Los sanitarios que cuelgan la bata: "Así es imposible disfrutar ni hacerlo bien"
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EN PRIMARIA, DONDE MÁS RENUNCIAN

Los sanitarios que cuelgan la bata: "Así es imposible disfrutar ni hacerlo bien"

Varias doctoras explican por qué han decidido abandonar su vocación durante la pandemia. La ansiedad, la falta de apoyo y las escasas expectativas han sido clave en su decisión

Foto: Los sanitarios que cuelgan la bata: "Así es imposible disfrutar ni hacerlo bien"
Los sanitarios que cuelgan la bata: "Así es imposible disfrutar ni hacerlo bien"

Hace poco más de una semana, Clara Benedicto colgó la bata de médica de familia con la que ha estado atendiendo en el centro de salud de San Blas (Madrid) desde hace cinco años. Llegó convencida de que la Atención Primaria es la especialidad “más bonita y completa” de la medicina, pero hace meses que la ansiedad y la sobrecarga de trabajo han ido superando a la vocación.

“El problema no es de ahora, pero se ha notado especialmente con la pandemia. Llevamos años con falta de personal y condiciones precarias, pero llegó a un punto estos meses en que el volumen de trabajo me afectaba demasiado fuera de la consulta”, explica unos días después de anunciar en Twitter que dejaba su plaza a sus 38 años, 12 de ellos dedicados a la medicina comunitaria.

“Es duro llegar una hora antes al trabajo y ver que tienes una lista de 60 pacientes más todas las urgencias que surgen a lo largo de la jornada. Un día dejé a dos personas sin llamar porque cerraba el centro. Pensé ‘mañana les llamo’, pero al día siguiente fueron cinco. Y así a diario”, cuenta esta doctora. “Me iba cada día pensando en la gente que había dejado de llamar, en si sería grave o si me había equivocado en algo… Hasta tenía pesadillas”.

Me iba cada día pensando en la gente que había dejado de llamar, en si sería grave o si me había equivocado en algo…

Un día de agosto, tras horas trabajando con el EPI puesto, perdió la paciencia con un usuario que se negó a hacerse una PCR y la tiró al suelo: “No fue justo, pero llega un momento que ves a tanta gente que te olvidas de que cada una tiene una historia, un contexto… Así es imposible dar un trato cercano”. De momento, se ha cogido un año de excedencia para estudiar y decidir adónde redirige su carrera.

El 24% de los médicos se ha planteado dejar su puesto en algún momento durante la pandemia

El caso de Clara no es el único. La segunda ola de la pandemia ha acabado con las energías de algunos sanitarios, especialmente de los centros de salud, donde los pacientes de covid se suman ahora a otras patologías que se han acumulado durante estos meses. El 24% están tan agotados que se han planteado en algún momento dejarlo y, de ellos, el 2% lo está pensando seriamente, según un estudio de la Fundación Galatea y el Colegio de Médicos de Barcelona a 1.648 médicos. “Durante la primera ola, la emoción dominante era el miedo, pero ahora es la rabia y la impotencia, a lo que se añade la incertidumbre de cuánto va a durar esto. Nadie ve la luz al final del túnel. Son profesiones acostumbradas al manejo de protocolos y mecanismos rígidos… Pero ahora está todo desbordado por la situación”, explica Antoni Calvo, presidente de Galatea.

De los médicos que se plantean dejarlo, la mayoría se dedica a la Atención Primaria, casi un 32%, frente al 21,3% del ámbito hospitalario, según las encuestas llevadas por Galatea, que lleva 23 años estudiando la salud mental de los sanitarios. “En Urgencias están acostumbrados a situaciones críticas, en Primaria no tanto, pero la estamos volviendo crítica”, apunta Calvo.

“Lo que más me atraía de esta especialidad era que profesionalmente el límite lo pones tú: puedes hacer desde pequeñas cirugías, salud pública, ecografías… El problema es que en la práctica no se puede, nunca hay tiempo. Si antes ya teníamos de media siete minutos por paciente, estos meses ha sido de tres. Y ni así llegábamos”, cuenta Gloria González, otra doctora de Getafe que ha guardado el estetoscopio a la vez que Clara. “Llegó un momento en que tenía ansiedad anticipatoria todas las mañanas de camino al centro de salud por lo que me iba a encontrar al llegar…”.

Durante la primera ola, la emoción dominante era el miedo, pero ahora es la rabia y la impotencia

Según el mismo estudio, el 48,4% de los profesionales de Atención Primaria se sienten menos preparados para hacer frente a lo que queda de pandemia que hace unos meses, cuatro puntos más que entre los expertos hospitalarios (44,5%). Además, los indicadores de empeoramiento de su salud física y mental, según síntomas como dolores de cabeza, de espalda o de estómago, no se recuperaron durante el verano hasta los niveles prepandemia.

“Durante la primera ola, dimos el máximo porque la situación era inesperada, pero luego ha pasado todo un verano donde no se ha hecho nada. No se ha contratado rastreadores, no ha habido refuerzos de vacaciones… No han hecho caso a ninguna de nuestras peticiones”, cuenta la doctora González. Desde que mandó su carta de renuncia hace un mes, nadie la ha contactado para conocer los motivos o disuadirla de acabar antes de tiempo la sustitución que cubría desde 2018 esta doctora de 33 años. Ahora, está empezando a prepararse unas oposiciones para el Ministerio de Sanidad, seguramente para Salud Pública. “La Primaria es la profesión en la que me hubiera gustado ejercer toda la vida, pero en estas circunstancias no me veo toda mi carrera profesional”, dice.

