Rocío Monasterio encuentra un moro en el armario
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Rocío Monasterio encuentra un moro en el armario

Rocío Monasterio se dispone a humillar a Marie Kondo. Quiere poner cada cosa y a cada cual en su sitio, no solo en Madrid sino en el mundo. Por qué no empezar por casa

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Ilustración: Learte.

Para Rocío Monasterio, el orden es lo más importante del mundo. Sin orden no hay arquitectura, sino chabolismo. Sin orden no hay ciudad, sino zoco. Sin orden no hay mercado, sino trueque. Sin orden no hay sociedad, sino amontonamiento. No hay sinfonía, sino ruido. No hay matrimonio, sino orgía. No hay patria, sino desierto. No hay ley, sino anarquía. No hay hombre, sino engendro. No hay claridad, sino confusión. Sin orden no hay matemáticas, ni religión, ni país. Sin orden no hay historia. Sin orden no hay palabra: gruñidos.

Imagino: Iván Espinosa de los Monteros se ha escondido —como un ewok— en el agujero de un árbol del jardín porque Rocío Monasterio ha decidido ordenar los armarios en casa. Aunque Espinosa también se diga hombre de orden —no hay más que ver el recorte a su barba—, pienso que existen pocos varones en el mundo aptos para la organización de armarios decretada por una arquitecta de extrema derecha. Ahí la tenéis, parada ante el vestidor, con los brazos en jarra. No se puede vivir sin orden. Sencillamente no se puede vivir.

Foto: El candidato de Ciudadanos, Edmundo Bal. (EFE) Opinión

Rocío Monasterio se dispone a humillar a Marie Kondo. Quiere poner cada cosa y a cada cual en su sitio, no solo en Madrid sino en el mundo. Por qué no empezar por casa. Los negros, los moros, los chinos: cada uno en la suya y Dios en la de todos. Los españoles de bien a un lado, los demás al infierno. La hostelería y los negocios. Los ricos y los pobres. Del homosexualismo solo le molesta el caos, la confusión, ¡ella no es una meapilas! Defiende la libertad, la auténtica libertad, pero esta solo se sostiene sobre un cimiento profundo.

A un masón este armario podría parecerle ordenado. No lo está. Las blusas en perfecta sincronía, del blanco al azul en equilibrada gradación, como una pantonera; todas las perchas enfocadas en el mismo sentido, todas de la misma madera blanca, todas con la misma distancia entre sí: la exacta para deslizar un dedo entre ellas y tirar suavemente de la prenda seleccionada para el día y la entrevista, para la política. En los cajones se da el mismo prodigio, sinfonía cromática 'in piccolo crescendo' con los calcetines. Y qué decir de los zapatos.

Los zapatos desfilan como soldados alemanes por la parte baja del armario, marchan bajo el Arco de Brandenburgo y el sol se refleja en ellos, lanzan destellos de precisión, sin una mota de polvo, sin una gota de mugre. En Madrid, lo que sobra es mugre. Escuadrones de Manolo's, infantería de Dior, ¡a ellos! Ante sus zapatos Rocío Monasterio siente la nostalgia de una España pulcra, grande y organizada. Si pudiera —¡si fuera tan fácil!— emplearía esos mismos zapatos, cualquier par, para aplastar a pisotones todo conato de caos.

Si se lo dejaras a Ayuso, en dos semanas te lo ha llenado de franceses borrachos, de atascos, de polución, de diputados de Cs

El armario puede parecer bueno, bien nutrido, organizado, pero no lo está. Hay mucho trabajo que hacer. Si se lo dejaras a Isabel Díaz Ayuso, en dos semanas te lo ha llenado de franceses borrachos, de atascos, de polución, de diputados de Ciudadanos. A Isabel, que es buena chica, hay que controlarla. Tienes que vigilarla de cerca como a una cría, y esto se le da bien a Monasterio. Es buena persona, pero descocada, frívola. Tiene pinta de dejar el suelo del vestidor lleno de trapos cada vez que quiere ponerse algo.

