El artífice del éxito en las escuelas: "Los jóvenes me han decepcionado mucho"
  1. España
entrevista al epidemiólogo quique bassat

El artífice del éxito en las escuelas: "Los jóvenes me han decepcionado mucho"

Bassat, pediatra y epidemiólogo, coordinó a los expertos que asesoraron al Gobierno para el inicio del curso escolar. 10 meses después, ha sido nuestro mayor logro ante el virus

placeholder Foto: Quique Bassat, pediatra y epidemiólogo.
Quique Bassat, pediatra y epidemiólogo.

Quique Bassat (Barcelona, 1974) es pediatra y epidemiólogo del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), donde dirige el programa de malaria. Con menor exposición que otros colegas, Bassat es el artífice del mayor éxito de España como país durante la pandemia: mantener las escuelas abiertas durante todo el curso. Lo ha hecho como coordinador del Grupo de Trabajo de la Asociación Española de Pediatría (AEP) para la Reapertura de la Escolarización, que asesoró al Gobierno el pasado verano sobre cómo reabrir los centros educativos y ha seguido dando recomendaciones.

El plan se basó en dos pilares: grupos burbuja reducidos y aislamiento preventivo de toda la clase ante un caso positivo. Bassat ya había confirmado a través del estudio de varios campamentos de verano en julio y agosto que la vuelta al cole, entonces un asunto de alto voltaje político y social, era posible. El Ministerio de Educación atendió las propuestas de la AEP y las integró en su plan maestro. Con el fin del curso escolar esta semana, ya se puede hablar de éxito rotundo.

Foto: jovenes-poscovid-millennials-centennials-bra

PREGUNTA. Quién lo hubiera dicho el pasado agosto: los niños han podido completar el curso escolar sin mayores traumas.

RESPUESTA. Ha funcionado muy bien, podemos estar orgullosos porque somos, en parte, el país modelo en Europa y en otras partes del mundo de cómo organizar una vuelta a la escuela segura para alumnos y profesores. Los números nos dan la razón. En cualquier semana del curso 2020-2021, ha habido menos de un 1% de alumnos afectados, la mayoría alumnos en aislamiento preceptivo y muy pocos positivos en covid-19. La conclusión principal, que confirma la hipótesis de trabajo cuando hicimos las recomendaciones al Gobierno al inicio del curso, es que los niños son poco efectivos a la hora de transmitir el virus, y que si combinas eso con una estrategia de prevención, las escuelas pueden funcionar sin que sea la catástrofe que se anunciaba.

P. ¿Por qué Europa no ha hecho lo mismo?

R. No hemos hecho más que aplicar el sentido común. La diferencia es que nosotros hemos tenido la valentía y hemos aguantado la presión social al mantener las escuelas abiertas con incidencias superiores a 1.000 casos por 100.000 habitantes, y cualquier otro país europeo las ha cerrado ante incidencias parecidas. Fuimos muy pesados en que si nuestra hipótesis de trabajo era correcta, incluso con incidencias tan altas deberíamos poder mantener las escuelas abiertas, y la realidad lo ha confirmado.

placeholder Un grupo de niños juega con distancia en un patio escolar. (EFE)
Un grupo de niños juega con distancia en un patio escolar. (EFE)

P. Los grupos burbuja han sido la clave.

R. Sí, y no son más que una copia de lo que hicieron los daneses al principio de todo. Dinamarca fue uno de los pocos países europeos que mantuvieron las escuelas abiertas entre marzo y junio de 2020, y nosotros nos inspiramos en su ejemplo. Ellos tuvieron incidencias más bajas, pero lo de las burbujas nos parecía una idea muy buena y no era difícil de implementar. Luego, curiosamente, ellos sí han cerrado las escuelas en la segunda y tercera ola y nosotros, habiendo aprendido del primer trimestre del curso, propusimos mantenerlas abiertas con la incidencia disparada en enero.

P. Un poco sí se la jugaron.

R. Habíamos demostrado en estudios en campamentos de verano en Barcelona que, con unas correctas medidas de prevención, los niños transmiten muy poco. El gran mérito es de los profesores, que han asumido unas responsabilidades que exceden su trabajo. Han controlado las temperaturas, garantizado la higiene, vigilado que se llevaran bien mascarillas, han ventilado las clases... Los padres también han entendido que no pueden enviar al niño enfermo a clase, no le puedes dar el chupito de Dalsy y, como hemos hecho todos los inviernos anteriores, pensar que ya le bajará la fiebre. Aquí todo el mundo ha sido más cauto.

