cinco épicos sets del de jávea

Ferrer gana el punto decisivo en la Davis y mete a España en semifinales contra Francia

Ferrer necesitó un maratón para ganar su partido a Kohlschreiber, pero finalmente lo consiguió. Antes había ganado Nadal a Zverev. Francia acogerá a España en la semifinal

Foto: Ferrer, felicitado por sus compañeros. (Reuters)
Ferrer, felicitado por sus compañeros. (Reuters)

Todos los honores, siempre, para David Ferrer. Pocos deportistas más honestos, pocos jugadores con más amor por su profesión. El tenista de Jávea es aún, pero sobre todo ha sido, un excelente tenista, aunque definirle como tal es limitarle, porque mucho más allá de eso es un gran deportista, con toda la dimensión que tiene el término, de los que aceptan la derrota y merecen siempre la victoria porque no escatiman nunca un esfuerzo. Conta Kohlschreiber, en una tarde durísima, le dio a España el quinto punto de los cuartos de final de la Copa Davis. Habrá una semifinal en la que igual él ya no está presente, y él mismo lo sabe. Pero no piensa en el futuro, para él todo es presente y jugar cada punto de cada partido como si le fuese la vida en ello.

La frase no es consecuencia de la edad, por más que vaya camino de los 37, él siempre fue así. No es producto de un Ferrer crepuscular que saborea todos los golpes porque los reconoce como los últimos, no, no es eso, porque eso mismo lo hacía con 20, con 25 y con 30, cuando estaba por su tenis entre los mejores del mundo. Esa siempre fue la clave, entender que midiendo un palmo menos que sus rivales, y con un talento bueno pero no excesivo, no habría gloria sin todo el pundonor. No sin dejarse la piel en la cancha todas las veces.

A Ferrer, además, hay que reconocerle que siempre le gustó la Davis. Incluso años en los que hubo deserción masiva, como aquel que terminó con una final en Praga, él siempre fue fiel a los colores de España y acudió a todas las llamadas de los capitanes. Es algo reservado, no es de darse golpes en el pecho, peor lo cierto es que siempre le gustó formar parte de un equipo. Quizá tiene que ver con que su ego, en un mundo en el que los hay que no caben en plazas de toros, es bastante moderado. Ha acudido en estos tiempos a la llamada de Bruguera, que desea tanto ganar que está tirando de los productos testados: Nadal y Ferrer. La estrategia está saliendo bien.

Un partido largo y ventoso

Ahora vayamos al partido de nuevo, un encuentro pestoso, larguísimo, lleno de idas y venidas. Fueron muy pocos los puntos notables, la verdad, quizá el mejor de todos el último, un 'passing' buenísimo de David. Pero la tarde era, más que nada, un ejercicio de supervivencia. Se fueron al quinto set después de que Ferrer ganase dos 'tie breaks', empujado por el público y por el banquillo, de los nervios y capitaneado por Nadal -él ya había hecho su parte, en como siempre-. Todos los juegos se decidían por la mínima, los 'deuces' eran constantes, la igualdad plena.

El servicio de Ferrer, que nunca fue su mejor arma, no ayudaba demasiado. Intentaba meter primeros, pero no llegaba a mandar. Kohlschreiber tampoco es un cañonero. Poco a poco iban jugando y jugando y jugando, buscando el detalle más liviano que tornase las penas en alegrías. Y en esas llegaron al quinto, jugándose todo en la última baza, el futuro de dos equipos en la plaza de toros.

Para ese momento ya había aparecido en escena un incómodo compañero: el viento. Los profesionales lo odian, porque hace imprevisible el juego y nunca se suspende, por fuerte que sea. En este caso, además, la tierra batida se levantaba y aquello parecía más una escena de 'El paciente inglés' que un partido de tenis. Marc López llevaba gafas de sol, el resto de los presentes intentaban refugiarse en sus chaquetas de chándal. Ferrer y Kohlschreiber lo aguantaban estoicamente.

Y en esas, quien sabe si por la afición, seguro que por las ganas, terminó imponiéndose Ferrer. Fue el que mejor supo enfriarse en los momentos en los que el corazón dispara las pulsaciones, entendió que jugando como siempre, punto por punto, tendría más opciones de prosperar. Y lo hizo, lo logró. Después del último punto una sonrisa rotunda se apoderó de su gesto. El banquillo, en pie, festejaba la victoria. Por España, por supuesto, pero también por David Ferrer, una de esas personas que todos quieren tener cerca, alguien normal en un planeta en el que hay muchos divos.

"Esta competición ha sido lo máximo que me ha pasado en mi vida y para mí el broche de oro ha sido poder ganar en la plaza de toros de Valencia frente a mis amigos, frente a mi futura mujer que está embarazada", explicaba emocionado el de Jávea. "Somos un equipo y agradezco al capitán haber confiado en mí, que no era nada fácil". Y es verdad, tras su derrota con Zverev hubiese sido sencillo dudar y dar paso a otro tenista para el último partido. Bruguera no lo hizo, mantuvo su confianza. Y acertó.

Nadal, en su línea

Todo aquello fue posible porque antes Rafael Nadal hizo su parte, por si alguien tenía alguna duda. Es una apisonadora. Domina la tierra batida de una manera asombrosa, sin dejar respirar a sus rivales ni un segundo, recordándoles que no hay labor más dura en el deporte que derribarle a él en esta superficie. Alexander Zverev es un buen tenista, brillante incluso, pero se encontró desarmado contra Nadal. ¿Fue su culpa? Probablemente no, es mejor no pedirle imposibles a la gente, que jueguen o vivan como no pueden ser. Y así terminó la cosa, en solo tres sets (6-1, 6-4 y 6-4)

Desde los primeros juegos del partido quedó clara la dinámica, un martillo pilón en el fondo contra un jugador incómodo, desasosegado. Porque Zverev, que aún necesita un poquito más para llegar a lo más alto, no logró acompasar sus pies hasta perseguir las derechas que iba enviando Nadal como si fueran postales venidas de lejos. Le falta algo de movilidad y que su derecha sea más contundente.

Nadal, se supone, venía algo falto de ritmo después de dos meses sin competir. Si alguien lo notó que levante la mano. El mejor jugador español de siempre es un superdotado, y cuando se siente a gusto, que en tierra es prácticamente siempre, no se le puede desafiar. Hay pequeños matices, detalles, que aún no están del todo afinados. Sigue pudiendo mejorar su servicio, por ejemplo. Pero teniendo en cuenta las circunstancias, es notable que se haya plantado en Valencia así de fresco y haya resuelto su parte de una manera tan clara.

Porque no era sencillo, en absoluto. El dobles español le dejó en situación de vida o muerte, un punto en el que muchos dudarían. No él, no, es experto en estas lides y sabe que cuando las cosas son difíciles se suele imponer el mejor tenis.

"Siempre es difícil plantear partidos contra los mejores del mundo, pero toda la dificultad que conlleva la restas jugando en casa con un público fantástico. Lo único que me sale es gracias. Tenemos máxima confianza en David y estoy seguro de que vamos a terminar ganando. Muy feliz por ello, muy agradecido a todos", explicaba el número 1 del mundo.

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