Elecciones Cataluña 2017: Gana Arrimadas, vence Puigdemont: histórica (y amarga) victoria de Ciudadanos
los independentistas, en manos de la cup

Gana Arrimadas, vence Puigdemont: histórica (y amarga) victoria de Ciudadanos

Ciudadanos ha ganado en votos, escaños y porcentaje las elecciones de Cataluña este 21-D, pero no podrá formar Gobierno. La mayoría absoluta sigue en manos soberanistas

Foto: El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la candidata a la presidencia de la Generalitat, Inés Arrimadas, celebran su victoria. (EFE)
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la candidata a la presidencia de la Generalitat, Inés Arrimadas, celebran su victoria. (EFE)

Lampedusa tenía razón: hay que cambiarlo todo para que nada cambie. En Cataluña ha habido elecciones y, por primera vez, un partido netamente españolista (Ciudadanos) se alzó con la victoria, al obtener 1.097.182 votos, el 25,35% de los sufragios y 37 escaños. Es una victoria histórica de Inés Arrimadas, porque nadie habría apostado nunca a que una formación joven, que hasta no hace muchos años era casi residual y que, además, se ufana de ser españolista, pudiese barrer al nacionalismo en su feudo. Pero, a pesar de ello, todo seguirá más o menos igual: la única mayoría absoluta que permite vislumbrar un Gobierno en la próxima legislatura es la del independentismo, con JxCAT a la cabeza, ERC y la CUP. Por tanto, gana Arrimadas pero vence Carles Puigdemont. Una victoria pírrica.

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Es cierto que el independentismo ganó votos, pero perdió porcentaje de adeptos y perdió escaños. La lista del 'expresident' quedó primera en la particular carrera por levantar la antorcha del soberanismo: 34 escaños frente a los 32 de ERC. Los secesionistas copan 70 de los 135 escaños parlamentarios. Otra cosa es que haya la estabilidad necesaria para gobernar, porque, aunque el 'expresident' fugado llegue a un acuerdo con Oriol Junqueras (ERC), entre ambos suman 66 escaños, cuando la mayoría absoluta se sitúa en 68. Y la CUP solo permitirá la investidura de un ‘president’ que implemente la república, asuma su plan de choque social y se niegue a abrir cualquier diálogo con el Gobierno español. Todo en manos, otra vez, de los antisistema.

El candidato que más posibilidades tiene de ocupar el sillón del Palau de la Generalitat es Puigdemont, que hasta hace poco más de un mes estaba desahuciado. El ‘expresident’ huido en Bélgica supo dar un vuelco a las encuestas y desbancar a su principal rival, Oriol Junqueras, preso en Estremera. Aun así, lo tiene difícil: si no consigue el visto bueno de la CUP, está condenado al fracaso y se habrán de convocar nuevas elecciones para la primavera que viene. El motivo es que, si los anticapitalistas no hincan la rodilla (y no parece que lo vayan a hacer), el único socio que le queda para poder gobernar es Catalunya En Comú Podem (CECP), que encabeza Xavier Domènech y que ya ha dicho que no piensa investir a Puigdemont porque es un político de derechas. Tampoco permitirá la investidura de Arrimadas por lo mismo. Cataluña se encuentra otra vez en un callejón sin salida. El pueblo catalán, pues, lleva en el pecado su penitencia: si los posicionamientos políticos no se mueven, a comienzos de abril se deberá disolver el Parlament y se convocarán nuevos comicios.

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Puñalada constitucionalista al PP

Pero estas elecciones ya han dejado su residuo histórico. El voto útil apuñaló al PP en el histórico 21-D, aunque eso no fuese suficiente para desbancar al independentismo de su pedestal. En realidad, los peores temores de los independentistas se hicieron realidad y Ciudadanos se coronó como el partido más votado en estos comicios. Inés Arrimadas había obtenido 736.364 sufragios en 2015 y ahora cosechó casi 300.000 votos más, lo que representa una victoria incontestable... Pero insuficiente por el raquítico crecimiento del PSC (17 escaños cuando fijaba el mínimo en 20) y el hundimiento total del PP de García Albiol, de 11 escaños a tres y quedarse sin grupo propio.

La victoria de Ciudadanos tuvo sus particulares víctimas: el partido que encabeza Inés Arrimadas creció espectacularmente gracias a los votos robados a populares y socialistas, especialmente en el cinturón industrial de Barcelona. El voto oculto, en esta ocasión, se agazapaba tras las siglas naranjas y no las del PP. “Hoy es un día malo para el PP y para el futuro de Cataluña —se disculpó el líder popular, Xavier García Albiol, tras conocer los resultados—. Han fracasado los que apelaban al voto útil, porque no hemos sido capaces de sumar una mayoría constitucionalista alternativa al independentismo”.

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En parte tenía razón: el batacazo más importante fue el del PP, que pasa de 11 a tres diputados. Pero Ciudadanos cumplió y superó las expectativas, mientras que los populares se hundían y los socialistas apenas crecían: Miquel Iceta pasó de los 523.283 votos de 2015 a algo más de 600.000 en estos comicios, suficientes solo para sumar un escaño más a su grupo parlamentario (tenía 16 y pasa a tener 17).

