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jubilados y trabajadores recuerdan los inicios

Abengoa, la caída de la familia sevillana más venerable

El fundador de la empresa más importante de Andalucía ostenta un reconocimiento social muy por encima del de sus hijos, sobre todo Felipe, a quien traiciona la soberbia o la timidez

Foto: Felipe Benjumea (centro), en una imagen de archivo. (Gtres)
Felipe Benjumea (centro), en una imagen de archivo. (Gtres)

Hubo una época en la que en Sevilla si te contrataban en Abengoa era casi como si te hubiera tocado la lotería. “Te podían llamar de Telefónica, de la Cruz del Campo, de la Sevillana de Electricidad, pero Abengoa era Abengoa, eso era el Gordo”. A mediados de los 70, la empresa fundada por el honorable Javier Benjumea Puigcerver, era una potente empresa con proyección nacional donde quien entraba se sentía parte de una gran familia. “Éramos una familia de verdad”, narra alguien que ha dedicado 40 años de su vida a esta empresa. “Teníamos de todo”, añade otro compañero que cuenta casi con los mismos trienios en la compañía cuyo hundimiento ha conmocionado esta semana la economía española en general y andaluza en especial.

“Teníamos economato, íbamos todos los compañeros al club deportivo de Gelves, a mis niños le traían sus Reyes en la empresa y si querías comprarte un frigorífico la empresa te ayudaba y después te iba poco a poco descontando el dinero de la nómina”, prosigue otra de sus jubiladas. “Don Javier”, siempre con el don por delante, “era un señor. Sus hijos son otra cosa”. “Se sabía perfectamente quién mandaba, se respiraba, pero no nos lo tenían ni que decir. Otros tiempos”, apostilla otro compañero. Todos han recorrido las distintas instalaciones de la empresa en la capital andaluza y se han despedido en el complejo de Palmas Altas, bautizado como ‘Palmatraz’ por los trabajadores, quemados por una política de recursos humanos que califican entre “represiva” e “inhumana”. “Nos vendieron un modelo de trabajo a la europea pero el caciquismo ha estado más presente que nunca en los últimos años”, asegura un economista empleado de la casa. Entre los empleados el nombre más repudiado es el de Álvaro Polo, director de recursos humanos. El más alabado, sin duda, el de José Domínguez Abascal, flamante presidente ejecutivo.

Reunir a un grupo de jubilados de Abengoa en Sevilla es fácil. Que quieran hablar con nombres y apellidos es casi misión imposible. La mayoría tiene hijos o familiares directos empleados en la compañía. Hubo un tiempo en que se aplicó esa política de recursos humanos. Había promoción interna y formación, esto último sigue cuidándose y mucho en la que ha sido, de lejos, la firma más innovadora de Andalucía. Después, cuentan, “ha habido mucho enchufado, muchos cargos intermedios designados por su apellido o por su relaciones sociales que han hecho mucho daño”.

Exterior del complejo de Abengoa Water en Dos Hermanas (Sevilla). (EFE)
Exterior del complejo de Abengoa Water en Dos Hermanas (Sevilla). (EFE)

Persiste la marca de la casa “hacer y callar”, algo que se marca a fuego desde que firmas un contrato con duras cláusulas de confidencialidad que te impide, por ejemplo, hablar con los medios de comunicación. Los Benjumea siguen inspirando un respeto entre la veneración y la reverencia en una ciudad que sigue rigiéndose por normas no escritas, donde llevar ciertos apellidos sigue dotando de un halo intocable, propios de una casta de otro siglo. Los empleados que han pasado más de cuatro décadas al servicio de la compañía han visto desde dentro el paso de empresa familiar a gran multinacional del Ibex y el Nasdaq y la deshumanización casi obligada de este gran salto. “De lo poquito que queda de los primeros años es la residencia de veraneo de La Antilla”, una tradición de más de 55 años que permite a las familias de los trabajadores días de descanso a pensión completa en una de las mejores playas de Huelva.

Cada 24 de diciembre, el fundador de Abengoa felicitaba uno a uno a los trabajadores de la casa. “Era un día muy señalado y es verdad que Felipe Benjumea sigue haciendo lo mismo es Palmas Altas, pero él acude rodeado de un séquito de asesores, secretarios y es mucho más estirado que su padre”, cuenta alguien a quien al cumplir los 61 le dejaron al 75% de ocupación. Todos se jactan de que al llegar a los 25 años en la empresa recibieron un reloj de oro, un pin de solapa con el emblema de la empresa y una placa. “Ahora a los becarios da pena cómo los tienen, no sé cómo pueden aguantar lo que aguantan”, señala otro miembro del grupo de ex. “Da pena lo que cuentan, con la preparación que traen”, añade otro ingeniero que ha dedicado su vida a la compañía.

