había perdido los dos primeros sets

Rafa Nadal sucumbe a los problemas de rodilla y da vía libre al tesón de Del Potro

La rodilla de Rafa Nadal se resintió de sus males en el primer set y el jugador decidió dejarlo cuando iba dos abajo contra el argentino, que jugará la final de Nueva York nueve años después

Foto: Rafa Nadal, cabizbajo tras su retirada en Nueva York. (EFE)
Rafa Nadal, cabizbajo tras su retirada en Nueva York. (EFE)

Es la mayor crueldad posible, ese punto de no retorno en el que el gran campeón sabe que no hay nada que hacer. Para que Rafa Nadal se retire de un torneo, todavía más de un grand slam, el dolor tiene que ser demasiado intenso y el miedo muy real. Porque Rafa no se engaña, conoce bien su cuerpo y los límites de los que dispone. Él, al fin y al cabo, sabe perfectamente lo que es estar tiempo parado porque las rodillas no funcionaban. Y que hay situaciones en las que solo la retirada es una salida válida.

Juan Martín del Potro, su rival, miraba desde el otro lado de la pista, cariacontecido, con los ojos del que no sabe si celebrar su victoria, que es un gran hito para él, o tratar de pasar con la cabeza gacha porque su alegría ha llegado a costa del dolor de un oponente que, además, es un amigo. En este caso, además, se junta el hecho de que hay muy pocos que sepan lo que es el dolor mejor que el argentino, que vio como su carrera se deshilachaba y ahora vuelve a la final de un grande. En medio de todo eso, años de penuria.

Volvamos a Nadal, que no revalidará un título que ganó el año pasado. Está en un momento de su carrera en el que cuida su calendario, intenta no desbocar el cuentakilómetros y jugar solo lo esencial para sacar buenos resultados. Todo eso ha sido el plan durante la temporada, pero ni siquiera el esmero más absoluto y el cuidado minucioso del físico es una receta definitiva para prevenir una lesión. Rafa, además, tiene cierta propensión. Y el daño, que es siempre inoportuno, en este caso no puede resultar sorprendente.

Porque la rodilla es para un deportista uno de los lugares más peligrosos, pero en el caso de Nadal va mucho más allá. Cuando era joven le dio un susto importante, hasta el punto de que en 2009 —casi una década de aquello ya— los agoreros estimaban que el cuerpo del español no podría aguantar los vaivenes del muy exigente circuito. De aquello salió, como de tantas otras cosas, pero se le quedó para siempre un problema en la articulación, una tendinitis que es parte de su vida cotidiana, una muy fastidiosa.

Dolorosa, siempre dolorosa. Los profesionales, en general, suelen confesar en privado que no hay una mañana en sus existencias en las que el dolor no aparezca. En realidad, ser deportista de esto es también saber que el cuerpo va a gritar y que se va a necesitar aguante. Estos señores ponen la máquina a tope durante meses, fuerzan, buscan límites. Y en esos límites espera siempre la lesión, que puede ser grave, de las que incapacitan, o algo más leve que solo se queda como una alerta en forma de dolor.

Un US Open difícil

La rodilla de Nadal sanó, pero se quedó con el recuerdo de todo aquello. Ya no es atribuible a algo concreto, no es más que una compañía indeseada que siempre va con el gran campeón. A veces parece mitigada, sin irse del todo. Son los momentos en los que el español es inabarcable. Otras veces, sin embargo, reclama el dolor su espacio y se convierte en un fantasma que vuelve y hace daño. Lo suficientemente grande como para sacarle de competición. Contra Del Potro fue la puntilla en este torneo, pero ya desde tres rondas previas, en su partido contra Khachanov, empezó a darse cuenta de que los problemas estaban siendo mayores que otras veces. Por eso las vendas debajo de la articulación, como queriendo estructurar la pierna con un esparadrapo. Por eso también su rutina algo más tranquila que en otros años.

La paliza que se ha dado en la pista, en varios partidos consecutivos, ha sido importante. Todo está relacionado, si en semifinales terminó retirado es porque el esfuerzo fue excesivo, y eso también fue producto de que su tenis estaba siendo menos efectivo de lo que acostumbra. Eso alargaba los partidos y le hacía rebotar sobre sus maltrechas rodillas una y otra vez, con lo abrasivo que es eso en una pista dura como la de Arthur Ashe, el hogar de Nadal en el US Open.

"En el primer set he sentido algo, lo he comentado con el box, he intentado pensar que iba a mejorar durante el partido, pero no ha sido así", expresaba el número 1 del mundo tras su derrota. Fue curioso ese parcial, los dos jugadores empezaron dudando bastante, perdiendo sus servicios. A mitad de set Rafa se dio cuenta de que su rodilla estaba todavía peor que otros días, pero con su increíble pundonor, se mantuvo. Perdió el servicio y tuvo bolas de set en contra con el saque de Del Potro, pero sacó fuerzas de flaqueza para forzar un 'tie break' en el que fue peor que su rival. Es difícil saber cuál hubiese sido el siguiente paso en el caso de haberlo ganado, pues verte por delante en el marcador da alas. Todo lo que quedan son conjeturas, porque el argentino ganó el desempate y, después, con un Nadal ya más claramente mermado, venció con contundencia el segundo set.