"El gran mérito es de los profesores, que han asumido unas responsabilidades que exceden su trabajo"

P. Usted coordinó el grupo de trabajo de la Asociación Española de Pediatría (AEP) que asesoró al Gobierno en el plan de vuelta a los colegios. ¿Fue fácil convencerlos de aplicar el sistema de burbujas y aislamiento preventivo?

R. En general, hubo buena sintonía y se nos ha escuchado, cosa que en otros sectores ha sido más difícil. Sí hubo que insistir en las burbujas porque eso tenía unos costes, no puedes hacer un sistema de burbujas sin contratar a más profesorado. Esa decisión, que fue valiente por parte del Gobierno, implicó tener que rascarse el bolsillo para reducir las ratios de cada grupo burbuja.

P. Menos mal que la estrategia de los colegios ha funcionado, porque en agosto pasado había millones de padres subiéndose por las paredes y amenazando con un conato de revuelta social si no reabrían las escuelas. La conciliación laboral habría sido casi imposible.

R. También hubo un estallido de protesta social contraria, nos decían que íbamos a poner a sus hijos en peligro, a mí me han amenazado unas cuantas veces por defender la vuelta al cole. Pero sí es cierto que después de un confinamiento muy estricto, en el que los padres lo hemos llevado peor por estar en casa atrapados con los niños, teniendo que ayudarles a hacer los deberes además de hacer nuestro trabajo, nos ha ido muy bien que el curso se haya completado. Y también se lo debíamos a los niños después de haberlos ninguneado tanto durante el confinamiento estricto. Quienes peor lo pasaron fueron ellos.

placeholder Una maestra desinfecta las manos de un alumno en un colegio de Barcelona. (EFE)
Una maestra desinfecta las manos de un alumno en un colegio de Barcelona. (EFE)

P. Entonces ¿empezamos el próximo curso en septiembre igual?

R. Desde la AEP ya hemos publicado nuestras recomendaciones. Proponemos mantenerlo todo igual. Lo único que vemos distinto es la intención del Ministerio de Educación de simplificar el tamaño de las burbujas, porque eso tiene unas implicaciones de costes importantes, ya que hay que contratar a más profesorado y ahora sabemos que tiene relativamente menos importancia el tamaño del grupo burbuja de lo que pensábamos al inicio del año pasado. De momento, mantenemos mascarillas recomendadas en el interior de las escuelas aunque se quiten en las calles, por lo menos hasta que no estén vacuandos los adolescentes o baje mucho la transmisión.

P. ¿Los famosos 25 casos por 100.000 habitantes?

R. Exacto. Es un valor aleatorio, pero parece razonable.

P. ¿Qué hacemos con los niños y adolescentes ahora que no hay colegio y siguen sin vacunar? Sobre todo el grupo de 12 a 18 años que, como cada verano, se pasará el día en la calle, y los más mayores muchas noches de botellón y sin mascarillas.

R. Me preocupa, igual que me preocupó en Navidad. Hubo un pico de transmisión en los niños que se notó en la primera semana de clase. Fue el momento con mayor número de clases confinadas. Pasó igual el verano pasado y ya lo estamos viendo: quien mantiene hoy la transmisión en el país a pesar del buen ritmo de vacunación es el grupo de 15 a 29 años, justo por las actitudes de riesgo y porque no están vacunados. Esto seguirá así. Por eso está costando tanto bajar la incidencia.

"Quien mantiene hoy la transmisión es el grupo de 15 a 29 años, por las actitudes de riesgo y porque no están vacunados"

P. ¿El desparrame de los jóvenes tiene solución o no se puede hacer más que esperar a que sean vacunados?

R. Yo, tras el fin del estado de alarma, era muy pesimista, pensé que habría una explosión de casos que luego no ha habido. Pero seguimos con los mismos casos. Bajamos punto a punto cada día. Lo bueno es que la trascendencia clínica es tan poca que las UCI y los hospitales se están vaciando, y la percepción del riesgo a contagiarse es prácticamente nula. Los que se sentían vulnerables ya se sienten protegidos y los que se infectan tienen cuadros relativamente banales. Es el escenario perfecto para que siga habiendo transmisión, pero ahora es más aceptabe. Antes era absolutamente inaceptable que hubiera transmisión porque significaba 100 o 200 muertes diarias.

