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LOS ESCÁNDALOS QUE ACECHAN AL POLÍTICO CATALÁN

El día en que Puigdemont desautorizó a Artur Mas y se dispuso a traicionarle

Los escándalos económicos que sacudieron a Convergència en los últimos años hacen sonrojar a las mismísimas estatuas del Parlament

Foto: El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont (d) y su predecesor, Artur Mas.
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont (d) y su predecesor, Artur Mas.

Artur Mas puso esta tarde la rúbrica en el último acto de la tragedia catalana. El que en otro tiempo fuera el guía espiritual del nacionalismo y el hombre con más peso en la escena política catalana consumó los peores vaticinios: primero dinamitó el legado nacionalista; luego dinamitó la Generalitat; más tarde, dinamitó la legalidad,; y, por último, dinamitó su propio partido. El líder que heredó una formación (que en 2010 se hizo con 62 escaños en el Parlament) abandona la política por la puerta falsa, asediado por escándalos políticos, financieros y económicos, con sus bienes embargados, con una condena por desobediencia y prevaricación y con otra espada de Damocles encima de su cabeza: la posible condena de Convergència por desviar dinero procedente de comisiones ilegales a través del Palau de la Música.

El día en que Puigdemont desautorizó a Artur Mas y se dispuso a traicionarle

Mas fue el hombre que lo tuvo todo y lo dilapidó todo. En un momento determinado, se creyó en el papel de mesías, se comparó con Mahatma Gandhi o con Nelson Mandela e intentó pasar a la historia como el 'president' que materializó la independencia de Cataluña. Erró en sus cálculos y erró en sus previsiones. Ni él ni el país estaban preparados para asumir esa responsabilidad, entre otras cosas porque no se daban las condiciones jurídicas necesarias para materializar esa posibilidad.

Pero lo que no pudo la oposición con sus duras críticas parlamentarias y sus mociones, lo que no pudieron sus socios republicanos, lo que no pudieron los jueces, ni los fiscales, ni los escándalos, llega ahora como si fuese un milagro: arrancar a Mas del último bastión de poder que ostentaba desde que abandonara la primera línea política. “Era una decisión que había pactado hace un tiempo con Marta Pascal [coordinadora general del PDeCAT], porque considera que su labor en el partido ya está cumplida. Ahora, ella tendrá las manos libres de ataduras para ir modelando el PDeCAT, sin hipotecas del pasado ni ataduras”, dice a El Confidencial una fuente cercana al ‘expresident’. Esta fuente enfatiza que “con su retirada, hace un servicio a la causa. Ahí se ve su honestidad, tenga o no que ver la dimisión con las posibles noticias que vendrán”. Se refiere, evidentemente, a las sentencias que pueden condenar a CDC por corrupción en los próximos días.

La traición de Puigdemont

Otro de los hombres de confianza de Mas explica a este diario que el antiguo líder de Convergència fue el que más se opuso, el pasado mes de octubre, a la proclamación unilateral de la independencia. Esta fuente relata que Artur Mas convenció a Carles Puigdemont de que convocara elecciones autonómicas después del referéndum ilegal del 1 de octubre. Ya estaba acordado y se dieron las últimas pinceladas a esta estrategia el 10 de octubre a primera hora de la mañana. Mas, como presidente honorífico del PDeCAT, había sido el hacedor de esa salida airosa, el que había maniobrado entre bambalinas para reconducir la situación y evitar lo que en las filas del independentismo se llamaba “choque de legalidades”. En realidad, en algunos círculos matizaban que era un choque entre la legalidad española y la legitimidad catalana.

Pero en una reunión convocada con los parlamentarios en el mismo Parlament el 10 de octubre, a última hora de la mañana, Puigdemont salió del despacho con la decisión opuesta: realizó un simulacro de proclamación de independencia y pidió que la Cámara dejase en suspenso la declaración de independencia que esa Cámara no había llegado nunca a aprobar. Fue un mal guion de una peor historia. Lo que pasó en el despacho del ‘president’ fue que los suyos se le sublevaron. Tanto el presidente del grupo parlamentario de Junts pel Sí , Lluís Corominas (PDeCAT), como la portavoz, Marta Rovira (ERC), amenazaron con dimitir si Puigdemont daba marcha atrás. Y el entonces ‘president’ decidió desautorizar a Artur Mas, romper el pacto al que había llegado con él y hacer lo que le pedían los de JxS, confiado de que la historia le absolvería y de que el Gobierno central no le podría tocar si todos se ponían detrás de él.

