el 'sinhogarismo' aumenta en españa

Los 490 empadronados en el mobiliario urbano: "Mi domicilio es este banco"

Están empadronados en parques, rotondas, árboles o farolas. Es su última alternativa para mantener sus derechos viviendo en la calle. Desde el Samur Social, aseguran que cada día hay más

Foto: Benito y su perro, Golfo. (A. Marra)
Benito y su perro, Golfo. (A. Marra)
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La rotonda que hay en el barrio de Usera en el cruce con la M-40 salvó a Julio de un cáncer. El Parque Cerro Pedro de Almodóvar de Carabanchel Alto le permite a Benito cobrar cada mes la renta mínima de 400 euros. Y la Parroquia de Santa Ana y la Esperanza de Moratalaz le sirve a Carlos para recibir la medicación psiquiátrica que mantiene a raya su trastorno mixto de personalidad, al que él se refiere como “mi ensalada mixta”.

Julio, Benito y Carlos son 'frente a'. Cuando tienen que rellenar un formulario común y corriente, dejan con la boca abierta al administrativo más ducho.

Dirección: “Banco del Parque Cerro Pedro Almodóvar. Frente a calle José Maruelo 5”.

“Tenemos que especificar 'frente a' una calle y un número, pero ellos pueden elegir el lugar de residencia, que puede ser cualquier sitio donde normalmente se les pueda encontrar, desde un banco, un parque, una farola…”, nos explica Darío Pérez, jefe de servicios del Samur Social de Madrid. Ellos, en coordinación con el departamento de Estadística y el servicio del padrón municipal, se encargan, entre otras cosas, de acercar al centro a los que llevan demasiado tiempo en los márgenes.

Benito no sabe cuál es la dirección que aparece en su DNI. Hace una semana que le robaron la cartera y no puede verlo. Pero cuando las trabajadoras del Samur Social le dijeron que tenían que dar un lugar de residencia para poner sus papeles en regla, no lo dudó.

—En el parque. ¿Dónde va a ser? Si esta es mi casa, aquí soy el rey.

Benito nos lo dice riéndose, con la boca bien abierta y esos cuatro colmillos, como amuletos, que tiene por dientes. Este extremeño de nacimiento, pero de Carbanchel Alto de alma, tiene aire de marinero retirado, con sus surcos en la cara, esa piel curtida por lo que al cielo se le antoje, y una barba bien cuidada para alguien que lleva cinco años durmiendo a la intemperie.

Un divorcio, la crisis que se lleva por delante a su empresa, y un día se ve con 52 años en el parque de toda la vida buscando cartones para dormir

—'Frente a'. No sabía que así nos inscribían —ríe de nuevo, cruza los brazos, se pone un poco más serio y dice—: Oye, pero está bien eso. Así me paso los días, frente a los demás, viendo la vida pasar”.

Un divorcio, la crisis que se lleva por delante a su empresa, su madre muere, y de repente un día de enero Benito se ve con 52 años en el parque de toda la vida, donde iba a pasear con sus hijos, buscando cartones para irse a dormir. “Qué frío hacía esa noche… Me tumbé debajo de este banco abrazado a Macu para que me diera calor”, se refiere a su perra de entonces. Hoy le vemos con Golfo, que además de perro hace de hijo, de guardaespaldas, hasta de psicólogo.

Le acaban de robar todo, y cuando nos lo dijo, su mayor preocupación era tener los papeles de Golfo en regla para que los de la perrera municipal no se lo llevaran”, nos cuenta Cristina Corcho, la trabajadora social del equipo de calle número 5, que también hace de madre, de guardaespaldas y hasta de psicóloga de Benito. “Él es especial, muy ordenado, se sabe organizar bien, no todos son así”.

Benito, en la chabola del parque de Carabanchel donde duerme. (A. Marra)
Benito, en la chabola del parque de Carabanchel donde duerme. (A. Marra)

Este equipo del Samur Social controla los barrios de Villaverde, Usera y Carabanchel. Un total de 80 personas sin hogar a las que auxiliar. Entre ocho y nueve que ver al día, y un trabajo que no para de acumularse. Esta misma tarde, Benito les advierte de que han llegado cinco nuevos al parque.

Los datos de los sin hogar en España son imprecisos. La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística es de 2012 y decía que eran 22.938 personas en territorio nacional. La Estrategia Nacional Integral para Personas Sin Hogar 2015-2020 estima 33.275. Si atendemos a los números que maneja Cáritas, actualmente la cifra asciende a más de 40.000.

