otro candidato emerge de la baviera conservadora española

Alberto Núñez Feijóo: el ascenso del tecnócrata que gana elecciones

La triple mayoría absoluta en Galicia impulsa al presidente de la Xunta como sucesor de Rajoy pese a sus errores y su amistad con Marcial Dorado

Foto: Alberto Núñez Feijóo. (Ilustración: Raúl Arias)
Alberto Núñez Feijóo. (Ilustración: Raúl Arias)

Nadie daba un duro en 2006 por Alberto Núñez Feijóo (Os Peares, Ourense, 1961) cuando se coló en la carrera de la sucesión de Manuel Fraga en el PP gallego frente a José Manuel Barreiro y Enrique López Veiga, dos pesos pesados. “Demasiado joven”, despreciaban sus contrincantes al joven engominado con aires de pitagorín, un técnico de la Administración sin aparente talante de político. El tiempo y esa primera victoria se encargaron de contradecirles. Detrás de aquel vicepresidente de la Xunta al que no se le reconocían más méritos que su proximidad a Romay Beccaría había un animal de la política, un experto en el equilibrismo con una asombrosa capacidad de permanecer al acecho, afrontar las contradicciones y encajar los golpes, algunos durísimos, sin que se le arrugue la chaqueta.

Es su fórmula ganadora, la que le ha permitido encadenar en Galicia tres mayorías absolutas en los tiempos de la fragmentación política, un aval que, ahora sí, le dispara en las apuestas. Del feudo histórico de la derecha, ese territorio que el PP gallego sueña con convertir en la Baviera conservadora de España, emerge otra vez el más firme candidato a liderar a los populares. Él sigue a lo suyo, siempre vigilante de lo que acontezca, con un ojo puesto en Santiago y otro en Madrid, mientras espera la caída de Rajoy sin una sola palabra que revele su ambición ni un solo acto que la desmienta. Tan fiel a su estilo, que desempolva la misma frase con que celebró la sucesión de Fraga en el congreso que lo encumbró, cuando le prometió a don Manuel: “Yo nunca seré un judas”.

Resultó que al Feijóo a quien, se suponía, no le gustaba el contacto con la gente, ahora sus rivales lo tachan de populista. Que el heredero de Romay al que vinculaban con el Opus ha tenido un hijo y sigue soltero. Que la novia del político que presume de ser de aldea es de una de las familias más conocidas de A Coruña y directora de Zara Home. Que lo que llevaba en la cabeza no era una boina, sino un birrete. Y, sobre todo, que aquel gestor de segundo escalafón que ascendió a lo alto del Insalud y de Correos conocía los resortes de las urnas y de los partidos. Resultó, en definitiva, que el tecnócrata ganaba elecciones.

Los malabares del político que quería regenerar el PP gallego le permitieron callar ante las insolencias caciquiles del baltarismo ourensano. Son equilibrismos que también le facultan para presumir de una obstinada operación que dejó a Galicia sin cajas de ahorros —“Volvería a hacer exactamente lo mismo”— o salir indemne de los regalos valorados en miles de euros, en forma de cajas de Vega Sicilia, que recibía de un magnate del transporte favorecido por la Xunta e imputado por corrupción.

De esa ambigüedad no se salva ni Rajoy, al que se le supone muy unido y por el que profesa en público la misma devoción que reiteraba en su día a Fraga, pese a decirle no a su invitación a incorporarse al Gobierno y lanzarle algunos de los dardos más envenenados que han impactado en el ya expresidente del Gobierno. “Nosotros no seguimos el pensamiento único del PP”, se justifica. No ha perdido ocasión el presidente de la Xunta de marcar distancias con Rajoy cada vez que ha visto que su declive podía salpicarle, como en las autonómicas de octubre de 2012, cuando esquivó el apoyo electoral de un presidente noqueado por los recortes y las promesas incumplidas.