P. Damos por imposible que los jóvenes tomen conciencia, pues.

R. He echado mucho de menos un posicionamiento de los jóvenes más solidario hacia los demás. Esperaba más activismo social, que ayudaran en los peores momentos a contener el virus, por un lado, y a ayudar a los mayores, por el otro, pero no he visto nada. Me ha decepcionado mucho ver que los jóvenes, con honrosas excepciones, no se han movilizado. Al revés, son los que cada lunes salían en la tele haciendo tonterías el fin de semana. Me hubiera gustado ver a chavales de 16 o 18 años haciéndoles la compra a los ancianos aislados en sus casas, o ayudando a los sanitarios. En otras épocas, los jóvenes se han movilizado, y aquí han estado ausentes, cuando no pasotas. Un poco de solidaridad les hubiera quitado el estigma que les ha quedado tras tanta tontería.

Foto: Foto: EFE.

P. ¿Qué haría usted con la vacunación de los niños? Existe el debate de si es más sensato entregar esas vacunas a los países en desarrollo.

R. Es un falso debate, porque no es excluyente. Llevar vacunas a los países pobres es fundamental, porque si no el virus seguirá evolucionando y llegará una variante resistente a las vacunas y tendremos que volver a empezar. Pero si queremos cortar la transmisión tendremos que incluir a los adolescentes. A los niños no creo. Vacunarlos no parece una prioridad porque transmiten poco y muy pocos desarrollan enfermedad. Estamos haciendo un ejercicio de modelaje para intentar esclarecer esto. Si demostramos que vacunando a los niños tampoco iríamos mucho más rápido cortando la transmisión, entonces sí podríamos pensar en llevar todas las vacunas que nos sobran a aquellos lugares donde son más necesarias.

P. ¿Dónde marcamos el límite de edad para la vacuna, en los 12 años?

R. Probablemente por debajo de los 16 ya no tendría mucho sentido. Cuando los adolescentes estén vacunados, podremos olvidarnos de las medidas de prevención en la escuela porque se habrá acabado la transmisión.

P. ¿Y con los adultos qué hacemos? Más de un 50% de la población no tiene todavía ninguna dosis puesta y la sociedad está harta ya de las mascarillas, se percibe cierta relajación. ¿Es peligroso?

R. Lo es en el sentido de que así no interrumpiremos la transmisión. Iremos haciendo saltitos con los 3.000-4.000 casos diarios que cuesta tanto bajar.

"Será muy difícil mantener la mascarilla en interiores cuando en la calle no la lleva nadie"

P. Pues el 26 de junio se acabaron las mascarillas al aire libre. ¿Qué le parece?

R. En esto soy conservador. Me preocupa que ese día sea el pistoletazo de salida de la barra libre, el aquí ya se ha acabado todo. Y es cierto que se quita solo para exteriores, pero será muy difícil mantenerla en interiores cuando en la calle no la lleva nadie, habrá un nivel de control en interior mucho más bajo. Yo preferiría mantener la mascarilla, a nadie le gusta, pero la llevamos desde hace 15 meses y no pasa nada por llevarla hasta que la incidencia esté por debajo de 25 casos y la cobertura vacunal sea mayor. Pero es un asunto altamente politizado. No me extraña que coincida el anuncio del fin de la mascarilla con la noticia del indulto de los presos catalanes. Suele haber estas cosas de ‘te doy una buena noticia al tiempo que te doy otra mala’. Y el tema de la mascarilla es claramente una buena noticia.

placeholder La mascarilla dejará de ser obligatoria en espacios abiertos el 26 de junio. (EFE)
La mascarilla dejará de ser obligatoria en espacios abiertos el 26 de junio. (EFE)

P. Marcar la frontera entre qué es un espacio abierto y qué no lo es será complicado y será un foco clave de discusiones.

