Andrés, 95 años: la vida de uno de los últimos supervivientes de la 'desbandá' de Málaga
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84 AÑOS DEL SUCESO

Andrés, 95 años: la vida de uno de los últimos supervivientes de la 'desbandá' de Málaga

El 7 de febrero de 1937 era domingo de carnaval, como hoy. El Confidencial dialoga con el niño de 11 años que huía de la ciudad, regresó enseguida... y siguió sufriendo las bombas

placeholder Foto: Andrés Moreno y su nieto Álvaro, esta semana, en Málaga. (Archivo familiar)
Andrés Moreno y su nieto Álvaro, esta semana, en Málaga. (Archivo familiar)

El 7 de febrero de hace 84 años también era domingo de carnaval, como hoy, 7 de febrero de 2021. Fue el mayor éxodo en el Mediterráneo en el siglo XX. Uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil: 300.000 personas fueron bombardeadas por la Carretera de Almería mientras huían de la ciudad de Málaga.

Andrés Moreno Lucas, de 95 años (cumplidos el 4 de enero), es uno de los últimos supervivientes de la 'desbandá'. Desde su casa de la barriada Girón de Málaga, habla con El Confidencial con una llamada de WhatsApp gracias al móvil de su nieto Álvaro, de 29 años. Tiene muy buen aspecto. De cabeza va fenomenal, exhibe un gran sentido del humor y ganas de vivir. "Le tiene un poco mosqueado el problema de la mácula que le tapa la retina, pero del resto está genial", dice su nieto. Ya empieza a hablar Andrés:

Foto: La ‘desbandá’ de febrero de 1937: éxodo en el Mediterráneo

"El refugio era una fábrica de harina que había al lado de la casa donde vivíamos. Si las sirenas sonaban significaba que los aviones nos estaban bombardeando. El refugio era un edificio fuerte y de cinco plantas. Allí nos metíamos y nada más que estábamos todos mirando al techo a ver cuándo iba a caer la bomba. Si sonaba otra vez la sirena, es que se habían ido los aviones y salíamos otra vez para la calle".

"El 'zapatones' era un hidroavión que venía casi todas las mañanas bombardeando al amanecer por la costa. Le decíamos así por la forma que tenían cuando amerizan. Y al otro le decíamos 'el molletes', que aparecía siempre a la hora de nuestro desayuno, aunque esos días apenas teníamos para comer".

placeholder Andrés Moreno y su nieto Álvaro, esta semana en Málaga. (Archivo familiar)
Andrés Moreno y su nieto Álvaro, esta semana en Málaga. (Archivo familiar)

"Así estuvimos meses. Decían que venían los moros y hacían barbaridades con la gente y estábamos 'asustaítos'. Las personas mayores estaban en el refugio y de allí no salían. Entonces y a la abuelita que había allí, digo yo la abuelita, porque a lo mejor tenían 50 años, le leía el periódico y la entretenía toda la mañana y de allí no salían las criaturas. Y nosotros, de noche, íbamos al refugio a dormir, bueno a dormir no, a intentarlo. Aquello estaba lleno de gente, con gente que no se lavaba. ¡Hay que estar muy curioso para estar limpio! [risas]".

La Málaga del niño Andrés era un ‘Paraíso en llamas’, como lo ha calificado el director José Antonio Hergueta en la cinta candidata a los Goya al mejor cortometraje. Los siete meses que abarcan desde el 18 de julio de 1936 hasta el 8 de febrero de 1937. La Málaga del niño Andrés arranca cuando su padre decide salir de la ciudad y al poco tiempo retroceden.

placeholder Una imagen de juventud de Andrés.
Una imagen de juventud de Andrés.

"Vivía con mis padres y mis dos hermanas, que tenían año y medio y tres años más que yo, por el principio de la Carretera de Cádiz [oeste de Málaga] en la zona que se llama La Isla. La noche en la que la gente empezaba a irse de la ciudad, también nos fuimos nosotros andando con lo que teníamos".

"Pero… cuando no llevábamos ni medio kilómetro, regresamos. Estaban bombardeando por todos lados. Y mi padre pensó que lo mejor era que nos volviéramos a casa".

Fue una 'desbandá' de apenas unos centenares de muertos, aunque ese infierno de metralla fue para los que se fueron y también para los que se quedaron. No hubo tregua ni paz para la población civil. Málaga era una ciudad abandonada a su suerte. El gobernador había huido y el Gobierno de la República se había desentendido totalmente.

