LA PARADOJA DE LAS GRANDES RIQUEZAS

Estás más cerca de la fortuna de Florentino Pérez que él de la de Amancio Ortega

Si situamos en un eje a los hombres más ricos del mundo y al español medio, nos sorprenderá descubrir que las separaciones no son las que pensamos. Pero tiene truco

Foto: El palco del Bernabéu, una de las mayores concentraciones de dinero y poder de toda España. (EFE/Javier Lizón)
El palco del Bernabéu, una de las mayores concentraciones de dinero y poder de toda España. (EFE/Javier Lizón)

¿Cuánto son 2.000 millones de euros, el patrimonio aproximado de Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y del grupo ACS? Muchísimo dinero. ¿Y 63.000 millones, la cifra aproximada con la que cuenta Amancio Ortega, fundador de Inditex? También, muchísimo dinero. Entre ese 'muchísimo dinero' y ese otro 'muchísimo dinero', cabe el PIB de unos cuantos países. Concretamente, unos 61.000 millones de euros. Cantidades que, aun así, palidecen ante los 146.900 millones de Jeff Bezos, que es, con diferencia, el hombre más rico del mundo.

¿Cuánto son 146.900 millones? Muchísimo dinero.

La pasada semana, un usuario de Reddit llamado Antovigo publicó un puñado de gráficos en los que mostraba la brutal diferencia entre el patrimonio de Bezos y otros multimillonarios como Elon Musk. “Musk tiene cientos de miles de veces más dinero que tú, pero solamente tres veces menos que Bezos”, explicaba. “Desde que tres es más pequeño que cientos de miles, intuitivamente piensas que Musk está más cerca de Bezos que de ti”. Pero no es así: a Elon Musk y a una persona sin un duro en la cuenta corriente los separan alrededor de 40 millones, y a Musk y Bezos, alrededor de 100.

Apliquemos el mismo razonamiento, siendo generosos y otorgando al lector un patrimonio de 245.600 euros, la media según el Banco de España. Da igual, en realidad. La diferencia entre no tener nada y tener un cuarto de millón, en estas escalas, es inapreciable:

(Nota: en los sucesivos gráficos, algunas magnitudes varían. Esto se debe a que en algunos casos, como en el anterior, se han seleccionado los datos más actualizados de ‘Forbes’, de este mes de mayo, y en otros se ha recurrido a los ‘rankings’ por categorías de ediciones anteriores para poder realizar la comparación en el mismo momento. Las variaciones en tan cortos periodos de tiempo apenas son significativas).

Blanco y en botella. En el amplio espectro entre la riqueza de Bezos y la aparente mediocridad del español medio, el hombre más rico de España (y décimo en el mundo), Amancio Ortega, se quedaría en un punto intermedio. Más cerca de usted que del director ejecutivo de Amazon. Si alguien necesita un ejemplo para explicar por qué la media o la mediana producen distorsiones, este es bueno.

Ahora bien, hagamos la siguiente prueba: ampliemos la lupa y coloquemos uno de los extremos en Amancio Ortega y el otro en el cero (o en la media española) y situemos en la línea a las 10 personas más ricas de España:

¿Sorprendente? Ni siquiera algunos de los grandes empresarios españoles como Juan Roig o el citado Pérez se acercan al brutal valor absoluto de la riqueza de Ortega. En términos generales, estarían mucho más cerca de alguien sin patrimonio que de la mayor riqueza del país. Y hemos preferido no introducir a Jeff Bezos en el mapa para no distorsionar aún más, pero pueden hacerse una idea.

Si quisiéramos traducir los datos a galaxias, una metáfora interesante con el hombre que fichó a Figo, Zidane, Ronaldo y Beckham de por medio, no imaginaríamos dos galaxias del mismo tamaño en que Pérez orbitaría alrededor del común de los españoles mientras la otra solo estaría ocupada por Ortega, sino dos sistemas de muy distinto tamaño en que las grandes fortunas estarían, en el peor de los casos, en la periferia de la órbita Amancio, y el 99% de los españoles, en una galaxia muchísimo más pequeña… pero mucho más poblada. La clave se encuentra en la población, no en la distancia entre el más rico y el más pobre.

