Unidos por la nacionalidad: los sintecho que se agrupan para sobrevivir en la calle. Noticias de Madrid
EN MADRID EXISTEN 135 ASENTAMIENTOS

Unidos por la nacionalidad: los sintecho que se agrupan para sobrevivir en la calle

En Madrid existen 135 agrupaciones de personas sin hogar, unidos por su lugar de origen para cuidarse unos a otros y protegerse de la violencia del entorno

Foto: Restos de un asentamiento en Chamartín. Foto: Carmen Castellón
Restos de un asentamiento en Chamartín. Foto: Carmen Castellón

Cerca de 1.200 personas duermen cada noche al raso de la capital española, pero no lo hacen solas. Según el Ayuntamiento de Madrid, en total existen 135 agrupaciones de distintos tamaños donde las almas sin techo comparten el sueño, el suelo y las penas. Algunos son asentamientos estables, con estructuras fijas como tiendas de campaña o chabolas, otros se levantan cuando cae el día, y se recogen al amanecer. En todos el patrón más común de unión es el más viejo de todos: el lugar de origen.

Los rumanos encabezan la lista tanto en grandes grupos, como uno de 50 personas en Arganzuela, como en otros más pequeños de sólo tres individuos en Chamartín. Les siguen los españoles (que a menudo se juntan con otras nacionalidades) y los procedentes de países africanos y árabes. También muchos grupos mixtos de más de una nacionalidad y otros sobre los que la administración no tiene datos de su origen.

El motivo por el que se unen es tan sencillo como el de la mera supervivencia: para protegerse de la violencia de la calle. De hecho la mitad de personas que viven al raso asegura haber sufrido violencia física en algún momento. Pero también por tener alguien con quien pasar el tiempo, para no estar solos, y para cuidarse unos a otros. 

Según los datos, existen colectivos de personas sin hogar en todos los distritos de la capital, con mayor presencia en el centro, donde hay hasta 16 grupos con un total de 106 personas sin hogar, aunque es en La Latina donde viven más: 165 personas en cuatro puntos. El motivo es que en estas zonas hay más posibilidades de 'buscarse la vida' y recursos de asistencia que en las afueras. Muchos de ellos se ocultan entre callejones o vegetación; pasan desapercibidos al margen del tránsito de la ciudad. 

En función de su estructura y particularidades como grupo, el Samur Social adapta su estrategia de intervención: “Aunque el fondo siempre el mismo: motivarles y ofrecerles recursos alternativos a la calle”, aclara el jefe de departamento Darío Pérez. Para llegar a ellos se ha elaborado un registro con el que el Ayuntamiento de Manuela Carmena pretende ir levantando los asentamientos.

Sin embargo, muchas personas no aceptan estas alternativas: “A veces hay un problema de desconocimiento de los recursos y en otros casos distintas razones: desde su deseo para seguir sobreviviendo en economías marginales, el anonimato...”. Desde la ONG Solidarios señalan más bien a una falta de adaptabilidad por parte de los servicios sociales a la realidad de cada situación.“Se da la misma aspirina para cada problema”, defiende Jesús Sandín presidente de la organización.

Maite junto a sus pertenencias. Foto: Carmen Castellón
Maite junto a sus pertenencias. Foto: Carmen Castellón

Españoles: el fin de una espiral de desdichas

Castro, Miguel Ángel, Pedro, Maite y Marco pasan los días juntos. Juegan a las cartas, se cuentan chistes o comparten la litrona y el cigarro. Su lugar de reunión es un callejón al lado del paseo de Delicias, donde una vez por semana les visita Bokatas, una ONG que se encarga de repartir bocadillos entre personas sin techo. Es lunes por la noche y han ido a verles, aunque la comida es lo de menos: con ellos hablan, se desahogan, sienten que les escucha alguien más aparte de los vecinos que les tiran agua desde la ventana.

