"Ya hay amigos y familias que no hablan de política para no discutir, como en Cataluña"
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ENTREVISTA A JOSÉ LUIS GARCÍA DELGADO

"Ya hay amigos y familias que no hablan de política para no discutir, como en Cataluña"

El Círculo Cívico de Opinión, entidad que reúne a 48 referentes de la sociedad civil, alerta de una profunda crisis política e institucional y del peligro de caer en una democracia iliberal

Foto: "Ya hay amigos y familias que no hablan de política para no discutir, como en Cataluña"
"Ya hay amigos y familias que no hablan de política para no discutir, como en Cataluña"

José Luis García Delgado (Madrid, 1944) es catedrático de Economía Aplicada y profesor universitario. Hasta 2004 fue rector de la Universidad Menéndez Pelayo. Hoy preside el Círculo Cívico de Opinión, una asociación nacida en 2011 para dar respuestas a la grave crisis social y económica que atravesaba nuestro país. El círculo está integrado actualmente por 48 socios, todos ellos referentes de la sociedad civil, desde catedráticos a empresarios, pasando por abogados y arquitectos de renombre.

Desde su fundación, el círculo ha mantenido una actividad continua, elaborando análisis y propuestas de reforma que alcanzan los despachos en los que se toman las principales decisiones del país. Su documento más reciente se titula 'Alerta cívica: rectificar el rumbo de la democracia española', y acaso es uno de los más relevantes (y alarmantes) que han publicado hasta la fecha. Su objetivo es advertir de la demolición del sistema político en el que se han basado estos 40 años de democracia y su inflexión hacia alguna modalidad de democracia iliberal. Una deriva que se venía cociendo en los últimos años y que la pandemia ha acelerado hasta niveles alarmantes.

PREGUNTA. Ustedes suelen trabajar fuera de los focos, pero ahora dan un paso al frente para advertir de que España se asoma al precipicio.

RESPUESTA. El grupo nació en otra tesitura también muy difícil de la sociedad española, que fue finales de 2011, con elecciones generales, el recorte de la última legislatura de Zapatero… España estaba al borde de la intervención del Fondo Monetario Internacional y de la Comisión Europea. Pensamos de qué forma podíamos contribuir a los intereses generales e hicimos un grupo de opinión que detectase los problemas y aportase propuestas de superación. El primer informe fue 'España en la encrucijada', y al cabo de nueve años parece que la historia es circular, si acaso ahora más grave que entonces

P. ¿De verdad esto es más grave que el periodo 2009-2012?

R. La situación se está yendo de las manos. Se superponen una serie de planos críticos: el sanitario, el económico, que es mucho más grave de lo que se está evaluando, y una profunda crisis política. Si la emergencia sanitaria se prolonga por lo menos otros ocho o diez meses, la crisis económica será más profunda de la de 2009-2011. Y el paro no estará en el 20% sino en 25% en marzo o abril. El plano sanitario no tiene fin, nos falta muchísimo tiempo para doblegar al virus, pero ahora con menos disculpas que antes porque no hay factor sorpresa.

Mesas vacías en el primer día de confinamiento en Navarra. (EFE)
Mesas vacías en el primer día de confinamiento en Navarra. (EFE)

P. Ustedes alertan particularmente de la crisis institucional y política, una diferencia fundamental respecto a la caída de 2009.

R. Atravesamos una crisis de gobernabilidad, con cuatro elecciones generales en cinco años. Hoy se está gobernando con una mayoría en el Congreso cogida con pinzas, incoherente, porque es la suma de votos de formaciones políticas que no coinciden y que por tanto lo mismo que se sostiene se puede romper. Vivimos una crisis política en el sentido de que hay un clima de confrontación permanente, de no colaboración, de cainismo, con un espectáculo en las cámaras de representantes en el que nadie nos sentimos representados. El nivel de la moción de censura presentada por Vox, lo que vimos el martes en el Senado, esto de que si la ministra se acuesta con un machista… con el agravante de que hay una erosión institucional tremenda. En 2011 nadie ponía en cuestión los pilares básicos del Estado, el régimen democrático parlamentario. Ahora sí y eso es muy peligroso.

P. El círculo es muy categórico a la hora de señalar al Gobierno como promotor de esa erosión de los pilares del Estado.

R. El Gobierno tiene la obligación, como representante de todos los españoles, de guardar y hacer guardar el orden constitucional, es una obligación que está en su propia definición. Decir que solo una parte del Gobierno es quien erosiona no me sirve, porque eso hace responsable al Gobierno en su conjunto por dejación de funciones. Es una labor de zapa continua, deslegitimadora, ridiculizadora con la monarquía en particular, que erosionó primero la Fiscalía General del Estado, luego la monarquía y ahora el Consejo General del Poder Judicial. Es un bombardeo continuo.

