sucedió en el edificio de Telefónica Gran Vía

Historia de una foto: el saludo de Ramón Serrano Suñer y Santiago Carrillo

Carrillo lo tildó de "trampa", aunque tiempo después agradecería al cronista haber propiciado el encuentro entre el histórico líder comunista y el ministro franquista familiar del dictador

Foto: Fotografía del encuentro entre Ramón Serrano Súñer y Santiago Carrillo. (Balbino Ferrero)
Fotografía del encuentro entre Ramón Serrano Súñer y Santiago Carrillo. (Balbino Ferrero)

Sucedió a mediados de los noventa del siglo pasado. El periodista redactor 'freelance' sobrevivía a duras penas en medio de la cultura de la imagen y casi no se concebía sin una cámara colgada al cuello, pero todavía se podía sobrevivir. Hoy el redactor de noticias 'freelance', o plumilla, ha desaparecido casi por completo.

Abundaban entonces muchas pequeñas agencias de prensa con nombres que delataban el desatino de sus propietarios, mercaderes de noticias y reportajes para los semanarios. La mercancía era foto en diapositiva y texto en soporte Olivetti. Mandaba la actualidad exclusiva.

Plumilla y fotógrafo partían rumbo a la Gran Vía de Madrid arrancando desde la plaza de España a esa hora imprecisa en que los viandantes relajan el paso alertados por el declive de la tarde, que se resistía entre los estertores naranja de parque del Oeste y las láminas de agua sobre las baldosas de granito de Colmenar de la Red de San Luis, orientadas al este y precipitadas hasta el cruce con la calle Alcalá en medio de la niebla.

Era la hora que marcaba el inicio de la jornada laboral de los cazadores de noticias, que marchaban diligentes con lápiz y cámara al ristre a los estrenos de cine, presentaciones, galerías de arte, y los teatrillos a los que regresarían después de terminar la función, si no había habido suerte, accediendo directamente a los camerinos, con la ilusión de llevar en el último momento algún pescado a la agencia.

Las actrices nos recibían con benevolencia y jolgorio no fingido. Protagonistas y de reparto, sienten una gran soledad después de haber dejado todo su ser en la función, y nos reconocíamos almas gemelas en la noche de neón de los camerinos, que solía continuar en la taberna ‘after hours’ más cercana, donde se hilaba la confidencia que podía salvar la jornada.

Ya de madrugada el plumilla machacaba con disciplina de oficio el teclado de la Olivetti con títulos de una docena de párrafos y el fotógrafo se encerraba durante poco más de una hora en un cuarto oscuro manipulando líquidos fangosos para revelar fragmentos de actualidad en diapositiva. Antes del alba unos diligentes recaderos portaban los sobres color crema rezumando frescor a la sede de las revistas, a la que accedían por la puerta de servicio, para ofrecer la mercancía.

Con las actrices nos reconocíamos almas gemelas en la noche de neón de los camerinos, que solía continuar en la taberna ‘after hours’ más cercana

Fue al final de esa tarde de invierno investida por el sereno, en los aledaños de la Red de San Luis. Los copos congelados de nieve resistían la lluvia entre las hendiduras de los adoquines de la calle la Ballesta, esquivando los tacones de las putas, que por aquellas eran unas señoras vestidas con coloridos vestidos de varias décadas atrás, como si no hubiera pasado el tiempo desde que don Pío Baroja las viera la última vez que pasó por allí a principios de octubre de 1956. El acto estaba convocado en el recoleto teatrillo de la cuarta planta de Telefónica, que hace años un arquitecto sin escrúpulos arrasó para reconvertirlo en un pasillo de pupitres.

El acceso al teatro y salón de actos de Telefónica Gran Vía era el mismo del personal, frente a la calle Desengaño, a un golpe de vista de la puerta de atrás de los antiguos Almacenes SEPU, en cuyos soportales dormitaban los yonquis de los aledaños. No pude dejar de recordar el chiste malo que circulaba en los años cincuenta: "¿en qué se parece SEPU a la Falange?... se entra por José Antonio (Primo de Rivera) y se sale por Desengaño’, pues justo en ese momento, enmarcada entre los primeros destellos de las farolas, hizo su aparición la figura de un anciano apacible, los pasos cortos puliendo el adoquín, sujeto al bastón y al brazo de su acompañante, sombrero de fieltro calzado, dibujando una estela bajo el paraguas grande, como si regresara de otro tiempo. Era don Ramón, Serrano Suñer.

