la posibilidad de un contagio se ve remota

Coronavirus en la Galicia rural: "Aquí aún se creen que es cosa de ciudades"

Las aldeas más remotas desafían la cuarentena pese a los riesgos que supone para su envejecida población

Foto: Un cartel de la AP-9 invita a los vecinos a quedarse en casa para evitar la propagación del coronavirus. (EFE)
Un cartel de la AP-9 invita a los vecinos a quedarse en casa para evitar la propagación del coronavirus. (EFE)

Conviven en el territorio gallego dos tipos bien distintos de confinamiento por coronavirus: el de las ciudades y el de los pueblos. En estos últimos, en Galicia especialmente aislados y pequeños, la posibilidad de un contagio se ve tan remota como sus propias aldeas, a pesar de los riesgos que entraña para una población tan envejecida. A sus vecinos les cuesta seguir las recomendaciones: muchos lo hacen, pero también abundan los que mantienen sus rutinas como si nada hubiese cambiado. En la mayoría de los núcleos rurales, el día a día apenas se ha visto alterado por la pandemia.

“En las aldeas hay gente que sigue las recomendaciones, pero también hay una parte importantísima de la población que no lo hace porque está convencida de que esto es un problema de las ciudades”, relata Eladio, un urbanita que hace años decidió retirarse al campo. Desde Campolameiro, un pequeño pueblo al norte de la provincia de Pontevedra, observa asustado cómo muchos de sus vecinos desafían las obligaciones impuestas por el confinamiento. “Esta misma mañana, la Guardia Civil, que es la única autoridad en un municipio sin policía local, tuvo que recriminar a dos señoras que departían amablemente por la calle como si nada”, relata.

Buena parte de los apenas 300 residentes en el núcleo central de Campolameiro rechaza la reclusión. “No son conscientes de lo que pasa, en el supermercado nadie lleva guantes ni mascarillas, y por la calle se ve menos gente que antes, pero demasiada en todo caso”, relata Eladio, que ha tenido que dejar a un lado temporalmente sus ocupaciones como vendedor de libros de segunda mano y de cuidador del pazo de una familia inglesa para encerrarse en casa. Él notará en sus bolsillos el cese de la actividad económica, pero ahí se encuentra otra de las características de la confinación en las aldeas, en las que una gran parte de la población es pensionista. “No tener una ocupación laboral y que esto no te afecte al bolsillo ya supone una manera muy distinta de encarar las cosas”.

“No son conscientes de lo que pasa, en el súper nadie lleva guantes ni mascarillas, y por la calle se ve menos gente que antes, pero demasiada”

La vida diaria sufre menos alteraciones a medida que uno se aleja de los núcleos medios, allí donde la población se dispersa más y más. Marina vive en una aldea del ayuntamiento de A Estrada, y su día a día es el mismo de siempre: suena el despertador, ordeña a las vacas, cuida del establo, se ocupa del forraje, vuelve a ordeñar… Así transcurre más o menos la existencia para los que poseen pequeñas explotaciones agrarias o ganaderas, un importante sector de la población en la Galicia rural. Su actividad es fundamental para que no se vacíen las estanterías de los supermercados de las ciudades, y de momento su vida no se ha visto alterada. “De alguna manera, nos consideramos privilegiados”, asegura.

El contacto social en lugares de la Galicia vaciada es mínimo por definición, aunque tiene focos cruciales que todavía no han experimentado las consecuencias de la cuarentena. Pero lo harán. Este mismo martes, el Diario Oficial de Galicia publicaba una orden de la Consellería de Medio Rural que cambiará notablemente la vida en las aldeas. En adelante, la comercialización directa de productos agrícolas y ganaderos en los tradicionales mercadillos semanales queda prohibida, y se restringe a “medios alternativos que no impliquen presencia física”. Es decir, reserva online o telefónica para ser servidos directamente por el productor.

