En el segundo confinamiento de Madrid, la vida se parece demasiado a la semana pasada
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EL DÍA A DÍA EN LA CAPITAL NO HA CAMBIADO

En el segundo confinamiento de Madrid, la vida se parece demasiado a la semana pasada

Los políticos alertan del apocalipsis, las televisiones reproducen controles policiales... Pero no se fíen. He aquí un retrato coral de varios periodistas de El Confidencial sobre el nuevo cierre de Madrid

Foto: En el segundo confinamiento de Madrid, la vida se parece demasiado a la semana pasada
En el segundo confinamiento de Madrid, la vida se parece demasiado a la semana pasada

Desde el viernes por la noche, Madrid capital y otros nueve municipios de la comunidad están oficialmente confinados. Los telediarios muestran controles policiales estratégicamente ubicados en las inmediaciones del Pirulí, para que se sepa bien dónde estamos. Las escenas son tal que así:

Control policial en el acceso a Madrid este lunes. (EFE)
Control policial en el acceso a Madrid este lunes. (EFE)

Mientras tanto, las redes sociales amplifican los discursos catastróficos que se lanzan desde la semana pasada sobre los efectos de este nuevo confinamiento sobre la economía madrileña. "Nos estamos arruinando", dijo Ayuso el pasado 28 de septiembre. Los empresarios (CEIM) calcularon unas pérdidas de 600 millones semanales debido al confinamiento y un retroceso del 15% del PIB. Días después, más economistas empeoraron las previsiones aún más: un 20% del PIB y un 22% en la tasa de desempleo, prácticamente el doble de lo que había a principios de este año.

El consejero de Justicia de Madrid, Enrique López, fue más allá que la patronal y cifró las pérdidas en 8.000 millones si el confinamiento se prolongaba durante un mes.

Pero además de los mensajes de caos que llegaban desde el ejecutivo autonómico, desde el Gobierno se enviaban mensajes de extrema urgencia: "No tenemos tiempo, está descontrolado" o "vamos tarde", son algunas de las frases atribuidas al ministro Illa estos últimos días.

La medida número uno de la orden publicada en el BOE dice que "se restringirá la entrada y salida de personas de los municipios", pero en la entrada y salida a la capital por la A-6 no había este lunes ninguna señal que advirtiera de que uno estaba accediendo a —o saliendo de— una ciudad confinada. No lejos de allí, un pequeño control a la altura del Club de Campo estrechaba un poco la carretera M-500 que conecta directamente con el Puente de los Franceses, pero los conductores simplemente atravesaban la estrechez policial sin sobresaltos ni salvoconductos. Aquellos trabajadores que tuvieron que salir de Madrid a trabajar en el tren de Cercanías tampoco han encontrado grandes impedimentos en este inicio de semana del segundo 'confinamiento'.

Foto: Ayuso cita a los empresarios para blindar las inversiones tras el cierre de Madrid

Madrid es una ciudad de un millón de agujeros por los que mirar, pero más allá de cinta aislante y carteles en las barras de los bares o menos mesas en las terrazas, cuatro días después de la entrada en vigor del confinamiento, la vida en Madrid se parece mucho a la de la semana pasada. Ni se ha dado el caos vaticinado por unos ni las medidas tomadas (más laxas en cuanto a movilidad que las anteriores aunque más generalizadas) parecen estar a la altura de la urgencia que se demandaba por parte del Gobierno. Estas son las estampas recogidas por periodistas de El Confidencial en algunos barrios de Madrid.

Tetuán, por Carlos Barragán

En el barrio de Tetuán, se produce la paradoja de que los bares de la calle Marqués de Viana a veces tienen más gente consumiendo dentro que fuera. Las restricciones de la Comunidad de Madrid que obligan a reducir el aforo en terraza al 50% provocan que los dueños se las ingenien para poner una caña rápida en la barra o en una mesa escondida. Al fin y al cabo, es más difícil para la policía comprobar si se cumple el aforo en el interior del establecimiento que pasar con el coche y contar las mesas que hay en la terraza.

