TRAS PASAR UNOS DÍAS EN PRISIÓN

El hombre que juró venganza eterna al 'cobrador' de Banesto

Pedro Olabarría Delclaux hizo carrera como empresario de éxito en la Barcelona de los años 80. Vasco de nacimiento, con señeros apellidos de Neguri en la

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El hombre que juró venganza eterna al 'cobrador' de Banesto

Pedro Olabarría Delclaux hizo carrera como empresario de éxito en la Barcelona de los años 80. Vasco de nacimiento, con señeros apellidos de Neguri en la tarjeta de visita, su vida como hombre de negocios en la Ciudad Condal no tendría que haberse visto truncada de no haber quebrado una de las empresas donde era accionista minoritario. La suspensión de pagos de  Harry Walker, una pujante compañía de suministros de maquinaria, pasó de ser un fallido más en el balance de Banesto a convertirse en su peor pesadilla tras cruzarse en su camino Alfredo Sáenz.


La llegada a la presidencia de Banesto de Sáenz implicó la puesta en marcha de una cruzada muy agresiva para recuperar créditos con alto riesgo de impago. Era el mandato que el financiero, procedente de BBV, había recibido por parte del Banco de España tras la intervención de la entidad y la destitución de Mario Conde en diciembre de 1993. Su mandato al frente del banco, en principio transitorio, se convirtió en fijo después de que la entidad recayera en manos del Banco Santander de Emilio Botín, que tras quedarse con el control le confirmó en el cargo como primer ejecutivo.


El celo recaudador de Sáenz, curtido en la plaza catalana, la cual conocía perfectamente pues había sido presidente durante ocho años (hasta 1994) de Banca Catalana, filial del Banco Vizcaya, la institución financiera vasca donde Sáenz hizo carrera como financiero de la mano de Pedro Toledo, terminó con un enfrentamiento judicial con los accionistas de la mencionada Harry Walker, donde se sentaban como accionistas algunos distinguidos empresarios de Barcelona. Una deuda de algo más de 600 millones de pesetas se convirtió en el origen de una venganza que se ha saldado 16 años después.


La reciente sentencia del Tribunal Supremo, que inhabilita a Sáenz para la práctica como banquero, corrige y aumenta la ya dictada en su día por la Audiencia de Barcelona, donde se reconocía que el ahora número dos del Banco Santander, el entonces responsable de la delegación territorial catalana de Banesto, Miguel Ángel Calama, y el abogado externo del banco, Rafael Jiménez de Parga, emprendieron una querella contra Olabarria y dos de sus socios, los hermanos Luis y José Ignacio Romero, para que respondieran con sus bienes personales por la deuda de la compañía.


Nada de esto hubiera resultado extraordinario de no haber aparecido en escena el entonces desconocido juez Pascual Estevill, expulsado años más tarde de la carrera judicial y condenado por el Supremo, que accedió a encargarse del caso para hacer ingresar en prisión a Olabarría y a sus dos socios, a los que además embargó bienes por importe de 750 millones de pesetas. Un plan, como han desmontado posteriormente los tribunales, que se urdió con pruebas falsas, que necesitó de un juez corrupto y que salpicó a la cadena de mando de Banesto, desde Cataluña a Madrid.


Pedro Olabarría fue consciente de que su caso llegó tan lejos por el empeño que puso Banesto, y en particular su presidente, Alfredo Sáenz -que dejó actuar a su hombre en Cataluña con entera libertad-, en hacer de ellos un ejemplo, una cabeza de turco, para el resto de ilustres catalanes. El mensaje era claro: la cárcel era el riesgo al que se iban a enfrentar aquellos que no cumplieran con el pago de las deudas contraidas por sus empresas y se negaran a ello rechazado responder con sus patrimonios personales. Y ese fue el caso de este vasco, empeñado en demostrar en los tribunales la trama oculta que lo llevó a la cárcel.


Aunque su paso por prisión fue efímero, Olabarría y sus socios se conjuraron para vengar una afrenta de la que hicieron plenamente responsable a Sáenz. Como reconocen desde su entorno, los aludidos juraron dedicar el resto de sus días y su patrimonio, si fuera necesario, a perseguir a los culpables del atropello. Era una cuestión de honor, sobre todo para un emprendedor que jamás en su vida pensó que podría llegar a pisar la cárcel. Su aspiración, sin embargo, estaba lejos del bíblico "ojo por ojo". Se conformaba con que su verdugo no ejerciera más como banquero. Casi 17 años después de lo relatado, puede que, tras la sentencia del Tribunal Supremo, llegue a ver cumplido su sueño. 

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