se impuso por 6-3, 6-2 y 6-3

Djokovic pasa por encima de Nadal para llevarse el Open de Australia

Desde los primeros puntos del partido, Djokovic demostró que estaba más fino y sometió a una tortura a Nadal que, por primera vez en su carrera, no logró un set en una final de un grande

Foto: Nadal, en medio de un punto. (EFE)
Nadal, en medio de un punto. (EFE)

Rafa Nadal no tuvo su mejor tarde, no estuvo a la altura del tenista que es y eso, en una final de grand slam contra un rival como Novak Djokovic, es un seguro de derrota. No hubo una lucha épica, desde el primer momento se detectó una tendencia que marcaría el partido: el serbio, perfecto; Nadal, no tanto. Y, en estos niveles, todo lo que sea estar por debajo del 100% es un pasaporte a perder el partido. Con el resto del universo, Rafa se puede permitir no tener el acelerador pisado al máximo, contra uno de los mejores jugadores de siempre, como es Nole, no valen medias tintas. La victoria fue brutal: 6-3, 6-2 y 6-3.

Es cierto que Djokovic estuvo enorme, desde el primer punto del partido. Que probablemente ni el mejor Nadal, ni el mejor Federer, ni el mejor jugador que se pueda imaginar, pudiera haberle hecho daño. Porque todo le funcionó, algo que tampoco es tan extraño, no deja de ser un tenista eterno. Es, quizá, el más completo que se ha visto nunca, porque es difícil encontrarle alguna tara a su juego. Es un buen sacador, tiene un movimiento excelso, un revés único, la derecha manda y al resto no hay nadie que demuestre su velocidad de reacción. De Nadal se puede apuntillar su saque, Federer tuvo problemas para dominar con el revés, a Nole nada le falla.

Desde el primer juego del primer set quedó claro que el saque de Djokovic iba a ser imbatible en la Rod Laver Arena. Nadal, que también es un buen restador y un jugador de una ambición tremenda, solo fue capaz de hacerle un punto en el primer parcial cuando servía el serbio. Los puntos se resolvían rápido y siempre del mismo lado, porque Djokovic dominaba, movía a Nadal por la pista y nunca fallaba el punto ganador. También le rompió el primer servicio que tuvo en el partido, como un mensaje claro, le iba a proponer un infierno y de Nadal dependería poder salir o no de allí.

La dinámica del partido era muy evidente y Rafa buscaba algún punto de inflexión, algo, por pequeño que fuese, que insipirase dudas en el impertérrito Djokovic. Con 4-1 en el marcador, Nadal logró superarle una vez que iba a la red con su servicio. Puso el número 1 del mundo un mueca de contrariedad, pero pronto sofocó la rebelión y pusó de nuevo el tanque en la pista. Derecha, izquierda, paso adelante, fin del punto. Así una y otra vez.

Resulta sorprendente que Nadal no juegue en su mejor versión, porque llegaba de una serie de partidos memorables. Pero no le salió nada, lleva muchos años malacostumbrando a la afición, llegando a pelotas imposibles y clavando puntos que desconciertan al más pintado. Tantas veces lo ha hecho que parece increíble que pueda fallarlas, pero es así, porque en Melbourne eso es precisamente lo que ocurrió, las pelotas que normalmente entran -y que solo le entran a él- esta vez se iban fuera, una y otra vez. Se sintió como lo que no es, un tenista más, uno normal, y enfrente de un coloso eso termina en derrota.

Faltó magia y se vieron algunas de las carencias que Rafa tiene pero que normalmente maquilla con todas sus demás virtudes. Restó lejos, muy lejos de la línea de fondo, en una posición en la que se ha acostumbrado a esperar la bola y que contra jugadores tan brillantes como Nole no deja de ser la concesión de una ventaja. Ahí él prima la comodidad, rebaja la agresividad de la que tanto se ha hablado estos días y se pone en una posición perdedora de base, al menos con un rival así. Es una concesión que otra leyenda va a saber explotar.

Un tenis inalcanzable

La final fue de principio a fin de Djokovic, que supo ponerle el ritmo preciso. Rafa, en múltiples ocasiones, se sobrerevolucionó. Tuvo muchos más errores de los que acostumbra, muchos más que aciertos y muchísimos más que su rival, que estuvo siempre relajando y encontrando el golpe perfecto para someter a Nadal, que por primera vez en su carrera se marchaba de una final de grand slam sin ganar ningún set.

Djokovic tiene ya 15 grandes y ha ganado los tres últimos. Las dudas que pudo haber sobre su primacía actual se disiparon en a pista central de Melbourne, su ritmo, su regularidad y sus fortalezas son actualmente inalcanzables para el resto de jugadores del circuito, y eso incluye también a Nadal, al menos en lo que a pistas rápidas se refiere. Logró, además, su séptimo título en Australia, más de los que nadie haya conseguido antes.

Nadal, por su parte, se vuelve a quedar corto en Melbourne, es el único torneo de grand slam que no ha ganado dos veces, allí ha perdido cuatro finales. Su juego de estos días es un excelente síntoma, se ha visto el mejor Rafa en los partidos previos y uno mucho más mundano en la final. El conjunto general es positivo, tras cuatro meses en el dique seco, ha recuperado sus esencias y si sigue en buena forma física estará entre los favoritos en todos los torneos a los que acuda. Esa lectura, que es muy positiva, es complicada justo después de este partido, en el que hubo un dominador brutal y un espacio entre los dos jugadores abismal.

Es posible, eso sí, que esta distancia no sea la que se vio en el Rod Laver Arena. Que Djokovic no pueda estar a este nivel de manera sostenida, que lo de Rafa fuese poco más que un mal día. En el resultado, en todo caso, no hay injusticia ninguna, ganó el mejor y lo que representa el marcador es lo que ocurrió en la pista.

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