"Mi padre era más bien socialista. Trabajaba como maquinista de ferrocarril. Se tiraba siete u ocho días por ahí trabajando sin venir a la casa para luego traer comida y dinero. A la cárcel se fue aquí todo quisqui. Él no tenía miedo de entrar en prisión o de ser fusilado. Tampoco era un hombre aficionado a la política".

Foto: Fotografía, fechada en 1936, del submarino C-3.

"Quien sí era comunista era el padre de mi mujer. Cuando vinieron las tropas de Franco ya se había largado por ahí. Ni siquiera se llevó a los hijos. Estuvo un pilón de tiempo fuera, no se sabía dónde estaba. Apareció tiempo después en Orange (Francia). Es verdad que todo el mundo parecía que era comunista. En el periódico se leía que los moros hacían no sé qué con las mujeres, con los niños, que mataban a la gente… En fin, barbaridades de esas".

Rosa Alcántara, su mujer. La conoció entrando en el refugio.

placeholder Foto: Archivo familiar.
Foto: Archivo familiar.

"Íbamos corriendo y se cayó en la misma puerta. Se estropeó la rodilla. Busqué una botella de agua porque entonces no había nadie que curara las heridas. Y desde ese momento estuvimos juntos hasta que Rosa falleció con 72 años. Era lo más bueno que había encima de la tierra".

Andrés (dos hijas y un hijo; dos nietos y una nieta y dos bisnietas) pertenece a una longeva saga de ferroviarios. Su abuelo ya era maquinista y su nieto, tras haberse formado como ingeniero en diseño industrial y desarrollo del producto, especializado en diseño mecánico de prototipos, también prepara actualmente las próximas oposiciones de Renfe. "Sé que le hará una grandísima ilusión que yo siga sus pasos, espero conseguirlo y que él lo pueda ver con sus ojos", dice Álvaro.

placeholder Participantes de la I Marcha de senderismo por las víctimas de 'la Desbandá', organizado por la Federación Andaluza de Montañismo, en 2017 (EFE).
Participantes de la I Marcha de senderismo por las víctimas de 'la Desbandá', organizado por la Federación Andaluza de Montañismo, en 2017 (EFE).

"Como mi padre era maquinista e iba por los pueblos, entre lo que podía comprar y lo que podía rapiñar en los árboles, teníamos un poquito más de comida, pero pasábamos una cosa mala de hambre… ¡Mucha hambre! Luego después de la Guerra Civil, en la posguerra, había todos los días colas para conseguir el pan. Me levantaba a las dos o tres de la mañana para irme a la cola del pan y a lo mejor cuando llegaba al mostrador me decían: 'Ya no hay pan'. Y me caía cada lágrima… ¡si yo no sé cómo estoy vivo con tantas cosas que hemos pasado… muchas, muchas, muchas! Y he trabajado mucho".

"Primero entré de mecánico de ferrocarriles con las máquinas de vapor en la escuela de aprendices de Ferrocarriles Andaluces antes de convertirse en Renfe, luego ayudante y luego oficial hasta que cambiaron el vapor por el diésel y en vez de hacernos unos cursos (éramos mecánicos y sabíamos hacer de todo) nos decían que nos iban a echar. Trabajé en un taller de cerrajero y de aluminio, carpintería metálica y cuando vino el aluminio, pues también. De hierros no me puede engañar nadie. Ja, ja".

"Mi madre era la mujer más buena del mundo y religiosa de las de verdad; se quitaba su plato de comida para dárselo a quien se lo pedía"

Sus hermanas se llamaban Aurora y Lola, como su madre. 'Mamálola', le llamaban en el barrio. "Era la mujer más buena del mundo. Tiene que estar en el cielo. Era religiosa de las de verdad, se quitaba su plato de comida para dárselo a quien se lo pedía. No hablaba mal de nadie y era extraordinaria".

"Mi abuela y mis tíos emigraron a la Argentina, pero mi padre no quiso que nos fuéramos porque sabía que allí no había toros y como era muy aficionado a los toros, un aficionado bárbaro, pues no fuimos. Yo no sé cómo no fue torero, bueno, sí lo sé: ¡no tenía cuerpo de torero".

— ¿Cómo era la Málaga de 1937?