Me había recibido meses atrás en su casa y despacho de Príncipe de Vergara, de doble altura de estanterías de maderas nobles, donde alojaba un tesoro de incunables y muebles cuyo barniz reflejaba destellos de rancio abolengo. Hablamos de dos temas: el ‘Pacto de Hendaya’, sin que pudiera sonsacarle nada que no estuviera ya publicado por él mismo, secretos que llevó a la tumba. Y del periodista Manuel Aznar Zubigaray, personaje sobre el que se publicaron aquel año dos libros divertidos y opuestos (Jesús Tanco e Iñaki Anasagasti), ninguno de los cuales hace mención de la anécdota que me contó.

Santiago Carrillo. (EFE)
Santiago Carrillo. (EFE)

Relató cómo salvó la vida al camaleónico periodista en 1936, en Zaragoza, acusado de republicano por un tenientillo de la Guardia Civil —así decía, y recordaba su nombre, perdido en mis notas—. Aznar Zubigaray, decía, estaba preso en el cuartelillo, a la espera del paseíllo una de las madrugadas siguientes. Por la biografía del periodista, esto no debe causar extrañeza en ese tiempo turbulento. Serrano Suñer conocía Zaragoza de cuando visitaba a su cuñado Francisco Franco, en los años que fue director de la Academia Militar, gracias a cuyas relaciones pudo interceder por el abuelo del expresidente del Gobierno José María Aznar.

Aznar Zubigaray era de la escuela de Hemingway y tantos otros: como enviado especial relataba en los años veinte con todo patetismo los combates de las tropas regulares españolas de África contra las huestes de Abd el-Krim desde su casa de Madrid, en crónicas que publicaba en el diario ‘El Sol’ a doble página. Por esos reportajes Franco se fijó en él y le mantuvo en su círculo de confianza, y años más tarde le nombró embajador de España en Argentina. La visita a la casa de Serrano Suñer tuvo la sorpresa adicional de descubrir en el antedespacho el bellísimo retrato de su esposa Zita Polo, firmado por Zuloaga con una dedicatoria sobre el lienzo.

Aquella tarde lluviosa del teatrillo de Telefónica el editor catalán Rafael Borrás había convocado a la prensa a la presentación de un libro enciclopédico sobre la Guerra Civil, entre cuyos invitados también se encontraba Santiago Carrillo. Ramón Serrano Suñer, autor de Planeta, permaneció sentado en la tercera fila lateral de butacas junto a su acompañante. No tardé en darme cuenta de que no había pescado para la agencia. De pronto se encendió un bombillo en algún lugar que iluminó la siguiente secuencia, tras finalizar el acto:

–‘Don Ramón, me gustará presentarle a un amigo’, le dije. Habíamos subido juntos en el ascensor.

–‘De acuerdo, pero no me haga levantar, que no ando bien de las piernas’.

Busqué a Carrillo en el corrillo que se había formado entre los presentadores, junto a la tribuna del teatrillo:

–‘Don Santiago soy …, me gustará presentarle a un amigo, está sentado, no anda bien de las piernas…’.

–‘Espere un momento, Delgado, termino de despedirme y estoy con usted’.

El fotógrafo Balbino Ferrero estaba en posición de combate en las escalerillas de acceso a las filas laterales de butacas. También se lo anticipé a la bellísima Ana, secretaria de Borrás, que me miró como a un nublado:

–‘No voy a intervenir, haz lo que quieras’ –dando por supuesto que era una idea disparatada que, naturalmente, corrió a contar a su jefe.

Santiago Carrillo no tardó en despedirse del corrillo:

–'Ya estoy aquí' –me dijo, aprovechando para encender un cigarrillo.

–‘Mi amigo está sentado, no anda bien de las piernas’ –repetí, mientras me acompañaba a la tercera fila lateral de butacas:

–‘Don Ramón, aquí don Santiago. Don Santiago, Don Ramón…, creo que Uds. son de la misma generación’, alcancé a decir de oficio, más atento a que el fotógrafo estuviera ubicado donde le había indicado.

Serrano Suñer en Berlín.
Serrano Suñer en Berlín.