“Le he dado una importancia relativa al dinero”

El fundador de Abengoa es más que una institución en Sevilla. Es un absoluto personaje, en el mejor sentido de la palabra. Fallecido en 2001, de él siguen alabando su idea de la acción empresarial y social, su preocupación por España y por Andalucía, su altura de miras. “Mira, Pepe, hijo, le he dado una importancia relativa al dinero, a mí lo que me importa es hacer cosas que sean buenas también para la gente”. Aquella frase quedó grabada a fuego en la memoria del expresidente de la Junta de Andalucía, el socialista José Rodríguez de la Borbolla, con quien cultivó una amistad que continuó más allá del cargo.

De lo poco que queda de los primeros años es la residencia de La Antilla, que permite a las familias de los trabajadores días de descanso a pensión completa

“Fue un grandísimo hombre”, insiste quien sucedió a Rafael Escuredo, que por cierto se sentó en el consejo de administración de la filial Befesa desde 2007 a 2013, cuando se consumó su venta. Rodríguez de la Borbolla no ha pasado de ser patrono de la Fundación Focus Abengoa, ubicada precisamente en el Hospital de los Venerables, sin duda la institución privada que más ha hecho por la cultura en Sevilla y desde donde la familia Benjumea ha desarrollado una importante labor de mecenazgo inédita en una ciudad donde para muchos la cultura sigue restringida al folklore o la Semana Santa. Siempre se ha hablado de las inteligentes y estratégicas relaciones de la familia con la Casa Real y el poder político más allá de las siglas. A los Benjumea hijos se le podía ver comiendo asiduamente con el entonces ministro de Fomento Francisco Álvarez Cascos en un restaurante cercano a la antigua sede sevillana de La Buhaira.

Y Javier Benjumea comió con Felipe González

Allá por 1976 el entonces presidente del PSOE de Sevilla, Rodríguez de la Borbolla, recibió un mensaje pidiéndole que organizara una comida. Tras la muerte de Franco, Javier Benjumea, Fernando Solís, marqués de la Motilla, Eduardo León y Manjón, conde de Lebrija, y Félix Moreno de la Cova, exalcalde de la ciudad hispalense y gran terrateniente, conformaban un grupo de íntimos amigos, hombres poderosos con asientos en los principales consejos de los grandes bancos y empresas de la época, que eran los que mandaban en aquella Sevilla eterna. En el Palacio de la Motilla acudieron al almuerzo Rodríguez de la Borbolla, Manuel del Valle y quien iba a ser presidente del Gobierno, Felipe González. “Era un grupo de grandes señores de Sevilla, de la derecha de toda la vida, que de repente entendieron que en este país se avecinaba un cambio, una evolución y quisieron conocernos”, cuenta el expresidente de la Junta. Pasaron el examen. Se sabe que tanto él como Felipe González mantuvieron en el tiempo una buena relación con el fundador de Abengoa.

A mediados de los 80, Rodríguez de la Borbolla firmó con Javier Benjumea el primer acuerdo entre el poder político andaluz y una institución de enseñanza privada, se concertó la continuidad de 36 de las escuelas profesionales de la Sagrada Familia en Andalucía (SAFA), vinculada a la Compañía de Jesús, siempre muy presente en la vida de la familia de Abengoa y desde donde han desarrollado una gran labor social, según se reconoce unánimemente en Sevilla.

Javier Benjumea (d) junto al Rey Felipe VI y Susana Díaz. (EFE)
Javier Benjumea (d) junto al Rey Felipe VI y Susana Díaz. (EFE)

En la actualidad, en la sede de Palmas Altas, se ubica la Universidad de Loyola, institución privada que muchos dan por hecho que no hubiera echado a andar sin el apoyo de los Benjumea. “Recibí muchas críticas de mi partido por aquel convenio. A partir de ese momento establecimos una buena relación en la cual nunca hubo trato de favor, ni él lo buscó ni a mí se me ocurrió. Él siempre me dio buenas ideas para el progreso de Andalucía”, rememora el expresidente socialista sobre su amistad con el fundador de la que ha sido la principal multinacional andaluza. Cuenta que fue el primero que le dijo que el puerto de Algeciras se podía convertir en el principal puerto del Mediterráneo y le propició una entrevista con el expresidente del Citybank George Moore para desarrollar las potencialidades de aquel enclave estratégico del Sur de España.

