victoria por 6-3, 7-6 y 6-3

Djokovic gana a Del Potro en Nueva York y se coloca a la altura de su ídolo Pete Sampras

Djokovic ganó en tres sets a Del Potro, pero necesitó tres horas y media. El partido fue igualado pero el serbio, que sigue siendo un torrente de tenis, controló mejor los momentos clave

Foto: Djokovic, con el trofeo del US Open. (EFE)
Djokovic, con el trofeo del US Open. (EFE)

Djokovic sonreía, feliz, como se espera de un enorme campeón que acaba de ganar un torneo. Del Potro, enfrente, amigo del primero, lloraba deconsoladamente. Esto funciona así, dos deportistas extraordinarios se enfrentan y solo uno de los dos es capaz de ganar. Al otro solo le espera amargura. Más de tres horas de partido después, el serbio demostró que era mejor. Por matices, cosa de detalles, pero mejor.

El serbio tiene un lugar preferente en la historia del tenis, quizá en la del deporte. Con su victoria en Nueva York consiguió su décimocuarto grande y eso no es una cifra más. 14 son los que ganó Pete Sampras, que durante muchos años marcó el registro que todos querían tener. 14 fue una obsesión para Federer, que fue el primero en derribar la barrera. Después llegaría Nadal y ahora también Djokovic.

El tiempo ayudará a poner en perspectiva el párrafo anterior, porque no se puede considerar nada más que una anomalía este tiempo de mitos. En todos los deportes hay récords que se baten, jugadores que destacan en unas épocas y otras. En el tenis, sin embargo, los tres mayores ganadores de siempre son coetáneos. Y no sería un error, aunque la competencia es diferente, incluir a Serena Williams como un hito de la misma época y del mismo tamaño de grandeza.

Pero centrémonos en los hombres, al menos por el momento. Nadal, Federer y Djokovic comparten la edad de oro, han competido por un número finito de torneos e, increíblemente, han logrado repartírselos casi a tercios. La clave está en la excelencia sostenida, estos tipos, que además juegan una locura, siempre tenían algún tipo de representación en el circuito que impedía a todos los demás, que son muchos, sacar la cabeza. La tricefalia que ha vivido el tenis es asombrosa, tres mitos compitiendo cada semana, retándose una y otra vez a ser mejores. Hasta reventar todo lo que se había visto antes.

Los tres comparten también el hecho de caer y levantarse. En el tenis antes la gente se retiraba antes de los 30 con frecuencia, porque el circuito es duro, implica cientos de horas de juego, docenas de viajes y muchas noches pernoctando fuera de casa. La recompensa es grande, es cierto, pero igualmente es llamativa esta carrera hacia el infinito que se han marcado estos tres -y a la que probablemente le queda un tiempo- es asombrosa. Ellos, por la lógica de los cuerpos, han visto como en ocasiones han tenido que reiniciar, como las lesiones les han marcado para tener un tiempo fuera.

Djokovic. (Reuters)
Djokovic. (Reuters)

Pegándole desde todos los perfiles

Pero después de esas caídas, siempre se han levantado. Djokovic hoy es un jugador más delgado que aquel que tiranizó el circuito en 2016, pero sigue siendo la misma máquina de jugar al tenis. Los muchos meses en los que pareció perdido y sin ganas de volver ahora quedan a la espaldas. No hay ninguna duda de la pasta de este serbio, que si puede ganar 20 ganará 20. Es voraz.

Y juega al tenis que da gloria verle. En su final con Juan Martín del Potro demostró su tremendo arsenal de golpes. Cada uno tendrá su favorito, pero él es probablemente el más completo de todos los jugadores, es muy complicado encontrarle una carencia. Saca bien, resta de lujo, pega en todos los perfiles. Tiene, además, una capacidad extraordinaria para jugar en carrera, es de los pocos jugadores que puede hacer el mismo daño sin tener los pies apoyados en el suelo que en parado. Especialmente cuando la bola le llega al revés, en ese golpe único, tan característico, en el que más qe un jugador parece una avispa a punto de clavar el aguijón.

Djokovic es también increíblemente intuitivo. Siempre parece estar en el lugar en el que va a caer la pelota y su capacidad de reacción es instantánea. Esa, quizá, fue la diferencia más grande con Del Potro, un pegador terrible al que le cuesta más moverse, sobre todo lateralmente. El argentino, como le ocurre a Djokovic, es también una historia de superación. El físico le deja jugar poco y a duras penas, pero cuando es capaz de hilvanar una serie de partidos seguidos, es una maravilla verle jugar.

En el primer parcial, el serbio fue mejor. La clave, por lo tanto, estuvo en el segundo. Del Potro le tenía, estaba 4-3 arriba y sacaba Nole. 20 minutos duró el juego, pero el balcánico logró escapar. Siguió y forzó el 'tie break', y allí volvió a tener algunas ventajas, pero se le marcharon un par de derechas y Djokovic, eterno campeón, no suele dejar oportunidades por llevarse. Con dos sets arriba, y aunque el de Tandil nunca dejó de luchar, en el ambiente estaba que la victoria iba de nuevo a Europa.

Ganar en solo tres sets suena algo excesivo para lo visto en la pista, donde hubo gran igualdad. Es más, el partido casi se va a las cuatro horas, y eso que Nole ganó en corto, que no en fácil. Es la sustancia del tenis, que dos jugadores pueden estar equilibrados, pero un puñado de puntos termina deshaciendo el entuerto y si caen todos del mismo lado, como es el caso, termina ganando uno de los jugadores por más diferencia de lo esperado.

Djokovic iguala a Sampras, al que hizo un guiño en la entrega de trofeos. Era su ídolo, dice, y ahora se ha puesto a la altura. Con lo visto en los últimos meses de competición, lo normal es pensar que en el futuro le superará. Es hijo de su tiempo, un tiempo en el que tres monstruos han agitado un deporte de más de cien años. Los aficionados han sido muy afortunados por poder disfrutarlo.

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