Desde entonces, Puigdemont inició una meteórica carrera en solitario desde Bruselas, amparado en la presunta legitimidad que le confería el hecho de ser el ‘president’ depuesto. En los últimos meses, maniobró para zafarse de los corsés de su partido, el PDeCAT, e impuso unas normas draconianas: primero, obligó a romper el carné de la formación a algunos de sus más íntimos colaboradores, como por ejemplo a su jefa de campaña, Elsa Artadi; luego, vetó para las listas a la cúpula del PDeCAT, a la que él no había elegido, y, por último, confeccionó una candidatura a su medida.

La ruptura con el PDeCAT tuvo efectos desastrosos para la formación. De hecho, desde el partido se presionó para que Puigdemont definiese rápidamente su hoja de ruta y esbozase un Govern. El PDeCAT, con cientos de cargos en el paro (los que antes tenían cargo público y cotizaban a las arcas con un porcentaje de su sueldo mensual), está asediado por las deudas, mientras tiene embargadas 15 sedes para responder de los supuestos desmanes cometidos a través del Palau de la Música. Y necesita no solo sanear sus arcas, sino que las cotizaciones de los militantes aumenten.

Se adelanta a Puigdemont

Tras el sorprendente triunfo de Puigdemont en las elecciones del 21 de diciembre (quedó en segundo lugar, tras Ciudadanos, cuando todas las encuestas le auguraban entre el cuarto y el quinto puesto), el camino para dinamitar el partido quedó expedito: según el resultado, se esperaba que el ‘expresident’ fugado moviese ficha, un lance definitivo para atisbar el futuro del PDecAT. Pero quien ha movido ficha ha sido Mas, tomando la iniciativa.

En realidad, Puigdemont no ha querido acercarse mucho a su partido para liberarse de la herencia envenenada de Artur Mas. No le falta razón: Mas subió al poder con el apoyo implícito y explícito de la familia Pujol.

Antes de tomar las riendas del partido en 2003 como secretario general, Artur Mas ya se preparó para la sucesión al ser elegido en 2001 por el entonces todopoderoso Jordi Pujol como ‘conseller en cap’ (consejero jefe). Era la mano derecha del ‘president’ y obedecía órdenes del hijo del jefe, Jordi Pujol Ferrusola, quien le marcaba desde fuera del Gobierno el camino a seguir o los nombramientos que realizar.

En 2003 y 2006, ganó las elecciones porque fue el candidato más votado, pero los pactos entre PSC, ERC e ICV le arrebataron el sillón, por lo que tuvo que conformarse con ser el jefe de la oposición y pasar la travesía del desierto. Ni sus propios mentores creían que lo conseguiría, pero en 2010 volvió a presentarse por tercera vez a ‘president’ y ganó, con 62 diputados. Durante dos años, hasta 2012, rigió los destinos de Cataluña con el inestimable apoyo del PP de Alicia Sánchez-Camacho, hasta que rompieron peras.

El 20 de septiembre de 2012, una reunión en el Palacio de la Moncloa con Mariano Rajoy acabó como el rosario de la aurora. El gallego no quiso ni escuchar lo que le tenía que decir Mas (su principal petición era abrir la negociación para un pacto fiscal). Ese año, se ensayó con éxito una nueva fórmula de movilización social: las formaciones independentistas y el Gobierno catalán estimularon desde la sombra la acción en la calle, pero con la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural como referentes sociales. El experimento salió bien.

Artur Mas vio que podía movilizar a gente sin que lo pareciese, así que convocó alecciones anticipadas y cambió el programa electoral de Convergència para que el veterano partido de Pujol abrazase el independentismo y la secesión como meta a corto plazo. Ahí comenzó la debacle. Mas logró solo 50 diputados, 12 menos de los que tenía. La inestabilidad del Gobierno fue tal que en 2015 tuvo que convocar nuevas elecciones. Las encuestas le auguraban poco más de 30 escaños, por lo que maniobró para forzar una candidatura conjunta con ERC, a la que llamó Junts pel Sí (JxS).

La encerrona a ERC

La materialización de esa candidatura es casi estrambótica: citó a Oriol Junqueras y a Marta Rovira a las 9:30 en su despacho del Palau de la Generalitat. Cuando los líderes republicanos llegaron, se encontraron dentro del despacho a Mas con Jordi Sànchez (recién elegido presidente de la ANC), Muriel Casals (presidenta de Òmnium) y Josep Maria Vila d’Abadal (presidente de la Asociación de Municipios Independentistas). Les pusieron el documento del pacto en la mesa. No había opción: o ERC firmaba o los demás la acusarían de haber dinamitado la unidad del independentismo y, por ende, la única oportunidad histórica de lograr la separación de España. Pero si en las anteriores elecciones CiU tenía 50 y ERC 21 diputados, en esas elecciones, las dos fuerzas juntas más los agentes civiles de ANC y Òmnium lograron solo 62 escaños, los mismos que tenía CiU en solitario un lustro antes. Artur Mas, pues, había ido de ‘victoria’ en ‘victoria’ hasta el desastre final.