El Ayuntamiento de Madrid fue pionero hace 10 años en hacer los recuentos nocturnos, un sistema en el que el Samur Social, con la ayuda de voluntarios de diversas ONG sale una noche a recorrer la ciudad y contar uno por uno a los que viven en la calle. El último se hizo el 12 de diciembre de 2018 y los números hablaban de 2.998 personas sin hogar en la capital, 650 durmiendo en la calle y el resto en albergues, asentamientos o pisos de acogida.

"El recuento es lo mejor que tenemos, pero no deja de ser muy inexacto. Si esa noche llueve, van a ser menos. Si hace mucho frío, igual. No hay gente suficiente para recorrer todas las calles, y no te puedes imaginar los sitios en los que se resguardan, no es fácil dar con ellos", nos dice Corcho, a quien no le sorprendería que fueran "hasta cinco veces más". "Lo único que tenemos claro es que es un problema que aumenta. Todo pinta que va a ir a peor".

Un empadronamiento legal

Cuando preguntamos por este tipo de empadronamiento, la respuesta inmediata de la Administración pública es la misma: “Es totalmente legal. Podrá parecer raro, pero es legal”. Nos lo dice Darío Perez, de Samur Social, nos lo dice una funcionaria del distrito de Chamartín que ha empadronado en farolas, árboles y bancos, y que prefiere no dar su nombre. Y nos lo dice el delegado de Familia, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Madrid, Pepe Aniorte.

“Es una fórmula fundamental con la que cuentan los servicios sociales. Sin el padrón no eres nadie, no tienes derechos, no existes para la sociedad. Esta salida permite que las personas que no viven bajo un techo puedan tener los mismos derechos que cualquiera”, nos explica Aniorte, que antes de entrar en el ayuntamiento con el equipo de Begoña Villacís, pasó 15 años trabajando en la Fundación Rais que lucha contra el 'sinhogarismo'.

"Sin el padrón no eres nadie. Esta salida permite que las personas que no viven bajo un techo puedan tener los mismos derechos que cualquiera"

La modificación del Real Decreto 2612/1996, de 20 de diciembre, ya tenía en cuenta los empadronamientos especiales para personas sin hogar. En 2015 el BOE explicita la condición de que sean supervisados por los Servicios Sociales. “La dirección del empadronamiento será la que señalen los Servicios Sociales: la dirección del propio Servicio, la del Albergue municipal, la del punto geográfico concreto donde ese vecino suela pernoctar”, dice en el artículo 3.3.

“En Madrid llevamos 15 años haciéndolo, y te puedo decir que hemos ayudado a mucha gente. El padrón es la primera vía de integración”. El ejemplo que siempre le viene a Darío a la cabeza es el de Julio, aquel señor que dormía en la rotonda de Usera con el cruce de la M-40, aquel tipo que no quería saber nada de empadronarse y al que convencieron. El mismo que consiguió su tarjeta sanitaria, gracias a la cual pudieron frenar el cáncer que le estaba matando. “Todavía me acuerdo de las dificultades que teníamos para cruzar allí y visitarle”.

'Frente a' (FA) es la etiqueta que utiliza el departamento de Estadística para incluir a estas personas en las instituciones. Según datos del Samur Social en Madrid hay 490 inscritos como FA. No es la única fórmula que existe para empadronar a los sin hogar, en realidad, es la última opción que ofrecen los Servicios Sociales. “Lo que solemos decirles es que se empadronen en la sede Samur Social, así pueden recibir aquí notificaciones, venir a buscarlas, y tenerlos más controlados”. En estos momentos son un total de 390 los que han elegido esta modalidad. Después están los otros 600 inscritos en alojamientos colectivos como albergues.

'Frente a' (FA) es la etiqueta que utiliza el departamento de Estadística para incluir a estas personas en las instituciones

Lo único que se les solicita es un documento que acredite su identidad. No siempre lo tienen. Y ahí empieza otra pelea del Samur Social para conseguirlos. Pero la batalla más difícil es las de convencer a los que no quieren estar registrados en ninguna parte. “Muchos tienen miedo de empadronarse, que les controlen, no se fían”, explica Darío. Pepe Oniorte es lo que llama “fracaso de las administraciones”. Lo explica así: “Cuanto más tiempo llevan en la calle su situación se cronifica, el desarraigo es muy grande, y es gente que en otras ocasiones ha pedido ayuda y no se la han dado. Es lo que se llama la indefensión aprendida, no es que quieran vivir así, es que sienten que no hay otra manera, asumen su situación como la única opción que les queda. Nuestro trabajo es decirle que no, que hay más posibilidades”.