Restricciones de este tipo cambiarán la forma de afrontar la cuarentena en los pueblos, como ya ha ocurrido en las ciudades, y afectarán a la economía de los productores. De ahí que la mayoría de los sindicatos agrarios hayan expresado su rechazo. El Sindicato Labrego Galego, por ejemplo, ha presentado en ayuntamientos donde ya habían sido prohibidos los mercadillos una solicitud para que se reabran, “en unas condiciones idóneas de seguridad e higiene”. “El consumo en los mercados de proximidad sería una medida de apoyo a las economías locales, y es más seguro que el comercio en recintos cerrados”, sostiene. Otras organizaciones agrarias como Unións Agrarias, Asaja, COAG o UPA también se han expresado a favor de los mercadillos. Para muchos agricultores, estas citas semanales son su principal vía de ingresos.

Vendan o no, el autoconsumo en las aldeas gallegas está garantizado. “Aquí no hay hambre ni la habrá”, defiende una vecina de la misma aldea que Marina. Las huertas surten suficiente para todos los vecinos, y en muchas de las casas los arcones almacenan carne congelada de la última matanza. Y un factor añadido: la estructura de las propiedades inmobiliarias. Los alquileres son cosa de ciudades. “En las aldeas casi todos son propietarios, se han ido construyendo su casa, o la han renovado tras heredarla de sus padres. Por lo tanto, nadie va a tener problemas con el pago del alquiler”, relata Eladio. Cuestión distinta es cómo se gestiona el ocio en casas de zonas donde persiste la brecha digital. “Aquí en Campolameiro no hay cable. Para la mayoría hay Netflix ni nada parecido: si te metes en casa, te mueres de aburrimiento”, confiesa.

Bea, 25 años, trabajadora de una estación de servicio.
Bea, 25 años, trabajadora de una estación de servicio.

En su pueblo permanecen abiertos una farmacia, un estanco, una tienda de alimentación y una estación de servicio. En esta última trabaja Beatriz, de 25 años, que constata que la demanda ha caído en picado, pero menos de lo que cabría esperar. Y sobre todo, que acude mucha gente “a echar gasolina o a comprar algo solo para salir de casa, se nota muchísimo”. De la misma aldea es Tucho (62 años), carnicero jubilado y apicultor que todavía sale a diario a echarle un vistazo a las abejas. Lo hace por el campo, sin cruzarse con nadie, pero al aire libre, lejos del confinamiento de las ciudades, sin la menor consciencia de incumplir norma alguna. Es un ejemplo claro de la vida diaria en las aldeas, donde se mantienen rutinas vetadas en las ciudades –en realidad, también en los pueblos– de forma casi natural.

Tucho (62 años), carnicero jubilado y apicultor.
Tucho (62 años), carnicero jubilado y apicultor.

“El problema vendrá cuando aparezca por aquí un caso, entonces todos nos daremos cuenta de que esto nos afectaba en las aldeas más de lo que pensábamos”, alerta Eladio. De momento en Campolameiro no se conoce ninguno, más allá de comentarios poco contrastados de posibles infectados aquí o allá. La movilidad es menor que en las ciudades y la dispersión de la población dificulta los contagios, pero las prevenciones son menos y la edad de la población mucho mayor.

Si en efecto el coronavirus es de momento un problema de ciudades, de ellas ha llegado mucha gente a los pueblos para pasar la cuarentena en medio de la naturaleza. “Aquí hay varias casas que están cerradas todo el año que ahora se ven con las persianas abiertas, es muy sospechoso”, advierte Eladio. En otros ayuntamientos igualmente alejados de las urbes, han sido sus propios alcaldes quienes han pedido a la población urbana que se mantenga lejos de sus pueblos. Es el caso del regidor de A Veiga (Ourense), de 900 habitantes, que dictó un bando en el que requiere a las personas que habitualmente residen en ciudades “que se abstengan de venir si no fuese necesario”. Como en Marbella, pero en el mundo rural.

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