Por si fuera poco, la broma del ‘pseudoreferéndum’ del 9 de noviembre de 2014 le supuso ya una condena a dos años de inhabilitación y al pago de una multa de 5,2 millones de euros, que fueron los gastos ocasionados por aquella consulta ilegal. Ante la falta de pago, el Tribunal de Cuentas abordó recientemente el embargo de la vivienda de Mas, en pleno centro de Barcelona. Y además, hoy, ha recibido la notificación de que está siendo investigado por el referéndum ilegal del 1 de octubre.

Amigos para siempre

Respecto a su partido, las cosas incluso fueron mucho peor. Los escándalos económicos que sacudieron a Convergència en los últimos años hacen sonrojar a las mismísimas estatuas del Parlament. Durante el tripartito, fueron juzgados y condenados importantes dirigentes convergentes y de UDC por desvío de fondos durante las etapas de gobierno de Jordi Pujol. En el año 2005, comenzaron a extenderse los rumores de las mordidas del 3% que cobraba Convergència a los adjudicatarios de obras públicas. Fue en esa etapa en la que estalló el caso Adigsa, en el que fueron imputados todos menos el presidente de la entidad. Y, cosa curiosa: quien exoneró al prohombre de CDC (fue alcaldable de CiU en Badalona en varias ocasiones) fue Núria Bassols, jueza que luego sería fichada por Artur Mas como comisionada de transparencia en la Generalitat, con un salario de 108.000 euros anuales.

El marido de la jueza, Josep Manuel Bassols, que había sido el hombre que manejó las finanzas de varias campañas electorales de CiU en Girona, fue detenido más tarde en el marco del caso 3%, que investiga un juez de El Vendrell. Junto a Bassols, fueron detenidos empresarios, dirigentes de Convergència y, especialmente, dos de sus tesoreros, Daniel Osàcar (ya implicado en el caso Palau) y Andreu Viloca. Luego caería el otrora mano derecha de Artur Mas cuando era ‘conseller en cap’, Antoni Vives.

Poco antes de este escándalo, se descubrió el caso ITV, en el que se vio implicado Oriol Pujol, secretario general de CDC y presidente de su grupo parlamentario. Pujol (que reconoció sus cargos ante la Fiscalía y para quien piden ahora penas de cárcel) tuvo que dimitir como secretario general de CDC. Pocos días después, el presidente honorífico, Jordi Pujol i Soley, reconocía que la familia había tenido cuentas secretas en Andorra desde inicios de los ochenta. Y dimitió también de su cargo. El primogénito de la saga (e íntimo de Artur Mas), Jordi Pujol Ferrusola, ingresó finalmente en la cárcel, de la que salió hace escasos días con fianza. No fueron los únicos casos: Xavier Crespo, exalcalde de Lloret de Mar, fue condenado por sus relaciones con la mafia rusa. Paralelamente, hay investigaciones en marcha sobre negocios donde aparecen familiares de Artur Mas vinculados a empresas con millonarias adjudicaciones de la Administración catalana durante los últimos años.

Cómo borrar las huellas

La imagen de Convergència vinculada a la corrupción se completa con el papel del partido en el caso Palau de la Música: se acusa a CDC de haber cobrado comisiones a Ferrovial a través de esta institución musical. La constructora pagaba religiosamente el 4% de la obra adjudicada,. De ese porcentaje, el 1,5% se lo quedaba el corrupto Fèlix Millet (presidente del Palau, que era el intermediario) y el 2,5% restante acababa en las arcas del partido. Paralelamente a este caso, también fueron detenidos dos prohombres de CDC en el denominado caso Pretoria: Lluís Prenafeta y Macià Alavedra, intermediarios y comisionistas en operaciones de recalificaciones de terrenos.

Los escándalos de los Pujol, del Palau de la Música y las detenciones de los tesoreros llevaron a Artur Mas a intentar borrar su vinculación con Convergència, hasta el punto de que cambió la sede social del partido, le cambió el nombre (por cierto, un nombre que, en primera instancia, fue rechazado por los militantes) y cambió su cúpula. No fue suficiente. El PDeCAT eliminó el nombre de Convergència de su logotipo, pero el inconfundible aroma de las viejas estructuras sigue estando presente en la nueva formación. Al menos, el presidente del PDeCAT, la persona que ostenta la máxima representatividad, sigue siendo el mismo que el de Convergència: Artur Mas. Lo único que no puede ocultar es que desde principios de este siglo él fue el único que rigió los destinos de Convergència. Nadie le hacía sombra. Y eso que, en marzo del año pasado, ante el Parlament, Mas se excusó diciendo que él no controlaba las finanzas de su partido durante esa época. ¡Vivir para ver!

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