cambio de rumbo

De la austeridad al mayor déficit de su historia: los nombres tras el giro de Berlín

Berlín ha dado un giro de 180 grados. Ha pasado de aupar a dogma el déficit cero e imponer la austeridad en toda la UE a suspender el "freno de la deuda" de su Constitución

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, en una reunión de su gabinete. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel, en una reunión de su gabinete. (Reuters)
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Berlín ha dado un giro de 180 grados con la pandemia. Ha pasado de aupar a dogma el déficit cero e imponer la austeridad en toda la Unión Europea (UE) a suspender el "freno de la deuda" de su Constitución, aprobar el mayor déficit anual de su historia y apoyar que la Comisión Europea (CE) pueda endeudarse por primera vez para sufragar con 500.000 millones de euros el esfuerzo de reconstrucción. La clave está en el Ministerio de Finanzas, dirigido por el socialdemócrata Olaf Scholz, y en una nueva hornada de economistas, alejados del tradicional ordoliberalismo alemán. La pregunta, sin embargo, es: ¿es esto un cambio de paradigma o solo un paréntesis?

Lo primero fue un jarro de agua fría. Nada más ser nombrado, Scholz solo quería rebajar expectativas. "Un ministro alemán de Finanzas es un ministro alemán de Finanzas", repitió varias veces, siempre con su deje algo robótico, a lo largo de aquel marzo de 2018. Quería advertir, tanto en su país como en Europa, tanto a la anhelante izquierda como a la temerosa derecha, que no iba a suponer un golpe de timón su llegada al frente de Finanzas —de la mano de una nueva gran coalición con los conservadores de Merkel y en sustitución del halcón de la austeridad Wolfgang Schäuble. Que Berlín seguía en sus trece de disciplina fiscal, consolidación y déficit cero.

Así empezó la legislatura. Sacó adelante dos presupuestos austeros, ambos con un ligero superávit, en los siguientes ejercicios. Y mantuvo la consolidación fiscal pese al enfriamiento de la economía y a las críticas desde su izquierda, incluyendo sectores de su propio partido, que esperaban revertir de una forma nítida los ocho años previos de los conservadores en Finanzas. "Las vacas gordas se han acabado", advirtió en un momento frente a quienes le exigían, desde dentro y fuera, que abriese el grifo del gasto.

Hasta que llegó la pandemia. Apenas dos años después de aquellas primeras declaraciones, Scholz aparecía de nuevo ante los medios, sin alterar el rostro ni previo aviso, pero con una partitura radicalmente distinta. Entonces el número de infectados se estaba disparando ya en Alemania y se había decidido restringir de forma tajante la vida pública y la actividad económica para evitar una tragedia como las que se estaba fraguando en Italia y España. En el Gobierno alemán habían entendido que el covid era un 'shock' externo sin precedentes contemporáneos y él era el encargado de poner números a la respuesta del Ejecutivo.

Un "bazuka" de 750.000 millones

Scholz anunció entonces un "bazuka" financiero de hasta 750.000 millones de euros en asistencia pública a empresas y trabajadores, entre ayudas, créditos y garantías. Este paquete supone alrededor de la mitad del total del estímulo financiero público anunciado por todos los países de la UE. Este junio presentó además al Bundestag la segunda actualización de los presupuestos generales a causa de la pandemia. Las cuentas del Ejecutivo en 2020 han pasado del séptimo déficit cero consecutivo originalmente previsto a acumular el mayor déficit de la historia moderna del país, un total de 218.500 millones de euros. En torno al 6,5% de su producto interior bruto (PIB), algo impensable este febrero.

La poderosa reacción de Alemania —mayor, más rápida y mejor trabada que la de 2008— ha sido posible por la confianza de los mercados en el bono alemán —fruto de su músculo industrial y de la situación de sus cuentas públicas—, pero también porque Scholz había ido sentando las bases para esta respuesta al renovar ciertos puestos clave en Finanzas. Con él entró en el ministerio una nueva hornada de expertos, como un soplo de aire fresco tras los años de ortodoxia de Schäuble. Su llegada supuso, en palabras del director del 'think tank' Bruegel, Guntram Wolff, un auténtico "cambio intelectual".

El ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz. (Reuters)
El ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz. (Reuters)

Entre los nombres más destacados se encuentra el del nuevo economista jefe del ministerio, el exeuroparlamentario Jakob von Weizsäcker, quien hace una década lanzó junto a un colega francés una propuesta de eurobonos. O el del secretario de Estado en el Ministerio de Finanzas, Jörg Kukies, que no gustó en un primer momento por provenir de Goldman Sachs —aunque había militado en las Juventudes Socialdemócratas, JuSos— y al que recientemente el 'Tagesspiegel' denominaba "el arquitecto del bazuka". Él fue el autor, por parte de Berlín, de la propuesta franco-alemana para la UE.

También sobresalió el nombramiento de Isabel Schnabel, una economista defensora de la política monetaria expansiva de Mario Draghi, para el Banco Central Europeo (BCE), donde ha ocupado el puesto permanente de Alemania en el Comité Ejecutivo. Todos ellos —y algunos otros nombres que están cobrando relevancia mediática como Henrik Enderlein y Marcel Fratzscher— son miembros de una generación que en muchos casos ha estudiado fuera de Alemania y cuyo pensamiento no está dominando, como sucede con muchos de sus antecesores, por un temor casi irracional a la inflación y la deuda.

La excepción a la regla

Esto no resta mérito alguno a Scholz en la maniobra, una operación que Schäuble —con su talla política y el respaldo a prueba de bombas de que disfruta en el campo conservador— difícilmente hubiera podido ejecutar, a pesar de que ahora ha apoyado públicamente la respuesta del gobierno a la pandemia. Como tampoco se lo quita a la propia canciller, que es en última instancia quien aprueba las líneas generales de la actuación de su Ejecutivo en casa y quien pelea en Bruselas por las decisiones comunitarias. Merkel, que ha advertido del peligro que esta crisis supone para la supervivencia de la UE, ha logrado involucrar a la mayor parte de su partido —situado principalmente a su derecha— y a gran parte de la oposición en esta apuesta, tanto en la derivada nacional como en la comunitaria.

Nada hace entrever, sin embargo, que el cambio operado en Berlín tenga que integrarse en la nueva normalidad pospandemia. Scholz ha dejado claro que la reacción económica ante la crisis es algo excepcional y que su país se puede permitir este esfuerzo extraordinario porque en los años anteriores ha mantenido a rajatabla el déficit cero y ha reducido del 80 al 60% la deuda estatal. El "freno de la deuda", la disposición constitucional que prohíbe al Gobierno federal un déficit anual superior al 0,35% del PIB salvo en emergencias como la actual, está suspendido pero en absoluto eliminado.

Puede servir como referencia la crisis financiera de 2008. Alemania, ya con Merkel al frente de su primera gran coalición y también con un ministro de Finanzas socialdemócrata, aprobó entonces su mayor paquete de estímulo hasta la fecha y nacionalizó total o parcialmente varias entidades financieras, como el Hypo Real Estate y el Commerzbank, con una factura oficial de unos 30.000 millones para el contribuyente —al menos 68.000 según estimaciones de Los Verdes—. Pero después cerró el grifo y se comprometió legalmente con el equilibrio presupuestario. Un año más tarde, reformaba la Constitución para incluir el "freno de la deuda" y en 2014 lograba su primer déficit cero a nivel federal en décadas. Este hito se convertiría en el nuevo estándar en Berlín. De forma paralela, el Gobierno alemán —y en especial Schäuble— apretaba las tuercas a los socios europeos rescatados con ajustes y reformas —especialmente a Grecia— e impulsaba un refuerzo del Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Y puede que esta sea la fórmula que más convence en Alemania. La combinación de mantenimiento de la tradición austera y de la contundencia para asegurar la economía en momentos de crisis. Eso es lo que ha hecho repuntar de forma notable en los sondeos a Scholz en las últimas semanas. En la más reciente edición de la encuesta Deutschlandtrend el ministro de Finanzas aparecía, con un 60 % de popularidad, como el segundo político mejor valorado, por detrás tan solo de la canciller. Esto ha logrado que de nuevo su nombre vuelva a sonar como posible candidato socialdemócrata para las generales del año que viene, a las que Merkel no se va a presentar —y en la que los conservadores están divididos en la búsqueda de un sucesor—.

El coronavirus ha puesto todo patas arriba. Hace solo siete meses Scholz parecía desahuciado tras perder las primarias a la presidencia de su propio partido —lastrado por su imagen centrista y su participación en la gran coalición—. Se impusieron en la consulta a la militancia el dúo izquierdista formado por Saskia Esken y Norbert Walter-Borjans, que prometían renovación y un viraje para alejarse de la alargada sombra de Merkel. Pero ahora la experiencia de gobierno y los consensos centrípetos son bazas ganadoras.

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