Maite tiene 38 años y es de Alicante, pero vive en Madrid para estar más cerca de sus hijos, que están en Seseña, Toledo). Sin embargo, hace un año que no les ve: “No quiero que me vean así”.

“Mi hija desde chiquitita me pedía un euro cuando veía a un hombre pidiendo, y yo le decía: 'Este es un borracho de mierda'. Ahora lo estoy pasando yo”. Para ella beber se ha convertido en una adicción y una necesidad: “Un día entero en la calle no lo soportas, y si no, me da vergüenza pedir”.

Me gustaría decirles: pasa tú un día aquí, o una noche sólo, pendiente de que no te cojan tus cosas, de si tienes manta o algo de comer

Es la única mujer del grupo y ejerce como consejera de todos: “No tengo bastante con mi depresión que me trago la de todos”, cuenta con una sonrisa de ojos tristes. Entre las personas sin techo las mujeres son muy minoritarias, suponen sólo el 13,5%, y suelen estar siempre acompañadas por sus parejas. “Son uniones que se suelen formar en la calle, es una forma de protección, porque además de la violencia de este entorno, hay que sumar la propia del género”, explica Jesús Sandín de Solidarios.

Es el caso de Maite, que comparte lo poco que tiene con su pareja, Marco, el único extranjero del grupo. “¿Mi historia? Jodida”, apresura a contestar el joven rumano, parco en palabras. Poco a poco, deja entrever los motivos de que, desde hace más tiempo del que recuerda a pesar de sus 31 años, haya acabado sin casa. Era mecánico electricista, pero sus adicciones le cobraron una vida en la calle. “Lo más duro es que pasa la gente y te mira con cara de asco, como diciendo 'mira este mierda'. Me gustaría decirles: pasa tú un día aquí, o una noche sólo, pendiente de que no te cojan tus cosas, de si tienes manta o algo de comer”, se desahoga. Para ducharse van a una casa de baños cercana, en embajadores, donde les cobran 50 céntimos por 20 minutos de ducha. “Pero no podemos ir todos los días, nos cambiamos de ropa cada dos días por lo menos”.

Algunos hombres se preparan para dormir en la plaza Mayor (foto: Enrique Villarino)
Algunos hombres se preparan para dormir en la plaza Mayor (foto: Enrique Villarino)

 

Ninguno de los dos quiere irse a un albergue porque tendrían que dividirse: “Bastante duro es estar en la calle como para tener que separarte de la persona que quieres”, cuenta Maite. En su caso, como en el de la mayoría de personas de nacionalidad española sin hogar, se han ido sumando muchos factores que han acabado en esta situación. De hecho, como explican desde Samur Social y Solidarios, es una situación que requiere de tiempo y años de desdichas: “Al contrario de lo que se piensa, no es gente que haya perdido el trabajo o la casa y de repente se vea así, si no que se cae toda una red social que les apoyaba. Cualquier persona española tiene alguna alternativa al principio: amigos, familiares... Pero en su caso es un proceso mucho más traumático: primero puede que pierdan la casa o el empleo, luego se divorcien... y en el camino se crean adicciones o trastornos psicológicos que después de unos 10 o 15 años ya sí, acaban en la calle”.

Estos antecedentes personales hacen también que la alternativa del albergue no sea suficiente, y que necesiten medidas especializadas, ajustadas a cada realidad, para recuperar su situación: “Como la respuesta no es flexible se les echa la culpa a ellos, por no adaptarse, y eso es algo que con otros problemas sociales no pasa”, asegura Sendín.

En el caso de las personas sin techo de nacionalidad española, las actividades que desempeñan suelen ser más reducidas que en otras nacionalidades: “De día no suelen hacer cosas, se aburren y pocos ejercen la mendicidad. Hacen muchas colas, en centros de días, para papeles… y algunos venden cosas que encuentran en el rastro, o tienen alguna pensión”, explica Sandín. “Pasamos todo el día aquí, menos cuando vamos a pedir”, confirma Maite.