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Otros sanitarios han renunciado casi antes de empezar a disfrutar de la carrera que han elegido, espantados por los contratos precarios y las rotaciones entre centros. “Llevo unos 20 contratos en Atención Primaria, los últimos meses trabajando a la vez en dos centros distintos. Es imposible disfrutar de tu trabajo ni hacerlo bien así. La Atención Primaria es longitudinal, no puedo atender bien a mis pacientes si cambio cada dos semanas de sitio. Tampoco si todo el tiempo te lo quita papeleo y burocracia que no nos corresponden”, se lamenta Cristina Sanz, una residente de Madrid que hace dos semanas que ya no hace doblajes en Vallecas y va a renunciar estos días a las guardias en otro centro de Perales del Río.

“Elegí una especialidad convencida, pero ahora mismo es inviable y no veo interés por cambiarlo. No puedo atender a mis pacientes crónicos como me gustaría, por ejemplo. Por no hablar de los que no llegas a llamar porque no hay tiempo. Me iba de la consulta sin saber si necesitaban un ibuprofeno o era algo grave, ¿quién se hace responsable si les pasa algo?”, se pregunta.

Para Calvo, abandonar a sus pacientes de toda la vida por la emergencia sanitaria ha sido especialmente complicado entre estos profesionales: "Tener que priorizar entre pacientes covid antes que de otro tipo es algo que les ha costado mucho a los médicos de familia, esa sensación de dejarles sin atención. Además, no se ha tenido en cuenta su opinión ni cuando eran la puerta de entrada del covid, no se han sentido valorados".

Ahora, Cristina Sanz está esperando destino para irse con una ONG al hemisferio sur, con pocas esperanzas de volver a una consulta comunitaria. “Soy primerista convencida, pero sentir la profesión, ahora mismo, es una utopía. Durante la primera ola, tuve la ilusión de que se empezase a valorar la Primaria, pero veo que no ha sido así”.

Protesta de los MIR por sus condiciones hace unas semanas. (EFE)
Protesta de los MIR por sus condiciones hace unas semanas. (EFE)

Atención psicológica, ¿suficiente?

Tanto el Ministerio de Sanidad como los colegios profesionales de cada especialidad han ido poniendo en marcha distintas líneas de atención psicológica a sanitarios a lo largo de estos meses para paliar los efectos en su salud mental. Pero a pesar de ser una población con más problemas psicológicos que la media, según la Fundación Galatea, les cuesta acudir a este tipo de servicios. “Hay varias razones. Por un lado, es una profesión con una vocación que a veces les hace resistir por encima de lo saludable. Además, les cuesta mucho pedir ayuda porque están formados en ayudar a los demás y son menos conscientes de que también pueden necesitarla”, cuenta Calvo, quien cree que en la formación médica debería tenerse en cuenta también la gestión de emociones y dificultades. “Hay que cuidarse para poder cuidar, porque tampoco vamos muy bien de médicos. De los que quieren dejarlo, el 60% son médicos cercanos a la jubilación, van a adelantar su retirada en la medida que puedan. Y no hay relevo suficiente”.

Para la doctora Benedicto, más que psicólogos hacen falta reformas estructurales y mejores condiciones. “Ir al psicólogo puede ayudar, pero quedarse solo con eso contribuye a individualizar el problema, como si fuese algo mío y me faltasen herramientas, cuando estamos todos igual porque el problema son las condiciones en que trabajamos”.

Aunque más acostumbrados a los picos de estrés, el agotamiento de una pandemia que parece no acabar nunca también ha pasado factura a los profesionales de servicios de emergencias. El 68% dijeron sentirse cansados siempre o muy a menudo durante el pico de marzo y abril, y se mantuvieron en un 47% en los meses de julio y agosto. “Teníamos muchísima carga todos los días. Trabajaba 12 horas por 1.200 euros, pero sobre todo lo he dejado porque me contagié por no tener la protección adecuada. Trabajamos sin medios, reutilizando mascarillas, sin trajes EPI…”, apunta Laura Marina, hasta verano técnica de emergencias en prácticas.

Si la protección que nos dan es de vergüenza, ya no compensa tanto, porque te estás jugando la salud

Después de recuperarse en septiembre de un covid de larga duración y de que no le renovaran el contrato en la clínica privada mientras estaba enferma, Laura está planteándose si seguir en la profesión en la que lleva formándose tres años. “Hasta la pandemia, me merecía la pena, sentía vocación, pero si la protección que nos dan es de vergüenza, ya no compensa tanto, porque te estás jugando la salud”. Ahora, está barajando echar currículos para hostelería y tiendas de ropa. “Al menos, por ese dinero, no exponerme”.

De momento, es difícil estimar cuántas bajas sanitarias ha dejado tras de sí la pandemia. Pero tampoco cuántos, como Patricia, se han dejado la vocación en el camino aunque no les quede otra que seguir en su puesto. “Cada día me levanto queriendo abandonar. No lo he dejado porque no sé a qué otra cosa dedicarme y no tengo la capacidad económica para cogerme una excedencia”, cuenta esta enfermera intensivista durante 18 años y madre divorciada. “Y así estamos muchos, trabajando en una profesión que ahora mismo nos hace daño”.

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