Se erosionó primero la Fiscalía, luego la monarquía y ahora el Consejo General del Poder Judicial. Es un bombardeo continuo

P. Para Podemos tiene sentido atacar ciertas estructuras del estado que consideran reaccionarias. ¿Pero qué gana el PSOE, un partido que es un pilar básico del actual estado democrático, erosionando las instituciones de las que se nutre para subsistir?

R. En efecto, estos 40 años de democracia que hemos vivido no se entienden sin el PSOE. Quiero pensar que el sujeto no es el PSOE, el sujeto es el presidente del Gobierno y su Gobierno. ¿Qué gana con esto el presidente? Mantenerse en el poder.

P. No se puede separar al PSOE actual de Pedro Sánchez. Si uno es culpable, el otro también lo es.

R. Ese es uno de los problemas que tenemos, que los partidos son organizaciones absolutamente piramidales. El mecanismo de las primarias, curiosamente, ahora visto en perspectiva, en vez de ensanchar la vida democrática de los partidos ha dado todo el poder a quien gana las primarias, y desde ahí se elimina cualquier elemento de disensión o matización. Militantes del PSOE de hace muchos años me dicen que Pedro Sánchez se está haciendo el partido a su medida, y esto ocurre en todos los partidos. Los viejos socialistas no están muy a gusto, y es normal porque el PSOE es obra de ellos. La democracia española, el progreso en lo material e institucional, la interlocuión internacional… la contribución del PSOE ha sido básica en todo eso.

Pablo Casado, presidente del Partido Popular, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Pablo Casado, presidente del Partido Popular, en el Congreso de los Diputados. (EFE)

P. Se ha señalado en varias ocasiones que el Partido Popular no ha sido leal a las instituciones en un momento tan grave. Se dice que los partidos conservadores europeos han sido más generosos y han tenido más altura de miras al evitar sacar rédito político de la pandemia. También está el bloqueo desde hace dos años del Consejo General del Poder Judicial. ¿Quizá el PP también ha erosionado a su manera las instituciones?

R. Las culpas están repartidas, desde luego. El actual PP tiene una herida de partida que es la moción de censura a Mariano Rajoy, que siempre consideró torticera. Tienen esa espina clavada y eso les impide hacer una oposición mucho más constructiva. Y en una oposición no constructiva, siempre les va a ganar la partida Vox. ¿Quién no quiere sentarse, el presidente del Gobierno o el presidente del PP? No lo sé, pero el caso es que no se sientan. Y desde el círculo no pedimos un Gobierno de gran coalición, porque una democracia necesita una oposición fuerte como instancia vigilante, que ofrezca alternativas. En el momento actual, el país necesita una cultura de pacto para los grandes temas que no estamos viendo, y así no salimos del agujero. Veremos cómo se asignarán los fondos de reconstrucción europeos cuando lleguen, que por cierto vienen muy condicionados. Sin un ambiente de pacto y acuerdo eso será un galimatías.

P. La sociedad lleva meses pidiendo pactos y estos no llegan.

R. El pacto explica parte de las tres buenas décadas que ha tenido España desde principios de los 80 hasta la crisis de 2009. En esos años hubo un triángulo virtuoso: estabilidad, cultura de acuerdo entre patronales, sindicatos y grandes fuerzas políticas en temas básicos como combate del terrorismo, sanidad, pensiones… y un tercer vértice era Europa, que facilitaba los acuerdos porque era un objetivo común. Europa procuraba estabilidad. Ahora sigue estando Europa como instancia disciplinante, pero nos faltan los otros dos vértices: no hay cultura del acuerdo y, por lo tanto, no hay estabilidad. Lo demuestran cuatro elecciones generales en cinco años y un Gobierno sostenido por formaciones antitéticas que se sostiene por un voto. España no transmite una sensación a nivel internacional de estabilidad en absoluto. Se nota ya en el mundo de las grandes empresas e inversores.

España no transmite una sensación a nivel internacional de estabilidad. Se nota ya en el mundo de las grandes empresas e inversores

P. ¿Se nota la desconfianza en los inversores extranjeros?

R. Se percibe que hay un elemento de incertidumbre mayor que en otros países que son competencia nuestra a la hora de recibir inversiones.

P. ¿A qué tiene miedo un inversor cuando mira a España?

R. A que no se sabe qué política se va a aplicar, por ejemplo. Qué tipo de políticas económicas se van a seguir, qué interlocutores tendrán; hay un problema de inseguridad jurídica en el sentido de que determinadas normativas se alteran o se anuncia que se alterarán, desde el alquiler de vivienda a cualquier aspecto social. En economía, la palabra más importante es la confianza y esta se basa en la estabilidad.

