la fiscalía pide entre 3 y 15 años de prisión

Ratas, atracos a bancos, Bárcenas y Robin Hood: así era el ladrón de las alcantarillas

Le llamaban el 'Robin Hood de Vallecas' y atracaba bancos deslizándose hasta ellos por el subsuelo de la ciudad. Ahora se enfrenta a 15 años de cárcel.

Algunos padres enseñan a sus hijos a pedir las cosas por favor y a dar las gracias. Otros les ayudan con las matemáticas. Jesús Iglesias, sin embargo, prefirió instruir a su hijo en el arte de robar bancos. Cuando el pequeño Carlos alcanzó los 15 años, su padre se lo llevó de paseo por las alcantarillas, desde donde la banda de Iglesias accedía a las sucursales. Le mostró dónde se podía respirar y dónde no. Las ratas marcaban el camino del oxígeno, le explicaba el experimentado progenitor en una suerte de delictiva clase de ciencias naturales.

La rapidez mental del adolescente y el gustillo que pronto le cogió al ‘negocio’ familiar hicieron que el joven se incorporara rápidamente a la organización que lideraba su ídolo y referente. Padre e hijo compaginaron durante años el transparente trabajo en la pescadería que regentaba el primero con los golpes esporádicos a entidades financieras que ambos ejecutaban ataviados con pasamontañas y pistolas.

Pero un día todo su mundo se vino abajo. Corría el año 2008 cuando el hombre que le enseñó a robar se fue para siempre. Tras la muerte de su padre, el pequeño Carlos no dudó en coger el bastón de mando y ponerse al frente del conglomerado de ‘empresas’ que regentaba su mentor. Eso sí, el hijo imprimió su sello personal. Ahora, cada vez que atracaba una sucursal, se presentaba ante los empleados como ‘el Robin Hood de Vallecas’, a pesar de lo lejano que le quedaba el personaje, ya que en ningún caso entregaba el dinero a los pobres como sí hacía el mítico héroe de Nottingham.

Carlos y sus ocho compinches planificaban los golpes con semanas de antelación y siempre seguían el mismo procedimiento. Elegían una alcantarilla a medio kilómetro de la sucursal que pretendían atracar, aparcaban sus vehículos junto a la entrada de la cloaca y cubrían la misma con cartones y embalajes de ‘poliespán’. El jefe de la banda se lanzaba a la oscuridad junto a tres secuaces. Una vez dentro, todos se ‘calzaban’ la ropa de trabajo: pasamontañas, botas, braga, una sudadera del Rayo Vallecano, pistolas y herramientas. Los miembros del ‘comando sumidero' recorrían el subsuelo con la familiaridad de quien transita por los trasteros de sus garajes. Siempre actuaban a primera hora de la mañana, antes de que entraran clientes y una vez que el primer empleado que llegaba a la sucursal quitaba la alarma. Ese era el momento.

Pero también el día de la semana estaba planificado. Solían perpetrar el atraco los lunes. Inutilizaban el cajero automático el viernes anterior y así se aseguraban de que el primer día de la semana la máquina seguía llena de billetes, ya que nadie la reparaba ni en sábado ni en domingo.

Tras viajar por el alcantarillado hasta la altura del banco, abrían la mochila y sacaban el instrumental. Hacían un agujero en la pared que les daba acceso al sótano de la entidad financiera, donde generalmente se encontraba el archivo o habitaciones de usos múltiples. Una vez dentro, subían a la planta baja, encañonaban a los empleados con violencia y obligaban a uno de ellos a abrir la caja del dinero y los cajeros automáticos, que solían tener un retardo de apertura de entre 30 y 45 minutos.

Durante la cuenta atrás, intimidaban a los trabajadores. “Voy a robar el dinero de Botín y quiero abrir las cajas de Bárcenas”, les dijo el 10 de mayo de 2013 el líder de la banda a los empleados de la sucursal del Santander del número 74 de la madrileña calle de Alcalá, de la que los cacos se llevaron 32.000 dólares y 8.000 euros. “Soy el Robin Hood moderno y dile a Gallardón que venga a arreglar el agujero”, señaló durante su asalto a la oficina de Bankia de la calle Mirasierra de Madrid en agosto de ese mismo año.

En el mencionado saqueo del Santander, alguien activó la alarma y los atracadores no dudaron en golpear a los que consideraban sospechosos. Sin embargo, no huyeron, sino que esperaron a que pasara el tiempo de retardo de la caja fuerte para robar su contenido. En ese 'impasse', llegó la Policía. Uno de los ahora acusados agarró con fuerza a un empleado y le utilizó a modo de rehén, le apuntó a la nuca y lo mostró a los agentes que se apostaban en el exterior. Una vez guardaron la pasta, los miembros de la también denominada banda del Rayo –por las sudaderas que vestían– regresaron al subsuelo. Los cuatro atracadores corrieron por los túneles como si no hubiera mañana y lograron escapar por los pelos.

Pero tenía que llegar el día en el que los hombres de Carlos cometieran un error. Fue el 26 de agosto de 2013, la jornada del asalto a la citada oficina de Bankia de la calle Mirasierra, la última que desvalijaron. Como en otras ocasiones, los miembros de la banda se personaron en la alcantarilla de acceso, situada a 450 metros del objetivo, alrededor de las seis de la mañana. Colocaron los coches, pusieron los cartones y se posicionaron cual jugadores de fútbol antes del pitido inicial. Pero olvidaron el balón.

Entraron en el túnel, llegaron hasta el muro que colindaba con el banco y fue entonces cuando se percataron de que no contaban con todas las herramientas. No tuvieron más remedio que volver sobre sus pasos y desmontar el chiringuito. Sin embargo, no se fueron a casa. Estaban tan seguros de sí mismos que decidieron insistir al final de la mañana, lo cual introducía una peligrosa novedad en su modo de actuar habitual. A las 13.45 horas repitieron la operación, esta vez con el material necesario. Excavaron el agujero y se presentaron en el sótano de la sucursal de Bankia. Subieron a la planta principal pistola en mano y apuntaron a los cinco empleados y a los diez clientes que en ese momento se encontraban dentro de la entidad, a los cuales no esperaban en la planificación inicial.

Una vez empacado el botín, que rozaba los 70.000 euros, y tras 50 minutos dentro del banco, huyeron como ratas por las cloacas. Sin embargo, el exceso de tiempo y el momento elegido resultaron claves para el fracaso. Según cuenta el Ministerio Fiscal en su escrito de acusación -en el que se basa este relato-, varios agentes esperaban a los ladrones a la salida de la alcantarilla. La Policía detuvo a los nueve componentes de la banda, que serán juzgados por la Audiencia Provincial de Madrid la próxima semana. La Fiscalía pide para ellos entre tres y 15 años de prisión por robo con violencia, detención ilegal, lesiones y tenencia ilícita de armas, delitos cometidos durante los dos atracos mencionados, a pesar de que inicialmente la Policía les atribuyó siete asaltos a otras tantas entidades financieras de Madrid.

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