más de 200 fuegos en una semana

El bombero pirómano que hablaba de apagar incendios con el presidente Revilla

Hasta 700 personas trabajaron en la extinción de los incendios de Cantabria, pero nadie podía sospechar que entre ellos estaba el autor

Foto: El bombero junto a Revilla. (EP)
El bombero junto a Revilla. (EP)

Normalmente, se piensa que convertirse en bombero es algo altruista, igualándoles casi a héroes, sobre todo cuando se trata de una zona tan afectada por los fuegos como es el norte de España. Quizás esa fuera la motivación inicial de Luis Trueba. Quizás simplemente quería tener una excusa para sentir el calor de las llamas. Con tan solo 26 años había tenido un ascendo meteórico. En poco tiempo, se había convertido en el jefe de la agrupación en Protección Civil en La Alcomba, una localidad de Cantabria en Ramales de la Victoria. Todo parecía ir bien, hasta que toda la atención mediática llegó a este pequeño pueblo por la cantidad de fuegos que se registraron en la zona en los últimos días. Hasta 700 personas trabajaron en su extinción, pero nadie podía sospechar que entre ellos estaba el autor. Ahora, Trueba ha sido detenido por su implicación.

“Mi opinión personal es que fue un pirómano: fueron varios focos y estaba cerca de las cabañas ganaderas, de animales. Tiene toda la pinta, en mi opinión, de que fue un pirómano”. Esas fueron las palabras de Trueba ante las cámaras de Televisión Española o la Sexta cuando se le preguntó hace unos días sobre el posible origen de los fuegos. Inconscientemente (o no), se estaba señalando a sí mismo y, de paso, refrendando la tesis señalada por los expertos y defendida por el presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla.

El equipo de Trueba era famoso por su gran actividad en las redes sociales. Reclamaban, respondiendo a las cuentas oficiales de información de los incendios, el protagonismo en la lucha contra ese fuego de Ramales por ser “el primer servicio en llegar”. Hasta la zona se trasladaron también agentes del medio rural, el cuerpo de Protección Civil del Gobierno de Cantabria –no confundir con las agrupaciones de voluntarios, municipales--, bomberos municipales de localidades más urbanas, varios hidroaviones que cargaban agua desde la Bahía de Santander o incluso la Unidad Militar de Emergencias.

Hasta ese momento, dentro de la crisis, todo funcionaba con una normalidad pasmosa. Incluso la zona se había contagia del ambiente mediático que irradia su presidente, y tertuliano televisivo habitual de El Hormiguero o La Sexta Noche. Trueba fue el encargado de guiar a Revilla en su visita a la zona cero, fotografiándose junto a él y haciendo declaraciones conjuntas a los medios de comunicación en una semana en la que el Gobierno hacía partes de la situación de incendios prácticamente cada dos horas.

Incluso ahora, después de detenido, reclama de nuevo el protagonismo (y su presunta inocencia) en El Diario Montañés. Pero las pruebas son bastante claras e incluso varios de sus compañeros afirman que era imposible que Trueba tuviera tal conocimiento de los detalles de los focos sin haber estado previamente en la zona. Además, la Guardia Civil, a través del SEPRONA (el Servicio de Protección a la Naturaleza) empezó a sospechar de él al detectar, a raíz de denuncias ciudadanas, sus fuertes contradicciones sobre su ubicación durante el incendio. Pero el GPS de su coche no engañaba: estaba allí cuando empezaron.

El norte es diferente

Las denuncias ciudadanas y la mayor alarma social han sido uno de los factores diferenciales de esta crisis forestal que en realidad es recurrente y que puede sorprender al resto del país. Mientras que en Levante, por ejemplo, los incendios forestales van asociados a los meses de verano; en Cantabria, el fuego se concentra en los meses de invierno, como noviembre, diciembre, febrero y marzo. Sobre todo, en los momentos en que sopla el viento sur, caracterizado por ráfagas calientes que elevan las temperaturas generales en los meses más fríos. El calor de ese viento hace que los matorrales de fincas y montes pierdan humedad y es cuando los ganaderos se aprovecha para realizar quemas que sirvan para preparar las tierras para futuros pastos.

Con muchos matices, porque por zonas ganaderas como Soba no han vivido incendios estos días. Javier, ganadero de la tabulación Sat La Sarnilla, de Tezanos, una pequeña pedanía de Villacarriedo, defiende que, con las autorizaciones y control de la Administración para las quemas controladas, no se entiende que los ganaderos puedan tener la necesidad de subir al monte a meter la mecha por sí mismos. “Hoy en día, esto no tiene sentido", sentencia.

De hecho, el historiador Javier Gómez Arroyo, procedente de Vega de Pas, lamenta que la “cultura del fuego” está “amparada” por las costumbres de toda la vida, aunque, por desgracia, se llevan a cabo con “mucho menos cuidado y cabeza”. Mientras, aboga por “ir contra el ganadero de mala intención que está causando un perjuicio al de buena intención”, insiste.

Un diálogo sobre los usos del monte

Esta detención (la tercera durante esta crisis, la segunda gracias a la colaboración ciudadana) ha servido a Miguel Ángel Revilla para reiterar su mensaje de que los incendios en Cantabria se deben a la acción de los pirómanos. Pero en realidad es todo mucho más complejo. Se trata, en definitiva, de que los pirómanos no tapen el monte.

Se les define como “enfermos” o personas con un “trastorno mental” que hay que diagnosticar desde la medicina y no desde la política. “Se les debe llamar incendiarios, hay que hablar con criterio”, aseveraba Virginia Carracedo, docente e investigadora de la Universidad de Cantabria y estudiosa de los incendios forestales y la biodiversidad, en una entrevista en Arco FM.

Lo que está pasando en los montes cántabros (más de 200 fuegos en una semana, con picos de 50 fuegos simultáneos) tiene más que ver con la existencia de un “montón de conflictos” en torno al uso del medio rural que se viene prolongando durante años y “que no se acaban de solucionar”. Esta experta apela a la necesidad de un “diálogo” entre el medio rural y la administración forestal. Algo en lo que "no han han participado” los propios habitantes y usuarios de los lugares en los que se producen los incendios, pero que se suman también al “gran shock” con el que se vive allí por la despoblación o el envejecimiento. “Se ha ido muchísima gente y la que queda es muy mayor, con poca capacidad de gestión del territorio”, declaraba Carracedo y añadía que los que permanecen “se sienten abandonados y pierden la referencia de su paisaje conocido”.

“Se ha ido muchísima gente de los montes, y la que queda es muy mayor, con poca capacidad de gestión del territorio”

“El abandono hace que cada vez haya más vegetación, que se matorralice y se pierdan esas zonas que han conocido toda la vida”, señalaba la investigadora. Además, considera que esto provoca que además se esté aportando, con esos matorrales y vegetación, un combustible que lleva a incendios más grandes y con más riesgo. La clave para evitar esos incendios es una prevención “a pie de monte”.

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