Su momento más delicado lo vivió el 1 de abril de 2013, cuando 'El País' publicó sus famosas fotos con el narcotraficante Marcial Dorado. Detrás de aquellas imágenes había algo más que un paseo en barco con un conocido capo de las Rías Baixas, había años de estrecha amistad y de viajes en común entre Dorado y el entonces alto cargo nada menos que de Sanidad, pero Feijóo resolvió el problema o cree haberlo resuelto— con una demostración de estilo. Frente al silencio habitual con que este tipo de cuestiones se ventilan en el PP, él recorrió platós de televisión y emisoras de radio, ofreció una detallada rueda de prensa y accedió a comparecer en el Parlamento. Por si fuera poco, cinco años después, se expuso a una larga entrevista con el periodista Jordi Évole para amortizar definitivamente ese capítulo de su pasado y, de paso, avisar a su partido de que está listo para tomar el relevo.

Alberto Núñez Feijóo y Mariano Rajoy. (Reuters)
Alberto Núñez Feijóo y Mariano Rajoy. (Reuters)

Así, entre equilibrismos y ambigüedades, se fue construyendo el mito electoral de Feijóo, un político al que le llega la hora de la verdad a causa de las dudas sobre la financiación del PP. Para la oposición gallega, otro sarcasmo, cuando Luis Bárcenas informó al juez Pablo Ruz de un informe del PP de Galicia de 2006, cuando estaba ya presidido por Feijóo, que ratificaba donaciones opacas por valor de 1,8 millones de euros. La gran mayoría, procedentes de empresas a las que la Xunta de Fraga, en la que el aspirante a suceder a Rajoy era vicepresidente, adjudicó contratos millonarios.

Si finalmente acaba en Madrid, allí le fallarán a Feijóo dos pilares fundamentales para entender sus prodigios electorales. De un lado, un mapa mediático bajo control, mucho más dominable en la pequeña Galicia que en la magmática capital del Estado, heredado de quien, no en vano, fue ministro de Información y Turismo en tiempos de Franco. Ahí están los medios públicos, principal instrumento informativo en los caladeros rurales del voto en los que el PP llena sus bodegas, y que ya experimentaban la obediencia al poder en tiempos en que en TVE aún se podía poner colorado a un ministro. Sirva como ejemplo el 'Telexornal' de este martes: ni una palabra sobre las posibilidades de Feijóo, porque si el presidente guarda silencio, la tele también. No hay un solo periódico en Galicia abandonado a su suerte en medio de la crisis del papel, como tampoco proliferan molestos digitales en un territorio donde internet avanza con años de retraso.

El otro contrafuerte de los reiterados éxitos en las urnas tiene que ver con una oposición autodestructiva que a estas horas debe de estar planeando cómo desperdiciar la ocasión de suceder a Feijóo en la Xunta. Ahí no necesita el de Os Peares demasiada ayuda de los medios, que ya se encargan sus contrincantes de hacerse un hueco en las noticias. Sea con diputados que entretienen las madrugadas destrozando los retrovisores de los coches, sea con interminables guerras de nombres disfrazadas de debates de ideas, sea malgastando la breve y única oportunidad que tuvo la izquierda de gobernar desde el aterrizaje de Fraga en 1989. Nacionalistas, socialistas y ahora rupturistas no fallan: siempre defraudan.

El ejemplo del bipartito fue paradigmático. Cuando en 2009 aspiró por primera vez a la Xunta y nadie daba un duro por él, la campaña la polarizó la rivalidad a cara de perro entre socialistas y nacionalistas, socios de gobierno desde tres años antes, hábilmente azuzada por el equipo del PP, eso sí. Y cuando se dieron cuenta, ya llegando a meta, el de Os Peares les adelantó como un rayo por la derecha, para asestar un golpe mortal a PSOE y BNG del que, más de una década después, todavía no se han recuperado.

El otro contrafuerte de los éxitos en las urnas tiene que ver con una oposición que planea cómo desperdiciar la ocasión de suceder a Feijóo

En las siguientes elecciones, que adelantó a 2012, el PP pasó de 38 escaños, los que garantizaban la mayoría absoluta, a 41, pero lo hizo tras perder 102.000 votos y 1,3 puntos porcentuales. La paradoja la explica la abstención, pero sobre todo el retroceso y la dispersión de una izquierda que incluso propició el nacimiento de una nueva y relevante fuerza política a un mes de las elecciones. Tan noqueados se quedaron los partidos de la oposición que en 2016 todos sus candidatos eran novatos. Se los merendó un Feijóo que ha sabido esperar su hora, aunque su hora tal vez no sea lo prometedora que esperaba, con el PP tan hundido en las encuestas que no falta quien se pregunte si de verdad todavía quiere.

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