¿Hay ricos y ricos?

La explicación de este aparente fallo cognitivo nos dice mucho acerca de cómo nos relacionamos con el dinero y de los sesgos que sufrimos. Para Pedro Rey Biel, profesor de Esade y experto en economía del comportamiento, hay dos términos que explican por qué en algunos casos una variación de unos miles de euros puede separar la clase baja de la media-alta y, en otros, miles de millones no suponen una gran diferencia.

En primer lugar, la contabilidad mental. “Aunque todo sea dinero, una variable en apariencia continua, para organizar nuestras decisiones y tomar puntos de referencia categorizamos las cosas en nuestra cabeza”, explica. “No es lo mismo el dinero que ahorras que el que gastas en entretenimiento”. Uno de los ejemplos clásicos es que nos cuesta mucho menos gastar el dinero ganado en una lotería (o, pongamos, la paga extra de verano) que el que hemos ahorrado duramente mes tras mes.

"Son magnitudes tan enormes que nadie conoce en términos prácticos la diferencia entre 1.000 millones y 10.000 millones"

Aplicado a la riqueza de los demás, “una vez creas la categoría de ‘ricos’, es mucho más fácil y práctico pensar en ‘ricos y pobres’ o ‘ricos y medianos’ que en las diferencias que hay entre los distintos niveles de riqueza”, añade Biel. Como ocurre en las distancias de años luz entre galaxias, a partir de cierto punto, estas pierden el sentido. “Son magnitudes tan enormes que nadie conoce en términos prácticos la diferencia entre 1.000 millones y 10.000 millones”. En resumidas cuentas, cuando alguien es rico, al grueso de la población le da igual que lo haga con un patrimonio que serviría para adquirir un puñado de chalés o con otro equivalente al PIB de 85 países.

La otra razón expuesta por Rey Biel es la utilidad marginal, una lección de primero de economía. “Siempre contamos el ejemplo de que el primer helado te pone contento, el segundo te da algo más de alegría pero un poco menos, y así sucesivamente hasta que directamente te mueres de empacho”, prosigue. “Al pensar en dinero ocurre lo mismo, en un nivel inicial, el doble de riqueza entre dos personas parece un montón, pero si alguien es el doble de multimillonario que otro, no vemos gran diferencia”.

Es que en algunos casos se ha denominado como la ley de Weber-Fechner, que señala que “el menor cambio discernible en la magnitud de un estímulo es proporcional a la magnitud del estímulo”. Es decir, si sostenemos un objeto de 100 gramos y añadimos otro de 10, es posible que notemos la diferencia, pero si añadimos a uno de 1.000 esos otros 10, no. Algo semejante a la famosa discutida paradoja de Easterlin, que señala que a partir de cierto nivel de riqueza, el aumento de ingresos no propicia una mayor felicidad.

El discreto encanto de los famosos

Hagamos ahora otra prueba: ¿qué ocurre con los deportistas, con cuyos sueldos suelen compararse las retribuciones de los trabajadores medios? Saquemos una vez más el rasero Amancio Ortega (ni siquiera el Jeff Bezos) y coloquemos en una línea los grandes patrimonios deportivos:

Que no se entere Michael Jordan de que está rondando el puesto número 1.000 entre los más ricos del mundo, no vaya a ser que le dé un soponcio competitivo. Podría pensarse que, al fin y al cabo, los deportistas mejor pagados en este momento son aún jóvenes, por lo que no han tenido tiempo para multiplicar sus ingresos con distintas inversiones económicas. Así pues, ¿qué ocurre con los cantantes, algunos de ellos veteranos, que han tenido más tiempo?