Serrano Suñer se levantó y extendió la mano. Ninguno de los dos se dio cuenta en un primer momento de a quién tenía delante. Carrillo aceptó el saludo. El fotógrafo hizo su trabajo. El uno preguntó por la salud del otro, que me rectificó diciendo que él era el mayor. En ese momento sentí una terrible punzada en el talón, alguien me había propinado una durísima patada por detrás. Era Borrás, alertado por las tantas veces bellísima Ana. No se la he devuelto en la duda de que fue accidental, en su ansiedad —y conocido vicio— por salir en la foto. Se trataba de dos personajes históricos, quizá los últimos del siglo XX.

Minutos más tarde caminábamos por los interminables pasillos del emblemático edificio de Telefónica Gran Vía en dirección a la salida, ya terminado el acto. En ese momento me encaró Santiago Carrillo:

–'Me ha engañado usted, señor Delgado, me ha engañado usted…’, dijo, señalándome con severidad con el dedo índice de la mano derecha, con la misma energía con que daba instrucciones a los enlaces del maquis en los años cuarenta, con igual determinación con la que expulsó a Fernando Claudín y a Jorge Semprún o Federico Sánchez del Comité Central del Partido Comunista en los cincuenta, señalando directamente a la cabeza. Las nieblas de la memoria me impiden ser preciso sobre la actitud de las varias decenas de personas que contemplaban el plano secuencia en el largo corredor mientras nos dirigíamos al ascensor.

Ninguno de los dos se dio cuenta en un primer momento de a quién tenía delante. Suñer extendió la mano y Carrillo aceptó el saludo

La foto del apretón de manos de Serrano Suñer y Carrillo fue publicada en varios medios nacionales y regionales y se convirtió en comidilla de los heraldos de las tertulias de radio. Las dudas sobre el procedimiento periodístico empleado para obtener la foto en el que se saludan dos enemigos irreconciliables de la Guerra Civil quedarían compensadas por lo que vino después.

Fue con ocasión de la presentación de una novela de Paco Umbral, en un almuerzo de cocido madrileño en Lhardy. Llegué a última hora, todos los invitados en la mesa en forma de U y en el palito que falta la tribuna con el autor y presentadores. Quedaba una silla vacía al final de la U y allí me sentaron, de espaldas a la tribuna, obra del azar, artífice de esta crónica. Tenía enfrente al abogado José María Stampa Braun, acompañado de una joven que por edad podía ser su nieta, y a su derecha Santiago Carrillo, limítrofe con María España, esposa del autor de la novela. En estos envites se está obligado a decir algo, y en el segundo plato pregunté a Carrillo por el cocido de Moscú, cuestión que abordó con su florida elocuencia. No me había reconocido, no dije más, tenía que esperar a los postres, por si acaso.

Llegado el momento, la copa de orujo sobre el mantel, le recordé a Santiago Carrillo el suceso del teatrillo de Telefónica, acaso dos años atrás. Me reconoció en el acto. Se hizo un silencio expectante en cinco o diez metros de la mesa en U —difícil entender cómo se enteraron de la conversación al otro lado—, todos esperando sus palabras. Don Santiago armonizó el gesto para asumir su conocido tono solemne, los codos sobre la mesa y el dedo índice oscilando hacia el techo, en una reflexión interior, sin la determinación del pasillo de Telefónica:

–‘Sí que me acuerdo, pero le perdono a usted, Delgado, porque por aquellos días me llamó Carmen Díez de Rivera, a quien yo quería mucho, para agradecerme que hubiera saludado a su padre, yo por Carmen sentía una debilidad muy especial…’.

Poco después, ya en pie en el comedor, Santiago Carrillo me compensó con una palmadita a la espalda, socarrón, con una mirada todavía trituradora desde sus gafas de miope, que me ha quedado de recuerdo personal de este hombre de ambición e inteligencia excepcional. María España corrió a contarlo a su marido, ya precipitado en la ciénaga de la Gordons y nada dispuesto a compartir algún asunto que le robara un gramo de protagonismo. Sentí que tenía que hacer mutis por el foro, expresión genuina madrileña además de universal, como corresponde a un gran tímido, y no tardé en alcanzar el jeroglífico de la escalera de Lhardy hacia la Carrera San Jerónimo.

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