El nuevo delegado quiere poner en marcha una reestructuración de los Servicios Sociales de la capital y apostar por más proyectos como Housing First, un primer alojamiento que se les da, en el que viven solos sin pedirles nada a cambio, salvo la visita semanal de un trabajador social que acompañe el proceso de readaptación a un hogar.

Benito estuvo en la lista para optar a un Housing First pero no tuvo suerte en el sorteo. No quiere oír hablar de un albergue: “Allí no me podría llevar a Golfo, y se ven unas cosas en esos sitios… Si me tengo que morir en este parque, así lo haré. Pero un pisito pequeño para nosotros dos sería un sueño”.

Carlos y su oportunidad

Carlos, en el parque de Moratalaz en el que duerme. (A. Marra)
Carlos, en el parque de Moratalaz en el que duerme. (A. Marra)

Carlos lleva dos años y medio en la calle. Primero dormía en las puertas de la Parroquia de Santa Ana y la Esperanza Moratalaz, ahora lo hace en el parque que hay cuatrocientos metros más arriba. Carlos tiene Trastorno Mixto de Personalidad. Las drogas se lo empezaron a comer con catorce años, y de ahí las broncas familiares, y luego los once años de prisión por intentar quemar la habitación de su hermano. “Hubo un día que mi madre no me aguantó más y me echó de casa. Todo lo que me daba me lo gastaba en drogas y aunque ahora estoy limpio, ya no me cree”.

Carlos tampoco se ha movido del barrio de siempre. Nos dice que es colega de Melendi, que estudió con Alejandro Sanz, y que es amigo de todos los traficantes de la zona, y también de los policías: “Hasta los gitanos me cuidan. Duermo en un banco, pero no me hacen nada”. A Benito sí que le han robado tres veces, le han quemado su choza de pallets y mantas, y recuerda aquel día en el que “esos niñatos puestos de todo” le dieron una paliza.

Benito dice que el que vigila es él. Que hay chicas que atraviesan el parque por la noche para volver a casa porque saben que él está ahí por si pasa algo. En la hora larga de conversación tres mujeres le saludan con cariño. En el bar la Chispa de Extremadura se asea, come, y se toma su licor de hierbas. Allí se encargan de que no le falte de nada. Y luego, él se encarga de que no le falta de nada a los nuevos que llegan: “Les consigo mantas, les doy ropa, hay que mantener buenas relaciones con el vecindario”, y muestra de nuevo esos colmillos grandes, esa sonrisa amplia.

Carlos y Benito no pueden ser más diferentes. El primero hace por controlar sus arranques de furia, no tiene sus papeles en regla, ahora intenta que le den la renta mínima. Benito la recibe hace tiempo, se la da a un amigo, que le va soltando de diez en diez euros cuando él se lo pide. Dice que de agosto le han sobrado 200 y que sin organización uno no vive en la calle.

—¿Tú sabes lo jodido que es esto? No se lo deseo a nadie. Intento estar siempre de buen humor, pero hay días que me dan ganas de hacer una locura. Luego me digo: “Tranquilo, Benito, tranquilo”.

Carlos dice que no aguanta más. Pide una oportunidad para entrar en un alojamiento, en el último que estuvo lo acabaron echando. Insiste en que esta vez va a ser distinto, que ya tiene 47 años y que ya no está para tonterías.

"No soy más mierda que cualquiera que pasa a mi lado. Esta situación le puede tocar a todo el mundo, pero la gente no lo sabe"

Benito nos dice que es un hombre de convicciones “porque los de Carabanchel aguantamos”. Pero reconoce que se rompe cuando le miran con desprecio, y al recordar alguna de esas miradas le vemos por primera vez con los ojos llenos de lágrimas: “No soy más mierda que cualquiera que pasa a mi lado. Esta situación le puede tocar a todo el mundo, pero la gente no lo sabe”.

Carlos sueña con poderse duchar todos los días y no tener que caminar veinte minutos hasta el albergue -dice que no le da el dinero para coger el autobús- con la rodilla destruida. De poder tener un piso tiene claro lo primero que haría: “Dormir una siesta. Dormir, vaya, que en la calle es imposible. Siempre estamos alerta”. Ahí coincide con su colega de Carabanchel, que añade: “Es que tener un piso, sobre todo, es volver a tener tranquilidad”.

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