El ‘común’ Xavier Domènech, de Catalunya en Comú-Podem (CECP), por su parte, baja de 11 a ocho diputados y, lo que es peor, los comunes ya son irrelevantes: no son la llave como en la pasada legislatura. La onda sísmica del fiasco tendrá su reflejo no solo en Cataluña para Ada Colau —el resultado de hoy es un serio aviso para las municipales de 2019— sino también para Pablo Iglesias y los críticos que esperan empezar a pasarle factura.

En el otro extremo, la CUP también pasa de 10 a cuatro escaños, por lo que ni los anticapitalistas ni los populares podrán formar grupo parlamentario propio, ya que no tienen los cinco diputados reglamentarios. Por tanto, compartirán Grupo Mixto. Pero, en realidad, las cosas no cambian mucho, aunque la lectura que ha de hacerse es radicalmente diferente a la que se había hecho en la legislatura anterior.

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Con este panorama, el bloque independentista sigue sumando la mayoría absoluta en escaños. JxS y la CUP tenían antes 72 escaños y ahora, separados entre ERC y JxCAT se conforman con 70, en cualquier caso suficientes. JxS se presentó dividida a estas elecciones por un sentido de estrategia: había gente de ERC que no votaba porque su partido iba con el PDeCAT y había gente del PDeCAT que no votaba porque iba en coalición con ERC. Por separado, esperaban aprovechar todos esos votos descontentos, tal y como reconocían a El Confidencial dirigentes convergentes y republicanos. Y lo consiguieron: los 62 escaños de JxS se convirtieron en 34 escaños para Puigdemont y 32 para Oriol Junqueras.

Los independentistas tienen razón en una cosa al sacar pecho: Puigdemont acaparó más de 940.000 votos frente a los 929.000 de Junqueras. En total, más de 1.869.000 votos, cuando Junts pel Sí solo había obtenido 1.628.714 sufragios en las anteriores elecciones. En otras palabras: arañaron dos escaños más al espectro político. La lectura es muy simple: los dos grandes partidos independentistas ganaron escaños y votos, lo que les da oxígeno ante la cruda realidad de que un partido constitucionalista les ganase las elecciones. Pero salvan la cara ante sus electores. No arrasaron, pero mantuvieron el tipo e incluso crecieron en votos y escaños.

Descenso continuo del independentismo

Pero a esa victoria se le ha de añadir el descalabro de la CUP, que perdió seis de los 10 escaños, por lo que el resultado final es que el bloque independentista cuenta con 70 escaños en vez de los 72 de que disponía hasta ahora. Los antisistema pasaron de más de 337.000 votos a 193.000, lo que significa un varapalo importante. Eso sí, siguen siendo —al contrario que los comunes— igualmente de imprescindibles para formar Gobierno. Sus cuatro diputados pueden marcar la hoja de ruta o romper la baraja rumbo a otras elecciones.

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En realidad, el descenso del bloque secesionista ha sido continuo: en el año 2012, la suma de escaños de CiU, ERC y la CUP era de 74, que luego pasaron a 72 y ahora se sitúan en 70. En 2015 obtuvieron 1.957.000 votos, y los números de 2017 son reveladores: tras dos años de intensa campaña y todas las estructuras movilizadas, el separatismo ha sumado ahora —con una participación histórica de casi el 82%— 2.062.000 votos. En el otro plato de la balanza, los sufragios de los no independentistas alcanzan algo más de 2.208.000, de los que 323.000 son de los comunes. Cierto que los independentistas siempre quieren desgajar a los podemistas de ese bloque, pero justo es reconocer que una gran parte de estos y de sus socios excomunistas no comulgan con las tesis soberanistas.

La independencia, deslegitimada

Pero si el soberanismo gana en escaños, cosa que ya tenía prevista, sufre un severo revés en cuanto a la legitimación de la independencia: la acción del Gobierno de la Generalitat y de las entidades separatistas se ha dirigido en estos últimos años a intentar obtener una mayoría del porcentaje de la población a favor de la independencia para poder justificar y legitimar su estrategia. Con el 50% de la población más un voto, se hubiera justificado cualquier iniciativa de ruptura con España, aun siendo delito flagrante. Pero esa legitimación ha quedado enterrada en estas elecciones.

Los independentistas ganan en escaños pero pierden en porcentaje de votos frente al constitucionalismo: del 47,8% del voto popular en 2015, el separatismo ha pasado ahora a alrededor del 47,5%. Eso significa que el soberanismo no ha logrado la legitimidad que esperaba en las urnas. En cambio, el conjunto del bloque que los propios independentistas denominan unionista pasa del 39,11 al 43,45% (el formado por Ciudadanos, PSC y PP), lo que representa una subida de casi cuatro puntos. Si le añadimos a los comunes (Colau, Podemos e ICV), el porcentaje del bloque no independentista suma ahora el 50,89% (en 2015, la suma era del 48,05%). En otras palabras, que el varapalo al independentismo en términos de legitimación ha sido tremendo.

Aun así, quien no se consuela es porque no quiere. “Estamos en condiciones de afirmar que el independentismo ganó las elecciones”, proclamó poco antes de las 11 de la noche el portavoz de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Agustí Alcoberro. Aseguró que la ciudadanía “revocó el 155 y la suspensión de la autonomía y ratificó la república que se votó en el referéndum del 1 de octubre. Estas elecciones han supuesto una victoria ante el golpe de Estado contra nuestra república”. La lucha entre los dos bloques vuelve a estar servida.

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