R. Y eso es lo que hace difícil vigilar que la gente haga bien las cosas. Para mí sería mejor decir ‘quitamos las mascarillas en espacios abiertos en los municipios de menos de 5.000 habitantes’. Así en ciudades grandes la mantienes y cuando vas al pueblo te la quitas. O decir ‘la quitamos en playas y parques naturales’.

P. Es decir, legislarlo de forma más concreta.

R. Es que si tú dices ‘quitamos las mascarillas en exteriores’, el día que tengas una manifestación con 2.000 personas en la calle todas juntas, nadie por ley estará obligada a llevar mascarilla.

P. El fin de la pandemia también diluye el estrellato de los epidemiólogos, que durante más de un año han sido como estrellas del rock.

R. Yo lo único que espero es que se hayan generado vocaciones de epidemiólogo, eso sí me haría ilusión. Lo del año de exposición mediática lo he visto como un divertimento y estoy encantadísimo de que se termine. Además, muchos nos dedicamos a cosas totalmente diferentes en nuestro día a día normal, yo me dedico a la malaria y enfermedades de los países pobres, llevo 15 meses haciendo dos trabajos a tiempo completo y ya me apetece volver a lo mío.

"[Entre los epidemiólogos] ha habido muchos egos, ha habido 'Simones' y gente con mucha ansia de micrófono"

P. Admitirá que en el gremio ha habido una buena lucha de egos y pullas. El caso más célebre es el de Oriol Mitjà en Cataluña.

R. Hay gente que son electrones libres y son incontrolables. Oriol es un buen amigo, fue mi primer estudiante de doctorado, un tipo muy brillante pero que ha asumido una responsabilidad que quizá no le tocaba de portavoz de muchas decisiones, una faceta ciertamente politizada. Sí ha habido muchos egos, ha habido 'Simones' y gente con mucha ansia de micrófono, y quizá me incluyo a mí mismo. Ese es el peligro de estar ahí todos los días durante meses al frente de un micrófono. A Fernando Simón le ha pasado también y él tenía un cargo oficial, que lo hace más complicado.

P. La percepción social es que el fin de la pandemia ya no tiene vuelta atrás, que, en otoño, con la gran mayoría de españoles vacunados, esto se acabó. ¿Coincide?

R. Sí, aunque no va a ser tan fácil. Ya desde que terminó el estado de alarma era el momento de avanzar hacia la interrupción total de la transmisión manteniendo las medidas más drásticas. A muchas personas les cuesta entenderlo, pero es en el último kilómetro donde tienes que hacer el mayor esfuerzo para vencer a una enfermedad infecciosa. En otras enfermedades infecciosas está clarísimo, si no te gastas dinero y haces un esfuerzo grande en el último momento te vuelve a atropellar el bicho. Pero a una sociedad tan harta de todo cómo le explicas esto, la gente vive muy al día y es incapaz de pensar qué pasará después del verano.

placeholder Una terraza de playa en este inicio de verano. (EFE)
Una terraza de playa en este inicio de verano. (EFE)

P. Es que ese último kilómetro llega justo al inicio del verano, cuando millones de personas en España se juegan su subsistencia para todo el año. Volvemos al conflicto entre economía y salud pública.

R. Pero ese es otro falso debate. Mucha gente ha sufrido mucho, pero si no tienes salud no tendrás economía, nunca te repondrás como sociedad. Habría que evaluar cuánto dinero nos cuesta mantener estos 4.000 casos diarios. Quizá es mejor un esfuerzo súper intensivo durante tres meses que ir aguantando los siguientes 14. Ese es el debate, y no hay una respuesta fácil.

P. Hemos comenzado hablando de lo que mejor ha salido, que es el curso escolar. ¿Qué es lo que peor hemos hecho como país?

R. La gestión de las residencias, sin ninguna duda. Y el confinamiento durísimo en los niños, que tiene ahora consecuencias en su salud mental. Vemos, con cierto decalaje, cómo se han doblado las consultas psiquiátricas en los hospitales pediátricos, se han doblado los intentos de suicidio en adolescentes, y eso en gran parte viene de unas condiciones durísimas impuestas a los niños durante los primeros meses. Lo hicimos por precaución, desconocíamos muchas cosas entonces, pero ha terminando siendo devastador.

Pandemia Vuelta al cole Alumnos
El redactor recomienda