Con esa distancia, ya en apariencia insalvable, Rafa tiró la toalla. "He intentado mantenerme en la pista lo más que he podido, como podéis imaginar es difícil para mí decir adiós, pero hay un momento en el que tienes que tomar una decisión", señalaba el ídolo cuando ya todo estaba perdido. "Sentía mucho dolor; odio retirarme, pero estar ahí un set más era demasiado para mí".

A fe que odia retirarse, lo ha hecho poco y en muchas ocasiones ha dado muestras de que sus umbrales de resistencia al dolor son considerablemente altos. Siempre fue capaz de jugar una bola más, en cada punto, también en la adversidad. A sus 32, sin embargo, es posible que ya haya aprendido que hay ciertas batallas en las que la retirada es la única alternativa sensata. Podría haber seguido, pero con un horizonte negrísimo y bajo el riesgo de hacer de lo que ya es un problema evidente, un drama mayor. Total, con las cualidades disminuidas este torneo no lo iba a ganar. No se vence un grand slam a medias.

La merecida suerte de Del Potro

Rafa, además, tiene otras batallas por delante por las que merece la pena pensar más que actuar. Se ha puesto muy complicado verle la próxima semana en la Copa Davis, porque aunque la ilusión era grande por verle contra Francia, hay poco tiempo para recuperar lo que quiera que tenga en la rodilla. Los objetivos, ahora que los cuatro grandes de la temporada ya han terminado para él —dos retiradas, por cierto, además de un título y otra semifinal— es acabar el año como primero en la lista mundial y, quizá, ganar el último gran premio que se le resiste, la copa de maestros.

"No me gusta verle sufrir, estoy triste por él, pero también feliz por volver a jugar una final". Del Potro, al otro lado, trataba de navegar entre dos aguas cuando la desgracia ya se había consumado. Es cierto que, cuando algo así ocurre, en la pista queda un ambiente desangelado, como de injusticia bíblica. A todos les gusta ganar a raquetazos más que por incomparecencia del rival. A nadie le gusta que un amigo termine pidiendo la asistencia y la retirada.

Su victoria, aunque sea en circunstancias anómalas, es una noticia sensacional, como él, es también un tenista sensacional. En 2009, cuando el tenis era todo de Rafa y Roger, él se atrevió a ganar a los dos en Nueva York y llevarse el torneo a Tandil. Fue su primer grand slam y parecía el advenimiento de otro grande, uno que había nacido para colocarse entre los que estaban llamados a ser la historia de este deporte. Aquel jugador espigado que iba a poner patas arriba el deporte entero quedó, poco después, reducido al mínimo. El tráiler anunciaba gloria y solo trajo dolor.

Porque Nadal se fue de la Arthur Ashe dolorido y con miedo, y esas mismas sensaciones las conoce Del Potro como el escultor el cincel. A él, no mucho después de aquella enorme victoria, la muñeca empezó a darle problemas. Primero no parecía mucho, pero es una zona sensible. La inserción de varios tendones, una concatenación de huesecillos que hacen de esa parte del cuerpo una obra de ingeniería. A la gente normal se le puede romper cualquier cosa por allí y suponerle una gran molestia, pero a un tenista, un ser cuyas manos tienen que amortiguar pelotas a cientos de kilómetros por hora, que todo eso no funcione a la perfección es sinónimo de drama máximo.

El respeto del rival

Del Potro tuvo que pasar por quirófano y, sobre todo, necesitó que pasase el tiempo. Llegó incluso a dejar a sus entrenadores, porque no quería hacerles perder el tiempo. Estuvo durante semanas, quizá meses, siendo un tipo que no solo no podía ser deportista, es que prácticamente no podía utilizar las manos. Entre sus rutinas estaba estrujar una pelota ligera de plástico, para ver si con eso iba fortaleciendo los músculos que dan estabilidad a una muñeca que le sacó del tenis, le dejó sin 'ranking' y le llegó a montar un jaque. Cerca estuvo de no volver.

Toda historia así tiene también toneladas de voluntad. Lo es en Nadal, que volvió, por supuesto también en Del Potro. Tuvo que cambiar el revés, porque el que aprendió cuando era un niño ya no era compatible con sus articulaciones. Fue poco a poco retornando, entrando en torneos menores, encadenando primero sensaciones, mucho antes que resultados. Fue un camino tortuoso, duro, uno en el que tenía muchas cosas que perder, pero terminó enderezando.

Aquel crío que sorprendió a Federer en 2009, hoy llega a la misma final que le encumbró. Si el río nunca es dos veces el mismo, tampoco el de hoy es el mismo Del Potro. Uno de los jugadores más carismáticos del circuito, sin necesidad siquiera de ser especialmente vociferante. Sus rivales le tienen un respeto reverencial, porque ven en él un soberbio deportista, pero también porque le detectan como un superviviente, y eso a veces impresiona mucho más.

"Tengo mis mejores memorias en el tenis en esta pista, pero yo era un niño, ahora soy mucho mayor", balbuceaba la torre de Tandil cuando el partido había ya terminado. Es el mismo de aquellas, pero tampoco se parece tanto. Su historia, como sus triunfos, son dignos de celebración, porque deportistas de su calibre no hay tantos. Uno de ellos, Rafa Nadal, sucumbió de la peor manera en la pista Arthur Ashe. Un final indeseable, pero hay líneas que están escritas y no se pueden cambiar.

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