tardó siete años en construirlo

La historia del mayor monumento a Colón del mundo y el médico catalán que lo levantó

Con la vista puesta en el V Centenario del descubrimiento de América, Esteban Martín construyó un castillo para "hacer el homenaje al hito histórico que nadie se atrevería a hacer"

Si pinchan sobre el video que encabeza estas líneas verán un conjunto de edificios extrañísimo, a priori incomprensible, fruto de siete años de trabajo incansable de un hombre y sus dos ayudantes. Lo que verán no es ni un castillo, ni una fortaleza, ni un museo, ni un hotel, sino la mayor dedicatoria jamás hecha en el mundo a Cristóbal Colón y la historia del descubrimiento de América.

Corría el año 1987 cuando un ginecólogo catalán, el doctor Esteban Martín Martín, decidía poner la primera piedra de lo que bautizó como el Monumento de Colomares. Aprovechando que se acercaba 1992 y el V Centenario del descubrimiento de América, Martín quiso hacer el homenaje que la efeméride meritaba y que, según él, nadie más se molestaría en hacer. Y no escatimó en inventiva.

De aquel desafío personal ha quedado un “fantabuloso” conjunto arquitectónico, rico en excesos, que reposa sobre un privilegiado balcón al mar de Benalmádena y que apunta intencionadamente hacia el oeste. Hacia América.

Cuesta creer que entre tres hombres levantaran esta serie de mastodontes en los que se combina con alegría lo gótico, lo románico, lo mudéjar y lo bizantino y de los que sobresalen réplicas enormes de la Pinta, la Niña y la Santa María, así como torreones de 30 metros que igual están coronados al estilo de una pagoda china, que lucen una estrella de David.

“Esta es una construcción fruto de la improvisación y la espontaneidad más absolutas”, explica Carlos Martín, el hijo del doctor Martín y continuador del legado de su padre. “Mi padre no tenía un plan. No quiso hacer apología de nada en especial. Él quiso dejar un libro levantado en piedra. El libro de la historia, de los hechos, no de lo que él opinaba, o de lo que se quiera entender.”

Aunque el doctor, finalmente, si metió algo de opinión en su “libro”. Martín defendía el origen mallorquín de Colón y así lo dejó firmado, con la versión catalana del nombre, Colom, en el interior del edificio principal. “Bueno, yo, como historiador, no estoy de acuerdo con mi padre. Soy de la visión genovesa de la historia y creo que eso es un exceso por su parte”.

El gran patriota que no sabía que lo era

El doctor Martín era ya un señor mayor cuando enfrentó su gran obra. Nacido en 1926, se licenció en Valladolid a mediados de los 40 y se marchó a Estados Unidos. Fue un auténtico emprendedor. Un hombre avanzado, de sobresaliente en la facultad y un visionario.

En Chicago se labró una carrera, primero ocupándose en distintas clínicas en las que se dedicaba a atender a población latinoamericana. Y con los años, abriendo su propia clínica, que prosperaría de tal manera, que le permitiría incorporarse al negocio de las inversiones inmobiliarias y construir una pequeña fortuna.

“Era la época dorada para hacer dinero en Estados Unidos, durante los años 50 y 60. Pero por mucho que vivía y aprovechaba lo que allí se le daba, siempre echaba de menos España”, comenta Carlos.

Le reconcomía el complejo de los españoles y sus instituciones con la leyenda negra de la conquista de América

Además, cada 12 de octubre, su visión de la celebración de la Hispanidad chocaba con la de los norteamericanos y latinoamericanos. “Hay que tener en cuenta que mi padre vivió con Primo de Rivera, estudió en la II República y se licenció con la dictadura franquista. Así que el conocimiento de los logros del imperio lo tenía muy aprendido”, argumenta Carlos.

“En Norteamérica priman mucho el individualismo y a los pioneros. Y lo que celebran es el Columbus Day, el día de Cristóbal Colón, como si lo hubiera hecho sólo él. Obvian el resto de hechos y personajes históricos y, por supuesto, a la corona española que sufragó toda la expedición. Como si Colón se hubiera echado al mar con una barca y dos remos”, apostilla.

El monumento sin fin

Ya retirado, en 1980, Martín decide volver a España con la familia e instalarse en la parcela que había comprado 10 años antes, como inversión, en las escarpadas laderas del municipio de Benalmádena, pero sin idea de acometer ningún tipo de obra.

Mi padre sabía que llegaba el año 1992, el año del Quinto Centenario y que no habría celebración a la altura del hecho histórico

“Si es cierto que mi padre sabía que llegaba el año 1992, el año del Quinto Centenario, y sabía también que la figura de Colón y la imagen del descubrimiento y conquista de América no tendría un reconocimiento a la altura del pasaje histórico”, expone su hijo.

A Martín le reconcomía el complejo de los españoles y sus instituciones con la leyenda negra de la conquista de América. Una idea esta, la de la vergüenza de celebrar un hecho histórico clave en la Historia, que terminó por obsesionarle y empujarle a ser él quien lo conmemorara como nunca antes se había hecho.

En el pueblo se comentaba que había unos locos que estaban construyendo no sé sabía qué para Colón

Metido en 1987, Martín contactó con dos maestros canteros para que le ayudaran. Se pusieron a trabajar, día y noche, con la meta puesta en las celebraciones del año 1992. Los vecinos de Benalmádena que por allí se asomaban no entendían nada. Se comentaba que había unos locos que estaban haciendo no se sabía qué cosa para Colón.

Allí veían a tres tipos, vestidos de blanco, juntando piedras, encaramados en andamios de vértigo, trabajando a escape en una construcción que no terminaba de tener un fin claro, que no serviría para nada. Nadie lo entendía.

Ni siquiera Carlos, que correteaba por allí, junto con su hermana, ajeno a todo lo que su padre andaba proyectando en esos muros y a los comentarios de los vecinos. "Era chico. Para mí era solo un lugar donde mi padre se pasaba las horas. Había arena y ladrillos y me gustaba para jugar. Él tampoco me daba la paliza con nada”.

En 1994, casi arruinado, el doctor Martín tuvo que abandonar. Allí se había dejado el ingenio, las manos, las horas familiares y prácticamente todo su dinero en pos de tallar lo que él quería que fuera su libro de historia en piedra. Lo hizo rápido. Como el que se obliga a olvidar para no sufrir, dejando tras de sí más una escombrera que un monumento glorioso.

Tras su fallecimiento en 2001, Carlos y su madre decidieron retomar y dignificar aquel agujero de tiempo y dinero que había dejado Esteban. “Tuvimos no solo que arreglarlo para que se pudiera visitar, sino que tuvimos que llenarlo de contenido, para que se entendiera. Ha sido un esfuerzo de años para darle, al fin, una finalidad al edificio y que quienes lo visiten lo vean como el libro en piedra que mi padre quiso hacer”.

Pero en el desorden y el abandono, el doctor Martín no solo dejó 1.500 metros cuadrados de homenaje colombino, sino que dio a luz a la iglesia más pequeña del mundo, con 1,98 metros cuadrados, dedicada a Santa Isabel de Hungría y reconocida así, en su día, por el Libro Guinness de los Récords.

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