— ¡Sí yo no salía del barrio! Sí me acuerdo que cuando empezó la Guerra Civil una vecina me llevó a la playa junto a sus dos hijos. Se inició un tiroteo y me dijo: 'Vámonos, vámonos'. Luego vino un matrimonio muy amigo de mis padres. El hombre era ya mayor y dijo: 'No preocuparos. Esto se acaba pronto. Ha sido una refriega que hay…' y así tres años. Ahora también hay tantas cosas malas, tanta gente tan granuja y tan sinvergüenza que todavía es peor.

Foto: La nueva placa en homenaje a Norman Bethune colocada esta semana en el Paseo de los Canadienses de Málaga. (Agustín Rivera)

Andrés sueña con el trabajo, con la familia, con sitios en los que nunca ha estado. Sueña a diario, sueñas muchas cosas. De la guerra ya no sueña. Toda la gente con la que sueña está muerta. Y recuerda que cuando sale a la calle no se encuentra ningún amigo. "¡Cómo me voy a encontrar a algún amigo! Todos los amigos, como mínimo, les llevo 10 años".

"¿El covid? Bueno, yo estoy confinado en la casa y no me atrevo a irme a la calle. Primero porque no veo bien y luego me agobia la mascarilla. Y con tanto miedo como hay de que a los mayores les ataca más el bicho no me atrevo ni a salir".

— ¿Pensaba que llegaría a cumplir 95 años?

— Nunca he pensado en eso. Ya cuando murió mi mujer pensé que también me iba a llegar la hora. No tengo enfermedades. Solo tengo un marcapasos. Me lo pusieron cuando tuve una angina de pecho. Fue una vez al médico de Urgencias porque tenía muchos dolores en el vientre. Era un hombre finito, poquita cosa. Me tumbó en la camilla y cuando me hizo la receta, me dijo: "Ahora le voy a pedir un favor". "Usted dirá", le contesté. "Qué me dé la fórmula para tener 90 años y estar como está". Nadie me echa la edad que tengo yo nunca.

En el Hogar del Jubilado de su barrio, "dominaba el dominó", se enorgullece con guiño al juego de palabras

Come de todo, le gustan las cosas frescas. Mientras ha podido iba al mercado del barrio de Huelin a comprar pescado y carne fresca y el vasito de vino tinto con la comida "la mejor medicina que hay". Tampoco sale para jugar su partida de dominó. En el Hogar del Jubilado, "dominaba el dominó", se enorgullece con guiño al juego de palabras.

Habla su nieto: "Mi abuelo es un ejemplo a seguir, es una persona activa a su edad, porque nunca ha dejado de serlo. Es alguien muy educado y correcto al que todo el mundo quiere, nunca tiene una mala palabra, al contrario. Si algo tengo que destacar es un grandísimo sentido del humor que transmite alegría a quienes lo rodean y es raro si no te saca una carcajada".

placeholder Marcha en recuerdo de la 'desbandá' en febrero de 2020 a su paso por el barrio de El Palo. (EFE)
Marcha en recuerdo de la 'desbandá' en febrero de 2020 a su paso por el barrio de El Palo. (EFE)

"Para mí, más que mi abuelo es como un amigo. Solemos ver los partidos del Málaga y del Real Madrid. Un sueño por cumplir es poder ver un partido de Champions del Real Madrid en el Santiago Bernabéu junto a mi abuelo y sé que para él también lo es". Andrés atesoraba mucho talento para el fútbol. Jugaba de mediocentro, aunque su padre intentó que no lo practicara. Entonces iba a la Iglesia a pedirle a Dios que pudiera practicar su pasión. Se llegó a comprar unas botas de fútbol que le costaron 50 pesetas de la época. Estuvo un par de meses sin ir al cine ni yendo a ningún bar, ahorrando para esas botas. "Me decían que me parecía en el juego a Beckenbauer".

— ¿Qué le parece que se siga recordando la 'desbandá'?

— Eso ya lo ha olvidado casi todo el mundo. Ya no hay tantos mayores que se acuerden de la Guerra Civil.

"Gracias, gracias. Ya no cuento más cosas, que no me acuerdo". Sonríe, ríe y saluda a la cámara del móvil.

Andrés sí se seguirá acordando del refugio; y de Rosa, la niña que se hizo una herida en la rodilla.

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