“Siempre vio a Felipe como el más arrojado”

Hijo de la burguesía sevillana, Benjumea Puigcerver fundó Abengoa en 1941 junto al ingeniero José Abaurre con un capital social de 180.000 pesetas. Su socio lo abandonó en la aventura a los pocos meses. En una Andalucía donde ni ahora ni mucho menos entonces cotizaba al alza emprender negocios, el hombre que ordenó que en su esquela solo apareciera su condición de ingeniero del ICAI, rompió todos los esquemas sociales imperantes. Se reinventó muchas veces y fue diversificando su negocio. Tuvo 13 hijos, solo dos varones, Felipe y Javier, a los que se preocupó de ofrecerles una gran formación para ponerlos al frente de la compañía. No tuvo esa deferencia con ninguna de sus hijas, atavismos de la época que persisten en una compañía multinacional en cuyo consejo de administración se sientan solo tres mujeres y cuyos cargos intermedios ocupan predominantemente varones. “Él mandó a sus hijos a estudiar al extranjero, a las mejores universidades, a Estados Unidos y ellos, sobre todo Felipe, volvieron con una mentalidad muy distinta sobre los negocios”, narra un extrabajador.

Quienes conocieron al fundador dicen que siempre consideró a su hijo Felipe “el más arrojado, el más brillante”. Accedió a la presidencia de empresa en 1991, con 34 años, y permaneció hasta que la banca forzó su salida el pasado mes de septiembre. Sobre él se cierne un halo de misterio, poco se sabe de sus aficiones o de su vida privada. El único acto social del que se tiene foto, más allá de eventos culturales o empresariales, fue el de la boda de su hija Alejandra con Fernando Domecq, el pasado mayo, que casi pasó desapercibida en la ciudad pese a concentrar a la mayoría de empresarios, políticos y apellidos ilustres del país.

Torres de la plataforma solar de Abengoa en Sevilla. (EFE)
Torres de la plataforma solar de Abengoa en Sevilla. (EFE)

Dicen que es “distante”, “frío” y “soberbio”, algo que sus defensores aseguran que es fruto de un carácter tímido y discreto marca de la casa familiar. Nada que ver con su hermano Javier, el mayor, con quien compartió los designios de la compañía hasta que la bicefalia se rompió en 2007. Fue quien siempre se ocupó de las relaciones institucionales, quien ejerció de relaciones públicas, “mucho más amable, considerado y educado”, dicen de él quienes formaron parte de su plantilla. Heredó el marquesado de la Puebla de Cazalla que otorgó a su padre el rey Juan Carlos en 1994, y en 2011 fue nombrado teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, una institución nobiliaria desde donde dicen que está ejerciendo una importante labor cultural y de apertura a la sociedad, aunque sigue siendo sin duda uno de esos reductos sevillanos donde siguen imperando códigos y actitudes que hacen sentirse como un extraterrestre a cualquier persona de a pie.

A Felipe Benjumea los trabajadores le vieron paseando con los hermanos Riberas, dueños del grupo vasco Gestamp que estaba llamado a dar una salida a la multinacional, hace solo dos semanas. Pocos podían pensar entonces que en días Abengoa iba a presentar preconcurso de acreedores en un juzgado sevillano. Su condición reciente de presidente de honor, ya fuera del consejo de administración, no fue problema para que el inventor y hacedor del crecimiento imparable de la compañía en los últimos quince años mostrara aquellos edificios como sus dominios.

En Sevilla, cuna de los Benjumea, sede social de la que ha sido la multinacional más importante y que ha ofrecido la imagen más moderna de Andalucía, la caída de Abengoa todavía sigue siendo algo increíble, por mucho que se diga que “se veía venir”. Un mazazo del que será difícil recuperarse, si es que hay recuperación. Aunque Felipe Benjumea recibió una indemnización de 11 millones de euros por su salida de la compañía, en muchos círculos de la ciudad se especula con su ruina personal, insalvable con su patrimonio y a pesar de la habilidad que le atribuyen en sus operaciones urbanísticas. Con él, dicen, caen también las grandes familias andaluzas, los apellidos más ilustres, siempre vinculados al negocio sevillano. Hay quien afea el ego desmedido y reprocha la ambición incontrolable del heredero andaluz que ha llevado a Abengoa al ocaso. Justo aquí, donde la ambición empresarial sigue brillando por su ausencia. Pero cuidado, porque en Sevilla, los Benjumea siguen siendo un apellido más que ilustre, venerable.

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