Onur (izq) e Ismael (centro) junto a un amigo. Foto: Carmen Castellón
Onur (izq) e Ismael (centro) junto a un amigo. Foto: Carmen Castellón

Rumanos entre la chatarra y cartones

Son cerca de las ocho de la tarde y poco a poco varias personas se juntan en una ladera del Faro de la Moncloa en Madrid. Llegan con carritos de la compra, atillos y cartones. Un rato después este grupo de rumanos de etnia gitana encienden un camping gas y preparan la cena, con vistas a la autopista A-6 de Madrid. Luego pasarán la noche al raso, a sólo un kilómetro de donde duerme Mariano Rajoy.

Conforman uno de los 73 asentamientos de rumanos que existen en la capital y en los que se calcula que viven 777 personas, ya sea en agrupaciones como esta, o en asentamientos con una estructura más consolidada, cerca de la parada de metro de barrio del Pilar.

“Llevamos aquí unos cuatro años, vinimos porque en nuestro país no hay nada”, cuenta Ismael, el único que se defiende en español, “aquí al menos podemos vivir de la chatarra”.

Para ir a los albergues tienen que separarse de su familia, porque no son mixtos y además están a las afueras

Todos ellos son musulmanes y eran vecinos en Rumanía. Algunos son familias y otros están solos. Han ido viniendo paulatinamente para encontrarse de nuevo en este parque, a tres mil kilómetros de sus casas. Los hombres viven de recoger cartón o de la chatarra, que salen a buscar sobre las 2 de la mañana hasta las 8 o las 12, según cómo se dé el día. Las mujeres, sin embargo, sólo pueden dedicarse a la mendicidad.

Vivir en núcleos familiares y ejercer este tipo de actividad para ganarse la vida complica mucho la intervención de los servicios sociales: “Para ir a los albergues tienen que separarse de su familia, porque no son mixtos y además están a las afueras, por lo que tienen que gastarse lo poco que ganan en transporte para ir al punto donde ejercen la mendicidad: porque cada uno pide en su sitio, el de al lado es de otro”, cuenta Sandín. Entre los que recogen la chatarra, el problema además es de almacenamiento: “¿Dónde guardan la chatarra en un albergue? La solución no está pensada con la mentalidad de quien la necesita”, explica Lagarder Danciu, activista sin techo gitano-rumano.

“No queremos irnos de aquí, aquí estamos bien y no causamos problemas”, defiende Ismael sobre ser trasladados a otro lugar. Junto a él, observa atentamente Onur, de 18 años. Lleva cinco meses aquí y sólo chapurrea unas pocas palabras de español para decir que le gustaría echarse novia aquí. Son los únicos que están solos, Ismael ha dejado a su mujer y sus dos hijos en Rumanía, pero les manda dinero cuando puede: “Claro que me gustaría que estuviera aquí: ¡soy joven, tengo 24 años!”, dice entre risas, “pero la calle no es lugar para una mujer, y no queremos dejar a nuestros hijos allí hasta que tenga 'pasta' y consiga una casa”.

Asentamiento de rumanos en el barrio del Pilar. Foto: Carmen Castellón.
Asentamiento de rumanos en el barrio del Pilar. Foto: Carmen Castellón.

Los que vienen aquí suelen hacerlo llamados por un familiar, porque es su única salida ante la escasez de trabajo y los prejuicios que existen en Rumanía sobre todo en el caso de los gitanos. “Es el colectivo más odiado del país. Vienen aquí huyendo de la criminalización de toda la sociedad y de las propias instituciones, es una cuestión de supervivencia”, cuenta Lagarder, que vino huyendo también por su condición de homosexual hace doce años. En su caso prefiere pasar las noches solo, aunque también ha vivido en grupo: “Me robaron todo, y cuando ya no tienen nada que sacarte es mejor irse”.