Pues nada. Parece ser que ni siquiera haber escrito 'Yesterday', 'Let It Be' o 'Temporary Secretary' te garantiza una fortuna al nivel de un gurú de Silicon Valley. Lo podríamos llamar la paradoja Apple, empresa tecnológica que sacó su nombre y logo de la firma que los Beatles fundaron a finales de los años sesenta antes de fracasar económicamente. No es el talento artístico o deportivo lo que hace amasar las fortunas más extremas, sino el éxito empresarial.

"Por mucho que Bezos sea el más rico del mundo, tiene un perfil más bajo que el de un deportista"

Sin embargo, ¿por qué salvo contadas excepciones tenemos en nuestra mente siempre a celebridades como ejemplos de grandes fortunas? Una vez más, Rey Biel da dos explicaciones. “Por un lado, se encuentra cómo valoramos el origen de esa riqueza, porque no se valora igual a un empresario que se considera que ‘se lo ha currado’, la imagen que suele tenerse de Amancio Ortega, que a una celebridad a la que se le atribuye un esfuerzo menor (lo ha conseguido por suerte, por su belleza natural, etc.)”.

Por otra parte, es el signo más claro de que nos encontramos en la cultura de la celebridad. “Estamos mucho más expuestos a la riqueza de las celebridades”, recuerda el profesor. “Por mucho que Bezos sea el más rico del mundo, tiene un perfil más bajo que el de Bill Gates o Steve Jobs”. Que no demos demasiado valor a las capacidades que consideramos innatas o a las habilidades explica por qué solemos rechinar los dientes cuando el rico menor es un deportista pero no cuando el rico mayor es un empresario.

La pregunta del millón

De acuerdo que para el 99% de la población las diferencias entre los distintos niveles de riqueza sean prácticamente inapreciables, pero ¿sueñan los superricos con ser ultrarricos algún día? Si hay a quien le quita el sueño la posibilidad de que el vecino de al lado tenga 30 veces más que él, ¿ocurrirá lo mismo entre los más acaudalados, que son capaces de distinguir entre varias categorías de riqueza de igual forma que la leyenda urbana señala que los esquimales tienen decenas de palabras para referirse al blanco?

"La pelea por convertirse en el futbolista mejor pagado del mundo muestra que tras cierto punto el dinero es una cuestión de competitividad"

“Eso habría que preguntárselo a ellos”, bromea Rey Biel, que no obstante recuerda que “la gente siempre evalúa su renta de acuerdo a grupos de referencia”. “El nuestro no es el mismo que el de Florentino Pérez, y no creo que sean inmunes a compararse con gente que tiene más”. Una vez que se alcanza cierto nivel —pongamos, el de garantizar tu supervivencia y el de unas cuantas generaciones posteriores—, las preocupaciones se esfuman, pero puede que te importe por una cuestión de competitividad".

El mejor ejemplo, la pelea entre Messi y Cristiano por convertirse en el futbolista mejor pagado del mundo. “Las renegociaciones de contrato no tenían que ver con cuánto ganaban en términos absolutos, sino porque se sentían maltratados aunque hubiesen renovado cinco meses antes porque el otro se había convertido en el mejor pagado”, recuerda el economista. El dinero, en ese caso, no tiene importancia por la posibilidad que otorga de adquirir productos o bienes, sino, simbólicamente, por una cuestión de estatus. Muescas en el revólver del ego.

Para el resto de los mortales, no obstante, ser rico sigue siendo como viajar fuera de la Tierra. “La gente sabe que hay mucha distancia entre la Tierra y la Luna o entre la Tierra y Marte, pero no es capaz de decir cuánta”, concluye Rey Biel. “Mucha gente pensaba que el siguiente paso tras ir a la Luna sería ir a otro planeta, pero de lo que no nos damos cuenta es de que viajar a la Luna es como ir a tomar una caña al bar de al lado y viajar a Marte, a otro continente”. Con la riqueza ocurre lo mismo. Florentino Pérez puede ser la Luna, Amancio Ortega el Sol y Jeff Bezos la nebulosa de Andrómeda, la galaxia más cercana, a 2,5 millones de años luz de la Tierra, pero nos da igual porque, como muy lejos, iremos a un apartamento en la playa de Torrevieja.

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