De pronto, detecta Rocío algo que huele mal en el armario; y al fondo, entre las camisas, lo encuentra: ¡un moro! ¿Creías que podías esconderte? Pues no puedes. ¿Refugiado? ¿Tú? No me hagas reír. Dicen ser refugiados, pero vienen a desordenar, su mera presencia es desorden. Europa es religión cristiana y sobra tanto musulmán. Rocío lo agarra por las solapas. Tira de él y sale detrás una bolsa con ventiladores y trenes eléctricos. Vete a vender morralla a tu país, ¡fuera de aquí! Y lo echa al cubo para el Domund.

Pero la cosa no ha terminado aquí. Tras el moro aparece un indepe que trataba de esconderse envuelto en su estelada. El triángulo azul le recuerda a Cuba, donde a su familia se lo quitaron todo. Está visto que la infiltración del separatismo avanza desde que Sánchez está en el Gobierno. Ni en casa de una se puede estar tranquila. ¡Madrid necesita un muro o todos los niños serán obligados a estudiar en catalán cómo hacerse transexuales! La banderita la echa al cubo para hacer trapos. Serán trapos perfectos, cuadrados, cortados a tiralíneas.

Foto: Manifestantes contrarios a Vox, en el acto del partido. (Sergio Beleña)

Mientras tanto, en el jardín, en lo profundo del agujero del árbol, Espinosa de los Monteros oye trajinar a su mujer, su princesa Leia valerosa. Ella va sacando del armario todo lo que sobra en Madrid y lo va lanzando ejecutivamente por la ventana. Salen volando comunistas, negros, putas, judíos, chinos, ilegales, maricas, mendigos, socialistas, podemitas, bilduetarras, buenistas, ¡todos los problemas de España! Pero de pronto la actividad se para y ella empieza a gritar. Espinosa de los Monteros salta con agilidad del hueco del árbol, se hace una pequeña lanza con una rama y corre a salvar a su princesa Leia escaleras arriba, vestido con su chalequito.

La encuentra parada en medio del vestidor. Tiene los puños crispados. El armario está vacío, casi vacío; todo lo que sobraba allí, todo lo que contribuía al desorden ha desaparecido. Espinosa se acerca tras ella: “Cariño, ¿qué pasa?” Se encarama a su espalda, se asoma por encima de su hombro y ve allí, en el centro mismo del armario, debajo de todo lo demás, un muerto. “Te juro que no sabía que estaba aquí”, susurra ella. Espinosa dice: “Mujer, todos los armarios tienen muertos...”. Pero no. Ella lo sabe. Como este muerto, no.

Para Rocío Monasterio, el orden es lo más importante del mundo. Sin orden no hay arquitectura, sino chabolismo. Sin orden no hay ciudad, sino zoco. Sin orden no hay mercado, sino trueque. Sin orden no hay sociedad, sino amontonamiento. No hay sinfonía, sino ruido. No hay matrimonio, sino orgía. No hay patria, sino desierto. No hay ley, sino anarquía. No hay hombre, sino engendro. No hay claridad, sino confusión. Sin orden no hay matemáticas, ni religión, ni país. Sin orden no hay historia. Sin orden no hay palabra: gruñidos.

Imagino: Iván Espinosa de los Monteros se ha escondido —como un ewok— en el agujero de un árbol del jardín porque Rocío Monasterio ha decidido ordenar los armarios en casa. Aunque Espinosa también se diga hombre de orden —no hay más que ver el recorte a su barba—, pienso que existen pocos varones en el mundo aptos para la organización de armarios decretada por una arquitecta de extrema derecha. Ahí la tenéis, parada ante el vestidor, con los brazos en jarra. No se puede vivir sin orden. Sencillamente no se puede vivir.

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