Pablo Iglesias desciende del cielo sobre Vallecas
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RETRATOS PARA NO DORMIR

Pablo Iglesias desciende del cielo sobre Vallecas

De Madrid al cielo, que es Galapagar, y del cielo a casa

Foto: Imagen: Learte.
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Se abrió un claro entre las nubes, justo encima de Vallecas, y por una escalera de cirros con barandilla de cúmulos descendió Pablo. Supimos que era él porque venía del cielo, que es una parcela tomada por asalto, y porque sobre las panaderías y los colegios, sobre los parques y las peluquerías, sobre los toldos verdes y el ladrillo visto del puente y el pueblo de Vallecas solo podía ser Pablo quien patinase en el aire así, tan grácil, tan ufano, de vuelta. De Madrid al cielo, que es Galapagar, y del cielo a casa.

Pablo es un aventurero homérico. Salió de esta Ítaca de protección oficial a esos mares de asfalto, dominados por el vengativo Poseidón mesetario, a batallar con cíclopes bipartidistas. Resistió el canto de las sirenas eléctricas, expulsó a los miembros de su partido convertidos en cerdos, tonteó con una reina feacia, luego con otra reina feacia, y finalmente su padre, el rey feacio, le proporcionó navíos (los mejores) y una nueva tripulación para regresar a casa.

Foto: Documentos donde se acredita la reforma realizada por Irene Montero y Pablo Iglesias en su casa. (El Confidencial)

De modo que bajaba como un meteoro democrático, pero de pronto se detuvo a medio camino. Temblamos, hubo gritos de conmiseración, mujeres mesándose los cabellos y hombres llorando a lágrima viva. En una grave agitación nerviosa, creíamos que Pablo retrocedería de vuelta al cielo, así que empezamos a llamarlo a gritos, —¡Pablo!— y a suplicarle que no nos dejara solos. Pero él sonrió, sacó su teléfono y tuiteó, apoyado en el humo de una chimenea, que en verdad nunca se había ido. Y retomó su cabalgata triunfal de vuelta al barrio.

¡Hurra! Aquí te espera tu Penélope, que es el pueblo, la gente, y te damos consentimiento para que hagas con nosotros lo que gustes. Tejemos y destejemos un tapiz en el que tu fracaso político nunca termina de completarse y adopta nuevas formas y texturas. Ibas a cambiar España de arriba abajo acabando con las puertas giratorias, los sueldazos de político, la corrupción y hasta los coches oficiales, pero nosotros cambiamos el tapiz: ibas a hacer sombra al PSOE marchito, a restaurar la izquierda y arreglar el problema territorial, pero lo volvimos a cambiar: controlarías e inspirarías al Gobierno, serías muralla contra el fascismo, etcétera.

Foto: Imagen: Learte

Pero los hilos cambian de sitio en la espera de tu regreso, y los colores se desplazan mientras nos acechan los pretendientes. Tú cada vez eres más pequeño y estás más cansado, pero nosotros te pintamos legendario. A tu paso florecen los geranios y se mueren los fascistas. Tu casa inmensa en zona residencial o tu nepotismo dejan de ser pecados y se convierten en el prólogo de la nueva aventura. Ahora ocupas con orgullo ese barco que, en tus buenos tiempos, te pareció lo bastante pequeño como para apartar allí al traidor Errejón, convertido en cerdo.

Dejadnos hablar a nosotras y nosotros de Pablo. Nadie más lo hará con sinceridad, sin odio, sin bulos. ¡Cuántas traiciones ha sufrido! ¡Cuántos motines a bordo! ¡Cuánto odio vomitan, desde sus troneras mediáticas, los enemigos de la verdad, la honestidad y la decencia! No hay día que Alsina, Griso, Losantos, Inda y demás esbirros del mal dejen de expeler su detestable aliento contra Pablo. Enturbian su leyenda, siembran la discordia, polarizan (¡ellos solos polarizan!) sin escuchar los gritos de júbilo de Vallecas por el regreso de Pablo.

Puedes llamarnos también #LaMayoría. Creemos en Pablo a cambio de que Pablo crea en nosotros

Pero ¿quiénes somos? ¿Quién os habla? Pues somos nosotros y nosotras, el coro, la gente de barrio. Puedes llamarnos también #LaMayoría. Creemos en Pablo a cambio de que Pablo crea en nosotros, así que nosotros lo creamos y él nos crea, creyendo. Dicho de otra forma, solo existimos dentro de su cabeza, porque fuera, más allá de su aureola, el mundo es un lugar hostil, pepero y dominado por los tiburones del barrio de Salamanca.

Foto: Ilustración: Learte.

El Vallecas de Pablo, nosotras y nosotros, 'nosotres', es como el Macondo de Gabo, la Comala de Rulfo, el Yoknapatawpha de Faulkner y ese lugar de La Mancha del que Cervantes no quería acordarse. Una tierra legendaria, ajena a la realidad demoscópica y a las normas euclidianas, donde las panaderías huelen a clase obrera y al PSOE se le considera demasiado facha. Somos el Vallecas de Pablo, que jamás se ha ido de aquí, porque en su fuero interno sigue ocupando ese pisito donde fue a visitarlo la malvada madrastra Ana Rosa, a su cocinita.

Porque los lugares mitológicos funcionan según las reglas del autor, tú, Pablo, como autor, nos das forma y nos das sentido. Y nosotras y nosotros, 'nosotres', queremos seguir viviendo en el interior de tu cabeza porque fuera los nazis nos pegan, los del barrio de Salamanca nos estafan y los machistas nos despellejan. La gente de barrio, todos y todas, 'todes', feministas, transactivistas, ecologistas, antirracistas, de abajo, de izquierdas, nosotras y nosotros, por ti y dentro de ti vivimos. Y el día que nos dé por votar a todos y todas, a 'todes', tú, Pablo, serás presidente de la III República. ¡Sigue bajando! ¡No te distraigas! ¡Aquí estamos!

Se abrió un claro entre las nubes, justo encima de Vallecas, y por una escalera de cirros con barandilla de cúmulos descendió Pablo. Supimos que era él porque venía del cielo, que es una parcela tomada por asalto, y porque sobre las panaderías y los colegios, sobre los parques y las peluquerías, sobre los toldos verdes y el ladrillo visto del puente y el pueblo de Vallecas solo podía ser Pablo quien patinase en el aire así, tan grácil, tan ufano, de vuelta. De Madrid al cielo, que es Galapagar, y del cielo a casa.

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