Entrada del economato de Cáritas en el distrito madrileño de Tetuán, el pasado mes de mayo. (EFE)
Entrada del economato de Cáritas en el distrito madrileño de Tetuán, el pasado mes de mayo. (EFE)

Sin embargo, pese a que pocos establecimientos —y clientes— están cumpliendo estrictamente las nuevas normas, el barrio ha experimentado una notable bajada de consumo en el mes de octubre. Entre semana, las pocas mesas disponibles en las terrazas están vacías. "No es por el nuevo confinamiento, eso solo es un factor más", asegura el dueño de un bar de la zona. "Se nota que la gente no tiene dinero. Veo a clientes que antes venían todos los días y ahora pasan de largo, con la cabeza gacha, porque están de ERTE. O se toman solo una caña y se van. La cosa está muy chunga", explica este mismo dueño, que ha tenido que prescindir recientemente de un camarero por los bajos ingresos.

Fuente del Berro, por M. A. Méndez

En las inmediaciones del barrio de Fuente del Berro, el impacto de las restricciones en la capital es variable según el negocio. Una farmacia de la zona, por ejemplo, asegura no haber notado "absolutamente nada". "Hemos tenido más o menos el mismo número de clientes que un lunes cualquiera", explica el encargado de la farmacia Alfaro. Lo mismo comentan en el supermercado. "Si acaso, incluso hemos notado algo más de gente que un lunes normal, pero desde luego menos no", dice una cajera del supermercado del barrio. La cosa cambia para los bares y restaurantes. "Hoy hemos notado un bajón. Ya estaba la cosa mal mucho antes del cierre, pero hoy se ha notado aún más. La gente tiene miedo y no viene. Todo es miedo, miedo y miedo", dice un camarero en el restaurante La Estrella.

Acceso a la quinta de la Fuente del Berro. (EFE)
Acceso a la quinta de la Fuente del Berro. (EFE)

Si se les pregunta a los taxistas, la foto es aún más negra. "Hoy está muerto", reconoce un taxista consultado. El parón parece cumplir lo que se ha vivido en otros barrios: los negocios de venta de productos de necesidad (farmacias, supermercados, panaderías...) no notan bajada, si acaso todo lo contrario. Pero el sector de la restauración y otros comercios y servicios accesorios sí se están viendo más golpeados. Por la calle, sin embargo, a juzgar por el número de gente que discurre de un lado a otro, la cosa es exactamente igual que siempre. Nadie diría que hay confinamiento.

Aluche, por Miguel Núñez

Las primeras horas de la mañana en las calles de Aluche son las de un barrio que se mueve a dos velocidades. Por un lado, personas mayores de 70 años que caminan lento en dirección a alguna gestión que justifique su paseo (el quiosco, la frutería, la farmacia...) y, por otro, gente algo más joven y apresurada que sale de sus garajes en dirección al trabajo o llega a los colegios de la zona para dejar a sus hijos.

Varios clientes conversan el pasado sábado en la terraza de un bar en el madrileño barrio de Aluche. (EFE)
Varios clientes conversan el pasado sábado en la terraza de un bar en el madrileño barrio de Aluche. (EFE)

Una señora que camina fumando y un anciano que la lleva por la barbilla son las únicas rarísimas excepciones al uso correcto de la mascarilla que hace todo el barrio por la calle. Las aceras se caminan sin aglomeraciones (salvo en las entradas de los colegios), y los que van a mayor velocidad adelantan a los más lentos como si tuvieran que rebasar con su coche una bici en una carretera comarcal. Muy respetuosos.

Carabanchel Bajo, por Héctor G. Barnés

Lo más fácil para que se te olvide la pandemia (aún más) es una amenaza de bomba. Los vecinos de Carabanchel Bajo se encontraron este lunes con más policía que durante las últimas dos semanas, cuando gran parte del distrito estaba confinado. Una bolsa sospechosa en un bar en la calle Valle de Oro es la causante del cierre de varias calles, dispositivo policial por todo lo alto y despliegue de robot de los Tedax incluido. Una escena anacrónica, que parece más sacada de los años ochenta que de la pandemia. ¿Pandemia? Los curiosos se apelotonan detrás del cordón policial. Eso sí, intentando garantizar en la medida de lo posible la distancia de seguridad.