Estación de Atocha, en Madrid, casi vacía durante el reciente estado de alarma. (EFE)
Estación de Atocha, en Madrid, casi vacía durante el reciente estado de alarma. (EFE)

P. Entiendo que cuando habla de inseguridad jurídica se refiere a la dinámica de este Gobierno, y también del anterior, de legislar a base de real decreto.

R. Exactamente. Los proyectos de inversión a medio y largo plazo implican riesgos, y requieren como punto de partida una seguridad jurídica. Si las coordenadas no están claras y el suelo no está firme, te vas a pensar dos veces si inviertes en un país.

P. En el manifiesto que ustedes acaban de publicar hacen referencia al peligro de que España se convierta en una democracia iliberal. Aparte de la reforma del Consejo General del Poder Judicial, ¿qué otros aspectos invitan a pensar que seguimos la senda de Polonia o Hungría?

R. La demonización, la estigmatización de todo lo que no va en tu línea. Aquí no hay adversarios, hay enemigos a batir. Eso no conduce a ningún sitio. Decirle a otro partido que nunca más volverá a gobernar, eso jamás puede salir de la bancada azul. Si se enrarece tanto el ambiente, si te llegas a creer que debes de hacer todo lo posible para evitar que el adversario pueda alguna vez gobernar, actuarás en consecuencia y tratarás de hacer, por ejemplo, un búnker de tu Poder Judicial, y también del poder mediático, con tal de que tu enemigo no te asalte.

La sociedad está harta. ¿Qué es esto? Sáquennos de esta crisis, su obligación es encontrar soluciones, dejen de pelearse

P. Ustedes subrayan que la sociedad está harta.

R. La sociedad está perdiendo el pulso, está desmoralizada y está harta. ¿Qué es esto? Sáquennos de esta crisis, su obligación es encontrar soluciones, dejen de pelearse. Lo que vemos en nuestras instituciones no ocurre en ninguna empresa u organización. La división de opiniones no te impide crear un clima de respeto, reflexión y acuerdos. ¿Qué futuro tendría una empresa si actuara como los representantes del Congreso? La gente se está muriendo. El Gobierno tiene la responsabilidad de liderar la respuesta, asumir los riesgos y el coste de determinadas políticas. Hoy todo el mundo está de acuerdo con el toque de queda pero a ver quién lo pide. La Comunidad de Madrid lo quiere pero no lo pide. Esto no son dirigentes con altura. ¿Se imagina a Angela Merkel discutiendo en estos términos? Incluso a Emmanuel Macron o Giuseppe Conte. No son formas.

Término de la moción de censura presentada por Vox en el Congreso. (EFE)
Término de la moción de censura presentada por Vox en el Congreso. (EFE)

P. Esta crisis nos ha puesto frente al espejo y ha desmontado algunos mitos, como el de la mejor sanidad del mundo.

R. La pandemia ha sido un detector de fragilidades y ha acelerado transformaciones: la digitalización, cambio energético… También ha sido un revelador de fortalezas: la familia, en el sentido de la solidaridad intergeneracional y la solidaridad general en los bancos de alimentos y también en las empresas. La ciudadanía, sobre todo en los primeros compases, mantuvo el tipo.

P. Estamos entrando en la fase más dura de la crisis del coronavirus. El tejido laboral será arrasado en los próximos meses y la gente llega harta y con el respeto a la clase política por los suelos. ¿Peligra la convivencia?

R. Veremos en qué tasas de desempleo llegamos a la primavera. Una sociedad debe tener referencias que la estimulen, que la animen en los momento bajos. Y eso falta. Sobre todo cuando las cosas se tuercen. España en su conjunto está siguiendo el mal ejemplo de Cataluña. Uno de los problemas de la sociedad catalana es que está muy dividida. Y ahora empieza a haber en el resto de España grupos de amigos y familias que no quieren hablar de política porque acaban discutiendo y dejándose de hablar. Reproducimos lo que vemos, la estigmatización. Eso empieza a notarse y sería fatal que calara. En el mundo catalán existe esa rotura social y ha hecho un daño tremendo. Amigos que no sacan la política, o familias que lo tienen prohibido para no discutir. Es peligrosísimo que eso se extienda en toda España. Pero si los de arriba están polarizados, eso llega a la sociedad tarde o temprano.

P. ¿Qué podemos hacer como sociedad para no dejarnos arrastrar al barro y tragar con una democracia iliberal?

R. Preocuparnos del espacio público. Una encuesta revelaba días atrás que el 50% de los jóvenes españoles de menos de 25 años no sabía quien fue Miguel Ángel Blanco o José Ortega Lara, entre otros. Eso no puede ser. Hay que cultivar el espacio público y la memoria colectiva. Lo peor que podemos hacer en épocas complicadas es despreocuparnos del espacio público y que lo manejen otros. Como sociedad tenemos obligación de personarnos a través de los medios que cada uno tengamos a nuestro alcance.

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