Al contrario del estereotipo que existe, desde Solidarios señalan que no se trata de una cultura nómada: “Es falso y además ese estigma complica mucho que podamos intervenir con ellos. Suelen tener asentamientos estables compuestos por núcleos familiares, aunque no sean parientes directos”.

En verano son menos los rumanos que pueden verse en la capital. “Además de para ir a ver a sus familias, tengo la intuición de que puede ser un sistema de protección, en verano la gente pasa más tiempo fuera de casa y son más visibles, hay más luz… y posiblemente el entorno sea más hostil”, explica Sandín.

De pescador en Ghana a aparcacoches en Canal

Thomas cumple con el perfil clásico de persona sin techo: tiene 49 años, es hombre, extranjero y vive desde hace más de un año en la calle. Concretamente, desde hace cuatro, cuando le desahuciaron. Es natural de Ghana, donde se ganaba la vida como pescador en las aguas del golfo de Guinea. Ahora es aparcacoches en un parking cercano al parque de Canal, en el distrito madrileño de Chamberí. “En verano no hay mucho trabajo, la gente está de vacaciones y casi no hay coches”, reconoce.

Intentó trabajar como pescador en la costa norte española, sin éxito, y también ha vivido en Holanda, Bélgica y Alemania, pero volvió a Madrid para renovar sus papeles y porque, según explica, en la capital hay más ayudas y albergues para personas sin hogar. Su objetivo es conseguir trabajo para poder mandarle dinero a su familia, que volvió a Ghana tras el desahucio.

Pasa el día en el paseo que hay al lado de su 'puesto de trabajo', un lugar recurrente desde hace 16 años para las personas de color que no tienen casa. “Los africanos suelen juntarse con gente del mismo país, y a veces hasta del mismo pueblo. Y si no, al menos del mismo color”, cuenta Sandín.

En este punto hay días que se reúnen entre 10 o 12 personas, aunque no todas duermen ya aquí. “A las cinco de la mañana venían a limpiar y nos echaban agua, nos tiraban nuestras cosas… así que ahora paso la noche debajo de un puente, cerca de aquí”, cuenta Thomas mientras apura un cartón de vino.

Junto a él asiente Kesi, un joven de 27 años que se considera un afortunado porque ya no duerme en los baldosines: pasa las noches en un puesto de vigilante de obra, aunque estudió Economía en su país natal, también Ghana. Durante el día, pasa el tiempo en este paseo, con Thomas, que espera tener un trabajo similar dentro de poco y dejar de hacer de “gorrilla”, una actividad muy ligada a las personas de color sin recursos, junto a la de mantero. “Las personas procedentes de África vienen para trabajar, es gente con mucha dignidad para pedir dinero y por eso mismo tienen más problemas, porque la policía les pilla, mientras que si mendigan hacen más la vista gorda”, explican desde Solidarios.

Un pequeño asentamiento en un parque madrileño (foto: E. Villarino)
Un pequeño asentamiento en un parque madrileño (foto: E. Villarino)

 

Por ese motivo es más complicado encontrarles una alternativa a su situación desde los servicios sociales: “Al trabajar de manera ilegal les detienen y ya no pueden quedarse”, añade Sandín. Para los que aún pueden intentarlo, existe la Red de Atención a Personas Inmigrantes sin Alojamiento, donde les dan clases de español y talleres de búsqueda de empleo, pero que, según denuncian en esta ONG, no se transforma en una integración e inserción real: “Vuelven a donde estaban, porque en la práctica es imposible regular su situación”.

Kesi le tiene miedo a la calle, por todo lo que ha visto en ella: “La gente termina volviéndose loca, bebiendo mucho, y es peligroso, en cualquier momento te puede pegar un racista mientras duermes”. A veces también acuden a albergues, sobre todo en invierno, pero intentan evitarlo: “Hay muchos yonkis y enfermedades”, cuenta el joven ganés. Su deseo es casarse y tener hijos, pero para eso, explica, primero necesita un hogar propio: “porque ninguna chica se fija en alguien sin casa”.

Madrid

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios