vestimenta típica de las fiestas de la capital

Los sastres de trajes de chulapo que resisten al 'low cost' de los chinos

La prenda simboliza una parte fundamental de la idiosincrasia de Madrid; los más auténticos siguen haciéndose sus vestidos a medida para reivindicar la tradición

No llegan a ser una decena y se conocen perfectamente entre ellas. Se trata de las modistas que confeccionan trajes de chulapo al estilo tradicional, como lo hacían sus abuelas. “Aquí el que se viste es porque de verdad lo siente; para mí, significa sentirme femenina, mujer, pero sobre todo madrileña”, expresa Virgina, una de estas costureras. Ella nació en el barrio de La Latina, se bautizó en la iglesia de la Paloma —de donde nace la procesión de las fiestas de agosto— y han pasado tantos años desde que cosió su primer traje regional que ya solo recuerda que lo hizo junto a la madre de su madre. Como para olvidarlo. De ella heredó un mantón de Manila negro bordado a mano hace más de 250 años, que guarda envuelto en un paño de raso blanco para conservar su tono azabache.

Virgina, con el mantón de Manila que heredó de su abuela, bordado a mano hace más de 250 años. (Foto: N. L. P.)
Virgina, con el mantón de Manila que heredó de su abuela, bordado a mano hace más de 250 años. (Foto: N. L. P.)

Entiende que en Madrid también hay un folclore propio que reivindicar. “En otras regiones de España se ha hecho un trabajo enorme por conservar las tradiciones y aquí parece que nos hemos olvidado de lo nuestro”, lamenta. Las fiestas y verbenas de San Isidro en mayo, San Antonio de la Florida en junio y San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma en agosto son las principales citas donde los más madrileños lucen esta indumentaria. Aunque el reguetón ha arrinconado el chotis por las calles, la apuesta de estas mujeres es —según Virginia— “una manera de decir que Madrid sigue aquí”.

Virginia y Leo, en su tienda de Móstoles. (Foto: N. L. P.)
Virginia y Leo, en su tienda de Móstoles. (Foto: N. L. P.)

Para quienes no la reconozcan, la vestimenta está compuesta por cabello recogido en moño, pañuelo anudado al cuello —que ocasionalmente se echaban hacia atrás dejándolo por detrás del cuello—, blusa ceñida en cintura con mangas de farol y falda ancha hasta los pies para ellas; y gorra, pañuelo al cuello, chaleco, camisa, chaqueta corta y pantalón para los hombres. Cada pieza tiene un nombre específico, que los 'gatos' consideran el culmen de lo madrileño, lo castizo, lo chulo.

El huracán de comercios abiertos por ciudadanos chinos —con una extensa oferta 'low cost'— ha devastado el sector de la artesanía, pero entre un disfraz y una prenda bien confeccionada siempre habrá un océano de por medio. “Aparte de la calidad, la principal diferencia entre una cadena y un traje hecho a medida es la exclusividad”, explica Leo a El Confidencial. Conoció a Virginia en el preciso momento y desde hace poco más de dos años trabajan juntas en su tienda de Móstoles, Vir’s Dreams. “Coser un traje de chulapa va mucho más allá de lo que se ve; es un proceso que haces con la clienta y no tiene nada que ver con un vestido fabricado en serie”, señala Leo, que rescata telas en mercadillos a modo de coleccionista. “Se trata de darle importancia a lo que no se ve, porque lo que va debajo del vestido es lo que demuestra realmente si está bien hecho”, apunta. Como una lencería bonita. Con delicadeza, sin duda.

Leo revisa uno de los trajes de chulapa inspirado en zarzuelas originales. (Foto: N. L. P.)
Leo revisa uno de los trajes de chulapa inspirado en zarzuelas originales. (Foto: N. L. P.)

La dedicación de las mujeres

La imaginación de estas dos reliquias de la costura regional es divertida y apasionada. Sacan ideas de internet y de películas o zarzuelas históricas. Les encantan 'La verbena de la Paloma', 'La revoltosa' y 'Agua, azucarillos y aguardiente'. De sus protagonistas copian las formas e intentan conseguir estampados parecidos. Hasta han llegado a mojar en té negro alguna puntilla blanca para conseguir el efecto de antiguo. “Hay clientas que nos enseñan una foto de lo que quieren, pero otras traen el material y nos dicen que hagamos lo que se nos ocurra con ello”, explican con luz en los ojos las dos chulas.

Sobre los precios, sorprendentemente, la diferencia entre la tradición y la modernidad no es tanta. Los vestidos de chulapa a medida van de los 200 a los 900 euros, mientras que en tiendas comerciales como Maty o Pertiñez oscilan entre los 100 y los 500 euros. Aun así, “a día de hoy, no es posible vivir solo de estos trajes tradicionales”, admiten ambas modistas, que también hacen vestidos de novia, de comunión y de flamenca.

Leo toma las medidas de un clásico traje de chulapa. (Foto: N. L. P.)
Leo toma las medidas de un clásico traje de chulapa. (Foto: N. L. P.)

Pero este traje no es solo para mujeres. La versión masculina también se sigue haciendo a medida, al estilo tradicional, y ronda los 200 euros. José es el cortador de la sastrería Palomeque, que abrió su tienda en la calle Duque de Alba número 5 de Madrid hace más de 100 años, por allá 1901. Empezó a trabajar en la empresa como botones cuando tenía solo 14 años y la economía de su casa no le permitía estudiar. “Las cosas han cambiado mucho desde entonces, ahora los trajes de chulapo no representan ni el 1% de los encargos a medida que tenemos”, confiesa el cortador.

A diferencia de ellas, que suelen mantener la intriga ante el resto y lucir el vestido solo en la calle, los hombres van acompañados de sus esposas a la tienda. “Las mujeres son las más exigentes, a veces nos salvan y otras nos condenan”, revela risueño el veterano modisto. “Durante muchos años, la demanda de trajes de chulapo desapareció, supongo que por la crisis económica, pero en los últimos ha vuelto a resurgir”, añade.

José, entre su colección de patrones. (Foto: N. L. P.)
José, entre su colección de patrones. (Foto: N. L. P.)

Una generación "saltada"

El origen de los chulapos se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, pero la historia es cíclica con todo, y en este punto también. Desde que comenzó la tradición, esta ha pasado de abuelos a nietos. Siempre ha habido una generación en medio que no la ha seguido. Como la llaman Virginia y Leo, "una generación saltada". "Entre los 25 y los 40 años, por el trabajo, los hijos o las prisas, no suelen vestirse”, meditan las dos costureras, que ahora también enseñan a sus nietos el arte del hilo y la aguja.

José es el cortador de la sastrería Palomeque desde hace más de 40 años. (Foto: N. L. P.)
José es el cortador de la sastrería Palomeque desde hace más de 40 años. (Foto: N. L. P.)

Aunque en el imaginario colectivo el ladrillo haya tenido un papel protagonista en los últimos años, lo cierto es que históricamente el sector textil ha sido uno de los principales motores de la economía española. “No se ha dicho nada porque la confección siempre ha sido una industria de pobres, pero lo hemos pasado muy mal”, cuenta José, que —como Virginia y Leo— también se apoya en la elaboración de otras prendas para subsistir. Él, en concreto, centra la mayor parte de su producción en los uniformes para empresas.

José coloca uno de los trajes tradicionales de chulapo que ha elaborado. (Foto:N. L. P.)
José coloca uno de los trajes tradicionales de chulapo que ha elaborado. (Foto:N. L. P.)

De la imagen de los chulos, apenas quedan las películas. Sin embargo, el orgullo genuino se contagia y no desaparece nunca. “Muchos jóvenes no saben hacer ni el dobladillo de un pantalón, no podemos pretender que se cosan un vestido”, espeta la vicepresidenta de la asociación castiza Madrid Eterno, Ángeles Tejero, cuya agrupación representa una excepción. La mayoría de asociaciones de este tipo se compone de gente muy mayor. Ellos, sin embargo, tratan de atraer a las nuevas generaciones. Se acercan a colegios e institutos, organizan actividades de baile e interpretan zarzuelas porque, en definitiva, como apunta Tejero, “el objetivo es incluir a los niños y adolescentes para que la tradición no se pierda”.

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