio. Para ello, la compañía de Brufau e Imaz precisará de un entorno de mercado más propicio que el vivido en 2020 y de ir demostrando que la hoja de ruta expuesta este jueves es un camino sin desvíos.

Repsol tiene una meta clara, pero que queda aún muy lejana. Para un grupo petrolero —para cualquiera— abordar su transformación en un grupo multienergético, enfocado en las fuentes renovables, representa un desafío de un calado monumental.

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