"Tampoco debe de ser tan grave, porque si no, habrían cerrado las terrazas", valora uno de los trabajadores de un salón de juegos en General Ricardos. En las pandemias y en los supuestos atentados, las terrazas son lo último que se cierra: el camarero del Yakarta, insigne bar de la plaza, ordena mesas vacías al otro lado de la zona acordonada. La situación es irónica, dado el contexto: cuando la Policía Municipal impide el paso a los vecinos que provienen de una de las zonas de salud confinadas, protestan porque hacía tiempo que no veían tanta policía.

Vecinos de Carabanchel, sentados en la terraza de un bar de su barrio. (EFE)
Vecinos de Carabanchel, sentados en la terraza de un bar de su barrio. (EFE)

Las fronteras son difusas, y las de Madrid, aún más. La única manera de adivinar dónde termina el distrito madrileño de Aravaca y comienza el de Pozuelo de Alarcón son dos reporteros locales que preguntan a los vecinos si conocen los límites de su ciudad. Nadie lo hace, porque la frontera atraviesa edificios, colegios, avenidas y calles secundarias donde no hay ninguno de los 1.000 policías que controlan los límites. Si alguien quiere huir a espacio no confinado, aquí lo tiene fácil.

El confinamiento perimetral provoca que uno eche de menos lo que nunca habría pensado que perdería, y es lo que les ocurre a los vecinos de Móstoles, que acaban de darse cuenta de que hace más de una década que no hay un cine en su término municipal y que la mayoría de centros comerciales donde suelen hacer la compra se encuentra en las fronteras de Alcorcón o Fuenlabrada. Municipios también confinados, sí, pero con la ventaja competitiva de tener el ‘mall’ a mano. "Ahora, para comprar nos toca ir al súper, que es más pequeño y está lleno de gente", razona una vecina.

Lavapiés, por Carlos Prieto

"Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, he ido a nadar". Lo escribió Kafka en sus diarios en 1914. Si viviera hoy, podría haber escrito: "El Gobierno ha declarado la guerra a la CAM. Por la tarde, he ido a nadar". O "han confinado Madrid, por la mañana he ido a llevar a los niños al cole, a hacer la compra y a la oficina".

Madrid, confinado y controlado

En efecto, nos vendieron el apocalipsis confinatorio, pero el ambiente en Lavapiés es similar al de la vieja nueva normalidad de siempre. En la puerta de uno de los colegios del barrio, casi nadie habla del 'cierre' de Madrid, algunos hasta se habían olvidado de tal cosa y el coronavirus ha dejado de ser el monotema de las conversaciones. Hay hasta cierto alivio: los coles han aguantado el tirón y la amenaza de cerrar los parques no se ha materializado. Parques abiertos y criaturas saliendo del cole a las cuatro de la tarde, un paraíso tropical para padres y madres comparado con los seis meses anteriores.

Más allá de que las nuevas medidas confinatorias funcionen o no, la sensación es que ha habido una disonancia cognitiva entre el relato político y la realidad: la bronca entre la CAM y el Gobierno sobre el cierre madrileño ha sido salvaje, y en Twitter casi se compara Madrid con el cerco de Sarajevo, pero la vida cotidiana recuerda sospechosamente a la de las últimas semanas.

*Carlos Barragán es redactor de Mundo; Manuel Ángel Méndez es redactor jefe de Teknautas; Miguel Núñez es redactor jefe de Alma, Corazón y Vida; Héctor G. Barnés es redactor en Reportajes y autor del blog Mitologías; Carlos Prieto es redactor en Reportajes y autor del blog Animales de Compañía. Introducción, recopilación y redacción por Antonio Villarreal.

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